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Masajes...

jueves 14 de agosto de 2025
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El pecho de Amelia subía y bajaba; su respiración buscaba la forma exacta para estabilizarse. Sus senos estaban pegajosos; brillaban por la capa de sudor que los había humedecido, poco a poco, desde hacía más de dos horas. Una mano tocó su pezón izquierdo y los vellos de todo su cuerpo se erizaron, como si un solo vello hubiera dado la orden al resto, como si se tratara de una alienación firme. Los dedos largos y suaves masajeaban su seno izquierdo. La mano era mucho, pero mucho más grande que el seno. Su rostro no mostraba nada, ni una sonrisa por cosquillas, ni una mirada que transmitiera placer. Amelia le preguntó a su enamorado: “¿Te gustan?”. El enamorado le respondió: “¿Qué cosa?”. “Mis senos”, dijo Amelia. “Sí, me gusta tu lunar”, volvió a responder él. Amelia tenía un lunar rojo, pequeño pero visible, cerca de su pezón derecho. Su enamorado le decía que parecía una marca hecha con pluma roja. Fuera de eso, para Amelia no existía otro rasgo interesante en esa parte de su cuerpo. Y la palabra “interesante” era muy exagerada. Amelia sólo sentía que había algo diferente que no fueran sus dos pezones color rosado pálido, rosado exangüe. Amelia se paró y caminó al baño en silencio.

Amelia entraba a la ducha y su enamorado seguía tumbado en la cama, probablemente dormido o viendo algo en el celular. El jabón líquido ya había sido esparcido por todo su cuerpo, así que por fin empezaba con su momento preferido del día: los masajes. Amelia denominaba con ese nombre a su ritual, que consistía en pasar, suave y lentamente, sus manos por todo el cuerpo, estrujando pedacitos de su piel con los dedos, sobando y apretando, una y otra vez. Por eso se demoraba tanto en la ducha; sus baños podían durar una hora o hasta más. Su mamá creía que ese hábito revelaba que su hija era muy aseada, y su enamorado pensaba lo mismo. Los masajes recorrían sus brazos, sus hombros, la zona de sus costillas, sus piernas, sus glúteos e incluso las plantas de sus pies. Realmente la relajaba. Sentía que, después de su rutina, su cuerpo quedaba más ligero, como si los toques que se daba a sí misma permitieran que se quitara de encima unas cuantas libras, como si sólo quedara su esqueleto flotando en el baño.

El momento especial era cuando sobajeaba sus senos. Pero justo ahí, la velocidad incrementaba, como si en su espalda hubiera una palanca que aumentara el nivel de potencia de los masajes y una mano invisible la moviera, pero no de golpe, sino poco a poco. Ya no sólo eran sus dedos, era toda su mano. Los apretaba fuertemente. A su cabeza llegaba la imagen de cuando era pequeña y amasaba con fuerza una bola de plastilina, compuesta por una mezcla de colores que no se percibían, porque terminaba morada o negra. Apretaba, apretaba, apretaba. Con fuerza. Pero la diferencia estaba en que la bola de plastilina sí era gorda y un poco grande, pero sus senos no. Llegaba un momento en el que le dolían, porque trataba de apretar algo que no existía. No había nada. Como cuando una persona delgada intenta probar que tiene rollitos en su barriga, pero por más que estruja su piel y trata de estirarla, no agarra nada.

Amelia pensó en los senos de su madre. La señora Ana era joven, tenía cuarenta y ocho, pero físicamente no los aparentaba; se veía menor, no tanto como una joven de veinticinco, pero sí como alguien de treinta y nueve. Era delgada. Sus piernas eran compactas, y ni un solo pedazo de piel caía ni se blandía como gelatina. Ese era el resultado de pasar años y años en el gimnasio. Su madre era muy comprometida con su salud, pero no desde un punto de vista superficial, ni porque quería verse como la mamá cuarentona que resaltaba entre el resto de las casi cincuentonas, que ya tenían los vientres abultados y la piel caída de los brazos.

