I. El Aleph
Han pasado unos quince años desde que conocí el Aleph y me vi irremediablemente envuelta en el misterio que supone ese punto, receptáculo de todos los puntos del universo; esa cosa que es a la vez infinitas cosas y que representa la profunda conexión entre la finitud y el infinito, entre lo humano y lo divino. Fue en una clase de la universidad cuando el profesor nos sugirió leer ese par de páginas de Borges. Allí encontré la síntesis magistral de una pulsión que habían despertado en mí la filosofía y una que otra religión. Esa noche me reí ante la simpleza de la vida: tanto buscar explicaciones en desarrollos conceptuales engorrosos para venir a encontrarla en la primera letra, esa que —dicen— contiene a todas las demás, como si en su trazo pudiésemos contener todos los significados y posibilidades de la vida.
Aquella pulsión, ciertamente, radicaba en la persistente intuición del Ein Soph, como se conoce en la Kabbalah al infinito absoluto. Es éste la fuente de todo que, en un generoso acto de amor, comparte su luz con su creación, logrando así implantarse a lo largo de ese todo. No obstante, más allá de intuirlo, yo deseaba poder conectarme con él no por azar, sino conscientemente, y hacerlo a lo largo de mi vida. Por esto el Aleph adquirió trascendencia para mí, por cuanto se convirtió en un punto a partir del cual yo podría percibir al Ein Soph.
Pues bien, esta fuente omnipresente que todo lo atestigua debió conocer mi interés por encontrar un Aleph y así, durante todos estos años, permitió que éste me coqueteara dejándome pistas de su presencia no tanto en estados de meditación profunda, como podría esperarse de algo con tal grado de divinidad, tan supremo, sino en cualquier trozo de piedra del camino o en la canción de fondo de un café. Tenía sentido si, en todo caso, cada partícula que compone el mundo material es su emanación.
No se trataba de comprender el desarrollo conceptual que construyeron los kabbalistas alrededor del tema; la cuestión era mucho más personal. Mi interés siempre se arraigó en la necesidad de encontrar mi propio Aleph: el objetivo era lograr identificar lo que para mí sería ese punto en el cual se pudiera percibir aunque fuese un leve destello del infinito, confiando en que tan sólo con identificarlo ya podría sumergirme naturalmente en su vastedad y ver desvanecerse parcialmente los límites humanos. Era, por ilustrarlo, como pretender sentirme a mí misma siendo un cometa que sobrevuela a lo largo de un universo sin fin.
Pero como la vida pareciese ser intrínsecamente irónica, al menos ante la conciencia humana, cuanto más me ponía en modo vigía, atenta a lo que sea que pasara alrededor —no fuera a ser que apareciera una pequeña esfera tornasolada por ahí y yo no la notara—, cuando más le buscaba, más se me escabullía. Luego aprendí que así no era como podría percibirle, pues su aparición siempre fue espontánea, cuando en el devenir natural de las cosas la mente, en baja guardia, permitía frente a sí la divina aparición. Al final, la verdadera presencia siempre venía a mí en los estados desprovistos de expectativa.
II. La pérdida
En los últimos días el Aleph se me volvió a presentar inesperadamente y, además, su llamado ha sido increíblemente persistente. La fuente de todo sabía que yo le buscaba y que quería aprehenderle para siempre, de modo que ha terminado haciendo lo suyo. Parece que esta ocasión no ha venido para desaparecer en cuanto camine más allá de la roca o cuando acabe la canción, sino para que por fin me deje embargar enteramente de la consciencia del Ein Soph. Hay otra cosa que también ha cambiado: antes era común verlo cuando reinaban la paz y la dicha, cuando la vida posaba una pizca de su potente fuerza sobre mí y todo se bañaba de luz; no así esta vez.
El proceso de su aparición empezó el pasado fin de semana, cuando tuve que ir a Urgencias después de que el ecógrafo del doctor Ospina no detectara latidos; era preciso seguir el protocolo para evitar que esa pequeña cereza sin vida pusiera en riesgo la mía. Los días siguieron con mi cuerpo bajo el efecto de un medicamento que puso ante mis ojos la atroz visión: una bolsa roja en cuyo interior se alcanzaba a apreciar una estructura alargada de textura gelatinosa, pero firme. Siempre me habitará la conmoción de saber que en medio de la sangre del baño yacía lo que yo esperaba abrazar tiempo después.
Luego tomé un baño y con los ojos cerrados toqué mi vientre, como solía hacerlo antes de aquel día. Ese fue el momento en que se me presentó el Aleph. Lo hizo con una potencia tal que no tuve duda de que estaba allí y que lo había estado desde antes. La revelación fue más allá, pues supe que el Aleph no sólo estaba allí: estaba también dentro de mí. Me develó lo que no había podido ver antes y, entonces, se hacía evidente: todos esos años estuve presta a encontrarlo en el mundo, pero nunca había concebido la idea de verlo en mi propio cuerpo. Estaba allí, qué gran misterio, descendiendo en uno de los momentos más atribulados de mi vida, ya no desdibujando el espacio y el tiempo, sino, por el contrario, acentuando aún más los límites de mi humanidad.
Bajo el agua recordé haber escuchado a un rabino, quien decía que la consciencia Aleph surge en los procesos creativos. Dada mi situación, pensé que el proceso creativo por excelencia es la creación de la vida misma. De modo que, sin esperarlo, el Aleph estaba ahí, en la vida que en las últimas semanas se había empezado a formar dentro de mí. Y así como anidaba en la vida, lo hacía también en la muerte. Quizás por eso se me mostró en ese momento, porque sólo así podría por fin comprender que el Ein Soph no es algo etéreo, sino profundamente visceral; que no se trataba de buscar el Aleph, sino de saber reconocerlo frente a mí, de dejarlo ser en mi vida, porque aunque se haya dibujado el sistema de la vida poniendo un par de esferas entre nuestro mundo y Kéter, en el fondo todo sigue siendo unidad.
La realidad, pues, era que vida y muerte habitaban mi cuerpo de la forma más cruda posible y, en consecuencia, una y otra demandaban mi respeto por los procesos misteriosos en que perpetuamente se entrelazan constituyendo el curso de la existencia. En tanto los días transcurren, he estado atestiguando persistentemente este panorama que antes sólo se había hecho presente en ideas, mas no de forma carnal, esta visión en la cual el Ein Soph palpita en mí y en todo, al nacer y al morir.
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