La puerta entreabierta. Una tenue luz se derrama sobre el piso mugriento. Junto a las patas delanteras de la cama, resalta un par de tenis blancos, rotos. Unas manos pequeñas e ineptas los colocan en unos pies descuidados: los hongos, febriles y rojizos, consumen los dedos deformes. Ahora, ustedes distinguen la oscilación de la sombra en la mancillada pared. Desde allí muestra su altivez. Vigila la profundidad de lo visible, aquello monótono que se desgasta al final de la jornada, justo antes de los excesos. Permanece expectante, los oídos aguzados a la voz y el taconeo indecente. Pero el ruido —el goteo del grifo en la cocina— se mete en la habitación: intenta bifurcar el sueño, quebrar el sigilo.
Los ojos que contemplamos, amarillentos e indolentes, corrompidos por una existencia frívola, se agrandan como lo hicieron minutos antes, cuando inició todo: el enlace, los colores primarios del anuncio que dieron paso a la vacuidad. El reloj colgado en la parte superior de la ventana marca las 10:00 pm. La puerta se cierra de golpe, pero no habrá trabas para las manos adultas que pronto serán parte de la noche, de la vorágine almacenada en las huellas, en el clic que hace andar los signos.
La sombra cambia de lugar. Obsérvenla en la silla: apoya los brazos sobre el escritorio, acaricia las teclas, atisba el impulso. Las acciones se configuran dentro del reflector. Los rayos luminosos frente a su rostro. El devenir, aquel suceso demorado por la voz maternal y su exigencia, se reanuda. Desde este punto todo cambia. La focalización estará en los movimientos, en las sensaciones, en los márgenes que la memoria deberá delinear.
Bocas quietas. Los cuerpos semidesnudos en un sillón negro, cuyo color podría augurar la muerte, el salto a una realidad ajena; distante, absorbida por el quehacer cuestionable de una efigie que esboza un universo a su antojo. El amante apaga la luz. Soslaya los miedos. Deberá hallar la cadencia en el cuerpo de la mujer, en los besos vehementes, hasta llegar a la brusquedad y el hálito de arrebato. Los presagios de saliva quedarán en la piel. Abandonan el sillón. En la cama se desnudan por completo y se funden como una densa sustancia, como un animal irreflexivo, violento. Se tocan. Se voltean. Se besan. Inicia el rito.
De pronto, las líneas verticales de diferentes colores y el mensaje No signal interrumpen la escena. Existe una falla en la grabación casera. Quizá la sombra deba buscar otros videos que no sean tan arcaicos, tan mal elaborados. Se recuesta en la silla y observa los dibujos de dinosaurios colgados en la pared frontal, junto al marco del diploma de primaria. Desea reconstruir aquello detenido. Imaginar el final del video; pero no, lo hará después, cuando lo atrape la inconsciencia y fluctúe en los mundos posibles de la realidad y el sueño.
Los amantes reaparecen en la pantalla. Volvemos a esa atmósfera repulsiva, desprovista de artificio: un objeto que se presume real, bestial. Mirémoslos. Sus ojos se encuentran. Suspiran. No hay espacio para las palabras. Ella coloca sobre la mesa de noche las fotografías impúdicas, tal vez tomadas en alguna playa durante el verano o en una noche de apuestas, licor y cigarros. Extiende una sábana, deja caer su rechoncho cuerpo y acomoda su rostro de forma oblicua en la almohada. Sus ojos ven cómo el espacio se diverge. Él la hace sollozar. Mantiene un ritmo lento. Las manos acarician la espalda arqueada. El sudor se adhiere a las fundas.
Otra vez el No signal. Aprovechemos esta pausa. La sombra tiene sed. Se impulsa sobre la cama. Reduce su mirada a la nada, a la puerta que resguarda su liviandad. Toma el bote de agua del buró y bebe. La pantalla y sus figuras acromáticas regresan. El episodio es distinto. Ahora, la mujer está boca arriba. Jadea. Sus manos oprimen la garganta del amante, lo obligan a hundirse en ella. Rostros marchitos, precisos a la embestida.