La señora Ana, desde adolescente, había sido diagnosticada con un trastorno hipocondríaco. La idea de que moriría pronto la perseguía desde que tenía quince años, edad en la que se obsesionó con practicar hábitos saludables para no poner en peligro su cuerpo: hacía ejercicios, se hidrataba bien, mantenía horarios de sueño decentes, evitaba cualquier tipo de vicio relacionado con alcohol o con algún otro tipo de droga nociva, y procuraba mantener su mente ocupada en actividades productivas. Ana en ningún momento había intentado atosigar a sus hijas con las rutinas obsesivas que había desarrollado. Años y años de terapia la habían ayudado a no transmitir esa obsesión a sus hijas, aunque nunca logró controlar su hipocondría del todo. Lo único que persistía de su enfermedad mental en el resto de su familia era la limpieza exhaustiva dentro del hogar: todo debía ser lavado, indistintamente de si era una botella de Coca-Cola, una funda de galletas, los zapatos que sus hijas usaban en el colegio o el saco que su esposo usaba para ir al trabajo. Todo lo sucio se lavaba antes de ser usado; todo lo sucio se iba al cesto de lo sucio.

Amelia suponía que las largas duchas las había copiado de su madre, y sí: era eso. Cuando era pequeña y se bañaba junto a ella, los baños eran largos. Su madre limpiaba cada parte de su cuerpo con aquel jabón de bebé que tanto les gustaba a ambas. La masajeaba cuando la bañaba; lo hacía con una esponja que quitaba la suciedad de su piel, que en realidad no estaba sucia, pero su mamá estaba obsesionada con el aseo de su pequeña hija. Seguramente sólo eran residuos de sudor o alguna partícula de polvo. La tradición de los masajes había sido inventada por su madre o, tal vez, iniciada por su abuela, quien hacía lo mismo con su madre cuando era niña.

Amelia no temía morir por una enfermedad contraída por no haberse bañado dos días seguidos. Pero de todas formas se había acostumbrado a las recomendaciones de su madre: “Antes de salir de la casa, te bañas; cuando regresas, también. En la calle hay tantas bacterias”. Tal como su madre lavaba con concentración las frutas que compraba en el mercado o las botellas de yogur, Amelia había aprendido a hacer lo mismo con su cuerpo.

Los senos de su mamá tampoco eran grandes. Las mujeres de la familia de Amelia no tenían senos grandes. Pero sí eran lindos: se veían como dos peluches redondos y blancos, con pezones rosados y suaves. Estéticamente, pertenecían al grupo de lo lindo, lo aceptable, lo deseado. Tiempo atrás, Amelia había investigado en internet formas para hacer crecer los senos sin la necesidad de una cirugía estética; los resultados sugerían rutinas de flexiones de pecho o ejercicios en las máquinas de pecho. Otras páginas afirmaban que aquello era un mito. Así es: los senos no varían su tamaño por practicar alguna actividad física. Pero fue ahí cuando Amelia cuestionaba por qué los de su mamá sí eran lindos y los de ella no. A pesar de esa “sugerencia” que encontró en internet, Amelia no hizo las flexiones de pecho, pero sí empezó a masajearse, ya no con una esponja, sino con sus manos.

Todo había comenzado cuando estaba en el colegio. Alejandro y Diego eran sus compañeros de clase. Amelia y el resto eran adolescentes con caras cubiertas de espinillas y puntos negros. Nadie, evidentemente, era perfecto. Sin embargo, de un día para otro, sin razón alguna, Alejandro y Diego empezaron a molestar a Amelia. Primero ella intuía que se trataba de bromas de “amigos”, pero ellos no eran sus amigos; sólo se sentaban muy cerca y trabajaban juntos en las actividades grupales.

Amelia estaba en la playa y se tomó una foto que luego subió a sus historias de Instagram. En la foto aparecía su rostro y parte de su pecho. Como llevaba una blusa con aberturas en el centro, se veía la zona de sus senos. Pero, claro, no era nada prominente: sólo un pecho plano, sin curvas ni bultos. Además, al estirar el brazo para tomar la foto, sus pechos se aplanaban aún más. Alejandro respondió a la historia con un emoji de risa y escribió “¿Y los senos?”. Amelia leyó el mensaje e inmediatamente borró la foto. Se sentó en el piso y rompió a llorar. También deseaba borrarse a sí misma. Su mamá se acercó, muy preocupada, y le preguntó qué ocurría. Ambas se abrazaron. Amelia apoyó la cabeza sobre los senos de su madre, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Alejandro y Diego estaban acostumbrados a comentar sobre los cuerpos de sus compañeras. Amelia escuchaba todo lo que decían, porque lo gritaban sin importar quién los oyera. Pero, como se sentaban al fondo, casi nadie prestaba atención. Algunas de las tantas palabras que repetían en esas conversaciones eran: “ricas”, “grandotas”, “tabla”, “plana”, “redonditas”, “mesa”, “turra”, “guapa” y otras más. Amelia sabía qué palabras encajaban con ella; Alejandro y Diego se lo habían dicho en la cara: “Tú no tienes tetas”. Se congeló al escucharlo. Esbozó una media sonrisa con los labios y miró a otro lado. Luego se paró y fue al baño a vomitar.

