Volvió a soñar que sufría otro infarto cerebral.
Paralizado pero consciente, encerrado en un ataúd de madera con un cielo de tierra húmeda, cubierto por el calor de un desierto que lo envolvía. El esfuerzo de intentar mover las manos, los pies, los labios, para articular una llamada de socorro que no brotaba de su garganta. El despertarse bañado en sudor y con el corazón acelerado, la lengua seca, el cuerpo acorchado y dolorido.
En la cama de al lado, Leila, moruna y dormida, la espalda y los hombros desnudos. El pelo se desparramaba por la almohada y las sábanas como lava negra en la nieve. Leila, su amiga, su puta marroquí que lo acompañaba en este viaje desde España.
Dos días en las playas de Haifa, bebiendo margaritas al sol del Mediterráneo, como dos turistas cartagineses que se broncearan, antes de volver a Hispania para cruzar los Pirineos y marchar sobre Roma. Leila, puta norteafricana, la sirvienta de Salambó, comedora de dátiles con el cuerpo pintado de jena, sacerdotisa de la diosa Tanit. Él, Mario Mato, ibero tullido en silla de ruedas, primo de Matho, el mercenario libio que sitió la ciudad de Cartago.
—Tú dice muchia tontería que yo nontiendo —le decía Leila.
Dos días en Haifa, atendidos por camareros solícitos a pie de playa, rodeados de jóvenes esculturales, felices y bellos, rebosantes de vida, ajenos a ese viejo en silla de ruedas, con bermudas y sombrero safari de malla gris. Lamidos por el Mediterráneo y sus miles de años, que lo miraban como una sirena varada en la orilla, una sirena que conoció a Ulises y contempló el incendio de Troya.
A Leila la conoció en una página de anuncios. Después del “accidente cerebrovascular”, como decían los informes médicos. Fue después del éxito de ventas y de crítica de su primera novela, Los ojos de Dalila. La historia bíblica de Sansón y Dalila actualizada para los hijos de internet, las redes sociales y el delirio contemporáneo.
—Leila, tú eres la reencarnación de Dalila, tan materialista, manipuladora y cabrona.
—¿Era buapa esa Lalila?
—La más bella de todas las zorras filisteas.
Ese placer mantenido de recuerdos y deseo, ese placer e impotencia por tenerla a su lado, acariciarle la piel cálida y suave, besarle los pezones y darle un orgasmo con la lengua. Leila sabía a Mediterráneo intenso, salvaje, cruel y apasionado.
Las margaritas de Haifa, la última playa del final de la odisea, con canto de sirenas al fondo, rodeados de semidioses de gym y ángeles de Victoria’s Secret que disfrutaban de su permiso del Tzáhal, del ejército de Israel.
El plan era dos días en las playas de Haifa y bajar al sur con una parada en Jerusalén, y unas horas después salir hacia la Franja de Gaza, cruzarla, visitar la zona donde en teoría se levantó Betulia, encontrarse con su amigo y colega Matías Roitman —que vivía en el kibutz Nahal Oz— y volver a Jerusalén esa misma jornada.
Betulia, el escenario de la nueva novela que estaba escribiendo.
—¿Y poqué tú tiene quir hastallí si Petunia noxiste ya? —preguntaba sin comprender Leila, torciendo su boca sensual de puta cartaginesa.
Porque el sabor del tiempo se mantiene en el aire como polvo suspendido durante siglos, milenios, eternidad. Allí seguiría vivo el rastro de los ejércitos que sitiaron la ciudad, que libraron las batallas, derramaron la sangre y se retiraban entre los alaridos de los moribundos, el humo de los incendios, el llanto de los niños, las bestias reventadas que se descomponían bajo el sol. Todo aquello seguiría como un eco vago suspendido en la luz, en el viento y en las piedras que murmuraban bajo la tierra.
La noche del jueves estaban en el Harmony Hotel de Jerusalén. A tiempo para tomar unos gintonics en el yacusi con Leila dentro, dulce y juguetona, que le frotaba el pecho en círculos con sus pies, las uñas de color carmesí, la lengua por el empeine y chupando sus dedos. Todas las mujeres, todos los recuerdos en ella. Dalila, Salambó, Judit, Marilyn, Eva, Mesalina, Lili Marlene, Salomé, Lara Croft... Todas ellas en un yacusi con ese hombre, con medio pie dentro de su boca y una mano entre las piernas.
