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Escape de la realidad

martes 27 de mayo de 2025
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El reloj marcaba las 7:58 am. Era un día como cualquier otro mientras iba a trabajar, cansado de la rutina, de que cada día sea igual que el anterior, harto de trabajar para alcanzar los sueños de otros y no animarme a lograr los míos propios. Paré en mi cafetería de confianza para comprar mi americano de todos los días, la única alegría que podía encontrar en mi día a día. Al darle el primer sorbo me decepcioné del sabor tan amargo y viejo que tenía ese café, pero no le di importancia luego de tirarlo en el bote de basura más cercano.

Estaba a pocos metros de entrar a mi trabajo cuando todo se detuvo. Al principio pensé que era una alucinación. Que el estrés, el insomnio, o el café vencido me estaban jugando una mala pasada. Pero el mundo estaba en pausa. Literalmente. Autos suspendidos a medio cruce, palomas congeladas en pleno aleteo, gente detenida a medio paso con expresiones que parecían esculpidas en mármol.

Y yo... yo seguía respirando.

Mi primera reacción fue saltar y gritar lo más fuerte que pude; estaba feliz de que las personas que me hacían sentir vacío y el mundo tan cruel que me había tocado habitar estuvieran en pausa.

Fui a museos, comí en lugares que nunca creí poder pagar, leí los libros que siempre quise. Viví como un rey desde el momento en el que me quedé solo en el mundo.

Creí que la vida era mejor así, solo, sin obligaciones, sin personas crueles, sin nadie que me diga qué tengo que hacer, sólo yo y los inocentes animales callejeros que ningún mal le hacen al mundo.

Pero todo eso... fue al principio.

Porque después de unas semanas, o lo que yo creí que eran semanas —¿quién lleva la cuenta del tiempo cuando el tiempo está roto?—, me di cuenta de que los libros no responden cuando les hablás. Que los animales callejeros te miran con ternura, pero no pueden llenar el vacío que deja la ausencia de una voz humana, de una mirada que entienda la tuya.

Empecé a visitar a las personas que conocí, congeladas en su último gesto. A mi madre, que quedó con el celular en la mano, a punto de llamarme. A mi ex, detenida a medio paso, caminando hacia quién sabe dónde. A mis compañeros de trabajo, todos con el ceño fruncido, como si el estrés se hubiera petrificado con ellos.

Quise hablarles. Desahogarme. Pero sus ojos ya no veían, y sus oídos no escuchaban.

Y ahí, en medio de esa rutina nueva, más solitaria que nunca, la vi.

Fue un parpadeo. Una respiración. Una sutileza que no encajaba con el mundo detenido.

Una chica sentada en una banca del parque. Me miraba. Con miedo. Con curiosidad. Con vida.

Me quedé inmóvil. Ella también.

—¿Vos también...? —alcancé a decir, como si las palabras me hubieran costado más que gritar aquel primer día.

Ella asintió.

Y entonces, por primera vez en lo que parecían siglos, sentí que algo volvía a moverse dentro mío.

Desde que la vi, el mundo congelado dejó de parecerme un castigo.

Ella se llamaba Sara. No recordaba el momento exacto en que todo se detuvo para ella, sólo que, como yo, había pasado días —o quizás años— pensando que estaba completamente sola.

Decidimos no buscar respuestas.

No cuestionamos por qué nosotros, ni si había forma de que el mundo volviera a moverse. Acordamos, sin decirlo, que no valía la pena seguir buscando lo que ya no nos pertenecía. El tiempo era nuestro, por primera vez.

Nos fuimos a vivir a una casa abandonada en la cima de una colina. Plantamos flores aunque nunca crecían. Pintamos murales en las paredes de los museos. Bailamos en plazas vacías, cocinamos con ingredientes robados de supermercados congelados en el instante perfecto.

Aprendí su risa. Ella, mis silencios.

Nadie nos interrumpía. Nadie nos juzgaba. Éramos los únicos latidos en un mundo sin pulso.

Y durante un tiempo... fui feliz. Por primera vez.

Pero entonces, comenzaron los sueños.

Cada vez que dormía, soñaba con una habitación blanca. Con voces apagadas, con pitidos rítmicos. Con una mano que no era la suya, apretando la mía.

Sara me decía que los sueños no eran reales. Que lo único verdadero era lo que sentíamos cuando abríamos los ojos y nos veíamos. Pero yo... yo empecé a dudar.

Una noche, le pregunté:

—¿Y si esto no es real? ¿Y si todo esto es sólo mi mente... tratando de salvarme de algo?

Ella no respondió. Sólo me abrazó más fuerte.

Abrí los ojos entre luces blancas.

El sonido de una máquina marcaba mis latidos, como si intentara recordarme que todavía estoy aquí. Que todavía duele.

Una enfermera murmuró algo y salió corriendo.

Yo miré alrededor. Nadie conocido. Nadie que me esperara.

No estaba Sara.

No estaba el mundo quieto, ni los paseos por ciudades dormidas, ni las risas compartidas sin relojes.

Sólo quedaba este mundo.

El que me empujó hasta ese punto.

—¿Fue todo un sueño? —murmuré, más para mí que para alguien más.

Nadie respondió.

Sólo el pitido constante. Sólo el silencio.

Y yo... yo seguía respirando.

Paulina Camoirano
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