 

Los hombres pueden ser muy crueles; eso, Amelia lo sabía. Pero jamás había imaginado que se atreverían a tanto. Aunque, después, supo que los hombres son capaces de cosas peores. Amelia estuvo más de una hora encerrada en el baño. En el salón de clases, nadie lo notó.

Fue así como Amelia empezó a pensar en los senos que la rodeaban. Mientras lloraba en el baño, pensaba en Lily, una de sus compañeras. Todos amaban a Lily: era una chica especial, buena estudiante, buena compañera, linda físicamente, con una personalidad divertida. Y también tenía algo que la hacía distinta: unos senos grandes, muy grandes, mucho más grandes que los de su mamá. Las pocas veces que Amelia había interactuado con Lily, todo había sido normal. Pero, desde aquella mañana, Amelia decidió que quería ser su amiga. Quería conocerla, a ella y a su cuerpo.

La amistad no se desarrolló por completo. Cuando se está en el colegio, cualquier persona con la que se converse puede llevar el título de amiga. Amelia pudo acercarse cuando, en una clase de educación física, les tocó trabajar juntas. Fue así que durante la ejercitación empezaron a hablar sobre cosas básicas: sus series favoritas, sus canciones favoritas, sus bandas favoritas, y otros temas que no resultaban interesantes. Terminó la clase de educación física y todos fueron a cambiarse el uniforme. Amelia se sentó, aparentemente absorta, en una esquina del baño. Pero, de reojo, observaba a sus compañeras. Fue entonces cuando descubrió esa diversidad de sostenes que sus compañeras usaban: algunos eran de copas grandes, otros de copas medianas, pero ninguna, al parecer, usaba chaquetilla o un sostén sin copa. Amelia sí usaba chaquetilla. Por eso Alejandro y Diego sabían que sus senos eran diminutos: faltaba la curvatura de la copa del sostén.

Amelia sentía una pequeña presión en su estómago, parecida a lo que experimentaba cuando tenía que exponer frente a todos sus compañeros. Sabía que estaba mal mirar los cuerpos de sus compañeras, aunque, en realidad, no era todo el cuerpo lo que observaba: su atención se centraba en los sostenes, en ese deseo silencioso de ver lo imposible.

 

Amelia sólo quería usar los mismos sostenes que el resto de sus compañeras y que su madre. Por las noches tenía pesadillas en las que se veía dormida, y cuando abría los ojos se encontraba rodeada por todas sus compañeras y por su madre, en medio. Todas se acercaban a su cuerpo para abrazarla, pero justo cuando estaban a punto de hacerlo, los senos llegaban primero a su cara, acortando el espacio entre su nariz y el aire de la habitación, impidiéndole respirar con facilidad. Amelia se despertaba de golpe, muy asustada y agitada. Lloraba intensamente, pero en silencio. Si hacía ruido, su mamá correría al cuarto y, una vez más, la abrazaría. Amelia odiaba esos abrazos, porque le recordaban eso que ella tanto deseaba mostrar y que su madre escondía.

Lily había comentado que extrañaba a su mamá, quien trabajaba en España desde hacía ocho años. Amelia tenía a la suya junto a ella, pero aun así se sentía rara con su presencia. La presión en su estómago también aparecía cuando veía a su mamá usando blusas de tiras, las del gimnasio. La parte de sus pechos se veía muy bien, nada vulgar. Su madre no exageraba nada, a diferencia de algunas de sus compañeras, que colocaban papel higiénico en las copas para aparentar un mayor volumen. Los de su madre eran pequeños, pero se veían bien. Los de Amelia eran pequeños, y sus compañeros se burlaban.