—Dime, Sansón, amor, ¿cuál es el secreto de tu fuerza?
Cenaron en la terraza del Harmony, platos fríos con unos whiskys a la brisa de la noche. Los envolvía la oscuridad de tres milenios, acariciados por ecos de silencio de millones de almas, tormentas, canciones, poemas. Tiempo suspendido en el aire.
—Aquí empezará el fin del mundo, Leila. En Jerusalén empezará el final.
—¿Ahora finelmundo, cariñio?
—Ahora no, pero no dentro de mucho. Yo ya no estaré. Pero tú sí, seguirás tan guapa y tan joven como ahora.
Una noche como aquella, quieta y callada, en la línea invisible del horizonte aparecerían caballos alados tirando de carros de fuego, el cielo se cubriría de explosiones de estrellas antes de que se desataran vientos huracanados y lenguas de fuego azotaran el mundo. Su mundo, tu mundo, nuestro mundo y el vuestro.
Ocurriría en Jerusalén. Yerushaláyim. Al Quds. Esa ciudad caótica y antediluviana, intrincada, tramposa, amenazadora, con el odio apostado en cada esquina, patrullada por policías, militares, agentes, espías. Una ciudad desfigurada por mil puestos de vigilancia, torres, accesos prohibidos, enjambres de turistas, ruido y rencores de más de tres mil años. Campo de batalla de dioses y hombres.
La primera vez que la visitó fue en su viaje de novios, a finales de los ochenta. Paula era una enamorada de la zona, especialista de Oriente Medio en su periódico. Una reportera aventurera que había tomado whisky con Moshé Dayán y tenía línea directa con Yasir Arafat, presidente por aquellos años de la Autoridad Nacional Palestina y que, en las entrevistas cara a cara, nunca perdió la oportunidad de tocarle el culo a Paula.
La primera. Su única luna de miel. Larga e inolvidable, cuando no dejaban rincones sin descubrir y por las noches bebían vino del Líbano y follaban a la luz de la luna. Palmira, Alepo, Petra, El Cairo, Beirut... Tantos sitios que ya sólo eran recuerdos perdidos en su cerebro dañado.
La última vez en Al Quds fue cinco años antes de su derrame, ictus, embolia. En unas jornadas sobre la trascendencia de la dominación romana y el éxodo del año 70 en el Israel moderno. Cuando conoció a Matías Roitman, judío argentino, también catedrático de historia, que ahora vivía en un kibutz junto a Gaza.
Esa segunda vez fue ya sin Paula, sin vino libanés ni anocheceres a la luz de la luna.
El día siguiente lo pasó en la habitación del hotel, bebiendo vino y repasando sus notas sobre Betulia y el asedio de Holofernes. No estaba dispuesto a someterse al calvario de moverse por el laberinto de calles milenarias en silla de ruedas, abriéndose paso entre la marabunta de turistas con bermudas y sandalias. Esos rebaños estúpidos pastoreados por los guías hacia el Monte del Templo o la Explanada de las Mezquitas. Leila se fue sola de compras, con la aplicación de mapas activada y las indicaciones de una recepcionista sobre las zonas de tiendas que valía la pena visitar.
La nueva novela de Mario Mato, aún sin título. El provisional escrito con rotulador rojo en los cuadernos de tapa dura: La zorra de Betulia. Tendría que mandarle el manuscrito a su editor con ese título, sólo para divertirse al imaginar su cara frente al título.
—Mario, ¿te has propuesto que las hordas feministas nos quemen en la hoguera?
Las hordas. Siempre las antorchas en oleadas que se acercan para quemar al diferente en la pira de nuestra salvación. La zorra de Betulia. Zorras histéricas con pelos en los sobacos y antorchas para acabar con su editor que sudaba y pedía clemencia, con su barbita de poeta romántico y gordo. Y que lo tiraban también a él en la pira con la silla de ruedas puesta y su gorrito de safari, por machirulo. Seguro que Judit también era una femiloca con pelos en los sobacos. Seguro. Lo mismo que Paola, su niña futbolista que no se depilaba y escupía en los partidos de fútbol, como un carretero del viejo Israel o un mulero asirio de los que estuvieron en el asedio a Betulia.
Judit. Viuda hebrea feminista, con pelos en los sobacos y matojo en el coño, la perra que sedujo a Holofernes, el tío duro, macho alfa. Al que engatusó, emborrachó, con el que folló y le cortó la cabeza para colgarla en las murallas de la ciudad. Todos los ingredientes para un éxito de ventas y crítica: guerra, sexo, drogas, gore, rock and roll. Más incluso que con Sansón y Dalila. En su carpeta de notas, la estampa de Gustav Klimt: Judit y la Cabeza de Holofernes. La que él quería reflejar en su novela: sensual y semidesnuda en el momento de matar al bicho malo, con ese cuerpo a la vista que huele a sensualidad y hembra, revestida con oros y sedas, la cara pletórica de vicio, astucia y placer en la venganza y la sangre.
Nunca se le pasó por la cabeza la idea de escribir una novela. Él había sido desde que nació un profesor de historia antigua, un profesor de raza, de esos rodeados de libracos, cuadernos y legajos polvorientos, con barba blanca, que imparte clases magistrales en la universidad. Pero ese yo de historiador se diluyó cuando el derrame lo arrumbó en la silla de ruedas, lo echaron de su cátedra con todos los honores y prebendas, y con todo el tiempo del mundo para no hacer nada. Entonces escribió aquella novela histórica bíblica. Como entretenimiento.
Y fue un éxito. Los ojos de Dalila. Reseñas en los dominicales literarios, entrevistas en la radio, invitaciones a participar en podcast, videoentrevistas en los magazines de la mañana...
—¿No considera usted que Dalila fue una de las primeras feministas de las que se tiene noticia?
—Dalila fue una de las primeras mujeres fatales de las que se tiene noticia, una zorra ambiciosa e insaciable que manipuló a Sansón, un gañán noble y lerdo.
Una de aquellas pencas de la tele, tertuliana, le gritó: “Si lo tuviera aquí delante, lo abofetearía aunque sea un discapacitado en silla de ruedas, por machista”. Y empezaron una campaña en su contra: acamparon frente a su casa, le boicoteaban las conferencias y firmas de libros, le cancelaban las cuentas en las redes sociales, y una ministra de algo dijo en el Congreso que, si la justicia fuera inclusiva, un hombre tan horrible como Mato debería estar preso por discurso de odio.
Y todo por llamarle zorra manipuladora al personaje de unos textos sagrados en los que ni siquiera creía aquella chusma.
Incluso Paola, su hija futbolista que no se depilaba y escupía como un porquero filisteo, lo tuvo dos meses bloqueado en el teléfono.
Y Mario Mato se divertía con todo aquello. Cuando vienes de vuelta, tienes suficiente dinero, no necesitas el respaldo de nadie y has estado al borde de la muerte por un derrame cerebral, aquellas idioteces sólo podían darle risa. Porque cada noche la muerte te canta una nana antes de dormir, y te sientes libre, ligero como una pluma que se mece en el aire al ritmo que le sale de los huevos.
Leila volvió cargada de bolsas lanzando los zapatos de dos patadas, despotricando contra el calor, las hordas de turistas con sandalias, los policías, los moros y esos tíos vestidos de negro con trenzas.
—Los judíos ortodoxos, Leila.
—Sí, esos, los jodíos pestosos.
Le gustaba esa ordinariez espontánea, procaz, desenfadada, ese tirar los zapatos o quitarse las bragas con la naturalidad con la que un mago hace desaparecer una paloma en un pañuelo. Ese arrodillarse desnuda como si rezara, ese abrirse de piernas como si bailara tumbada, ese chispear fuego en la mirada. Como Judit a la cabeza de Holofernes. Como Dalila al Sansón entregado. “Cariño, si me cuentas tu secreto, seré tu perra”.
—En el año setenta los romanos pasaron a cuchillo a todos esos judíos de las trenzas, y a los que no mataron los vendieron como esclavos.
—Ok, amior. ¿Quiere ahora tú comer mi coñio?
