Tenía que justificar sus siestas, así que se había gastado una considerable cantidad de dinero comprando un libro cada día, de lunes a sábado. Buscaba las ediciones de bolsillo más baratas, pero aplicaba ciertos filtros de calidad y también prejuicios que, por supuesto, no le gustaba reconocer como tales. Era un lector voraz pero su límite, no siempre demasiado definido, eran los libros de bricolaje, los de mecánica y los de recetas para la felicidad o para el éxito monetario. Esos que aseguraban cambios radicales en tres, cinco o siete pasos.
Todo lo demás servía: antologías de poesía, literatura contemporánea, jardinería, neurociencia, historia, autores locales y extranjeros, ensayos sociológicos, biografías (le encantaban), filosofía y pare de contar. Hace poco, y después de hojearlo, había estado a punto de comprar, por improbable que parezca, un libro sobre la inteligencia de los pájaros, desde buitres hasta colibríes.
Leía en inglés, en catalán y algunas cosas, con mucho esfuerzo, en francés, pero era perezoso y la lengua materna mandaba, así que una buena traducción al castellano le bastaba. Hacía oídos sordos cuando Marcelo, su hijo mayor —un poco esnobista—, le decía exaltado por teléfono:
—¡Hombre! Si puedes, léelo en el original... ¡No hay comparación!... ¿Cómo lo vas a leer traducido?
Compró también algunos clásicos, aquellos que conformaban su lista culpable de libros pendientes y que los buenos lectores, pese a ser mentira en casi todos los casos, decían tener como referencia. Santiago sabía que no los leería nunca porque lo había intentado y los consideraba un ladrillo o según Bibiana, su querida vecina, un tostón monumental.
Así, por ejemplo, se hizo con Guerra y paz en una edición bonita y no muy cara, y le dio una tercera oportunidad. Pero le superó. El ambiente marcial y aristocrático, los cánones masculinos y femeninos de la época, y esa elevación de la tragedia a categoría de virtud tan típica de la cultura rusa, le aburrían soberanamente. Reconocía en Tolstoi la minuciosidad, la profusión casi inagotable de personajes y un talento fotográfico para reproducir ambientes, pero lo que contaba no le interesaba, requería una inteligencia y una paciencia que aún a sus años no tenía.
Intentó leerlo en casa por la noche cuando, desgraciadamente, el insomnio le ganaba la partida una y otra vez, así que después de dejarlo a un lado en la página cuarenta y dos, se dio cuenta de que había tirado el dinero.
Normalmente podía pasar horas enteras leyendo el mismo libro hasta que le dolían los ojos y se veía obligado a hacer una pausa, levantarse a dar un paseo por el salón, hacer incursiones ansiolíticas a la nevera o contemplar las plantas y, a veces, hablarles... ¡Por Dios!... ¿Cuándo era que se había convertido en la tía Constanza, objeto de las burlas adolescentes de todos sus primos?
El último recurso era siempre tumbarse en el sofá de la habitación de la tele a ver los peores programas imaginables. Las plataformas habían enriquecido la oferta hasta el paroxismo y te inducían a un estado de idiotez que al menos, y por suerte para Santiago, vaciaban la mente. Telerrealidad, tertulias políticas o de farándula y, lo más bajo, videos de cachorros o de tomas falsas de reporteros enfrentando dificultades climáticas.
Sin darse cuenta, completaba un agotador ciclo (libros, plantas, neveras, tele) hasta que la mañana se aproximaba como una visita puntual e indeseada. Al tercer día, ya al borde del delirio, se atiborraba de pastillas para dormir.
Pero desde hacía nueve semanas su insomnio ya no le importaba. O al menos no tanto como para preocuparse por su cordura o su salud mental.
Tantas batallas perdidas contra el insomnio, tanta benzodiacepina para descubrir que la solución estaba cerca e insólita en el sillón de Atzavara, la librería del barrio.
Aquella tarde lluviosa de principios de otoño Santiago, sin haberse alejado mucho de su edificio, deambulaba por la calle en chubasquero y con la cabeza gacha, agotado después de un día intenso de trabajo y dos noches sin dormir y ajeno a la garúa que caía desde hacía un par de horas. En realidad, ajeno a casi todo.
Lo que le hizo detenerse al pasar junto a las vitrinas fue algo que, en la bruma de su falta de sueño, registró como un destello verde. Cuando levantó la mirada ya había desaparecido, pero le sorprendió descubrir que, después de una larga reforma, Atzavara estaba por fin reabriendo ese día, con el mismo nombre pero renovada y reluciente.
La puerta, al empujarla para entrar, rozó apenas unas delicadas campanas que habían colgado del techo para anunciar a los clientes. Ya dentro y sacándose el chubasquero, Santiago observó el espacio con asombro.
