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Todavía llueve, de Ricardo V. Viana
(primeras páginas)

domingo 26 de enero de 2025
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“Todavía llueve”, de Ricardo V. Viana

Todavía llueve
Ricardo V. Viana
Novela
Alianza Editorial Letralia/FBLibros
Caracas (Venezuela), 2024
ISBN: 979-8300002855
86 páginas

Prólogo

Siempre fue la lluvia. Desde pequeño, para Migue, la lluvia era un preludio de lo inevitable. Llovía cuando su padre se despidió por última vez, susurrando palabras que él era demasiado joven para comprender. Llovía el día que los soldados irrumpieron en su casa, arrancándole la seguridad y dejando a su familia a merced de la incertidumbre. Y llovía la primera vez que disparó un arma, manos temblorosas, sintiendo que algo en su interior también se rompía con cada detonación.

La lluvia marcaba los momentos importantes, como una señal de advertencia, como un triste presagio de lo que vendría. Creció bajo su sombra, caminando entre la bruma de un país desgarrado por las traiciones y las luchas de poder, donde las promesas de libertad se convertían en cadenas, y los sueños de justicia se teñían de sangre. Pero no había escapatoria.

Porque siempre... todavía llueve.

 

Capítulo 1

Son las 4:40 am... Y sigue lloviendo.

Es época de lluvia y toda la noche llovió sin parar un solo momento. Sonido de lluvia sin cesar en medio del silencio... Todo es silencio, el “toque de queda” termina a las cinco de la mañana y faltan todavía unos veinte minutos... Qué agonía.

¡Dos horas! Solo dos horas más para volar a lo incierto y tal vez una nueva vida, se repetía una y otra vez a sí mismo y... pensó: a las seis de la mañana casi todo estará en el pasado, aunque comprendo —se decía a sí mismo— que es difícil desligarse por completo de tantos años.

¡No sé qué pasará! Pero, aun así, sea lo que sea siempre será mejor que la horrible pesadilla que he vivido en los últimos días.

La habitación es pequeña pero cómoda, la atención que he recibido del secretario de la embajada excepcional. Parece que en realidad quieren ayudarme, aunque no estoy seguro, con estos extranjeros nunca puedes estar seguro, a ellos les interesa más quedar bien con el gobierno de turno que con los activistas de derechos humanos o jóvenes revolucionarios, después de todo las franquicias, los incentivos fiscales, las zonas francas, las concesiones mineras y la explotación del petróleo, para mencionar solo algunas, provienen de los gobiernos, no de activistas por las minorías o jóvenes revolucionarios o curas comprometidos con los movimientos de liberación.

Bueno, no sé, la verdad es que me han ofrecido sacarme del país a las seis de la mañana.

El secretario de la embajada, a quien conocí en mis días de profesor universitario cuando él asistía en sus horas libres a estudiar ciencias políticas, me confirmó que mi salvoconducto ya está firmado por el mismo ministro de Defensa y que, para mi tranquilidad, él personalmente me acompañará al aeropuerto para evitar cualquier contratiempo.

También me dijo que un avión del gobierno de su país llegó ayer y está listo para transportarme a mi destino final. Todo parece bien, pero ¿qué será de mi familia?

Quién diría que después de tanto esfuerzo y tanto trabajo tendría que salir huyendo, buscando comenzar de nuevo.

Si tan solo fuera posible retroceder el tiempo y volver atrás las agujas del reloj y no haberme envuelto en todas esas actividades ahora tal vez sería diferente, ¿pero diferente a qué? —se preguntaba una y otra vez.

Cuántas veces soñé con el momento de estar libre cuando me encontraba en esa asquerosa celda de la prisión que olía a tortura, podredumbre, dolor, sangre, vómito, orina, heces y todos los malos olores que el olfato humano pueda sentir. En esa oscura celda, que es el único lugar en donde te encuentras con tu miseria frente a frente, pensando que la vida no te ha sido justa y que te mereces una vida mejor. Aquel lugar en donde todas las reflexiones del ser humano te llevan a desear estar muerto y que lo que sufres no es más que un sueño del que ya no despertarás, te conformas con tu sufrimiento y deseas que no haya una próxima vez sino que todo termine ahora y dejar de sufrir.

Aquella mazmorra de un par de metros, sin ventilación ni luz, aquella oscuridad y el frío que te cala hasta los huesos, en donde platicas con tu compañera de celda, una lata de leche holandesa, que hace funciones de bacinilla por la noche y vasija para agua durante el día. Esa era mi única compañía.

Ahora que la partida está tan cerca me siento tan extraño como si no fuera a suceder. ¡No! —se dijo a sí mismo—, basta de tanto pensar y mejor me preparo para el viaje más largo de mi vida.

 

Capítulo 2

Si tan solo pudiera retroceder el reloj y el tiempo unos diez años, o tal vez con un esfuerzo logro regresar quince —se repitió otra vez a sí mismo una y otra vez aquel hombre para quien los ideales de juventud, de justicia, igualdad, libertad, parecieron tan hermosos en sus sueños de bisoño, pero la realidad es otra y ahora de adulto y comprometido tienes que responder por lo que dices y haces y no por lo que sueñas.

Cuando se es joven la única responsabilidad es para con tus padres y la escuela. Cuando adulto son tus acciones las responsables para con la sociedad, ya sea esta justa o injusta, tienes que responder por lo que dices o haces y hasta por lo que no hiciste pero pensaste hacer, ya que le respondes a tu conciencia.

¡Bang! ¿Qué fue ese ruido?, se preguntó. Se escuchó un fuerte sonido en la calle, suena a disparo, se oyen gritos y carreras. ¿Qué será? Otra noche más, otro muerto más; a fin de cuentas no hay de qué extrañarse pues hay toque de queda y la milicia aprovecha para practicar tiro al blanco. Creo que debo sentirme contento —se dijo a sí mismo. La verdad es que estoy vivo, pensando y planeando. He aprendido, durante todos estos años de guerra, que cuando oyes los disparos es que no te han caído, porque al que le caen ni los oye. ¡Así que ese que oí no era para mí! —se dijo.

Cuando decidí “organizarme” lo hice creyendo, corazón adentro, que mi contribución ayudaría a mucha gente y que tal vez podría ser hasta un héroe como mi abuelo —se decía a sí mismo— y, por qué no, un ídolo de las masas, y así podría distribuir con más justicia lo injusto para que cada ciudadano recibiera su parte; después de todo, yo no era uno de esos ilusos que piensan que todo cambio significa algo nuevo, no, claro que no, siempre he sido pragmático y con los pies sobre la tierra y quizás por eso estoy metido en esto. Yo ya sabía que el cambio ocurre dependiendo del ojo que lo vea, pero en el fondo todo sigue siendo lo mismo. Así que decidí que mi contribución sería no solo cambiar lo que está al alcance de la vista, sino algo había que cambiar, en última instancia, aunque sea un cambio de lo que fuera. Pero a fin de cuentas un cambio.

Siendo joven, estudiado y revolucionario, hay que aportar al cambio, pero yo sabía que al final sería lo mismo, como en una de esas grandes ruedas de feria que giran y giran y en un momento el carro de abajo pasará arriba y los asientos que se ven arriba pasarán abajo y ya, ¡el cambio está hecho! Pero la rueda sigue y sigue y la feria también sigue y volverá el otro año y el siguiente y siempre será lo mismo, los carros de arriba pasarán abajo y así continuará como un ciclo que nunca termina y siempre se repite —se decía Migue a sí mismo.

Ricardo V. Viana
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