De niño, Mario iba con sus hermanos a ver películas de romanos y quería ser gladiador, centurión, general del imperio. Antes de querer ser misionero en Alto Volta y salvar a los negritos que salían en los telediarios comidos de moscas.
Los domingos iba a misa de once y cantaba: “Desead la paz a Jerusalén, vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros...”. Muchos años después de aquel año 70 en el que Tito y sus legionarios degollaran a zelotes, sicarios, judíos con trenzas vestidos de negro, violaran a las mujeres y las vendieran como esclavas.
Fue bajo el mismo sol que ahora los alumbraba y achicharraba. Porque era el mismo sol y lo seguiría siendo hasta la noche del fin del mundo, cuando aparecieran los carros de fuego tirados por caballos alados.
—Cuando Séneca se cortó las venas, su mujer Paulina quiso suicidarse con él. ¿Tú morirías conmigo, Leila?
—Sí, cariñio, mi coñio y yo murir contigo.
Salieron hacia la Franja de madrugada, en el taxi que habían alquilado por mediación del hotel. Una furgoneta Toyota adaptada para sillas de ruedas. El taxista se llamaba Rashid. Era palestino y hablador, hablador y palestino. Había vivido “do año” en Barcelona, trabajando en un vivero del Maresme.
—¿Usté gusta furbo?, ¿Messi?, ¿Ronaldo?, ¿Barsa?
—No me gusta el fútbol, Rashid. Pero mi hija es futbolista. Hasta le pagan por darle patadas a la pelota.
—Mujere no buena furbolista, mujere en casa con marido y niño.
Rashid extendía hacia atrás el brazo y le mostraba un reloj con la esfera blaugrana. Regalo de su mujer y sus hijos. Rashid, cuando vivía en Barcelona, fue a un entrenamiento y llegó a darle la mano al mismo Leo Messi, que bajó la ventanilla del coche a la salida.
Mario detestaba el “furbo”. Lo aburría. Sólo vio un partido entero en su vida, cuando debutó Paola en el equipo semiprofesional que la había fichado —ya ni se acordaba del nombre. Se pasó los noventa minutos mirando el móvil, deseando que acabaran las carreras agotadoras de un lado a otro del campo, los gritos, los empujones y los escupitajos de Paola, que no se depilaba para infundir respeto a las defensas rivales.
Recordó que tenía que llamarlas, a ella, Paola, y a su hermana Julia, por videoconferencia, este mismo sábado si no llegaba demasiado tarde al hotel. A Julia puede que fuera mejor llamarla el domingo. Ella no tenía partido de fútbol alguno. La pobre, con sus desajustes en la cabeza y esos muñecos de plástico a los que trataba como bebés. Somos confusión y caos.
Somos seres indefensos perdidos en la madrugada que atravesaban en taxi. Oscuridad perfilada por planicies desiertas hacia el sur, por las que deambularon gentes durante siglos y milenios de un lado a otro, del norte al sur, y del sur al norte, a pie o en carro, detrás de ejércitos o huyendo de invasores, con rebaños de ovejas o bebés muertos en los brazos. Éxodos de ciudades que ardían y vuelta a ciudades quemadas. Esa polvareda bíblica suspendida en el aire de la mañana que se abría.
Asomaba el sol en el horizonte de un cielo despejado e intenso. La mañana de aire que entraba por la ventanilla del coche, que le insuflaba las ganas de seguir adelante, de volver a ver a su amigo Roitman, llegar al emplazamiento, sentir en el ambiente lo que pudo haber sido el pasado remoto, tener esas visiones de masas y detalles para ambientar su novela: La noche de Betulia, El último beso de Judit, El coño vengador de Judea... Ideas, las ganas de seguir, la única manera de darle sentido a la vida. Crear. Imaginar. Reír. Respirar.
Cerca del asentamiento Nahal Oz, fijados por los rayos de sol que se desplegaban, vieron puntos oscuros sobre el intenso azul del cielo.
—Mira, amior, grobos de unia festa.
Mario pensó que serían las cometas que los colonos volaban con sus hijos las mañanas de Shabat. Como había leído en algún sitio.
—No cometa, no globo, no fiesta —decía Rashid, ahora menos expansivo, menos alegre, más inquieto.