A su derecha, dos chicos bastante jóvenes y de tímida mirada ocupaban el espacio detrás de la caja, ajetreados en su primer día de contacto con el público. Parecían haber tomado el mando de la librería con encanto y entusiasmo.
“Benvingut... ¿vols una copa de cava?”, le dijo la chica, pero Santiago, que no había hablado con nadie durante el día, tardó en reaccionar.
“Ah, perdona, ¿quieres una copa de cava?”, dijo esta vez el chico en castellano.
“No, no, gràcies... i gràcies”, les respondió Santiago, mirándolos brevemente a una y otro, y siempre menos simpático de lo que quisiera.
A primera vista, en la nueva Atzavara se apreciaban cambios notables en la disposición de los libros, en los colores de estantes y paredes, en la iluminación, en las vitrinas y en la fachada, que parecían ahora más grandes. Pero el principal cambio con respecto a la antigua etapa de la librería era la actitud de sus dueños. Y tenía que ver, simplemente, con la atención que ponían, concisa pero amable, en cada cliente que entraba. Ni invasiva, ni descaradamente comercial, ni extrovertida. Ni tampoco deshecha en sonrisas.
Su discreta simpatía contrastaba con quienes habían sido durante años las dueñas, dos mujeres maduras bastante hoscas quienes parecían no tener ningún interés por las personas y que habían convertido la prisa y la brevedad en la respuesta en marca de la casa.
Santiago había decidido hace años que prefería no ir a Atzavara. Cuando tenía que comprar un libro o simplemente ganas de merodear por una librería, como le pasaba a menudo, caminaba hacia el otro extremo de Gracia, su barrio, hasta llegar a una antigua librería atendida por la tercera generación de una familia librera que combinaba novedades editoriales y libros de segunda mano. Algunos de ellos verdaderamente maravillosos como la edición antológica de Tragedias griegas de Aguilar que Santiago había encontrado un par de meses atrás, encuadernada en piel blanda y con esas delicadas hojas de papel cebolla que ya no se usaban, al menos que él supiera. Éstas sí las había leído en su lejana adolescencia pero también dudaba de que lo volviera a hacer. Simplemente quería tenerlas como un capricho, como un pequeño tesoro. Aun usando sus gafas nuevas le costaría leer esa letra como patas de hormiga.
Pero esta tarde, atraído por su novedosa luminosidad, decidió darle otra oportunidad a Atzavara.
“Hola. Soc l’Albert i ella és la Berta... ¿què eres client?”, le preguntó Albert desde la caja, mientras Santiago restregaba sus zapatos mojados en el felpudo de la entrada de la librería y les respondía con un asentimiento de cabeza.
“Molt bé... ¡Benvingut!... I passa, passa...”, le dijo Berta al verlo detenido esperando, como siempre, a que le dieran permiso.
Y vaya si había cambios. No sólo los que había percibido desde fuera y apenas entrar. Para sorpresa de Santiago, una vez superada la zona de caja y bajadas unas escaleritas que conducían a lo que era antiguamente el segundo espacio de exposición de libros, se dio cuenta de que habían agrandado la librería hasta hacerla al menos un cincuenta por ciento más grande. Atzavara hacía esquina, así que tal vez habían adquirido un local de la calle transversal a la de la entrada.
Sin embargo, lo que no le sorprendió pero sí le dejó inesperadamente hipnotizado fue un mueble. Un sillón descaradamente verde. Sabía que era nuevo pero tuvo la sensación de que siempre había estado allí, esperando por él. Súbitamente arrebatado, no había espacio en su mente para cuestionarse una sensación del todo ridícula, pero tan orgánica que superaba sus defensas racionales.
Hasta donde le alcanzaba la memoria, en ese espacio, ahora en pleno centro del local, había antes una silla y una mesita de caoba a juego bastante anodinas; volantes promocionales, algún ejemplar olvidado por un cliente descuidado y, si mal no recordaba, un florero que, para espanto de Santiago, contenía margaritas de plástico.
Santiago se quedó inmóvil mirando el nuevo sillón; contemplándolo, más bien. A pesar de su naturaleza demasiado consciente de lo que podía pensar la gente de él, se descubrió a sí mismo abstraído, abandonado a una perplejidad inmerecida para un mueble.
Le dio vueltas como a una idea temeraria. Lo miró por un costado, por el otro, de frente, desde muy cerca, y finalmente se alejó un poco para verlo por detrás.
Tuvo que hacer un esfuerzo por volver a la realidad y lo hizo sólo porque sintió una mirada fija sobre él. Efectivamente, un niño de unos cinco años parecía tratar de entender las fascinación de Santiago pero, a sus ojos, no había nada que la justificase. El niño veía un sillón verde, ni más ni menos.
