—¿Sí...? —dice adormecida a través del portero eléctrico.
—El correo, señora... ¿Mergaux o Margaux? Discúlpeme, no leo bien su nombre en la encomienda —le digo con tono avergonzado.
—Mi apellido es Margaux. ¿Dice que es una encomienda para mí? —interroga con una mezcla de incredulidad y esperanza.
—Sí, señora. ¿Desea bajar al hall para que se la entregue o prefiere que suba? —pregunto con intención pues aquel edificio de departamentos era una torre enorme y la mujer vivía en el piso treinta y siete.
—Antes que nada... ¿Podría decirme quién es el remitente? —me pide con mal disimulada ansiedad.
—Puedo decírselo, la legislación no me prohíbe comunicarlo, pero sólo figuran las iniciales A. S. —informo con tono neutro.
—¡Oh, sí, efectivamente es para mí! —reacciona entusiasmada como yo esperaba—. Ahora llamo a recepción para que un encargado de seguridad reciba el paquete y le pague el despacho. Él me lo acercará.
—Perdóneme, señora, es imposible. La encomienda debe ser entregada rigurosamente en mano del destinatario, y previa presentación del documento de identidad. Pero no debe abonar nada, ya está pago —aclaro con firme amabilidad.
—Okey... Avisaré al custodio para que lo deje entrar y lo acompañe —dijo ya completamente espabilada.
Ahora estoy subiendo por un veloz ascensor. Me flanquea un africano que parece un mastodonte embutido en un traje negro. Para ser más preciso, un mastodonte bobo, pues le inyecté suero hipnótico. Su mirada se pierde en la nada y un delgado hilo de saliva le cae por una comisura de los labios. Con un pañuelo procedo a secarle la boca entreabierta; lo cortés no quita lo valiente, me digo divertido. En ese momento los grandes números verdes del tablero digital me indican que estoy próximo a alcanzar mi destino.
—Amigo, tú me acompañarás hasta el departamento dieciséis —le digo al atontado tipo tras abandonar el elevador—, pero en el preciso instante en que veas a la dama que vive allí volverás de inmediato a tu puesto en planta baja. Allí despertarás de este sueño y no recordarás habernos visto, ni a la señora, ni a mí —ningún gesto en el robotizado rostro del moreno acusa recibo de mi orden, pero sé muy bien que la he grabado a fuego en su subconsciente.
Luego de unos pocos pasos silenciosos sobre el pasillo alfombrado, nos detenemos frente a un uno y un seis de bruñidísimo bronce. Ahora extiendo mi brazo y presiono el llamador. Comienzo a tararear entre dientes la melodía de The Crying Game mientras espero que me atiendan. Luego de una espera molesta la anciana se decide a entreabrir la maldita puerta. Al ver a la canosa mujer, el gigante obediente gira sobre los talones y se encamina de vuelta al ascensor. No dándole tiempo a nada más, empujo a la periodista hacia adentro del departamento apoyándole en la frente el cañón de mi futurista y ridícula pistola impresa en 3D. Dando una patada hacia atrás cierro la entrada a esta cueva que huele a perfume del siglo pasado. Rápidamente tapo la boca de la abuela con cinta de embalar y arrastrándola por un brazo la arrojo sobre la cama de su dormitorio. Ella se revuelve como una comadreja flaca y con agilidad inesperada se sienta sobre el borde del colchón; es tan pequeña que los pies le cuelgan lejos del piso de parquet. Tiembla como una hoja de árbol y sus ojos desorbitados reflejan un terror inenarrable. Debe tener unos ochenta años... ¡Qué absurdo es matarla!, no debe quedarle mucho tiempo. Pero el trabajo es el trabajo, me digo. Recuerdo entonces que debo seguir los pasos encargados a través de mi enlace por el maniático que me contrató. Me guardo el arma en la cintura y me arrodillo frente a la vieja. La miro un rato como buscando algo en el fondo de sus pensamientos; ella queda tan petrificada que deja de temblar. Como al descuido, extraigo desde un bolsillo del uniforme de cartero un paquetito envuelto para regalo. Procedo a desenvolverlo con lentitud deliberada: siento la mirada fija de la pobre diabla sobre mis dedos. Ambos descubrimos que se trata de un estuche de acero, parecido a los usados para guardar jeringas. Tras abrirlo, observo su interior y finjo una payasesca sorpresa. Sé muy bien que estoy siendo un sádico hijo de puta, pero no puedo evitar mi natural tendencia a la dramatización. Luego, elevo el recipiente con ambas manos y se lo acerco a unos veinte centímetros de la cara. Ella sólo atina a inclinar un poco la cabeza hacia el objeto, entrecerrando los ojos para ayudar a su visión limitada. Tarda unos segundos pero logra enfocar. Me doy cuenta porque su rostro adquiere una palidez verdosa y parece retorcerse de repugnancia ante la lengua amputada que descansa entre algodones ensangrentados. Intenta gritar con desesperación, pero la boca amordazada sólo le permite gruñir como una bestia salvaje.
—No te aloques y escucha, debo transmitirte el mensaje de una persona que conoces bien —la tipa ahora emite gemidos ahogados.