Un hombre sube las escaleras. Llega al segundo piso. Luce nervioso. La grabación en blanco y negro entorpece los gestos; nos aleja de las agitaciones que detonan el placer. El vértice del destino se halla en las últimas circunstancias: el hombre espera afuera. Camina de un lugar a otro. Se lleva las manos a la cabeza y se derrumba en el piso. Quizá llora. El trance —esos veinticinco minutos adheridos a la inmensidad— no será suficiente para la sombra, cuyos ojos han sido atrapados por el influjo execrable. Las caricias de la pareja son repetitivas: se extienden desde el cabello hasta las caderas. Siguen sin hablar. Se entrelazan con mayor fuerza durante unos segundos, delineando una postura fetal. Después se alejan. Se deslindan sobre cada esquina de la cama; parecen dilucidar su propio ocaso sin saberlo. Se tornan indiferentes. Ya no intentan tocarse. Por un largo intervalo se tragan el silencio. Minutos después, el amante enciende la luz. Vemos las sombras de sus cuerpos flácidos y deformes. Se miran sin inmutarse.
El hombre sigue frente a la puerta, de cara a la obscenidad. Tal vez para él otra infinitud se construye y lo segrega de lo vital. Se levanta. Simula renunciar. Enfrentar la realidad. Tras reiterados titubeos decide marcharse. Percibimos que su famélico cuerpo oscila en las escalares. Ya es tiempo de nuevos arrumacos. Los amantes reanudan el rito. Sus labios se unen. Se devoran. Las manos buscan penetrar la piel, examinar los músculos. Adentro, el tiempo se detiene, se vuelve dócil ante el choque de los cuerpos.
El hombre regresa. No eximió el ultraje. Fue a la cocina por un cuchillo. Lo sujeta con firmeza, lo hace parte de su mano derecha. Con la otra gira la oxidada manilla y entra. Divisa que los rígidos pechos de la mujer son estrujados. Se dirige al amante y lo apuñala varias veces en el estómago. Inferimos los gestos lerdos; a lo mejor pide auxilio. Moribundo, con el abdomen abierto y sangrante, atraviesa la habitación. Se pierde en la profundidad de un pasillo que conduce a algún lugar de la casa. Finalmente dejará caer sus entrañas y morirá.
La mujer abre la boca. Se lanza sobre el hombre; luego retrocede y contornea los brazos en señal de protección. Es inútil: él la golpea una y otra vez en el rostro. La secuencia, una avalancha de carne y metal, le fracciona el pecho y el vientre en incesantes ocasiones. La sangre es negra. Nace a borbotones. La cabeza de la mujer gira sobre el borde de la cama. Sus ojos blancos observan el infinito, el giro del tiempo más allá de la pantalla. Su estómago se agita, se hincha. El hombre se detiene. Está exhausto. Camina lento. El cuchillo en la mano nerviosa deja un rastro, un río diminuto de sangre, quizá el indicio de la negación, un evento que la memoria no podrá borrar. Busca la salida. Llega a la entrada y apoya su hombro izquierdo sobre el margen de la puerta. No ve atrás. No ve su pasado.
Una voz sensual le vuelve a pedir a Andrés que apague la computadora, que pronto irá a la cama con él. El pequeño, de doce años, no se estremece. Acata el imperativo. Detiene esa otra realidad. Guarda el mundo cuadrado en la gaveta de colores rosado y azul. Luego apaga la lámpara de mesa, cuyo brillo se extingue en el espejo frente a la zapatera.
Algo desgastará por dentro a Andrés. De nuevo, al igual que cada noche, sentirá el pálpito, la fricción de los pechos de una mujer sobre su espalda, el roce del mentón en su cabeza. Escuchará atento los monosílabos, la degeneración de frases obtusas provenientes de unos labios gruesos, sórdidos. Esta vez ya no tendrá miedo. Evocará otros episodios: el pubis lampiño de la mujer, el rostro inerte del amante y el hombre con el cuchillo bajo la puerta. Entonces abrirá los ojos y se tocará la ingle. Algo próximo crecerá: el acaecer, el estremecimiento como desenlace de la noche. Pensará en el sexo, en la otra proyección, en la tramoyista que surge desde el fondo, los golpes en la cabeza, el martillo que cae y el director que detiene la mirada en el charco de sangre.
- Blanco y negro - sábado 7 de junio de 2025


