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Los ojos

domingo 24 de enero de 2016

Miró los ojos de su padre, con devoción. Él desayunaba y leía el periódico, con su impecable uniforme y un gesto despreocupado. En instantes partiría a cumplir con su trabajo. La niña le sonreía tibiamente pero él no lo percató, distraído como estaba en devorar su lectura. Ella dejó caer de su mano un sonajero, como suplicando atención, y él se lo devolvió del piso sin mirarla. Al cabo de unos minutos, apuró el último sorbo de café y se paró, alzó a Belén y la despidió con un beso en la frente.

Miró los ojos de su padre, con respeto. Como siempre, él desayunaba en silencio leyendo el periódico, con su uniforme listo para partir. La niña quería decirle algo, pero no se animó a interrumpirlo. Mientras revolvía su taza de café con leche, se le cayó la cuchara al piso. Él la recogió y la puso en la mesa, sin desatender su lectura. Apenas un instante después se paró, Belén hizo lo propio y partieron rumbo al colegio.

Miró los ojos de su padre, con cautela. Él desayunaba y leía el periódico de siempre, vestido de uniforme, con ansiedad y nerviosismo, a pocos minutos de partir hacia sus tareas. La adolescente temió preguntarle algo, concentrado como estaba él con las últimas noticias. Mientras acomodaba sus apuntes, voló al piso una citación judicial envuelta en un folio transparente. Él la levantó, miró a Belén con un fastidio fugaz y continuó con su lectura. De repente se paró y le ordenó que lo siguiera hasta el auto para ir a declarar.

Miró los ojos de su padre, con horror. Él hundió más que nunca su cabeza en el periódico, con la ropa de fajina reluciente y un gesto de preocupación. La mujer iba a preguntarle demasiadas cosas, pero tuvo miedo a esa vieja furia contenida. De su mano temblorosa se le deslizó la cartera, él la tomó apresurado y se la arrojó con violencia, fijándole la vista un instante con odio desencajado. De repente se paró, insultó a Belén, la amenazó con represalias si llegaba a declarar, a comentar algo, a sugerir siquiera, y salió de la casa estrepitosamente.

Miró los ojos de su apropiador, con desprecio. Él no leía el periódico ni vestía su viejo uniforme, y ya había desayunado. Belén no quiso preguntarle nada. Sólo se miraron. Los ojos de él lucían imperturbables: ni despreocupados, ni furiosos, ni alertas. Sólo el ruido de las llaves que ella sostenía en su mano pudo quebrar el silencio. Casi como un hecho natural, el manojo fue a parar al suelo. Belén lo recogió sin dejar de mirar aquellos ojos, sin decirle nada diciéndole todo. Apenas un instante después caminó hacia la puerta de la celda y un guardia la condujo hasta la salida.

Gabriel Cocimano
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