Abrumada, Julie no dejó de dar vueltas en el hall del aeropuerto, instantes previos a la partida. La mujer era todo llanto y tristeza. En la maleta llevaba de regreso los sueños de un tiempo que se le esfumaba de las manos. “Qué corta es la dicha y qué persistente el dolor”, reflexionó mientras hacía el check in para embarcarse de regreso. Había pensado que el amor lo podía todo. Sin embargo, impelida por las circunstancias, fue forzada a partir.
*
A Julie la sorprendió el cielo minuciosamente azul de aquella mañana porteña, el día que arribó de su ciudad natal junto a su flamante amor. Había dejado la antigua boulangerie de la rue Mouffetard, en el célebre Barrio Latino de París, para huir a Buenos Aires con el hombre que la enamoró cabalmente, el Vasco Iturbide. Atrás dejaba su pasado para irse muy lejos, casi en secreto, aferrada a su viejo anhelo de pasar página.
Nadie había como el Vasco para bailar tango. Durante su juventud se floreaba por las milongas de Pompeya, su pago chico, y por los suburbios del sur, donde era reverenciado casi como una leyenda. En París fue contratado para realizar exhibiciones y dictar unos talleres de tango. Allí conoció a Julie, la francesita que se enamoró de su estampa milonguera y su sonrisa sarcásticamente porteña. Se besaron por primera vez mientras bailaban “La puñalada” en el taller que él coordinó en Montmartre. Ella también había aprendido de su mano a amar a Buenos Aires a la distancia. Hasta que un día fueron a instalarse a la casa paterna del Vasco.
Julie había cambiado el Sena por el Riachuelo, la Gare de Montparnasse por Constitución, el Boulevard Saint-Marcel por la avenida Sáenz. En fin, el Pont des Arts por el puente Alsina. Del populoso quartier latin de París pasó sin atenuantes a impregnarse de la atmósfera melancólica del barrio de Pompeya, en el sur de la ciudad. Y amar a sus poetas, como Manzi. En el café Las Tres Moscas de la calle Centenera, posta y previa de las viejas noches de gloria del Vasco, solían verla por las tardes bebiendo café y echando un vistazo hacia la nada a través de sus amplios ventanales. Una costumbre que trajo consigo de su tierra.
La vieja casona que habitaron junto al Vasco aún conserva el clásico patio interno, una galería y un pasillo con habitaciones en hilera. Frente al patio hay un paredón cubierto de madreselvas, y unos maceteros con malvones rojos. Todo allí huele a tango. El patio era el sitio sagrado en donde la pareja ensayaba sus coreografías, para lucirlas todos los domingos en el legendario Caminito de La Boca. Julie amaba ese ritual pagano, vestirse de tango junto con su compañero para enredarse en su elegancia y sensualidad; amaba aquellas tardes en las que dibujó filigranas ante las miradas de asombro de los turistas; amaba a ese hombre a quien seducía en cada mirada, en cada finta, en cada sentada, y lo provocaba con su aliento y respiración. Ella entendió la pasión del tango no bien se hizo carne su pasión por el Vasco.
La francesita se adaptó muy rápido a los códigos del barrio porteño. Vivaz, expresiva, fascinaba a la vecindad con su simpatía y locuacidad. Entonaba, a sugerencia del Vasco, el tango “Manoblanca”: “Pogteñito, Manoblanca / Vamos ¡fuegza, que viene baganca!”, con su inefable acento francés, y los ojos encendidos de ternura. Él también se enamoró de esa mujer de mediana edad, magnética y cautivante, la tarde parisina en que se conocieron, y en la que ella nunca le quitó los ojos de encima. Él le obsequió una gargantilla con dije de piedra natural la noche en que fueron a cenar a Pigalle, y en la que brindaron por la pasión que los devoraba.
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Una tarde, el Vasco descubrió en el celular de Julie una noticia incómoda. No bien tuvo la ocasión, la increpó:
—¿Por qué nunca me dijiste nada de tu hijo?
La francesita cambió el semblante y se puso a la defensiva.
—Creí que teníamos un pacto, ¿no?
