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El espejo del agua
(del libro El tren de los invisibles, de Gabriela Caballero)

sábado 9 de noviembre de 2024
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“El tren de los invisibles”, de Gabriela Caballero

El tren de los invisibles
Gabriela Caballero
Cuentos
La Pereza Ediciones
Estados Unidos (2024)
ISBN: 978-1-6237523-9-2
198 páginas

Nosotros estamos arriba, pero en el
fondo hay gente, los Añú. En el
fondo hay un mundo que se hundió y
están allá abajo, por eso cuando hay
una creciente fuerte se siente un ruido,
ese es el llanto de los Añú que
están allá en el fondo, en el otro mundo.
Medina Josefina

I

María, esa soy yo, sí. Pero ya les dije que no voy a hablar con ningún aprovechao que se aparezca en el velorio. Sí sabía yo que esos carroñeros iban a venir con todo y virus suelto, pero ni eso ya les importa. No pienso decirles ni una palabra. Mejor si creen que soy una ignorante, y que ni hablo el español pues, como muchos otros paraujanos de la laguna. Ya uno se amaneció aquí mismo la otra vez, estaba esperándome en todo el frente del palafito, aunque ese seguro que vino navegao por alguno de aquí. Y claro, si por un billetico hacen lo que sea, pues más ahora que todos nos morimos de hambre. Pero no voy a dejar que me vean llorar, ni menos que me tomen fotos con estos cajones de madera, donde mis dos hombres se me van a dormir pa siempre. Ese que les digo vino temprano y se fue, pero estoy preparada, porque llegan otros más nuevos en cualquier momento. Vendrán todos tapados, pero vendrán, usté apueste, que las ganas pueden más que nada. Así como con nosotros el hambre pudo más que el miedo. Pues es que fue por eso que el marido y el hijo se me fueron a pescar esa noche, sabiendo el riesgo. Y qué contenta que me puse yo nomás, viéndolos cocinar aquel bagre dientón después de estar dos días sin echar nada a las tripas. Pero, aun así, yo fui la única que no comió. Me quedé nomás ahí, viéndolos, aguantando un hambre que ya no estaba en la barriga, sino como acá detrás de los ojos, que de tanto aguantar te va chupando el pensamiento, hasta que te despega pa’otro mundo. No comí. Estuve parada aquí mismo al borde de la choza, sintiendo, como mismo me siento ahora, así viendo en el fondo de la laguna cómo el pasado y el presente se mezclan.

Por eso es que antes de que vengan ya yo he llorado todo lo que iba a llorar. Para que no crean que los estábanos esperando. Aunque la cara la tenga roja y el alma envenenada por la culpa, pero seca. Sólo con el hambre y estas ocho sillas, dos que ahora están vacías.

—¿Cuánto falta pa’ que llegue mi papá?

Eso mismo me preguntó el menor de los hijos míos, sentado en esa misma silla vacía. Menor, pero el más avispao de todos, aunque ya menos, porque se me desnutría. Y fue entonces que el cielo tronó, primero lejos y luego rápido saltó de golpe el agua por debajo y se estalló la tormenta. ¡Vamos pa dentro! La laguna que estaba tranquila se pareció a una carretera de piedras todas saltando. El palo de agua fue lo que ayudó al marido mío a cazar el pez sapo, porque el río se nos abrió. Por eso tampoco se los andaré contando, ¿para qué? Si luego hablan sobre el veneno del pez, pero los Añú sabemos cómo quitárselo antes de cocinarlo.

—Ya tengo doce y yo ayudé a cazarlo, amá.

Ese fue el otro, el mayor. ¡Contento que andaba por quitarle el veneno! Nomás yo fui la única que no comió, porque que era bien poco pa’l hambre de todos y yo todavía aguantaba hasta la otra pesca.

El veneno los atacó ahí mismo. Al menor le subió rápido la fiebre, y me decía que se le quemaba el cuello. Siete de los ocho se me envenenaron, y no hubo una sola ambulancia en toda la Guajira. Cogimos nosotros río arriba cortando camino hasta el hospital de Sinamaica con una resolana que era tan grande que se calentaba el aire sobre la laguna. No sé si el calor o las chicharras que andaban alborotadas, o el motor de la lancha, pero los gritos de los hijos míos se fueron perdiendo en el camino. O yo qué sé, si sería por eso, por el hambre misma. Y por el miedo. Nos fuimos elevando todos juntos; yo, mi marido y los seis hijos. La lancha subía y subía hasta mucho más arriba de los manglares y sobre las olas que se iban haciendo cuando pasábamos. Si nunca la laguna se muestra igual, mucho menos en ese día lo iba a hacer.

Llegamos a Upuna, en el paso que va hasta el muelle del Trompo. Desde allí me alcé y pude ver el puerto pequeño, con todas las lanchas de colores debajo de las lonas para los turistas. Pero andaban todas vacías, nadie estaba por ahí, y para cuando llegamos al hospital, tampoco hubo médico que nos recibiera. Entonces ya lo que sea que me dijeran yo lo iba a hacer. De pronto me sentía con fuerzas y a la vez tan vieja. Una hora más de camino para llegar al Rafael Pons de Maracaibo. El marido mío no alcanzó, se nos murió en el camino. Dijeron que el veneno le paralizó los músculos y todos los órganos. Les lavaron el estómago a todos mis hijos, pero al pequeño el cuerpo no le aguantó. A mí no, porque fui la única que no comí, y todavía hasta hoy que los voy a velar, tengo como un perro rabioso que me ladra por dentro de que no he comido nada.

 

Ilustración de Fedosy Santaella para “El espejo del agua”, de Gabriela Caballero
Las ilustraciones de El tren de los invisibles, de Gabriela Caballero, son obra de Fedosy Santaella.

II

Ellos van y vienen sin saber que están entrando a un lugar encantado y que sólo aquí la muerte se asoma tranquila y sin misterio. Igual y les sale una sorpresa en el camino. Pero nunca van a poder hablar con un animal guía que les muestre el destino. No son sueños, ni fantasías de los paraujanos, no señor, porque esta muerte sobre las aguas es sólo nuestro pasaje de regreso. Aquí arriba María llora y llora sin parar, pero no allá abajo donde vivimos los Añú muertos. Allá abajo todo está tranquilo. Pero ellos vienen y no miran pa’l agua, no miran que en el fondo hay gente. Y no hay que decirles, porque igual no entienden. Yo sí sé, pero porque me enseñó mi abuela y también la abuela de mi abuela, la Medina Josefina. En el fondo está el mundo, el mundo que se hundió y ahora está allá abajo. No sé cómo ellos no los ven ni escuchan en esa creciente fuerte, en ese ruido bajo los pies. Ese es el llanto de los que estamos en ese otro mundo. El que se hundió y de donde nacemos los Añú. Ya me voy pronto a cazar otros bagres dientones. ¡O es el hambre o es el miedo, escoge, María! Así dije pa dentro mientras esperaba a que vinieran y miraba los manglares en el espejo del agua y arriba los pájaros grandes sobre las palmas de las casas.

(Este cuento está inspirado en la crónica “El hambre pudo más que el miedo al pez venenoso en la Guajira”, de la periodista Jackeline Díaz, publicada en El Diario el 20 de junio de 2020).

 

Gabriela Caballero presentará
El tren de los invisibles
en la Feria Internacional del Libro de Miami
del 22 al 24 de noviembre

Miami Book Fair 2024


El tren de los invisibles
está disponible en:


La Pereza Ediciones
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