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Fumando espero

sábado 2 de agosto de 2025
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Jane era una mujer vulgar. No había otra palabra que la definiera mejor. Medía metro sesenta, era gruesa sin llegar a la obesidad, fumadora empedernida y descuidada. Los mechones canosos le cubrían el cráneo; a menudo ni siquiera se molestaba en recogérselos, dejándolos caer desmadejados sobre los hombros. Solía vestir vaqueros informes y chaquetas de poliéster que le quedaban grandes. Hacía tiempo que su aspecto dejó de importarle, nunca fue una prioridad. En el edificio donde vivía estaba prohibido fumar en el interior de los apartamentos, así que era habitual verla apoyada en la verja que daba a la calle Cuarenta y Uno, con sus camisas de franela a cuadros —como si fuese una lesbiana despreocupada—, dando largas caladas a un cigarrillo.

Siempre le gustaron los hombres. Prefería a los gordos y calvos, tipos grandes, cubiertos de pelo, que bebían cerveza sin vaso, eructaban y se tiraban pedos. Hombres de verdad, de los de antes. Ahora todos le parecían unos maricones, con sus rapados, sus barbitas bien recortadas, esos pantalones apretados y esa actitud amanerada, siempre pendientes del espejo. Para Jane, ser hombre era un estado espiritual, una forma de estar en el mundo, como si el universo entero te debiera pleitesía sólo por llevar calzoncillos.

Le habría gustado nacer varón, para qué mentirse a estas alturas. Sus sesenta y nueve primaveras al menos le concedían el derecho a la sinceridad. Nunca disfrutó de los vestidos ni del maquillaje. Nunca fue coqueta. Pero no era lesbiana. Sólo de pensarlo se le revolvía el estómago: retozar con otra mujer en una cama le resultaba de todo menos excitante. Las mujeres le molestaban. Su parloteo constante, sus mezquindades, esas maldades que se dedicaban unas a otras. Entre hombres no pasaban esas cosas: eran más directos, se decían las cosas a la cara y no necesitaban demostrar nada. Porque eran machos. Hombres, y punto.

Desde joven disfrutó de su compañía. Incluso las mujeres menos hermosas son capaces de conseguir su ración de macho. Y ellos no suelen ser delicados.

Su primer novio se llamaba Enzo Romano, un joven italiano que vivía en Brooklyn. ¡Cómo amó a ese muchacho! Y no es que hicieran grandes cosas —ninguno tenía dinero—, bregaban con sus obligaciones por un puñado de dólares y pasaban las tardes de domingo retozando por los parques, paseando junto al mar, besándose apasionadamente en cuanto encontraban un rincón de intimidad.

La madre de Enzo odiaba a Jane. Desde que puso un pie en aquella casa sintió la oleada de resentimiento: su niño no iba a casarse con esa cualquiera, una irlandesa sin modales, incapaz de cocinar un plato de pasta decente. Enzo merecía una mamma que lo cuidara como Dios manda. Así que aquel noviazgo estaba condenado desde el principio, azuzado por la bruja de la madre.

Jane lloró desconsolada. Creía que jamás olvidaría a su Enzo. Escribía su nombre sin descanso en las esquinas del diario. Aunque no era una mujer nostálgica ni blandengue, todavía hoy le dedicaba algún pensamiento —aunque sin el dolor que arrastró durante aquellos meses tras la ruptura. Sólo le quedaba el recuerdo del cuerpo de su primer novio aplastándola contra el colchón, derramando en ella toda su hombría juvenil.

Esos primeros jadeos le supieron a gloria pura.

Después vinieron muchos más. Jane no era precisamente una mujer modosita. Su sed de macho era insaciable. Ni las biblias ni las broncas lograron reconducir aquellos instintos, provocando trifulcas constantes en casa de sus padres. Hasta que un buen día se hartó de los gritos y los reproches, metió cuatro trapos en una maleta y se largó a una pensión de la calle Butler, en Cobble Hill, que por aquel entonces era la antítesis de lo que es hoy: una zona pobre y marginal, habitada por la masa trabajadora que cada mañana se dirigía legañosa al sur de Manhattan, transportada en vagones abarrotados que recorrían el subsuelo de la ciudad como sardinas en lata.

