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El retorno

sábado 5 de abril de 2025
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Cuando bajó del bus, no reconoció el paisaje. Le parecía que el valle se había achicado para dar paso a unas casas dizque modernas, unos adefesios copiados de alguna postal árabe.

El viejo, sentado en la puerta de la casa vecina, lo saludó y, sin que le preguntase, le contó:

—Ahí vive el Toñito Mamani, que construyó una casa de tres pisos, la más alta de Parotani. La planta baja es para los viejos, para Toñito y su Jesusa; el primer piso, para Jesús, el varoncito y su familia, y el tercero, para Virginia, la mujercita de la casa, que se casó hace poco. Por eso los adornos de la casa. ¿Es usted el invitado que ayer no llegó?

El viajero saludó al viejo, envuelto en la bruma de una noche que cedía, paso a paso, ante el amanecer, que en estas alturas siempre llega primero.

—Quiero seguir a Itapaya —preguntó—, ¿dónde está el camino que construyeron las Urquidi?

—Era un niño cuando la reforma agraria les quitó la mitad, pero su fábrica de alcohol siguió hasta que la Urquidi mayor se murió de amartelo.

—Y... ¿el camino a Itapaya?

—Es un pueblo que no existe. Dicen que está tapado por la desgana. No vaya a ese lugar porque desapareció; la gente dice que sólo viven espíritus y fantasmas.

—Tengo que ir a encontrarme conmigo mismo.

—Debes ser un espíritu, ¿no? Por eso vistes de otra manera que los lugareños. Aquí nadie tiene un abrigo de cuero y menos esa gorrita con orejeras. ¿Te hace frío?

—Señala con tu mano el camino y te dejo en paz.

El viejo se levantó, se puso un puñado de hojas de coca en la boca y encendió un cigarrillo maloliente. Hizo una seña con la mano para que lo siguiera. El viajero lo siguió, no sin antes ajustar el bolso de marinero que le colgaba del hombro. Caminaron varias cuadras por el pequeño pueblo; el frío de la madrugada se hacía sentir con discreción. De pronto, el viejo se paró en el borde de una acequia ancha y, con el dedo, le indicó:

—Sigue este camino y encontrarás el viejo sendero de las Urquidi. Después... que la suerte te acompañe. Buen andar, amigo forastero.

Giraldo Quinto Poma comenzó la caminata en busca de los rastros perdidos del pueblo de sus antepasados. Bajó por el sendero que el viejo le había señalado y, luego de una hora, encontró el recuerdo. Allí estaba: el camino de tierra que las Urquidi construyeron cuando eran dueñas de estos lares.

Siguió caminando sin prisa y sin pausa. Vio los destrozos del tiempo. Las casas alineadas de los empleados de la Bolivian Railway Company (BRC) estaban en ruinas. Pasó por aquel viejo campamento obrero donde reconstruían los vagones de carga, en los talleres donde trabajó su bisabuelo, Giraldo Tercero Poma, el tercero de los Poma, familia de grandes transformadores, inventores del singani y primeros pasajeros del globo aerostático del franchuto Pierre Dubois.

La voz de su abuelo lo iba guiando:

—Sigue hasta la estación y, de allí, te vas a la izquierda. Sigue los rieles hasta llegar al puente de Itapaya.

Pasó el viejo puente ferroviario, cubierto totalmente por la lama y el barro que traía consigo el viejo río Tapacarí, que se unía con el Phutina en la esquina de la finca de las Tres Eles: Laura, Lindaura y Laureana.

La voz del abuelo desapareció cuando le dijo:

—Llegaste. Ahora será el recuerdo el que te lleve a la casa de los Poma, tus antepasados.

Cuando llegó a la calle principal de Itapaya, llena de hierba, advirtió que alguien lo seguía.

Su abuela, la Maricucha, bruja y cartomántica, le había dicho:

—Si sientes que alguien te sigue, no te des vuelta porque puede ser la ragazza, que se lleva consigo a todos los Giraldo Poma. Fue amante del primero y tú eres el quinto. No te des vuelta, hijito, porque te llevará a Ostuni, y de ese sitio no se vuelve más. Te embrujan el mar y sus casas como conos.

Giraldo Quinto Poma siguió caminando sin darse vuelta, pero tiró un pedazo de pan que había comprado en la parada llamada Sayari, por si acaso fueran perros hambrientos los que lo seguían.

Las sombras huyeron ante la vivacidad de la luz de un amanecer templado. Giraldo se detuvo y, quien lo seguía, también. Estuvo tentado de girarse para ver quién era, pero la voz de la abuela Maricucha llegaba a sus oídos:

—No te des vuelta, es la ragazza. Te llevará consigo hasta Ostuni.

Se acordó de sus clases de italiano en Europa, donde le enseñaron que hay dos formas para el verbo “olvidar”. Dimenticare es olvidarse, sacarse de la mente un recuerdo. Scordare es olvidar sacándose algo del corazón. Sonrió con el pensamiento y, convencido de que la ragazza se había scordare de su Giraldo Primero Poma, se dio la vuelta.

