Doscientos años de amor
Rubén Torres de Mesa
Novela
Editorial Caligrama
Sevilla (España), 2025
ISBN: 978-8410410015
686 páginas
En el desván de casa de los Tenorio, se ocultaba un secreto que fue pasando de generación en generación. Se trataba de un pequeño escenario, con cuatro títeres que componían un teatro en miniatura. La casa era antiquísima, se decía que de principios del siglo XIX, y había sido albergada por las sucesivas familias de los Tenorio. El desván se hallaba siempre cerrado, a no ser que el padre, que guardaba con cuidadosas atenciones la llave, requiriera subir por algún motivo. Los niños no podían incurrir en subir al desván, ni mucho menos tocar ese pequeño teatro que, cubierto de espesas capas de polvo, descansaba en una de las esquinas de la estrecha estancia, entre otros trastos y cachivaches.
Cuando los jóvenes llegaban a la edad adulta, era momento de su rito de iniciación. El secreto se les desvelaba, que al principio les costaba creer. El secreto pervivía durante todas las generaciones de los Tenorio, se decía que el primero de ellos que se hizo con el pequeño teatro se lo compró a una caravana de gitanos, que, por aquellos años, de pasada, visitaban el pueblo. No se llegó jamás a conocer la identidad ni la procedencia de aquel zíngaro que le hizo aquella venta al entonces padre de los Tenorio.
La vetusta casa contaba con un jardín extenso en sus alrededores. Éste era cuidado con esmero, un día cada tres semanas, por el jardinero, quien había sido a su vez hijo del anterior jardinero, y así, del mismo modo, se remontaba a perdidas generaciones de jardineros que, cuando sus hijos primogénitos llegaban a la mayoría de edad, les pasaban el relevo del encomendado trabajo. Los hijos aceptaban sin rechistar esta férula, a la que estaban sometidos desde el mismo momento de nacer. Si bien el oficio de jardinero dejaba tiempo para otras dedicaciones, como igualmente era el mantenimiento de los dos restantes jardines, pertenecientes a los otros hacendados del pueblo.
Doscientos años de amor, de Rubén Torres de Mesa, por Jorge Gómez Jiménez.
Hoy en día, don Eduardo Tenorio, padre de la actual generación, se dedica al mismo trabajo que desempeñaba su padre, la dirección de la hacienda de la imprenta; trabajo que, del mismo modo, fue pasando de descendiente en descendiente de los primogénitos respectivos de la familia.
Don Eduardo contaba con dos hijos varones, al segundo de ellos lo insertó en la escuela del pueblo, para que estudiara la carrera que gustara. Al hijo mayor, Gonzalo, le resta poco más de un mes para cumplir la mayoría de edad y relevar al padre del susodicho trabajo en la imprenta. El negocio cuenta con seis operarios, que se afanan día a día en sacar a la luz el periódico de la comarca; posteriormente, antes de cada amanecer, un trabajador monta en el camión de reparto y hace la ruta por todos los pueblos de alrededor, para llevar a cada uno de ellos las noticias comarcales; no hay día que falte el ejemplar, a excepción de las fechas de Navidad y el día primero de año, o las veces contadas en que la familia hacía uso del conductor, y de su camión ese día para desplazarse a través de la comarca, como, por ejemplo, la asistencia de la familia a las fiestas de los pueblos vecinos de la comarca, donde se reunía lo más granado de la región.
Don Eduardo a su primogénito lo fue instruyendo, unos años atrás, acerca de su labor en la imprenta. El dueño del negocio había de estar al tanto de la contabilidad, así como de supervisar el resultado final del periódico previamente a cada amanecida. Antes de hacerse con el primer camión de reparto, hace muchísimos años, el negocio contaba con un rodal, que era tirado por cuatro caballos, para que no llegara el diario tarde a ningún pueblo de los alrededores.

Actualmente, se mantienen las mismas caballerizas que acogían a los caballos entonces destinados a hacer la ruta comarcal. Hoy se albergan en ellas el mismo número de caballos, que son destinados para los paseos que la familia Tenorio efectúa de vez en cuando. Cuando se produce un exceso de esos animales, son vendidos a los vecinos del pueblo, que no escatiman en gastos, conociendo de esos caballos su fuerza y velocidad, heredadas de los antepasados de los recientes equinos.
A don Eduardo le resulta repugnante presenciar el nacimiento de los caballos, y cómo éstos, mal que bien, al instante de nacer, se intentan sostener sobre sus cuatro patas. No obstante, don Eduardo no se abstiene ningún día de pisar las caballerizas, para acariciar a sus cuatro ejemplares, que con tantos paseos deleitan a la familia Tenorio. Los equinos no se han visto día alguno desamparados por el dueño de la imprenta, que les repone la escueta acequia de los bebederos, así como el suministro de forraje con que alimentarse. En breve, en ese cometido del cuidado caballuno será relevado asimismo por su hijo Gonzalo.
En una ocasión, hace muchos años, una yegua parió un par de caballos siameses, a los que sacrificó el Tenorio correspondiente porque pensaba que era obra del demonio esa atrocidad de la naturaleza.
