“Os daré un corazón nuevo
y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros;
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra
y les daré un corazón de carne”.
Ezequiel 36:26-27
Natán fue el invitado encargado de dar a la comunidad una charla en el encuentro anual de comunidades eclesiásticas. Por petición suya, los jesuitas solían enviarlo a misionar a veredas apenas pobladas, pues su don suponía un peso para él cuando se veía rodeado de muchas personas. Sin embargo, como el anterior invitado cayó en cama dos días antes presa de un brote de parásitos, decidieron recurrir a su ayuda por encontrarse cerca del cálido pueblito donde se llevaría a cabo la congregación.
Su rol era aperturar el encuentro del fin de semana, disponiendo a los fieles a renovarse recibiendo la guía del Espíritu. Así, a media mañana concluyó una reflexión sobre un pasaje de Ezequiel. Luego, Natán se quedó arreglando sus cosas mientras los feligreses salieron al patio para merendar e ir a la eucaristía de once. Mientras apilaba las hojas en su carpeta marrón llamó a Pilar, quien diligentemente asistió su mirada borrosa leyendo las escrituras por él, con la excusa de felicitarla por su pulcra lectura. Ella le respondió con la misma sonrisa desganada que venía repitiendo por muchos años, cuando los hermanos de comunidad le reconocían su desinteresado servicio al ministerio. En realidad le complacía el servicio, pero su rutina se había vuelto insípida y le impedía renovar su deleite por el gozo del prójimo. Natán, quien apenas la conocía, supo leer mejor que ella misma la vocación y las penas detrás de esa sonrisa. Luego, sabiendo que la timidez no permitiría a Pilar ir más allá, decidió desvelarle, sin rodeos, el verdadero motivo por el cual había pedido su ayuda para leer la palabra divina, elección que para los demás asistentes fue mero azar:
—Pilar, Pilar —suspiró, discutiendo en su interior con Dios una vez más por haber resultado acreedor de tan fatigoso don.
Con la mejor disposición, pero en vano, resaltó la calidez de la casa de la abuela de Pilar cuando ella era apenas una niña.
Ella, aunque embargada por un miedo sobrecogedor que le heló la piel, permaneció allí. Con sus ojos muy abiertos, apenas pudo responder:
—¿Conoció usted a mamá Elvira?
—Es la primera vez que vengo al sur de la cordillera. ¡El campo aquí es tan revitalizante! Es casi una lástima que el padre Arnulfo me haya llamado de vuelta a la parroquia, pero Dios sabe cómo hace sus cosas.
—¿Cuándo se va, hermano Natán? —preguntó Pilar por pura formalidad, queriendo desviar la conversación hacia cualquier cosa irrelevante. La llegada de un recuerdo ignorado por mucho tiempo la removió al punto en que sólo quiso salir corriendo y vomitar.
—En dos semanas tengo que estar con el padre Arnulfo —contestó Natán brevemente, para continuar con lo que realmente le interesaba—. ¿Qué has sabido del tendero canoso que te vendía la sal para tu abuela?
—¿Don José? —respondió nerviosa, lamentando en su interior verse emboscada por la sombría reminiscencia de su infancia.
—Supongo que sí. Tenía una tienda esquinera cerca de su casa.
—Murió hace rato. Habrán pasado ya unos diez años. Me dijeron que murió de viejo. Yo no he vuelto por allá desde mucho antes, cuando a mi abuela, que en paz descanse, se la llevó un derrame.
Aunque Pilar intentaba responder con naturalidad, no podía esconder un quebranto en la voz. Su mente, ahora espantada, le pedía a gritos que se fuera para protegerla de una hecatombe que era ya inevitable, pues padecía —como quizás la mayoría de humanos— una afección que genera resistencia a ahondar en la propia oscuridad.
En el momento en que Natán mencionó la tienda, todo volvió de golpe: Pilar pudo oler de inmediato la humedad de ese cuarto de bahareque con repisas llenas de comida para la venta; la espantó el recuerdo de don José, el tendero canoso, invitándole a pasar más allá de la vitrina con pan. Con una sucia sonrisa la veía y con sus ásperas manos le levantaba suavemente la falda, ofreciéndole a la pequeña el dulce que más le gustara de su tienda:
—Hoy tengo paletas nuevas, Pilarcita.
Y luego la despedía diciéndole:
—Eres muy obediente, pequeña. Aquí está la sal para doña Elvira.
También pudo entrever las ocasiones en que ignoró las órdenes de su abuela por quedarse viendo la tele y ella, en su lugar, mandaba por sal a Martica, su hermana menor, quien regresaba a casa de hombros caídos y, con mirada llorosa, le decía a la vieja que odiaba ser su mandadera.
En ese instante entró al salón un cura ofreciendo al jesuita, mensajero del pasado por gracia divina, las tostadas con chocolate caliente que estaban ofreciendo en el patio. Pilar, temblorosa, se apresuró a despedirse formalmente de él.
—Hasta luego, don Natán —dijo estando ya en la puerta.
Ese día ella no entró a la misa de once. Se fue a su casa a preparar las arepas con queso que vendería más tarde en un carrito, a la salida del banco, como de costumbre.
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