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Un viaje particular

viernes 11 de julio de 2025
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Muy temprano esa mañana Athanael abordó el pequeño tren que lo llevaría por primera vez a su lugar de ensueño.

Había llegado la víspera a la capital de ese país suramericano, y de inmediato se trasladó al interior, al pueblo más cercano a la montaña donde se hallaban las ruinas de una antigua civilización incaica.

Desde que supo de la existencia de ese sitio, una gran emoción se apoderó de él, aunada al imperioso deseo de conocerlo.

Recabó la más amplia información acerca de sus orígenes, de su pétrea edificación, de la relevancia que tuvo en su momento como centro de importantes prácticas espirituales, de actividad agrícola y social, y también de las causas que llevaron a los nativos a construirlo en un punto geográfico tan accidentado, en lo alto de la montaña, a tres mil metros sobre el nivel del mar.

Observaba ahora, por la ventanilla del tren, el exuberante manto vegetal que se extendía a su mirada, hendido por un vibrante y caudaloso río, y estableció la comparación entre la estructura artificial creada por el hombre y esa pulcra manifestación original de la naturaleza.

A mitad de camino, el trencito se detuvo en un humilde caserío donde, casi al borde de los rieles, unos indios e indias aguardaban ofreciendo su rústica artesanía, junto con níveas alfombras de alpaca y llama. Una hora después, habiendo efectuado sus respectivas compras, los pasajeros retornaron al tren, y éste prosiguió la marcha, deteniéndose sólo al llegar a destino: unas amplias terrazas que permitían el ascenso a las famosas ruinas.

Athanael tenía todo el día por delante para hollar con admiración y sobrecogimiento el lugar que lo había subyugado.

Pasó bajo innumerables arcos de piedra; contempló recintos circundados por muros de impecables formas poligonales; observó restos de construcciones de granito, y muchos lugares más que podía reconocer gracias a sus mapas y al meticuloso estudio previamente efectuado.

Por la tarde, aproximándose la hora del regreso se topó con una ruta lateral que supuso conduciría a otra vasta extensión de reliquias, y se adentró en ella.

No se había desplazado demasiado cuando llegó a una zona de oscuros precipicios rodeada por amplios brocales de piedra y a poca distancia divisó a un indio sentado, envuelto en una desarrapada chamarra, que lo miraba fijamente. Athanael se le fue acercando, y al tenerlo en frente el indio se puso de pie y le dijo: “Te estaba esperando. Aquí he permanecido como siempre, custodiando este lugar sagrado”. Y, tomándolo de los hombros, lo sentó con determinación, dio media vuelta y penetró en el despeñadero.

Athanael intentó levantarse sin lograrlo. Comprendió, entonces, que allí permanecería hasta que le llegara su relevo, pero como estaba excesivamente cansado, el sueño lo venció y cayó rendido a lo largo del pretil. Unos suaves rayos de sol sobre su cara le hicieron abrir súbitamente los ojos, y a su lado estaba una joven india de belleza impactante, formas armoniosas y exóticos rasgos faciales, quien le dijo en tono amable que su padre le mandaba a decir que ya podía marcharse, y dando pocos pasos, se introdujo en el abismo.

Athanael, del todo confundido, se dispuso a partir. Por una parte iba alborozado por haber conocido esa particular zona arqueológica que tanto lo atraía, pero por la otra, llevaba ahora ese último enigma del indio y la atractiva joven, que intentaría dilucidar en posteriores investigaciones, con la ayuda de su imaginación y con un próximo retorno a ese mágico lugar.

Apenas regresó de su interesante viaje, Athanael retomó su acostumbrada actividad. Él era un competente arquitecto, autor de algunas obras urbanísticas de la ciudad; sin embargo, cuando disponía de algún tiempo libre, proseguía la investigación de todo lo concerniente a la mágica tierra que había visitado. Estaba intrigado con la aparición de aquel indio la víspera de su partida, y con la hermosa joven india a su lado la mañana siguiente, pero, sobre todo, cómo rápidamente desaparecían por el despeñadero.

Luego de varias consultas en diferentes centros de investigación, Athanael halló finalmente, en una pequeña biblioteca en la periferia de la ciudad, la información que deseaba.

Se decía allí que, adyacente a las preciadas ruinas, había un reducido pueblo, desconocido por la mayoría de los habitantes, pues las autoridades siempre lo habían protegido de la curiosidad de turistas y extraños. Estaba integrado por los más directos descendientes del antiguo imperio indígena, por lo que era considerado el icono de su gloria pasada. Con esta preciosa información, Athanael decidió regresar cuanto antes.

Y helo aquí de nuevo en el trencito, atravesando el mismo manto vegetal, cuya frescura y verdor fluían con el tiempo, viendo brotar las aguas del caudaloso río, hasta que llegó a los vestigios del glorioso imperio indígena y se encaminó de inmediato a la zona de los precipicios, observando sus bordes escarpados e intentando avizorar algún pasadizo entre las piedras que condujera al pueblo colindante, mas no tuvo que escrutar por mucho tiempo, pues a poco salió la hermosa india detrás de un inmenso peñasco dirigiéndose hacia donde él estaba. Se recostó al brocal a esperarla y, cuando ya la tuvo al lado, la saludó amablemente, y la retuvo para cruzar unas breves palabras con ella. Quiso saber de dónde provenía, pues se había sorprendido de verla surgir tras un punto oculto entre las rocas, y también le preguntó su nombre.

La india, sin ningún resquemor ni vacilación, le dijo que vivía en una pequeña comunidad adyacente y que, por un pasadizo oculto, ella, su padre y pocas personas de confianza venían a inspeccionar la zona con frecuencia, a fin de detectar a tiempo cualquier intromisión indebida en esas reliquias de sus antepasados, que para ellos eran tan sagradas como sus propias vidas. Continuó diciéndole que su comunidad estaba especialmente protegida por las autoridades debido a que sus integrantes eran los más genuinos y directos descendientes del majestuoso imperio inca del pasado, y le dijo que se llamaba Nèrsika.

Athanael, aún más desconcertado, le preguntó si era posible que él pudiera conocer ese lugar, y ella le prometió que le solicitaría el permiso con el gobernador, pero con la única condición de que tendría que acompañarlo durante todo el recorrido, y le preguntó, a su vez, de dónde era, pues notaba que sus rasgos y su aspecto eran muy diferentes a los pobladores de su región.

Athanael, en efecto, era un apuesto joven blanco de ojos claros, que había llegado muy pequeño con sus padres a Centroamérica, proveniente del norte de Europa, pero ya grande, nunca sintió deseos de regresar a Finlandia, su país natal, y en cambio sí un verdadero interés por conocer la historia de los oriundos de ese nuevo continente. Por eso estaba allí y le dijo que Athanael era su nombre.

Pero hasta aquí llegó la conversación, pues Nèrsika tenía que regresar. Quedaron en reunirse al día siguiente muy temprano en ese mismo lugar.

A primera hora ya se encontraba Athanael observando el profundo precipicio, intentando ver a Nèrsika cuando apareciera de la sinuosidad de alguna roca, cuando oyó que alguien llegaba y se colocaba a su lado. Se volteó, y allí estaba Nèrsika sonriéndole. Ante la sorpresa de Athanael, la india le dijo que había venido por otro sendero escondido arriba entre las ruinas, y lo invitó a seguirla.

A poca distancia, detrás de una gran mole de piedra, había un pequeño espacio y por allí penetraron, para hallarse ante una vasta explanada custodiada por dos guardias que enseguida le exigieron el salvoconducto a Athanael. Continuaron avanzando y, al primer cruce del camino, se hallaron ante un risueño poblado con hileras de modestas casas de endeble construcción, todas con pequeñas ventanas circulares.

Nèrsika llevó a Athanael a los puntos más destacados del lugar: al mercado, rebosante de frutas, víveres y cereales; a la calle con pocas tiendas de comercio; la escuela, situada al lado de un límpido manantial, donde los pequeños se tendían para aplacar la sed. Sólo de lejos pudo ver el modesto hospital y el rústico liceo.

Finalmente, Nèrsika lo llevó a conocer el singular templo, donde los fieles se reunían para alabar a su dios, el dios Sol, bajo un gran techo de lona removible y circular.

Allí, bañados por los tórridos rayos del astro rey, los creyentes se arrodillaban con gran fervor para pedir por sus necesidades, como lo harían los creyentes de cualquier otra religión, con la diferencia de que ellos no tenían que pensar en un dios desconocido y misterioso, ya que el suyo lo tenían resplandeciendo sobre sus cabezas, a la vista de todos, inundándolos de seguridad y afecto en forma de luz y calor.

Athanael pensó en la confianza y tranquilidad que les producía a esos seres una creencia tan ingenua, ante el tajante aporte de la ciencia que no cesaba de avanzar, dejando al descubierto verdades muchas veces escalofriantes, pero al fin y al cabo verdades, comprobables y de aceptación universal.

Concluyó, entonces, que ya les llegaría a estas personas llanas y sumisas el momento de cambiar su ropaje intelectual.

Ya fatigados del extenso recorrido, se dirigieron a la plaza para descansar.

Desde allí se observaban grandes plantaciones de plátano, yuca y maíz; de naranjas, aguacates y mangos, principales alimentos de los habitantes del lugar.

Athanael se recostó en un banco y al mirar hacia arriba pudo ver el entrelazamiento de las altas ramas de los árboles que más bien parecían un tupido bosque aéreo.

Pero, quizás por la larga permanencia junto a Nèrsika unido a su exótica belleza y amabilidad, Athanael sintió el sano deseo de tener con ella cierto acercamiento, y se la quedó mirando con insistencia; ella también lo miró, mas enseguida bajó los ojos, sorprendida y ruborizada.

Athanael la tomó de la mano y le manifestó su deseo de que estrecharan más la amistad que había surgido entre ellos. Nèrsika accedió con una sonrisa que le iluminó la cara, pero Athanael le reveló que al día siguiente partiría, y que a más tardar dentro de dos meses estaría de vuelta y podrían profundizar su bonita amistad.

Acordaron que se reunirían en el lugar de siempre, el borde de los acantilados.

Así que emprendieron el regreso y, antes de separarse, se dieron un delicado beso, inicio de un mundo nuevo que ambos deseaban conocer y compartir.

Athanael regresó sabiendo que en sus próximos planes debería estar Nèrsika sutilmente implicada.

Recordó los sitios que conoció junto a ella y que le hubiera gustado dotar de mayor belleza y seguridad. Nunca de alterarle su primitivismo original, pues en eso residía todo su encanto, sino en hacer más resistentes las endebles viviendas; construir una hermosa fuente en la escuela, para que los alumnos no tuvieran que tumbarse en la tierra para beber, y así no ensuciar sus sobrios uniformes; conferirle un toque de gracia al triste y abandonado hospital, etc. Entusiasmado estaba Athanael con estas eventuales mejoras en el encantador pueblito de Nèrsika.

Había organizado su trabajo con vistas a su próximo viaje, ya que no sabía cuánto tiempo estaría ausente.

Y los días pasaban con inusitada rapidez, hasta que se halló a la víspera de su anhelado viaje.

Esa mañana, al llegar a su oficina, abrió como siempre el diario para enterarse de los episodios más relevantes del momento, pero un grito desolador escapó de sus labios.

Se informaba allí de un devastador terremoto en la región de las famosas ruinas del extinto imperio incaico, y de la aniquilación total de un pequeño pueblo aledaño, cuya existencia era ignorada por todos. No había ningún sobreviviente.

Athanael se desplomó sobre el escritorio y quién sabe cuánto tiempo hubiera permanecido allí, si los guardias no hubieran entrado antes de cerrar el local, exhortándolo a retirarse, pues casi anochecía.

Athanael se sobrepuso y decidió partir igualmente al siguiente día.

Una vez allí, constató que algunas reliquias de la zona habían sido removidas, y el oculto pasadizo que llevaba al pueblito adyacente era ahora el comienzo de una vasta laguna negra.

Muchos periodistas y recatados visitantes observaban y comentaban la completa destrucción de la zona aledaña.

Athanael no podía salir de su pesadumbre y de su ensimismamiento; entonces se dirigió a la zona de los precipicios y se sentó en el brocal observando con infinita tristeza el sitio donde había visto aparecer a Nèrsika la última vez.

Allí permaneció mucho tiempo, en silencio, como aguardando, hasta que le pareció ver una tenue luz que emanaba detrás de una roca, se iba elevando y le pasaba delante de los ojos, extinguiéndose después.

Y hasta aquí llego la historia de Athanael. No pudo saberse nada más de él, pues se ocultó detrás de palabras que jamás serán escritas.

Thaís Badaracco Febres C.
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