Estaba siendo un día como otro cualquiera, volvía de trabajar en transporte público. Al salir me encontré con los típicos repartidores de folletos, que siempre intento esquivar con toda la educación que permite la ignorancia. Pero uno de ellos se percató de la finta:
—Disculpe, tome este programa.
—Gracias, gracias...
Normalmente lo habría tirado en la primera papelera que no estuviera a la vista de tan amables repartidores, no me gusta llevar los bolsillos llenos de publicidad, bastante tengo con llevarla en la cabeza cada vez que se me pega un jingle. Especialmente ese de carreeee carrefouuur. Qué asco.
En fin, íbamos por eso de tirar aquella cosa a la papelera. Y en ello estaba cuando la casualidad, o la causalidad (que a veces son lo mismo), hizo que me detuviera a echarle un vistazo. ¡Sorpresa! No se trataba de un chamán que curaba la hepatitis a guantazo limpio. Tampoco compraban oro. Era un programa cultural. Vaya, vaya, así que repartían cultura. Me sobrevino entonces la siguiente pregunta: ¿era digna la cultura de ser guardada en mis bolsillos? Difícil cuestión, depende de qué cultura. Todo depende de algo, no nos vamos a engañar; detrás de la palabra cultura siempre se han escondido todo tipo de cosas, de las muy buenas y de las muy malas. De forma que mejor abrir el programa, por eso de despejar dudas, o por eso de tener más dudas aún, el proceso para ambas suele ser siempre el mismo.
En principio todo normal, alguna que otra obra de teatro, generalmente todo comedias. Alguna obra de cuentacuentos y de categoría, con marionetas y todo, había nivel. Y de repente la segunda gran sorpresa del día. Mi nombre. Leí de nuevo aquella página. Mi nombre. Lo intenté otra vez, más despacio, buscando la equivocación. Mi nombre. No había forma de leerlo de otra manera. Al estado inicial de confusión, provocada por el egocentrismo intrínseco que padecemos todas las personas, ese que nos hace interpretar de primeras que se trata siempre de nuestra historia, y cuando digo nuestra quiero decir mía, siguió una sonrisa que percibí en mi propia cara como el encuentro con la vergüenza y el ridículo propios de haber asumido que era el protagonista de otra historia que nada tenía que ver conmigo. Después llegó el interés. Seguí leyendo.
Al nombre y los apellidos mencionados, que al parecer compartía con otro ser humano, acompañaba la siguiente descripción:
Concierto a piano
“La identidad del músico dentro de la partitura”.
Ciclo: El arte de la interpretación.
Lugar: Auditorio Municipal.
Fechas: 21, 28 de diciembre y 3 de enero.
Nunca he sabido de piano, de interpretación musical o de auditorios municipales. Y, la verdad sea dicha, tampoco me hubiera interesado ahora por estos temas de no haber sido por la aparente coincidencia de ver mi nombre entre ellas.
Llegué a casa sin pasar por ninguna papelera por la que dejar aquel programa, así que lo acabé dejando encima de la cómoda, el lugar de mi casa en el que dejo aquellas cosas que voy a volver a visitar con el tiempo. Para mi sorpresa la visita no se hizo esperar. En los días siguientes cogí una y otra vez aquel programa. Me detenía en aquel concierto a piano, leía y releía. Me aprendí de memoria cada concepto. Después los asimilé, que no es lo mismo que aprenderlos, empecé a ver los matices de significado que componían en su conjunto y por separado; identidad, interpretación, partitura, municipal... Me resultaba fascinante cómo tan pocas palabras eran capaces de llenarme la cabeza de pájaros, o reflexiones, a veces la diferencia entre unos y otras es que unos pían y las otras no.
Acabé sintiendo que aquel programa, que aquella página, que aquellos conceptos, me acompañaban allá donde fuera. Me sorprendían en el trabajo, me sorprendían en el mercadona, me sorprendían en el fondo de una copa mientras estaba con mis amigos, me sorprendían en momentos íntimos y en momentos públicos. Todo ello me llevó a tomar la que me pareció la decisión más sensata, ir al Auditorio Municipal. Compré la entrada para la primera fecha, elegí una butaca al fondo, lo más al fondo que pude, sentía que en este encuentro con mi nombre yo era un extraño, un mirón que quiere no ser visto, lo cual me pareció hasta cierto punto curioso, posiblemente yo era el único que iba a un concierto a mirar y no a escuchar. Esto de los sentidos es siempre muy curioso, por eso existe la figura retórica de la sinestesia, prima hermana de la sinestesia patológica. Patológica y retórica, como siempre el matiz de los conceptos está en el apellido.
El día llegó por fin, 21 de diciembre. El auditorio, para ser municipal, era enorme; tenía ese olor a polvo de los teatros y los sonidos tan característicos de las personas acomodándose en las butacas. Las conversaciones en voz baja de aquellos que han venido acompañados, unos padres que regañan a su hija porque la energía le obliga a jugar dando patadas al asiento que tiene ante sí.
—Pero, papá, es que no veo con el calvo de delante.
—Ya vale, hija.