“Oriol, què veus?”, le dijo la que parecía su madre, cogiéndolo de la mano y mirando la escena con desconfianza mientras lo llevaba hacia la zona de libros infantiles.
Santiago se sonrojó como siempre que se convertía, voluntariamente o no, en el centro de atención.
Retomó sigiloso su acechanza y caminó hasta las estanterías del fondo de la librería. Como coartada, cogió un libro al azar y empezó a hojearlo, pero en realidad observaba el sillón. Tenía la esperanza de que a la distancia perdiera atractivo, pero no fue así. Casi al contrario.
Sus esfuerzos por percibirlo como un sillón común y corriente eran inútiles y, pese a su fobia por hacer cualquier cosa inesperada, demasiado común o que no estuviese en sus planes, cedió a la tentación y se sentó.
Lo que sintió no se podría explicar realmente con palabras pero se puede intentar una aproximación.
Era un sillón magnífico, de gamuza, orejero. El espaldar le invitaba generoso a quedarse, o así lo quiso creer, desde la primera vez. Los reposabrazos eran como almohadones que le engullían. El cojín se hacía cargo de Santiago y absorbía toda su gravedad, dejándole con la sensación de flotar en medio de la librería. El reposacabezas no sólo le hacía honor a su nombre, lo enaltecía y casi pedía ser rebautizado. El color, verde manzana ácida, era extraordinario. Y desde esa primera vez trascendió lo cromático y le reptó por los muslos, las caderas, el abdomen y la cintura, envolviéndole los brazos hasta remontar, ya verde esmeralda, a la espalda, el cuello y la cabeza, donde finalmente se derramó en una especie de lago turquesa sin orillas, sin olas y de temperatura perfecta.
¿Era ese el lago de paz al que una de sus maestras de meditación se había referido? Ojalá hubiera sabido que se podía acceder a través de un sofá. O de un color... ¿Qué le pasaba?
Si Santiago hubiera contado (y mira que al principio tuvo ganas) lo que le pasó ese día —y todos los días sucesivos desde aquella tarde de octubre—, cualquier persona habría pensado que era una experiencia producto de las drogas —o de su abstinencia— o incluso de algún tipo de psicosis.
Pero seguramente si tuviera la valentía y la humildad para ir a un psicólogo (y si no fueran tan caros), ese vínculo hombre-sillón sería definido como una obsesión o como un fetiche. Nada más lejos de eso. No era sólo filiación a un objeto. Era un recurso, una solución maravillosa, no un problema. Era un antiproblema. Era la primera vez que Santiago no elaboraba un discurso mental exhaustivo para llegar a una conclusión. Era la primera vez que se entregaba a un color, a un objeto, a una sensación. A algo cuya relación lógica no pudiera definir. Ni siquiera el sexo (y algunas buenas experiencias había tenido) había logrado domesticar su incesante y obstinado razonar.
Era también la primera vez que conscientemente hacía algo que pudiera molestar a alguien. Cada tarde, después de comer en casa y antes de retomar su trabajo online, Santiago se decía en voz alta frente al espejo del lavabo: “Hoy no vas a ir. Es demasiado. Estás abusando de Berta y Albert”. Pero no había forma: acababa yendo a la librería y sumergido en el lago de gamuza verde.
El alivio que sintió cuando se quedó profundamente dormido la primera tarde —y todas las tardes sucesivas— fue infinito. Un sueño perfecto, ni pesado ni ligero. Reparador hasta el punto de tener la certeza de que tenía más neuronas al despertar, de que veía y oía mejor, de que su sangre era más ligera después de esas siestas.
De hecho, no tenía memoria exacta de cuándo había dormido así por última vez. Quizás nunca lo había experimentado. Quizás era una auténtica novedad para su sistema.
Su insomnio se remontaba a su adolescencia o a su tempranísima juventud. Estaba seguro de que había empezado en algún punto alrededor de sus dieciocho años, cuando vivía de cara a la vida y exprimía cualquier posibilidad de diversión y también de exhibición, quedándose el último en abigarradas fiestas bohemias en zonas muy dispares de la ciudad. Aunque nunca fuera aceptado del todo (nunca fue demasiado cool), consideraba el medio artístico su tribu: donde hubiese bailarines, actores, pichones de directores, músicos y pintores diletantes, allí estaba Santiago. Donde nadie le hiciera muchas preguntas y hubiera alcohol, alguna droga blanda que no le arrebatara el control y un pequeño colchón extra, allí se quedaba a pasar lo que quedara de noche. Había logrado sortear las adicciones por orgullo más que por voluntad: no soportaría que los demás hablasen de él como alguien débil o dependiente. Para Santiago, parte de su vida se resumía en eso: cómo nos define la mirada ajena y cómo mover las fichas en ese tablero que dispone el otro.
