Saltar al contenido

Los juguetes de Felipe

martes 14 de enero de 2025
¡Comparte esto en tus redes sociales!

El protagonista del cuento se llamaba Felipe, su padre vivía en los Estados Unidos y le enviaba juguetes de último modelo que eran la envidia de sus amigos. Debe haber tenido unos diez años más o menos. No lo recuerdo bien, pero lo que sí queda claro es que no veía a su padre desde hace mucho tiempo y por más que él le enviara los mejores juguetes desde el extranjero, éstos no llenaban el vacío que su ausencia física había creado. En los ojos de sus amigos, su padre era el padre ideal, el que todos querían tener, pero el entusiasmo por los juguetes se pasaba en un par de días y lo único que en realidad anhelaba era tenerlo a su alcance como ellos tenían a los suyos.

El Felipe del salón de clase vivía lo mismo que el Felipe del cuento. Las similitudes no podían ser más explícitas, y la maestra, quien sabía la vida de todos, tendría que haber evitado la lectura de aquel día. Mientras los estudiantes se turnaban para leer y la lectura avanzaba, Felipe solamente podía pensar en sus juguetes y en las llamadas telefónicas de su padre, que lo emocionaban mucho, pero que, a la vez, lo decepcionaban porque no pasaban a ser más que llamadas. Siempre era lo mismo: “¿Cómo estás?”, “Te extraño mucho”, “¿Cuándo regresas?”, “¿Me puedes comprar tal y tal juguete?”, “Chao, te quiero”. Cuando quedaban pocos estudiantes para que a él le tocara leer, bajó la cabeza y la escondió entre sus brazos sobre el escritorio. Lloró en silencio, o por lo menos eso intentó, pero era tanta la presión en su cabeza y pecho que sintió la cara empapada. La maestra le llamó la atención para que leyera, le tocaba, y como no levantó la cabeza, fue hasta su escritorio y lo tocó en la espalda. Su cuerpo se sentía caliente y, cuando lo tocó por segunda vez, alcanzó a ver cómo una mancha roja crecía en la cotona beige que llevaba puesta. Felipe sentía húmedo, pero creyó que eran los mocos que se habían aflojado y corrido terreno. No se imaginó que fuese sangre.

Felipe no recuerda nada más de ese día. ¿Serán los años que han pasado los responsables de haber borrado el resto? Por ejemplo, no recuerda cómo habrán reaccionado sus compañeros. ¿Alguien les habrá explicado lo sucedido? ¿Habrá habido una reunión entre la maestra, la directora y su madre? ¿La habrán recriminado a la maestra por su carencia de sentido común? Y si hubo tal reunión ¿qué le habrá dicho su madre al salir de la reunión como resolución?

Tras la muerte de su padre, aquella lejana y olvidada imagen ensangrentada le volvía a aparecer en la mente. Primero trataba de racionalizar, como acercamiento preliminar a la sangre roja y viva, la insensibilidad de la maestra. Intentaba entender sus acciones, pero siempre fracasaba. ¿Será porque él era ahora profesor y no quería cometer el mismo error? Segundo, verse a sí mismo cubierto de sangre lo hacía reflexionar sobre el cariño distante entre padre e hijo. No era culpa suya ni la de su padre. Lamentablemente las cosas se habían dado así. Se querían, pero no se lo demostraban y, al no demostrárselo, se hacían daño.

Con el nacimiento de Camila, la imagen de su padre se le volvía a aparecer, como la de un fantasma, pero un fantasma benévolo y sensible. Obviamente que volvía a lamentar su ausencia, esta vez, en su vida y en la de su hija. Camila ve una foto de Enrique en cada ocasión que juega con sus muñecas en la repisa de la sala. Ella lo conoce de manera similar a como él lo hizo, por medio de fotos. El único recuerdo de niño que cree haber compartido con él fue cuando una abeja le picó el dedo índice y él lo abrazó para consolarlo. Y digo “cree” porque también existe una fotografía de él, en versión niño, sentado delante de su padre, entre sus piernas, delante de los arbustos del patio en donde “piensa” que lo picó la abeja. ¿Habrá sido la experiencia de la abeja picándolo algo que le habrán contado suficientes veces para que él se lo implantara inconscientemente en su mente como una experiencia propia? Y la duda entra en juego porque son pocas las memorias que se tienen antes de los cuatro años y la posible invención de tal memoria no es descabellada.

Con Camila, que apenas tiene dos años, la historia tiene que ser diferente. Se tiene que romper el ciclo de ausencia y el rojo de la sangre tiene que atenuar y no infiltrarse por su ser. Aunque su temprana edad le impida a Camila guardar memorias duraderas, él tiene la esperanza de que las ciencias estén equivocadas. Y si por algún motivo las cosas no se llegaran a dar, entonces él acudirá, y ya lo hace, a la escritura, y documentará lo que pueda. Escribirá una nueva historia, en donde también le narrará la vida de su padre a Camila para que no sea huérfana de su abuelo. Lo que habrá pasado con la lectura de aquel día queda al aire. No se sabe si hubo un final feliz para el Felipe del cuento, pero lo que viene con Camila puede convertirse en el desenlace feliz de aquel cuento inconcluso.

Felipe Hugueño
Últimas entradas de Felipe Hugueño (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio