Existen muchos tipos de fríos. Aquellos ocasionales producto de un desabrigo, aquellos lógicos de estación, aquellos bienvenidos y buscados, aquellos desconocidos que derrotaron a Napoleón. Y está el frío de entre las cinco y las siete de la mañana en la provincia de Mendoza.
Todavía es de noche, todavía no debería entenderse nada, pero ya se entiende todo, porque así se han programado el cuerpo y la mente desde hace más de una semana. Porque son fríos que se esperan, se conocen y se anticipan. No son fríos de sorpresa, ni de resignación, son pruebas que ya se han asimilado en días de conocer el cronograma fijo y dejar la ropa lista al costado de la cama. Son fríos que entremezclan con los fantasmas que todavía no se acuestan y los trabajadores y estudiantes que ya llevan mate y una torta raspada encima.
Una de esas mañanas y con esos fríos, después de dos largos viajes, me encontré llegando con demasiada antelación a una escuela en el departamento de Las Heras. No había remedio: en todos los lugares del país, menos en donde atiende el diablo, o se llega extremadamente temprano o se llega extremadamente tarde.
Llevarse algo para hacer durante la espera es otra planificación de la lista. Grandes momentos para consumir libros o estudiar discografías.
Eso sí, para hacer algo, hace falta, al menos, un pequeño haz de luz.
Pero esa vez, cuando yo llegué con demasiada antelación, la calle estaba a oscuras. La escuela estaba cerrada. No había nadie, ni nada. El panorama era desolador hasta para las almas en pena.
Y había uno de esos silencios, esos silencios únicos del piedemonte entre las cinco y las siete de la mañana. En cualquier bioma diferente, hay algún que otro animal característico haciendo de las suyas, trasnochando o madrugando. Pero en esta zona nadie se digna a hacer presencia.
Así que hay un silencio, extremo, musical, negrísimo, profundo. Tan profundo y tan silencioso que a veces puede ensordecer.
Atravesé la negra calle, llegué a la negra puerta de la escuela y me quedé en un negro rincón. Mudo, todo mudo. Oscuro, todo oscuro.
No tuve miedo. El único peligro que podía acecharme no venía de afuera, de ese agujero negro, sino de adentro, y era la tristeza. Lo único malo que me podía pasar hasta que la vida apareciera en la esquina y llegara hacia a mí era morir de cierta pena.
Porque, encima de todo, estaba triste. Para no desentonar. Para ser un agujero negro ad intra y ad extra.
Es que, cómo lo puedo explicar, no sabía muy bien qué estaba haciendo ahí, salvo que había que hacer eso de alguna u otra manera. Y esa fue la primera manifestación que apareció, un ensayo, un borrador, la hoja en la que probás si funciona la lapicera.
Recuerdo cuando algo se movió y se me acercó. Pensé en Dios el primer día de la creación. Algo se manifestaba: había una figura, un elemento, algo más además de la oscuridad y yo.
Era eso que las taxonomías delimitan como “perro”. No recuerdo su forma ni color, no sé si eso podía distinguirse. Sólo recuerdo la idea del perro, el concepto caminante, que vino y se sentó a mi lado.
¡Ya éramos dos en este nuevo universo, revoloteando sobre la superficie de las aguas!
El perro se quedó quieto. No tengo la menor duda de que sabía que, en ese momento de nuestras vidas, sólo nos teníamos el uno al otro, y por eso decidió hacerme compañía.
Podría decir muchas cosas de Mendoza, además de ensayar una descripción de su frío, pero sólo añadiré algo muy importante: allí no existe lo abstracto, todo es naturaleza real.
El camino del héroe, con sus múltiples recovecos, no es una bella estructura teórica, sino una ruta geográfica. Las figuras retóricas se señalan con el dedo, pues son una persona, un paisaje, un recuerdo. Allí, cuando corresponde, la noche es literalmente más oscura antes del amanecer. Nada alude a, pues todo es. Es una tierra que jamás invisibilizó algunas de sus capas más sagradas y caras, como el resto del mundo. Todo está ahí conviviendo y siendo palpable.
Por eso, ese día, ahí, el perro y yo solo éramos, pero la humanidad restante seguramente nos hubiese enmarcado dentro de una cosmogonía.
Veinte minutos o diez millones de años después, según el ordenamiento artificial que prefieran, ocurrió otro cataclismo.
Se individualizó en la esquina un ser semejante a mí (¿estaría ya comenzando la Era del Hombre?).
Avanzó hacia mi negro rincón como si siempre hubiera sabido que yo estaba allí. ¿Cómo es que atravesó toda la sombra y todo el silencio, con sus extremas densidades?, ¿cómo es que podía verme?
El hombre vino hacia mí. Despierto, con ojos abiertos, lavados, renovados. Claro, por eso podía verme.
Me saludó. Me preguntó qué hacía ahí y a esa hora.
¿Y qué iba a estar haciendo? Estaba esperando transformarme en algo de luz y que esa metamorfosis coincidiera con el momento en que alguien decidiera abrir la escuela.
Se ve que nunca había visto semejante proceso, porque se sorprendió y decidió acelerarlo. Tomó un pesado llavero de su bolsillo y me hizo pasar, siendo yo todavía una larva, al interior de la escuela.
Si bien me alegró ver a un semejante, admito que la tristeza seguía, ahora debido a otra hilacha de todo ese tejido de causalidades: me pasaba que, al ver que el portero había llegado, me daba cuenta de que faltaba cada vez menos para que comenzara mi momento de entrar en acción, de entrar en esa aula a intentar intentar (sí, eso mismo, no es un error de tipeo).