Saco el papel de mi billetera y comienzo a leerle:
Estimada Dorothy, lamentablemente te has obstinado en desoír mis bienintencionados consejos. Siempre respeté tu trayectoria periodística y tu integridad, pero cruzaste la línea. La lengua en la cajita es la de August Sanders, el secretario del senador Garrison, tu fuente. Pero no te angusties, los muchachos se la cortaron después de dispararle un tiro ente ceja y ceja. ¿Crees acaso que soy tan desalmado? En fin, me despido de ti porque no creo que vuelva a verte. Tú, seguro te has ganado el cielo, y yo... ya sabes.
Charles X, tu antiguo contacto en la agencia.
Postdata: Deseo que en tu próxima vida no seas tan ingenua.
—Bueno, amiga, terminaron las formalidades —digo con impaciencia; mi reloj marca las 16:10 y el conductor no me esperará más allá de lo acordado.
Ignorando su expresión de horror, la fuerzo a ponerse de rodillas sobre el suelo. La anciana ya no tiembla; ha callado. Sabe qué va a pasar y no la torturaré alargando el momento. Me coloco a sus espaldas y enrollo en mis puños los extremos del mismo pañuelo que usé para limpiarle la baba al guardia. Pasándolo por sobre su cabellera blanca hago un lazo que ajusto a su cuello. Inspiro y exhalo profundamente y con un violento tirón hacia arriba empiezo a ahorcarla con todas mis fuerzas.
Con la garganta brutalmente agarrotada no puedo tragar saliva. Boqueo desesperadamente como un pez fuera del agua, pero es inútil: el aire ya no ingresa a mis pulmones. Siento que los ojos me saltan de las cuencas y comienzo a convulsionar por la falta de oxígeno. ¡Moriré!, grito en mi mente. El terror a la nada me provoca un vértigo tan horrendo que no puedo evitar orinarme. En plena conmoción final me arrepiento por no haber creído en Dios y rechazar la propuesta de casamiento de Noah Miller cuarenta años atrás. Podría haber sido madre..., me lamento. ¿Qué? ¿Madre? ¡Pero si soy un hombre! ¿En qué mierda estoy pensando? ¿Quién carajos es Noah Miller?, estos pensamientos descabellados me hacen temer estar sufriendo un accidente cerebrovascular. ¿Y por qué me estoy asfixiando si soy yo quien la estrangula? Cuanto más jalan mis manos más estrujo mi laringe... No entiendo por qué, pero me estoy matando, deduzco con un resto de raciocinio. ¡Debo detenerme!, me ordeno mentalmente. Lo intento, pero descubro que no puedo dejar de ceñir el nudo mortal. ¡Estoy jodido!, sentencio mientras me ahogo. Todo se oscurece, las rodillas se me aflojan y caigo sobre mi víctima... ¿O sobre mí?
Me despierto sobre el lustroso parquet. No sé cuánto he permanecido desmayado, pero la boca reseca y un dolor tremendo en el cuello me dicen que no he muerto. No alcanzo a alegrarme. Anonadado, reparo en que llevo puesto el vestido de la vieja. Intento encontrar un motivo para esta ridiculez, pero justo en ese momento reparo en mis manos. El corazón se me detiene: no pueden ser las mías, imposible, son muy pequeñas y están arrugadísimas. Sin embargo, cierro el puño y los delgadísimos dedos se contraen. Doy un grito de espanto y me pongo en pie, sólo para darme cuenta de que estoy parado sobre un par de raquíticas piernas y unos piecitos que calzan pantuflas rosadas. Me tambaleo y me asaltan las náuseas. Enloquecido, se me ocurre correr hasta el espejo que cuelga en el living. Tras enfrentarlo, me topo con la viva imagen de la afamada y vetusta Dorothy Odette Margaux. Abofeteo mis mejillas salvajemente para intentar reaccionar, pero es inútil. Me abandonan las fuerzas y me derrumbo sobre un pequeño sofá que, gracias a la Virgen de los Sicarios, no es rosado. Esta es una situación ilógica y bizarra, pero de ninguna manera estoy loco. Maldita sea, estoy tan abatido que soy incapaz de mover un músculo. Mi mirada desmayada vaga por el departamento y tomo consciencia de que definitivamente esto no es un sueño. Reparo en un reloj dorado que cuelga frente a mí. Marca las 15:45. ¿Qué? Bajo la vista y confirmo la hora en mi muñeca de momia egipcia: 15:44. ¡No puede ser! Junto fuerzas para levantar el montón de huesos en el que me he convertido y me dirijo hacia un ventanal desde el que puede verse una panorámica de la ciudad. ¡Mierda! Las agujas de la torre de la catedral muestran lo mismo y lo refrendan con unas campanadas que parecen burlarse de mí. Ignoro con qué magia negra me ha embrujado, pero de lo que estoy seguro es que a esa arpía bastarda le gusta exagerar. No se ha conformado con fosilizarme y hacer que cuelguen estas dos tetas flacas de mi pecho, ¡además, ha retrocedido el mismísimo tiempo!, exclamo en voz alta, ajena y cascada. Inmediatamente, un destello de lucidez surca mi mente: si el tiempo ha vuelto para atrás, entonces... El terror me invade y un frío atroz recorre mi vetusta columna vertebral. Ahora sí estoy definitivamente jodido... ¿O debo decir jodida?, agrego con cinismo. En dos o tres minutos, yo, el asesino, volveré a golpear la puerta acompañado por el gigantón de seguridad. Podría no abrirme, pero sé muy bien que una puerta cerrada nunca me ha detenido.