Una función paralela iba a tener lugar durante el concierto, protagonizada por una niña, un padre y un calvo. Disfruté aquella función como un aperitivo antes del evento principal, supongo que a pesar de aquel hombre cuya butaca estaba siendo pateada, doblemente a pesar, por pateado y porque en aquella trama no era personaje, era el problema al que se enfrenta la protagonista. Encima de calvo era un figurante, ni la genética ni la narrativa perdonan.
Y la narrativa es justamente la que me llevó a mí hasta esa butaca que ahora ocupaba, toda esa serie de situaciones estaban tejiendo la historia que me atrapaba, todas las historias son redes. De algunas nos resulta muy fácil escapar, o son tan débiles que se desmenuzan al entrar en contacto con nosotros, como esos libros que no te atrapan y los dejas en el primer capítulo. Hay redes grandes y gruesas, hay redes finas y delicadas. La red sobre la que andamos ahora, yo como emisor y tú como receptor, está marcada por una intriga. Ambos estamos concentrados en lo que pasará a continuación en ese escenario: ¿qué clase de concierto es? ¿Puede transmitirse la música en palabras? ¿Cómo es el intérprete que hemos venido a buscar? ¿Será alto, bajo, guapo, feo, calvo como nuestro amigo el figurante, jovial como la niña que le pegaba patadas?
Y a ambos nos sorprenderá lo que pasará a continuación en esta historia nuestra. Puesto que encima del escenario no apareció nadie. Sólo un piano. Nadie al menos hasta la siguiente media hora, momento en el que entra en juego nuestro siguiente personaje secundario. Y como se trata de un escenario de teatro, abramos unas acotaciones para darle la bienvenida.
(Entre el murmullo de un público impacientado aparece desde un lateral una joven, se aproxima al centro del escenario micrófono en mano. Muchos aún no se han fijado en ella, por eso el ruido se apagó por tramos, primero los más cercanos al escenario. Y este silencio, que se expande como una ola, acabó rompiendo contra las últimas butacas).
—En primer lugar quiero transmitir nuestras más sinceras disculpas en el nombre de todos los organizadores de este evento, así como del concejal de cultura que cedió el uso del auditorio para que se llevara a cabo. Nos ha sido imposible contactar con el artista. Una vez más nuestras más sinceras disculpas.
(Así se retiró nuestra secundaria entre abucheos, ruidos de abrigos y gente que se puso en pie para irse, el silencio acompañó a esa chica encargada de dar el mensaje. Y así, con ellos se cerró el telón).
Se me vació el estómago, hacía días que había sentido ese evento como un antes y un después en mi vida, me había tenido obsesionado durante días. Y ahora, en su lugar, la nada. Lo que sentía no era enfado, ni decepción, era algo más extraño. Como declararte y ver que no es correspondido, me acababan de dejar plantado, y lo peor es que no sabía ni quién lo había hecho.
En este momento la narrativa me dio un revés, yo no era el protagonista. Era uno más con el público que ahora salía del auditorio. No había ocurrido el giro que inconscientemente esperaba, un encuentro con una mitad perdida, un nuevo estado de iluminación a la que llegaría después de escuchar las primeras notas. Nada de esas cosas que ocurren en las historias. Llegué a casa, volví a dejar el programa en la cómoda y me fui directamente a la cama. No pude dormir, estuve viendo sin ver películas malas, algo que me distrajera de ese estado de decepción profunda en el que había caído.
Pasaron los días y el vacío no volvía a llenarse. Necesitaba un final para la historia, no podía quedar así. Me negaba como personaje y me niego como narrador. Así que compré entradas para la siguiente actuación. Y te ahorraré la descripción del auditorio, te ahorraré los personajes secundarios, las acotaciones, la chica, el ruido, el silencio y otra vez ruido. Y como buen imbécil profesional que soy, volví a comprar entradas. Era mi última oportunidad: el 3 de enero. Y esta vez cogí la entrada en primera fila, nada del final, nada de apartarme de la escena, tenía que atrapar la trama con las manos, hacerla mía, enfrentarla cara a cara.
De nuevo el aire viciado, el olor a polvo. De nuevo el ruido que desaparecía en el silencio. De nuevo la espera.
Agarré con fuerza los posabrazos de la butaca, noté cómo la tensión de mi cuerpo llegaba a mis dedos. Nunca fui tan consciente como en ese momento de mis dedos, notaba cómo se hundían en esa gomaespuma forrada de tela. El vacío de mi estómago, mi vacío. Esperé con esperanza, esperé con desesperanza. Y cuando estaba realmente jodido, cuando más sentía la tenaza de mis dedos, en ese momento me moví. Como si me llevara alguien que no era yo. Como si de repente quien me empujara fuera la propia historia. Sin apenas darme cuenta de qué pasaba ya había subido los escalones que separaban el escenario del público. Mis pasos sonaron en el silencio. Los pasos que me separaban de aquel piano. Sin siquiera pensarlo ya estaba sentado frente a él. Mis dedos, esos dedos que habían tomado consciencia. Y empecé a tocar. No recuerdo cómo. Pero sé que el vacío bailaba en mis dedos, sé que todo lo que sentía fue a parar a aquellas teclas, sé que el sonido era un llanto y que era un encuentro y un final a mi historia. Era el cierre. Mi final. Aquel nombre en el programa siempre fui yo.
- El programa - domingo 16 de marzo de 2025