Entonces puede que fueran lamassus. ¿Qué eran los lamassus? ¿Nadie había oído hablar de ellos ni los había visto? Los lamassus. Los espíritus que escoltaban a los asirios: toros alados con cabezas de hombre e intenciones de fieras.
El taxi paró a la entrada del kibutz Nahal Oz, junto al puesto de control, donde tendría que identificarse y pedir que avisaran a su amigo Matías Roitman. El palestino Rashid bajó la silla de ruedas, ayudó a Leila con los dos bolsos de mano, y caminó junto a ellos unos metros hasta el puesto de control.
No había señales de vida en el puesto ni en el recinto de acceso o los alrededores. Rashid se había alejado hacia su furgoneta y fumaba apoyado en el capó. Leila, de pie a su lado, se retocaba la línea de los ojos y el carmín de los labios con un espejo de mano. El sol se imponía en la mañana y aquellos puntos lejanos, que confundió con cometas del shabat, descendían hacia la tierra que se camuflaba entre árboles, ondulaciones y cultivos.
Todo cambiaba y moría menos aquel sol que un día lejano también cambiaría para morir con el mundo.
Leila se retocaba, Rashid fumaba apoyado en su taxi, él intentaba hablar en vano por teléfono con Matías. Cuando de pronto rompió la escena un ruido de motores acelerados que se acercaban a su encrucijada de caminos. Aparecieron por la izquierda dos vehículos en paralelo que alcanzaron la rotonda, y dejaron el control de acceso a la derecha para enfilar la carretera que apuntaba en dirección al horizonte y a Gaza. Un turismo azul y una furgoneta blanca que lo acosaba, con varios uniformados en la caja con las letras Toyota pintadas en rojo en la trasera.
A doscientos metros el turismo se escoró a la izquierda y hundió el morro en la cuneta. Se abrió la puerta del copiloto. La figura que intentaba correr fue abatida por los uniformados, que siguieron disparando contra el cuerpo y el coche. Se distinguían los chasquidos de los disparos en la chapa de la carrocería, los cristales, las ruedas.
Leila había dejado caer el espejo al suelo y dio unos pasos atrás gritando. El taxi de Rashid arrancaba y se movió con el chirrido de las ruedas por la aceleración brusca, con esos movimientos nerviosos y laterales como si se deslizara sobre hielo. Y el taxi de Rashid desapareció por donde habían llegado los dos vehículos. Leila se adentró unos metros en el kibutz pidiendo ayuda con los brazos abiertos y uno de los bolsos colgando de su espalda.
Mario ya no intentaba en vano llamar a Matías. Miraba sin pensar que tuviera que hacer algo. Ese instante en que comprendía de manera tan nítida que no era necesario explicarlo con lógica ni palabras.
Los milicianos con cintas en el pelo y fusiles de asalto. A doscientos metros. Lo miraban. Miraban hacia Leila que deambulaba gritando con los brazos abiertos. Uno de los que rondaban el turismo azul le disparó con una pistola al cuerpo tirado en la cuneta y luego disparó cuatro, cinco, seis veces más dentro del coche.
Los tiros no sonaban como en las películas. Contundentes, secos, sonoros. Los tiros de aquella mañana de noviembre en Judea sonaban como los petardos baratos de su infancia. Mezquinos, ridículos, cómicos.
Tuvo ganas de reír y tuvo miedo.
Aquella mañana de sol y luz. Tuvo miedo y la tranquilidad de que ya todo daba igual. Como el susurro que escuchaba cada noche pensando que sería la última. Daba igual. Ligero como una pluma que se mece a su voluntad suspendida en el aire.
La camioneta armada se dio la vuelta. Llegó a la entrada del asentamiento. Dos saltaron de la batea, fusiles en ristre, y arrastraron por el pelo a la pobre Leila hasta la Toyota para tirarla bocabajo en el cajón.
Un tercero se acercó a Mario, clavado en su silla, quieto, todavía con el teléfono en la mano. Sin pensar en el miedo ni en el final ridículo de esta vida, de todas las vidas. Ni siquiera cuando el filisteo de la cinta verde le apuntó apoyando la culata de su fusil en el hombro.
Puede que sintiera algo. Pero ya era demasiado tarde.
- El final de los tiempos - jueves 31 de octubre de 2024


