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El tesoro de los huérfanos

jueves 10 de marzo de 2022

Jamás se preguntó por qué, justo a él, le habían asignado aquella misión. Él, que llevaba años de oscura obediencia en los muros de su mediocridad, comenzó a sentir en todo el cuerpo una suerte de espasmo, un escalofrío que agitó sus tripas. Cuando supo que sería el encargado de custodiar el secreto sintió, a la vez que el honor del subordinado, un pánico inquietante de responsabilidad. Nadie en el mundo debía saber que el tesoro quedaba en las manos vacilantes de un mayor del ejército.

Ese tesoro era una pieza singular. La leyenda que representaba el sueño y las heridas de todo un pueblo, ahora devastado. Era la metáfora casi divina de una pasión, el retrato capaz de poner en vilo a los pusilánimes que lo confrontaban. Idolatrado por muchos, el tesoro era, sin embargo, temido, como un numen. Aquello que por las noches acecha como una amenaza persistente, igual que en la encrucijada de los espejos borgeanos.

El hermético operativo militar lo trasladó hasta la propia casa del mayor, en donde estaba destinado a permanecer por algún tiempo. Afuera, el invierno replicaba el frío de una nación desamparada. Por las calles, la presencia de las velas y las flores del pobrerío hacían vacilar el raquítico entusiasmo de los apropiadores. En cada rincón, los huérfanos imploraban por la suerte de su divinidad.

Alcanzado por un pánico irracional, vivía parapetado entre los cortinados de los ventanales.

El mayor pasaba sus horas más agitadas: mientras el secreto permaneciera en la buhardilla de su casa, él sabía que no tendría paz. Apenas lo consolaba el sueño inminente de la paternidad: Elvirita, su mujer, iba a ser madre por segunda vez. Una ironía: la felicidad de revelar un tesoro —darlo a luz— contrastaba con el imperativo de ocultar el otro bajo siete llaves.

La tensión social no daba respiro a los usurpadores. El rumor de la existencia de patrullas civiles tras el codiciado secreto helaba la sangre de nuestro hombre. Alcanzado por un pánico irracional, vivía parapetado entre los cortinados de los ventanales, encogido detrás del pintoresco buró de madera rústica, junto a su inseparable Colt, aterido de pánico. Cada ruido insignificante lo inmovilizaba. Comer y dormir eran lujos que los obsecuentes de su laya no podían darse.

Su jefe, el coronel de inteligencia, un estratega del secreto y maestro del rumor, estaba a punto de caer en desgracia. Había secuestrado y profanado el tesoro, y sería confinado a un largo ostracismo. Por ese motivo, la responsabilidad de custodiarlo recayó en sus manos trepidantes, que echaban por tierra su elemental autoestima.

Hasta entonces, ese tesoro sólo había traído calamidades a sus enemigos, los paralizaba de espanto, como si por efecto mágico lograse envenenar sus mentes anestesiadas, cegadas de odio. Una momia sublime había puesto en vilo la crueldad de estos hombres de armas. Ni los exorcistas pudieron evitar que aquellos militares se caguen encima ante su sola presencia.

Mucho menos el mayor, un verticalista enfermo de obediencia debida. Agazapado entre los objetos mobiliarios, detrás del frío silencio de las paredes, marcial y erguido de miedo, pasaba sus horas temiendo lo peor: que alguien, un ladrón, un comando, un fantasma o el espíritu santo, le arrebate el tesoro. La obsesión más extrema, al igual que la de Frederick Clegg en El coleccionista de Fowles, genera monstruos imprevisibles.

Había ordenado a su mujer no merodear la habitación en la que guardaba documentos confidenciales. Los oficios reservados de la milicia divulgaban, sin embargo, la existencia de murmullos profanos al acecho del tesoro. Ahora que sabía que vendrían por él, su estabilidad emocional era tan sólida como una pluma en medio de la tempestad.

De golpe, sintió unos pasos. Sobresaltado, escuchó los latidos de su corazón como si fuera una estampida de corceles. Tras aquellos pasos, percibió una sombra proyectada sobre la medianera del altillo siniestro. Los perros del vecindario aullaron a coro, alborotados. En su enceguecido raid, el mayor distinguió, en la penumbra, una silueta que acechaba en las inmediaciones de la habitación prohibida. No pudo más: tensó el brazo derecho y descargó con saña unos disparos secos con su pistola reglamentaria. No bien recorrió los pocos metros que lo separaban de la puerta de entrada, le cayeron todas las fichas: el cuerpo de Elvirita yacía allí, agonizante, en medio de un reguero de sangre.

El pánico que sus apropiadores tenían por aquel secreto no había sido en vano infundado.

Al igual que la mujer de Barba Azul atreviéndose a husmear en el aposento secreto de su marido, la esposa del mayor se interpuso entre el misterioso ático y su incongruente guardián. Lo que Barba Azul ocultaba en su alcoba eran los cadáveres de todas sus difuntas esposas. El mayor era, para su mal, el custodio del inescrutable cadáver que simbolizaba la pasión de los humildes.

El pánico que sus apropiadores tenían por aquel secreto no había sido en vano infundado. En su viacrucis póstumo, la maldición que el tesoro de los huérfanos había esparcido sobre sus enemigos acababa de cobrarse una nueva víctima. Alguna razón le asistía al atribulado custodio, víctima él mismo del odio y la obsesión que todo lo carcome.

Acaso no exista venganza más reparadora para esos huérfanos que el escarmiento de su diosa pagana para con los perpetradores de sus calamidades.

En 1956, un oficial del ejército argentino mantuvo oculto en la buhardilla de su casa un sorprendente tesoro: el cadáver embalsamado de María Eva Duarte de Perón.

Gabriel Cocimano
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