Pero bueno, entre todos los tipos de milagros que existen (algo que todavía nadie se ha animado a categorizar rígidamente, por suerte) hay uno que me encanta: el pequeño distractor, la cosa “banal” —entre muchas comillas y notas al pie— que puede con todos los monstruos. La musiquita linda que suena y te hace dar vuelta la cabeza por un instante, sin que importe nada más.
Qué lindos son esos momentos. Qué lindo es distraerse cuando amerita.
Hay objetos que son máquinas del tiempo hacia el pasado, hay pensamientos que trasladan a un muy específico y nada potencial futuro, y hay situaciones que profundizan el presente. Estas últimas no trasladan, sino que cavan y cavan en el mismo espacio, en el mismo tiempo e, inclusive, en el mismo estado de ánimo.
Soy devota de los tres elementos. Bienvenidos sean esos objetos, esos pensamientos y esas situaciones. Pero esa mañana me asombré del poder de estas últimas, una vez que pude salir del trance.
Pues yo estaba bebiendo de ese cóctel bien mezcladito de mi pesar, sueño, incertidumbre, lo que fuere (todo ahí revueltito en una agüita y en una petaquita), cuando el portero me dijo que entrara a la cocina de la escuela, para que no pasara frío. Y ahí comenzó algo nuevo.
Sin dudas, la cocina era su reino. Su dominio. El palacio del agradable señor que me vio en la oscuridad y me hizo salir del frío.
Prendió una luz cuya fuente no sé en dónde estaba, pese a ser ínfima, y a continuación prendió una hornallita. Tal vez prendió también una estufa, eso no lo recuerdo, honestamente. Por el frío que hacía, seguro que lo hizo, pero yo sólo me acuerdo de la hornallita.
Porque esa hornallita era, de pronto, todos los leños del mundo ardiendo. El calor del cosmos condensado. El antónimo absoluto del concepto de frío. A partir de ese momento, los niños iban a aprender que el opuesto de “frío” era “hornallita”.
Y en esa hornallita puso una pava.
No debería escribir nada más para dejarle su espacio de gloria a la pava.
Sólo pondré “pava”.
Y algo más: era muy grande, gris, abollada.
Y, como si no fuese suficiente, el portero decidió hacer nacer algo más... Tras poner la pava, se dio vuelta hacia su derecha, avanzó unos pasos y prendió una radio.
Dios, ¡una radio!
Yo miraba todo parada en una esquina, quieta, alejada, como en un museo; con la prudencial distancia para no arruinar el cuadro perfecto.
Cómo se me estremeció el alma. El portero sólo hacía lo que hacía todas las mañanas. Yo, en cambio, me moría en la más entrañable envidia.
Sólo faltaba una radio y de pronto ahí estaba, sonando.
¡Cómo deseé ser ese portero! Aquel que derrotó a la oscuridad con mate y las noticias de la mañana. Cómo quise en ese momento quedarme en la cocina a escuchar la radio y nada más. Cómo quise consagrarme a adorar la mañana sin medida. Cómo quise honrar el amanecer sin tener que estar haciendo nada más que eso mismo.
¿Por qué tenía que destruir esa perfección abandonando la cocina?, ¿qué otra cosa podía ser más importante que la pava con humo y el noticiero?
Nada, por supuesto que nada.
Qué dolor y qué envidia. Esos breves minutos en que el portero cumplía su neutral rutina, fueron siglos en que toda mi existencia pasó delante de mis ojos. Me replanteé cada pisada en esta tierra.
Sólo quería tener como dominio una cocina así. Sólo quería que mi trabajo fuera hacer salir a personas de la oscuridad y del frío con mi hornalla y mi radio.
Con la mirada entre extasiada y aturdida, contemplaba la escena como Moisés a la zarza ardiente.
¡Lo que hubiera dado por ser ese portero en alguna dimensión! (o en todas).
En ese momento, entendí todo.
Lamentablemente, apenas el portero abrió la boca y me dijo la hora sin que yo le hubiera preguntado, olvidé eso que había entendido. Y volví a mí, volví a la planta alta del presente, a lo que tenía que hacer. Pero los segundos en que había comprendido todo fueron de un espesor inolvidable.
Siempre imagino que, al morir, a todos se nos responden todas las preguntas. Todo eso que no sabemos sobre cómo funciona “esto”, nos es revelado y, finalmente, entendemos.
Creo que ese momento en la cocina fue muy semejante. Para eso me había preparado toda la vida y para eso había atravesado esa oscuridad junto al perro.
Pero el portero me dijo la hora y levanté la cabeza. Los pensamientos volvieron a su orden anterior. Los papeles se asentaron sobre la superficie y el polvo se guardó debajo de la alfombra.
“Oh, ya van a llegar todos”, creo que dije.
Le agradecí por el cobijo y salí de la cocina rumbo al patio de la escuela. No faltaba mucho para que arrancara la jornada y todo lo que eso conllevaba.
El mundo nació en una mañana.
El orden del Génesis fue: el perro, el portero, la pava y la radio.
Después vinieron la envidia, el compromiso, el olvido y la eternidad, pero para ese entonces ya estaba todo hecho y el frío empezaba a ser distinto.
- El perro, el portero, la pava y la radio - sábado 16 de agosto de 2025