No había nadie. Ni ragazza ni canes. Lo que lo seguía era la nostalgia, cubriendo su mente con un manto gris.

Itapaya no era otra cosa que nostalgia y desamparo. Un pasado iluminado por éxitos, iniciativas, inventos de irlandeses, chilenos, italianos, británicos, castellanos, quechuas y aimaras. Cuando se cerraron las ferrovías con el candado del asfalto, nació la incertidumbre. No tardaron en llegar los milicos que obligaron a su padre a huir y con él Maria Asunción, su madre, y sus dos hermanas.

Giraldo siguió caminando. A su paso vio casas derruidas, unas cuantas mantenían su abolengo cubierto de enredaderas salvajes. La calle era ancha con veredas cubiertas de maleza. Otras viviendas parecían haber huido a los costados donde se escondían de la vista humana con ramas de arbustos, hierbas y zarza de tallos sarmentosos, arqueados en las puntas, verdaderas armas de defensa contra extraños que quisieran averiguar la historia de este sitio.

Llegó a la callejuela donde estaba la casa de sus antepasados. Empujó la puerta. No se abrió. Escuchó la voz del abuelo:

—La maceta de crisantemos.

Buscó y, al encontrarla, halló la llave debajo. Abrió la puerta y avanzó. Todo estaba cubierto de polvo y olvido.

La voz del abuelo volvió a sonar en sus oídos.

—Esta casa la construyó el primero de los Giraldo que llegó desde el valle de Cochabamba para trabajar en la construcción de la ferrovía. No creas que todos somos de Itapaya. Sólo los árboles son de aquí porque tienen raíces.

Giraldo Quinto penetró en el pasillo donde alguien dejó el ropero con puertas labradas en cedro. El trasto es tan pesado que quedó como prueba del delito en medio pasillo. El autor del robo no tuvo fuerzas para semejante cachivache.

—En ese ropero se guardaba el hábito de monja con la que llegó la ragazza. No abras las puertas que es un nido de polillas —le susurró el abuelo.

Giraldo dejó el ropero a sus espaldas y entró en la sala donde se festejaban los cumpleaños. Siguen colgados los dos retratos de Giraldo Primero Poma y de Marianella Vannicelli, la ragazza. Ambas fotografías ampliadas por el judío Bronstein ocultan los rostros con el polvo y la desgana de los años.

—¿Recuerdas los desayunos de la Tomasa? Ella era la dueña de la cocina —recuerda el abuelo.

Entonces salió del salón y se fue a la cocina, un lugar espacioso, conservaba la prestancia del hierro forjado de la cocina alemana que funcionaba a leña. Giraldo Quinto sintió el olor a café con leche y hasta el sabor del tojorí de sus desayunos de niño.

—En estos cuartos que se fueron construyendo a medida que la familia crecía vivieron cuatro generaciones. Ustedes son los últimos. Tu padre Giraldo Cuarto huyó y María Asunción cargó a ustedes tres y siguió al hombre nuevo que pretendió ser tu padre —dijo el abuelo.

La luz de la mañana entró por el vidrio roto de la gran ventana; el visitante dio vuelta la cabeza como si alguien lo llamase. Asomó la cabeza y la vio.

En el jardín, sentada de espaldas a la ventana, había una mujer.

—Buenos días nos dé Dios —dijo con voz ronca.

—Buenos días... ¿Quién eres?

—¿Y tú?

—Soy Giraldo Quinto Poma, hijo del cuarto y bisnieto del primero. ¿Y tú?

—Soy el ocaso de la vida.

La voz de Maricucha, la abuela, le susurró:

—No le mires la cara. Si lo haces, caerás seco.

Giraldo sintió la tentación de verla, pero decidió escuchar a la abuela.

—¿A qué carajo volviste? —preguntó la mujer—. ¿No sabes que el que vuelve se queda y termina siendo raíz de zarzamora?

—Vengo a buscar mi historia.

Se hizo un silencio que permitió al visitante pensar. Pero no pensó nada, recordó que su padre le dijo en su lecho de muerte: “El recuerdo tiene una mitad de realidad y la otra de fantasía”.

—Vete. Tu destino es caminar, porque caminando se hace futuro. No te quedes plantado como sauce llorón con raíces gruesas que sujetan a esta tierra sin gente. Vete, hijo... vete.

Giraldo no dijo palabra, se alejó de la ventana, descolgó los cuadros de Giraldo Primero y la ragazza, se fue al patio e hizo una gran fogata con los cuadros, fotografías, cartas y ropas. Quemó los recuerdos y se alistó para irse. Fue a la ventana para despedirse de la vieja.

No había nadie. Sólo un pájaro negro que, antes de alzar vuelo, pareció sonreírle.

Giraldo Quinto Poma levantó la vista al cielo azul de la playa de Ostuni y vio cómo las gaviotas se disputaban la comida del mar.

Carlos Decker-Molina
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