Aunque lo tenía bastante a mano, nunca le interesó demasiado el sexo como acto final, pero sí para comprobar que gustaba y para coquetear, así que se ganó a pulso su fama de “calientabraguetas”. Lo que quería en realidad en esas noches largas era desafiar el tiempo a fuerza de moverse más y más rápido.
Ya de adulto había leído sobre esa relación (movimiento-paso-ralentización del tiempo), pero en su adolescencia no tenía ni idea de por qué hacía las cosas. Se entregaba al movimiento incesante huyendo de la gravedad de su familia y de la fealdad del barrio donde vivía.
En aquel entonces, pasara la noche solo o acompañado, su pesada disciplina no le permitía levantarse —sin despertador— después de las siete y media de la mañana, aunque la juerga fuera monumental. No importaba si había dormido cuatro, dos o tres horas, su organismo necesitaba estar en vertical y un impulso eléctrico lo hacía saltar de la cama.
Sin conocer la casa de turno en la que hubiese pasado la noche, buscaba café debajo de las piedras, aunque tuviera que reutilizar algún poso olvidado en una cafetera romana o en un percudido filtro de franela. Su ideal era dos tazas, porque justo después de la segunda todo parecía más ligero y optimista.
Su mente empezaba a fabricar imágenes de posibilidad y el cuerpo respondía haciendo estiramientos y ejercicios abdominales en el más inesperado de los ambientes.
Cuerpos resacosos dormidos en el suelo o en sofás en posiciones imposibles, ronquidos, parejas creadas por unas horas gracias al alcohol apurando las últimas horas de sueño antes de despertarse y darse cuenta, entre la risa y la vergüenza, de quién tenían al lado; ceniceros repletos, latas, música ya impertinente que sonaba baja y olvidada, y el sol, amable, colándose por persianas, ventanas, agujeros, visillos y cortinas. Santiago recorría sonriente lo que le gustaba percibir como un campo después de una batalla y se marchaba a la universidad.
A veces se preguntaba si todo aquello era real o se lo había inventado por hacerse el interesante, por los años que habían pasado o por la tendencia al desgaste y la fabulación que tiene toda memoria.
Lo cierto es que su insomnio, aunque enconado desde que cumplió cuarenta y cinco años, no era nuevo ni muchísimo menos. En sus distintas variantes y grados, lo había acompañado por décadas y, cuando se creía doblegado y resignado a esperar la inevitable locura, apareció el sillón.
Había pensado ya varias veces en comprarlo y llevárselo a su piso. No sería molestia: vivía a sólo siete calles y con la ayuda de una persona fuerte podría hacerlo fácilmente.
De hecho, un día en que se sentía extrovertido, se lo había planteado tímidamente a uno de los dueños intentando sonreír.
“Quan demaneu per la butaca verda?”.1
La mirada de mal disimulada incomprensión de Albert (o compasión, ¡qué vergüenza!) era exactamente igual a la de una tarde en que Santiago despertó de una de sus ya habituales siestas y lo descubrió observándolo desde la caja.
“Oblida-ho, Albert. Ximpleries meves”.2
El impulso de comprarlo fue real, pero sólo el impulso, porque no quería negociar. En realidad, no sabía hacerlo.
Nunca había entendido del todo la inclinación a poseer cosas y personas y todas las pesadas maneras sociales que eso generaba. Las conversaciones sobre deberes, fidelidades, intereses, negocios, puntos, inversiones y propiedades le resultaban desconcertantes y a veces casi aterradoras. Su ex mujer siempre se lo había reclamado como algo que lo hacía, a sus ojos, perder atractivo, como si tuviera una tara o una desventaja innata o como si por ello fuera un poco menos hombre.
Por un momento, le había parecido divertido pensar en la cara de su hija cuando fuera visitarlo y viera aquel sillón verde manzana. Adriana siempre tenía opiniones para regalar. La adoraba y le agotaba a partes iguales.
“Papá, ese color no te pega para nada. Además, haber comprado una mesa antes que un sillón, no?”.
Pero, en el fondo, estaba seguro de que una vez que sacara el sillón de la librería y lo pusiera en el anodino salón de su piso, sin mesa, sin lámparas, con sólo dos sillas, una gran biblioteca y una planta a prueba de olvido, el sillón perdería no sólo su cualidad somnífera sino todo su atractivo.
De momento y hasta que le echaran o le prohibieran la entrada, seguiría yendo cada tarde a la librería de su barrio. Podía permitirse unos dos libros baratos a la semana. Berta y Albert parecían verle aún con cierta tolerancia, o quizás con asombro, pero en todo caso no con ganas de echarle. No eran entusiastas con su presencia pero, si hacían un mínimo ejercicio de objetividad, Santiago era el mejor cliente que tenían.