En efecto, en París habían acordado jamás indagar en el pasado el uno del otro. Y juraron cumplirlo por encima de todo. La apuesta era clara, aunque riesgosa: no importa lo que hayamos sido, sólo incumbe el presente y el mañana. Ella se había arriesgado a viajar con un hombre sin pasado a más de doce mil kilómetros de distancia. Por su parte, él admitía en su propio entorno a una mujer que amaba, pero de quien ignoraba todo. Ambos corrían riesgos. El pasado puede ser oscuro, clandestino, pero un hijo es presente y también futuro y, por lo tanto, no debió formar parte del pacto secreto que se juramentaron. Ella le aseguró que no estaba arrepentida de la decisión de mudarse a Buenos Aires.
Julie le confesó al Vasco, entre lágrimas, que Philippe no era hijo suyo, sino de Pierre, su ex marido; que aprendió a quererlo desde muy pequeño, durante sus años de convivencia. Y que uno de los motivos de su separación definitiva fue la acusación que sufrió el chico en la escuela, cuando se lo halló culpable de un incendio en el interior de la institución educativa. Ese episodio resquebrajó la relación sentimental de la pareja, hasta la ruptura final, ocurrida dos años antes de conocer al Vasco. El chico eligió quedarse a vivir en la casa paterna, en Montreuil, en las afueras de París, y Julie retornó al departamento de sus padres, en el Barrio Latino. La relación entre ellos no había quedado, tras la separación, en los mejores términos.
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Eran las cinco de la tarde cuando Julie decidió, fuera de su agenda habitual, visitar al Vasco a su atelier de Pompeya, el taller en donde él imparte clases de baile. Desde lejos lo vio parado en la puerta del local, hablando con una mujer joven. De repente, ella lo despidió con un beso en la boca. Julie no quiso dar crédito a la situación. Se detuvo detrás de un vehículo estacionado, para no ser vista, y desde allí pudo observar cómo el Vasco tomó a la joven de la cintura y la besó efusivamente. Ese día la francesita guardó un repulsivo y desgarrador silencio.
El Vasco, pese al paso de los años, era un hombre apuesto, elegante, pasional. Su destreza de bailarín había sido el pasaporte de todos sus hábitos nocturnos, la juerga, la bebida, las mujeres. Se había enamorado de Julie, de su simpatía y su figura encantadora, pero —caballo viejo no aprende trote nuevo— las mañas y los vicios arraigados terminarían siendo más fuertes que su voluntad.
La francesita había chocado, azarosamente, contra aquella realidad. Así y todo, sintió la curiosidad de conocer el entorno en el que se movía el Vasco y obtener alguna confesión de primera o segunda mano. A poco de andar, vaya si la obtuvo. Las referencias la condujeron hacia Tatiana, una ex aspirante a bailarina, que había tomado clases en el taller de Iturbide. Julie se hizo pasar por aprendiz y le arrancó más de una confesión. Entre ellas, que había sido amante del Vasco mientras tomaba clases con él.
—Las clases son impagables. Las recomiendo. Él es un personaje encantador, seductor. El peligro es que, cuando te enamorás de un tipo así, siempre terminas mal... —dijo Tatiana ante la fingida sonrisa de Julie—. Va envolviendo a su presa con tal habilidad que siempre logra que se quede sola junto a él, después del horario de clases. Y cuando pone la milonga “La puñalada”, en ese momento es cuando actúa. Lo hizo conmigo, lo hizo con otras chicas que conozco...
Los secretos del pasado pueden mantenerse a resguardo, incluso, de la propia conciencia. Sólo el tiempo puede decir si se está dispuesto a comparecer ante ese pasado.
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Sobre la mesa del patio de la casa, frente al paredón con madreselvas, había un papel, una carta manuscrita. Cuando llegó el Vasco, la recogió e intentó entender, casi en la oscuridad de la media tarde, de qué se trataba. “Nuestro pacto nos quedó muy grande. El pasado siempre sale a relucir, siempre vuelve. Es más fuerte que nosotros. Cuando leas esto, estaré volando hacia París, para intentar olvidarte. Lo nuestro fue apenas un sueño, dilapidado por una puñalada. Hasta siempre. Julie”.
La carta, ilustrada con unas pocas gotas de sangre, estaba atravesada por un puñal incrustado en la mesa de madera. Debajo, se dejaba ver una gargantilla con dije de piedra natural.
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