
Mi padre falleció una lluviosa tarde de otoño a sus sesenta y nueve años. Se recostó en el lecho para hacer su acostumbrada siesta, vestido con su traje de paño gris, corbata del mismo color y calzado negro bien lustrado. Bostezó, cerró los ojos, sonrió y respiró por última vez.
Lo halló Madre cuando subió a despertarlo.
—Antonio, ven a casa. Tu padre no despierta —le escuché decirme por teléfono con voz grave.
—Voy enseguida —respondí.
La encontré de pie al lado del lecho, impasible. Me pidió organizar las exequias y se dirigió a su habitación para vestirse de negro y comenzar a llamar a familiares y amigos para comunicarles la noticia.
El certificado de defunción dejó constancia de un paro cardíaco. En aquel momento yo dictaminé muerte por aburrimiento, pero me equivoqué. Hay personas que se satisfacen con una vida poblada por la reiteración sistemática de cada uno de los idénticos días de su existencia, que esquivan los sobresaltos y no temen (ni padecen) el tedio. Mi padre fue una de ellas. Ejerció el trabajo de oficinista en la Caja de Ahorros Popular durante cuarenta y seis años. Iba a su despacho cada día en el tren de las siete y cuarenta y dos y regresaba invariablemente en el de las seis y diez. Obtuvo dos promociones; la primera, la más destacada, cuando yo tenía unos cinco años, de cajero a contralor de firmas en el departamento de documentación, donde debía estampar cerca de cuarenta sellos de conformidad de firmas por día en un despacho sin ventana de dos metros cuadrados; la segunda, unos diez años más tarde, de contralor a supervisor de documentación, donde tenía por misión colocar un segundo sello: “DOCUMENTACIÓN VISADA POR SUPERIOR”, las mismas veces por día, en una oficina más espaciosa que la primera e iluminada por la tenue luz de una claraboya. Declinó la tercera promoción que le propusieron, respondiendo “preferiría no”, como el oficinista Bartleby.
Se casó con Madre a los veintidós años y desde ese momento aceptó toda carga conyugal que el destino, o Madre, le impusiesen. Su aspereza, caprichos, injustificadas recriminaciones, y las vacaciones en la playa, aunque la arena le fastidiase bastante y su blanquísima piel sufriera de la inclemencia del sol y de los mosquitos de la costa, a donde Madre decidía ir siempre. En una oportunidad, cuando era adolescente, le pregunté por qué no se separaba de ella, indicándole que no me causaría inconveniente irme a vivir con él. Me respondió con un lacónico “preferiría no”.
Así vivió el viejo. El que nunca leyó a Melville. Y así murió. En estado de feliz resignación.
El día de su entierro, mientras le daba una última mirada a la ventanilla abierta del féretro, contemplé su rostro y me dije: “Preferiría no”. Y decidí separarme de Marta, partir, cambiar de vida; escapar del destino de mi padre.
Giré la cabeza hacia Marta. La observé con una última mirada compasiva y me dirigí hacia la salida de la iglesia. Antes de franquear la puerta volteé de nuevo la cabeza hacia atrás. A lo lejos percibí a Madre quien, inalterable, me miró sin verme. Salí y me encaminé marchando hacia la estación de tren bajo una bruma espesa que comenzaba a instalarse sobre la ciudad.
A paso firme recorrí los últimos veinte años de mis cuarenta y dos años de vida. El día de mi precipitado matrimonio con Marta tras su inesperado embarazo, el escalofrío que me recorrió en el consultorio médico cuando nos anunciaron la llegada de los gemelos, sus reproches ante mi tímida alegría por la noticia, los ensordecedores llantos de los bebés, la mañana en que me comunicó, durante el desayuno, su decisión de dejar su trabajo para dedicarse a los gemelos. A ellos solamente. Léase: inicio del camino de hibernación. Mi renuncia en la firma de abogados y la aceptación del cargo en la compañía de seguros, menos gratificante, lo sabía, pero mejor remunerado. Mis sucesivas promociones, aquellas que me habían llevado a donde se suele llamar “lejos”. ¿Lejos de qué?, ¿lejos a dónde exactamente? El itinerario de ida y regreso a la empresa en un tren sudoroso atiborrado de corbatas malolientes y maletines de trabajo; el plato calentando en el microondas a las nueve y treinta de la noche tras mi regreso a casa después de un día de labor repleto de citas con clientes, presentaciones a la junta directiva, cafés de pie en treinta segundos; las demandas de presentes de Marta de monto excesivo, sus lloriqueos cuando tenía dolor de cabeza, que en los últimos tiempos solía ocurrir con frecuencia; las visitas de sus familiares, que sistemáticamente vaciaban mi cava de sus mejores vinos, además de pagar todas las cuentas y arreglar los diferendos de Marta con los vecinos.
Y la ida a cama en la noche con una Marta desconocida, cada vez más ajena y cansada de sus largas jornadas con los chicos.
Durante años me pregunté por qué razón mi padre había aceptado su destino con tan singular resignación. Encontré la respuesta en la ficticia cita de encabezamiento de Extraña forma de vida, de Enrique Vila-Matas: “En el amor hay dos clases de constancia: una nace de la cobardía, de nuestro temor a la soledad o a la aventura; la otra se debe a que nos enorgullece ser constantes”. Mi padre pertenecía a la segunda categoría, la de los orgullosos constantes. La cita me reconcilió con él, y también con mi pasado, y confirmó mi decisión de separarme de Marta y emprender nuevo rumbo. El rumbo de quienes responden “preferiría sí”. El de los orgullosos temerarios.
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- Anatomía de una decisión - jueves 5 de diciembre de 2024