¡Y qué viva se sentía entonces! Daría cualquier cosa por volver a aquellos días. Ahora atesoraba los recuerdos como única tabla de salvación. Se hundía. Llegaba el final, ese que uno ignora hasta que lo tiene encima.

Fumaba sin descanso, por hacer algo. Salía al fresco a observar transeúntes que la ignoraban, como si fuera otra bolsa de basura amontonada en la acera. Una vieja fea y antipática, con su vicio sucio y asqueroso.

Esa era ella. Jane McGee.

Se casó a los veintidós. Su primer marido era un joven de veintisiete, de Greenpoint. Jan Nowak era un tipo alto y rudo, su rubia cabellera la daba ya por entonces casi por perdida. Fuerte como una roca, llevaba desde los dieciséis trabajando en la construcción, levantando naves y fábricas junto a los muelles de Sunset Park. Traía un buen sueldo a casa. Entre los dos llevaban una vida decente. Jane no deseaba más.

Se esforzó por ser una buena esposa. Acudió a su madre en busca de ayuda. Aprendió a cocinar, a limpiar su hogar, le remendaba los pantalones y las camisas de trabajo. Amaba a su esposo por encima de todas las cosas. Si eso no era amor, que viniera Dios y lo viera.

Y en la cama volaban entre las estrellas, entregándose el uno al otro con un desenfreno inusitado.

Jane se quedó embarazada a los dos años de matrimonio. Nació una niña rubia y regordeta que llamaron Lillian. Todo parecía irles bien, aunque ambos bebían demasiado. Aun así, lograban mantener sus trabajos sin demasiados problemas. Fueron felices, tanto como se puede ser en esta vida.

Hasta que Jane recibió una llamada del jefe de Jan. Había tenido un accidente: traspasó una vieja claraboya carcomida y cayó desde más de quince metros de altura. Muerto en el acto. Viuda de la misma manera. Lillian tenía por entonces un año y medio.

Regresó a casa. Su madre también era viuda: el padre había muerto a los cincuenta y un años de un ataque al corazón mientras esperaba el metro en el andén de la calle Treinta y Cuatro. Así que las dos hicieron gavilla, afrontando la vida con la determinación que ambas habían mamado desde la cuna: inmigrantes en un mundo hostil y traicionero.

Porque en América todos somos inmigrantes, siempre. Esta tierra sólo la habitaron indios durante siglos. Ni irlandeses, ni italianos, ni polacos, ni mucho menos los malditos ingleses. Tampoco los negros, ni los chinos. Como mucho, los hispanos podrían tener más derecho de paso, por proximidad geográfica.

Eso pensaba Jane entre calada y calada, a las puertas de su edificio, con la Quinta Avenida plagada de mexicanos y la Octava de chinos.

Siguieron años complicados. Nunca tuvo formación superior. Encadenaba trabajillos: el más duradero fue como planchadora en una lavandería industrial, donde cientos de hoteles enviaban toneladas de toallas y sábanas blancas cada semana. Entre nubes de vapor hirviente, lidiando con altas temperaturas y un sofoco constante, sudaba litros cada jornada.

Lillian crecía feliz, en compañía de su madre y su abuela. Reía con la inconsciencia de los inocentes, descubriendo el mundo como todos hacemos a esas edades.

Ralph era diez años mayor que Jane. Se conocieron en una fiesta de Navidad de la empresa. Él estaba con otro grupo, compartiendo la misma sala. Después de la cena, retiraron las mesas para improvisar una pista de baile, y terminaron bailando juntos.

Tenía un cuerpo grande, apenas le quedaba pelo en la cabeza, y reía con ganas: una carcajada pura y sonora que encandiló a Jane desde el primer instante. Siempre le habían gustado las cosas auténticas.

Siguieron cuatro citas románticas, dos películas en el Cobble Hill Cinemas de la calle Court, un par de cenas iluminadas por velas temblorosas. Se casaron en octubre, una tarde gris y lluviosa.