Amelia lloraba y se cuestionaba a sí misma por qué le daba tanta importancia a dos pedazos de carne que no servían para nada, por qué sentía resentimiento hacia el cuerpo de su madre, por qué anhelaba ver los pechos de sus compañeras, y por qué cuando hablaba con Lily sólo pensaba en el sostén que se escondía bajo su ropa.

Amelia quería abrazar a su madre, pero cada vez que lo hacía, le dolía el cuerpo y le palpitaban los senos que no tenía.

La última vez que habló con Lily fue en su cumpleaños, al que Amelia había sido invitada. La temática era playera, y desde que Amelia lo supo tuvo la certeza de que todo sería una pesadilla. No quería ir, pero su madre le insistió tanto que terminó por aceptar. Su madre estaba muy emocionada, tanto que fueron al centro comercial a comprarle un traje de baño. Era rojo y de una sola pieza. Llegó el día de la fiesta y su madre la dejó en la entrada de la casa de Lily. Amelia llevaba un jean acampanado negro y una camisa rosada. Le había dicho a su madre que se cambiaría después, cuando todas las chicas estuvieran en traje de baño.

La fiesta había iniciado y ya todos y todas lucían sus trajes de baño. Amelia se excusó con la hermana mayor de Lily y le dijo que estaba agripada y prefería no exponerse al frío de la piscina. Se quedó sentada en una mesa mientras veía al resto gritar y reírse. Alejandro y Diego estaban reposando sobre unas perezosas. A pesar de que usaban gafas, Amelia notaba cómo los ojos de ambos estaban muy abiertos, como si fueran a explotar. Y sus sonrisas burlonas, por ratos, se transformaban en mordidas de labios o en las puntas de sus lenguas deslizándose sobre los labios superiores. Amelia se sintió, como Alejandro y Diego, una morbosa más que no podía parar de ver los pechos de sus compañeras de clase.

Llegó a los masajes después de la fiesta de Lily. La imagen de ella observando a sus compañeras la atormentaba, pero, al mismo tiempo, no podía evitarlo. En medio del baño, se enjabonó los senos y sintió algo raro, algo que llamó su curiosidad. Amelia no tenía los senos grandes que tanto deseaba, pero, al tocarlos tanto, pensaba que tal vez podrían crecer y hacerle experimentar algo que nunca sentía con su enamorado. O acaso sólo le gustaba el tacto. ¿Estaba bien o mal? Amelia nunca lo supo. Pero sí era consciente de que la ayudaba a alejar de su mente los senos de Lily y de su madre, que rondaban su cabeza todo el día. Se preguntaba si alguna vez Lily había notado ese deseo en su mirada. Supuso que no, porque nunca le dijo nada. O, tal vez, a Lily le gustaba sentirse mirada. Amelia no era la única que soñaba con los senos de Lily. Eso era muy obvio.

A veces dolían; a veces no. El dolor y el gozo de Amelia se dividían por una frontera que se difuminaba con facilidad.

 

*

 

Amelia abrió los ojos y sintió que le dolían los senos. Su mano derecha aún masajeaba el seno izquierdo; era como un robot que no podía parar. Un líquido blanco empezó a caer desde su pezón. Su respiración se agitó. El líquido bajaba lentamente; era una masa mucosa. Su espalda se resbaló lentamente por las baldosas de la pared. Pensó en su madre, en lo mucho que quería un abrazo de ella en ese momento. Cubrió sus senos con las manos y empezó a llorar desconsoladamente. Pasó un dedo por el líquido blanco y lo metió en su boca: era shampoo. Las lágrimas caían y se mezclaban con las gotas de la ducha. Sobaba sus senos mientras susurraba algo ininteligible, como si cantara una canción de cuna a un recién nacido.

Salió de la ducha, desnuda. En el cuarto ya no estaba su enamorado. Salió y bajó las escaleras, dejando un camino húmedo detrás de ella. Se acostó en el suelo y miró al techo. Al cerrar los ojos, lo único que veía era a Lily y a su madre, pero ninguna de las dos tenía senos; sólo había dos agujeros negros que emanaban un brillo morado. Amelia sonrió.

Kathya Carvajal
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