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Ocres creciendo

jueves 26 de junio de 2025
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Últimamente, las noches heredaban el mismo humo montado en el aire, encadenado entre las paredes. Desde el fondo, resonaba “Nostalgias” en la voz de Hugo del Carril. El sonido antiguo del tocadiscos latía con desengaño y cantó con un ronquido áspero que parecía raspar la garganta. Las begonias languidecían, con las colillas acumuladas en el macetero de arcilla, enredadas entre claroscuros. Miró los discos apilados, obnubilado por el sol, que le dio de lleno en el rostro, y se desplomó sobre el suelo mientras los objetos giraban.

Su cuerpo yacía flácido, con la visión perdida. Consciente de su tormento interno, balbuceó: “No, hoy tampoco saldré”.

Soñaba, de a ratos, que ella volvía. Lo abrazaba como a un niño, ofreciéndole protección. Le dejaba comida en el rincón de lectura con conejos de peluche desgastados y rotos, que quedaban en el fondo de la sala iluminada de rosa, con grandes almohadones blancos sobre la alfombra.

Tembloroso, se sujetó de una silla mientras sostenía un vaso de licor y caminó entre los bollos de papeles esparcidos, con sus notas sobre el desprecio que imprimió aquel adiós.

“Debo abrir las ventanas”, se dijo, y su voz brotó grave al correr las cortinas. La brisa y el olor a las flores del jardín se colaron por las rendijas, disipando las sombras y el moho. El aire fresco lo animó, murmurando: “Excepcional pasaje a la primavera”.

Tiró de la manta, agitándola. Los pedacitos de papeles, que ella recortó, flotaron sin llegar al suelo bajo los rayos del sol que se internaban en la habitación, como una explosión de juventud que pasó con su intensidad.

En su desolación, compró un frasco pequeño de la esencia que ella usaba, pero fue en vano; aquel aroma característico en su piel era único. Se preguntó: “¿Cómo podría sentir nuevamente su perfume?”. Era una herida abierta no sentirlo. ¿Cómo podría convertirse en herida una fragancia? En el desenlace sensible de los trasnoches, así lo percibía, una herida que sangraba.

Se consolaba imaginándola, leyendo recetas inventadas, ofreciéndole sus manos para que pudiera erguirse al recreo de una sobremesa cotidiana.

Desechó todo el líquido que quedaba por el lavaplatos.

Una imagen nublada se dibujó en el portal, y el chillido de las bisagras de la puerta lo estremeció, alertando su desaliño; creyó que ella llegaba con su aroma y encanto.

El viento sopló con más fuerza sobre el escritorio. Las hojas desprendidas del borrador se ondularon como los catalejos de piratas, y los blancos bólidos cayeron rodando. El reproche petulante de su conciencia lo cegaba sobre su propia capacidad creativa y, criticando el escrito con frustración, murmuró: “Nada del autor”.

Sobresaltado, un estímulo quemó sus dedos y un brillo se posó en sus ojos. Impregnando el papel de tinta con hartazgo, puso fin a la historia, mientras desde el fondo continuaba girando el antiguo disco bajo la púa, una melodía de sabores con ella apareciendo con su aroma, danzando entre sus brazos.

Y las hojas escritas volaron.

Mireya Alfonsina Bobrovsky
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