Ralph tenía una casa en Bay Ridge, al sur de Brooklyn, a pocos minutos del mar. Los domingos caminaban al borde del agua, pasando bajo el imponente puente Verrazano.

Jane quedó embarazada. Desde el primer momento sintió que esta vez sería un niño. Lo llamaron Frankie. Todo parecía ir bien, pero Jane tenía miedo. Ya una vez todo se había venido abajo sin previo aviso.

Y fue eso, el miedo, lo que acabó con Ralph. Era un hombre grande y fuerte, reparaba maquinaria industrial en los muelles de Sunset Park. Pero ni sus manazas ni sus poderosos brazos lograron protegerlo de su propia mente.

Comenzó a despertarse por las noches, ahogando un grito. Jane sentía esos primeros ataques con sobresaltos: ambos botaban en la enorme cama de matrimonio. Ella le abrazaba, le secaba el sudor de la frente. Al principio, Ralph callaba. No quería alarmarla, pero ella ya lo estaba.

Poco a poco fue contándole. En la negrura de su mente, con los ojos cerrados y el sueño rondando, en esa zona difusa entre la vigilia y el inconsciente, veía un rostro cruel y sonriente. Una especie de encarnación del mismísimo demonio. Un hombre calvo, de facciones duras y nariz afilada, que le dirigía un gesto de burla. Nunca le dijo nada. Su mera presencia era suficiente.

Al principio, Ralph intentó defenderse tirándose a la bebida. Enormes cantidades de bourbon que lo dejaban semiinconsciente. Pero en cuanto bajaba la guardia, su monstruo regresaba.

Jane también le temía, aunque aquel ser jamás se presentó en sus sueños. De algún modo intuía que el final estaba cerca. Se preparaba para lo peor.

Frankie ya tenía cinco años. Lillian, una adolescente gorda y decidida, era una niña de armas tomar: una hija del Brooklyn más descarnado.

Un buen día, Ralph acabó con su vida. Preparó una soga, la ató con sus propias manos, se la enrolló al cuello y saltó de la silla. Poco antes había cenado con Jane y los chicos. Era una tarde de domingo. Jane y los niños habían salido al centro comercial. Él se quedó en casa.

Les dejó una nota de disculpa: cuatro palabras mal escritas. Nunca fue un hombre de letras.

Jane nunca le guardó rencor por aquello. Sintió una pena inmensa y tenebrosa, pero creía a su marido cuando le hablaba de aquel ser de pesadilla que se presentaba en sus sueños.

Siguió con su vida. La casa era suya, pero no podía seguir viviendo allí. Nunca olvidaría los pies bamboleantes de su esposo muerto, colgando al borde de la cama. Vendieron la vivienda y se mudaron a un apartamento de dos dormitorios frente al parque, en la calle Cuarenta y Uno. Allí seguía, muchos años después.

Jamás se volvió a casar. Ya no le quedaban fuerzas ni ganas. Los chicos crecieron y volaron. Fue una madre correcta, sólo eso. A veces la visitaban, nunca demasiado. Jane prefería estar sola. Fumando.

Hace pocos años se instaló en el edificio contiguo una pareja de mariquitas. Proliferaban por el barrio como champiñones: parejas tanto de hombres como de mujeres. Jane nunca tuvo problema con eso. Había pasado buenos ratos bebiendo en Ginger’s, el bar gay más cercano, a unas pocas calles. Pero uno de aquellos gays le ponía los pelos de punta. Su cráneo rapado y su rostro pálido le recordaban al fantasma de Ralph. Pobre hombre, no tenía culpa de nada. Su aspecto no era amenazador. Parecía polaco. Sus ojos celestes irradiaban una tristeza callada. Saludaba a Jane con un gesto cuando se cruzaban, a veces varias veces por semana, para luego desaparecer un par de meses. Así es el destino.

Jane reprimía el impulso de sostenerle la mirada. Cuando pasaban por delante, se perdía recordando los tiempos en que fueron felices: Ralph, ella y los niños, gastando la tarde del domingo junto al río, a la sombra del puente Verrazano.

Fumaba esperando el final. Sin otro objetivo que pasar el rato.

Al final, en eso se resume todo: en pasar el rato.

José Peláez
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