Antes de que llegara el teléfono a la comarca, cada pueblo disponía de un jinete con cuyo caballo, bien cuidado y entrenado para hacer distancias a la velocidad del trueno, se adentraban por llanuras y selvas hasta llegar al pueblo de los Tenorio y suministrarle la última noticia de su vecindario. Ante la puerta de la redacción del periódico, se amarraban los equinos para dejar en el diario de la comarca la página en donde se explicitaba la noticia. Después llevaban al animal a las caballerizas de los Tenorio para que se saciara de agua y se repusiera con forraje, y así llevar a cabo la ruta de regreso renovados, descansados y a un lento trote.
Se podría pensar si en las generaciones de los Tenorio se hubiera dado la eventualidad, en alguna familia, de que ésta no contara con ningún hijo varón que heredara las responsabilidades pertinentes que correspondieran a los de su estirpe. Sin embargo, nunca fue así; en toda la casta de los Tenorio siempre hubo un descendiente masculino que agarraba en su mayoría de edad las riendas de la familia.
Las féminas eran instruidas por sus madres en las labores de su casa, que no eran otras que las manualidades de costura o el manejo de las largas agujas de trenzar, así como el ganchillo. Las tareas domésticas duras eran encomendadas a la sirvienta, que, a su vez, sería la encargada de preparar las comidas del día. Cuando las hijas de los Tenorio llegaban a edad casadera, la familia al completo iba de visita a uno y otro pueblos de la comarca, en los días de fiesta que organizaba cada localidad, para comprobar si llegaba a producirse algún entendimiento con los hijos de los hacendados del pueblo que visitaban.
Una característica que como un estigma había pasado desde generaciones atrás en la familia era su inclinación a permanecer instantes en que sus mentes se abismaban por lugares insondables, quedando los varones absortos durante unos minutos en que sus miradas se abstraían. Dejaban de hacer presencia en el sitio donde se hallaban, se marchaban hacia escenarios en penumbra que ellos mismos no controlaban. Sus espíritus se transportaban a la velocidad del rayo hacia lugares ignotos donde sus pensamientos dejaban de existir, y si lo hacían era en forma de imágenes, en las que su postura en esos momentos era como la del visitante de un museo que se halla prendado ante un cuadro expuesto. Entonces era mejor no interrumpirlos, porque su carácter se volvía agrio y contestatario. De ese modo, cuando regresaban de esa inercia, si se les preguntaba qué les había sucedido, su actitud se tornaba igual que si los hubieran estorbado durante esos éxtasis. Podían aventurarse en ese trance en cualquier sitio u ocasión, incluso podían esfumarse una vez tomaban el café, o en el escritorio de la imprenta, cualquier situación podía ser propicia para esos trances.
Ante el rumor que ha llegado a los oídos de don Eduardo, advirtiéndolo de la aparición de Internet, lo que acabaría con la imprenta, hoy en día el ansia del heredero Gonzalo es mantener el negocio contra viento y marea. En el vecindario no se cuenta con ordenador personal, sólo las familias hacendadas, que últimamente habrían visitado la ciudad y se hicieran con tal invento del diablo que funciona bajo conexión vía satélite. En las fiestas de cada pueblo, las familias pudientes, los hombres le ponían al corriente de este artilugio que podría arruinar la dedicación de los Tenorio.
El resto del vecindario, exceptuando otras dedicaciones concretas, lo componían habitantes consagrados a la agricultura, que, de generación en generación, habían venido llevando a cabo el mismo trabajo que sus padres. Sólo en la niñez asistían un par de años a la escuela, donde aprendían a leer y a escribir, así como las operaciones matemáticas de la suma, resta, multiplicación y división. Una vez que dominaban esas artes, los alumnos hijos primogénitos de agricultores se dedicaban a las tareas del campo, echando una mano en principio a su familia, y, después en edad casadera, acaparar las retribuciones para el sostenimiento de su familia respectiva, cuando se comprometían con las mozas del pueblo. Era el momento de construirse una casa, antes del enlace matrimonial, para tenerla preparada una vez se llevara a cabo la boda. En muchas ocasiones, se iniciaba la construcción de la nueva vivienda un tiempo antes del compromiso con ninguna moza. De ese modo, se contaba con más facilidades al ir dispensando al albañil a través de plazos. La casa podía tardar en levantarse alrededor a lo sumo un par de años. Tiempo que le era indiferente al comprador; éste continuaba habitando en el domicilio de su familia, ni siquiera había iniciado noviazgo alguno. No obstante, como era de prever, durante ese lapsus de años éste terminaba comprometiéndose con la moza de turno.
Tan sólo los gitanos vivían en chabolas, levantadas con chapas o maderos, incluso a veces con adobe y peñascos. Estas últimas eran las más alabadas, ya que el dueño se enorgullecía ante la pandilla por su pericia en la construcción. Los gitanos vivían de los excedentes del campo, del que siempre se obtenía una buena parte. El clima y la tierra propiciaban que las tierras produjeran de continuo un exceso de alimentos, lo que era suficiente para sustentar precariamente al clan de los gitanos. Por otra parte, éstos obtenían cada año un buen rédito, mientras se desarrollaban las fiestas del pueblo, cuando organizaban un circo al aire libre donde muchos de los vecinos acudían, atraídos por la destreza de los gitanos con sus habilidades malabares y apurados trucos de magia. En el periódico de la comarca se anunciaban estas atracciones, que constituían un atractivo más en las fiestas del pueblo para los foráneos que lo visitaban.
- Doscientos años de amor, de Rubén Torres de Mesa
(primer capítulo) - viernes 8 de agosto de 2025



