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Dos cuentos de Enzo Farías Molina

martes 4 de marzo de 2025
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Reina blanca

¿Recuerdas ese día que se nos pasó volando frente al tablero? Afuera, la tarde estaba gris y llegaste muerta de frío hasta mi casa. Tomamos cafecito, y luego nuestras manos por un rato, mientras me contabas lo de aquel muchacho infame, al que desde ese día empezamos a llamar “el muerto”, por la canción de los Cadillacs. Esa misma que sonaba bastante en las radios, allá por ese distante año 97.

Yo te amaba tanto por esos días. Quiero creer que tus ojitos no mentían, y que también me amaban un poco, más allá de que nunca mencionáramos una sola palabra acerca de nosotros, y aunque en una que otra contada ocasión se nos escapara alguna pista desfasada.

Y así nos quedamos, jugando ajedrez hasta que se hizo de noche. Me dejaste en jaque. Tu padre pasó a buscarte cuando las primeras gotas de lluvia corrían raudas ventana abajo. Me quedé viendo tu auto desaparecer dando la vuelta en la esquina y, melancólico, bailoteando entre los dedos, mi rey negro añoraba el día en que pudiera morir, una vez más, a manos de tu implacable reina blanca.

 

La noche entera

Laura llevaba largos minutos de pie, pegada mirando cómo una polilla chocaba tontamente una y otra vez contra el tubo fluorescente. Yo, sentado en una silla que colgaba del techo, la observaba del revés sin parar de reír. Las cosquillas provocadas por la sangre al correr, hosca por las venas, me tenían algo inquieto, y esa nota disonante que marca por casi seis minutos la línea de bajo en “Mejor día” de Pánico me estaba sacando el cerebro por la nariz, de ida y de vuelta.

Habíamos puesto cartones en las ventanas para que nadie nos espiara. La puerta estaba con llave y además la trancamos con un viejo mueble repleto de revistas y periódicos de otro tiempo, de esos amarillentos que se desarman con tan sólo tocarlos. Les quitamos las pilas a los relojes y apagamos los celulares. Quedaron guardados en una cajita chica forrada con un hermoso papel floreado. No había mucho para decir. Por la cabeza se me pasaban constelaciones, auroras boreales de ideas, sendas estrellas fugaces y, de vez en cuando, se asomaban por delante frases de libros que alguna vez leí, pero que ya no recordaba. Luego venían canciones que se apuntalaban brutales en la mente, más crudas y urgentes que ayer. Hasta hubo un breve instante en que, sobre la cama, Charly y sus dinosaurios se peleaban a muerte contra los vampiros de Dënver. Mi cabeza, cada vez más pesada, empezó a sufrir los estragos de la gravedad, haciendo que mi cuello se fuera alargando lentamente con rumbo invariable hacia el suelo. Pasé frente a Laura, quien logró desatarse por un breve instante de la polilla y me tiró un beso. Yo le saqué la lengua. No la suya, por cierto, sino que la mía hacia ella en señal de burla. Valga la aclaración, porque esa noche fue extraña. La noche entera.

Cuando al fin mi cabeza aterrizó sobre el piso alfombrado, los pies de Laura bailaban ligeramente sobre su posición. Era una escena tan bella que meticulosamente la robé y me la atesoré fílmicamente, cuadro por cuadro, milímetro a milímetro. Le puse música mental a su baile, algo lánguido y entusiasta, tal como me sentía en ese momento. Tanto que logré rearmar mi cuerpo, el que apareció en proporciones justas y dimensiones opuestas, derramado sobre el sofá. Laura, quien ya caminaba por las paredes, arrastraba una sombra imperecedera, llena de luces coloridas que no se le despegaban y mordían sus pies. La polilla ahora era una flor, centinela en su cabello. Vino y se sentó a mi lado. Me sacó la lengua. Yo la besé. El tiempo no fue tiempo entre nosotros y fuimos todo lo infinitos que pudimos haber sido a esa hora, justamente a esa hora. Nos expandimos. Nos destrozamos como bestias. Nos devoramos en todas las esquinas, en las posibles y en las improbables. Nos fuimos consumiendo maliciosamente. Nos desmenuzamos centímetro por centímetro, y nos inyectamos, a propósito, una dosis mutua de nuestro propio ser, de nuestras propias almas con toda su alegoría. Desde el techo nos llovían colores aún no creados. Esa noche fue extraña. La noche entera.

Para ese entonces, la polilla era casi una mariposa que jugaba a bailar descalza, al menos por un rato no muy largo, mientras recobraba de a poco sus tonos. Sin más, subió encabritada por la pared hasta que, finalmente, logró escapar colándose por un pequeño agujero que había en el techo. Curioso yo, no recordaba haber visto ese detalle antes. Entonces me acerqué, guiado por algo muy parecido a una energía cósmica. Metí un dedo en la abertura, pasó también la mano y, sobre la misma, el brazo. En seguida el otro brazo completo. Luego la cabeza y casi sin darme cuenta estaba parado sobre el techo, desnudo junto a Laura, quien se aferraba firmemente de mi mano. Sobre nuestras cabezas caía, imperturbable, la noche entera, mientras que una gigantesca luna en llamas se hacía cada vez más grande y nos quemaba los ojos.

Enzo Farías Molina
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