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El abuelo de Thiaré

jueves 11 de septiembre de 2025
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Thiaré buscaba afanosamente un comprobante de estudios que el liceo le requería, cuando encontró entre tanto papeleo una foto nítida y ampliada de un hombre joven, de atracción irresistible.

Quedó impactada, y la guardó en un lugar seguro en su alcoba, para observarla cada vez que pudiera sin perder detalle. Fue tal la impresión que le causó la foto que, de tanto mirarla, ya le parecía tener al hombre enfrente.

No la mostró a ningún familiar, temiendo que le dijeran que ese era su abuelo. El abuelo paterno, a quien no conocía, pero del que sabía las mismas cosas que todos sabían: que era francés; que a los dieciséis años, en plena adolescencia, había concebido un hijo, su padre, con una vecinita de su misma edad, la cual había fallecido durante el alumbramiento por la impericia de la comadrona que la asistía, quien no estuvo en grado de solventar la complicación imprevista que se había presentado; que había estudiado medicina, pero que al nomás graduarse había sido llamado por las autoridades militares francesas ante el inminente estallido del segundo conflicto bélico mundial. Todo aquí. No se sabía si había sido desplazado a un foráneo lugar de batalla, si todo el tiempo había permanecido en la capital francesa, o si, lamentablemente, había perecido.

Thiaré tenía dieciséis años, los mismos que su abuela paterna cuando falleció, y ya tenía muy bien sacadas sus cuentas; es decir, si su padre también la tuvo a ella muy joven, a los dieciocho años, y acababa de cumplir treinta y tres, entonces el abuelo, en caso de estar vivo, aún no llegaba a los cincuenta años, y, por tanto, aún podría conservar inalterado su talante varonil.

El problema era que Thiaré no lograba verlo como abuelo. La misma foto se lo impedía; más bien advertía una sensación diferente, desconocida, cada vez que lo observaba. No ignoraba que esa era una absurda y disparatada fantasía, pero la emocionaba y colmaba de una ilusión indefinible.

Una tarde, al retornar a casa del liceo, encontró en la sala una visita inesperada. Su padre, tomándola del brazo, le dijo: “Ven, saluda a tu abuelo que acaba de llegar y permanecerá con nosotros algún tiempo”.

Thiaré enseguida le clavó la mirada. Era el mismo de la foto, con algunos rasgos ligeramente cambiados, pero sin haber perdido su belleza original, y con la misma intensidad en la mirada. Thiaré se le aproximó, y él, con gran delicadeza, la cercó con sus brazos y la besó con cariño en la frente, pero ella no pudo reaccionar. Se quedó rígida como una estaca, sintiendo que se debatía entre dos sentimientos contrapuestos: o era el abrazo de un querido familiar, o el del hombre que por tanto tiempo la atraía profundamente sin que pudiera evitarlo, al punto de que ya le inspiraba un amor diferente, desconocido hasta el momento.

Entonces, el abuelo sonriendo comentó: “Es comprensible que no puedas ser afectuosa conmigo, pues apenas me estás conociendo, pero ya sabré ganarme tu cariño, encantadora nieta mía”.

Thiaré, aduciendo cierto malestar, pidió permiso para retirarse a su habitación. El impacto recibido fue tan intenso que se tendió en el lecho y se abandonó a un llanto convulsivo.

Se hallaba ahora ante un punzante dilema a resolver si no quería sucumbir ante esa avasallante ambigüedad emocional.

Lo primero que hizo fue evitarlo en lo posible, al menos hasta que la luz no le iluminara definitivamente el corazón. Salía por las mañanas antes de lo acostumbrado, y sólo retornaba a la hora de la cena, y ahí, cuando él la interpelaba, sus respuestas eran muy concisas y no lo miraba a la cara.

Vercintore, que así se llamaba el abuelo, estaba desconcertado con la arisca actitud de la nieta, pero estaba seguro de que el amor familiar prevalecería.

Habían transcurrido ya varios días desde la llegada del abuelo, y una mañana Thiaré no tuvo clases y la aprovechó para concluir un trabajo pendiente. Para ello se instaló con cautela en el salón de lectura, pero no había pasado mucho tiempo cuando entraba Vercintore, sonreído como siempre, diciéndole que deseaba sostener una breve conversación con ella. Se sentó a su lado y, tomándola de la mano, le pidió que no lo siguiera tratando como un extraño, pues no lo era; que él había percibido un dejo de insatisfacción en su vida, y que, si se lo permitía, estaba allí para ayudarla; que podía confiar en él como si fuera su padre.

Entonces, Thiaré sintió que tenía junto a ella toda la seguridad y solidez del mundo.

Allí estaba condensada la fuerza, la experiencia de las innumerables batallas superadas, ofreciéndole el apoyo necesario para que ella transitara sin trabas su propio camino, sin sospechar siquiera que era justo él el causante de su desasosiego.

Thiaré se armó de valor y lo miró con firmeza y decisión, e igual como lo hacía con la fotografía, fue observando cada detalle de su hermoso rostro: los labios, prometedores de un placer solapado; los ojos incisivos atravesándole el alma: su espaciosa frente cual remanso de paz anhelada. Finalmente, lo miró a los ojos pocos segundos y se recostó en su pecho.

Así permanecieron: él, sintiendo a una querida nieta entre sus brazos; ella, sabiéndose aferrada al gran e imposible amor de su incipiente vida.

Sin embargo, pudo más el cálido sentimiento que encerraba en el pecho y, apelando a toda su fuerza interior, miró fijamente al abuelo y le dijo: “¿Cómo podrás ayudarme a recobrar la serenidad de mi vida, si eres tú el que precisamente me lo impide? Desde hace tiempo te amo, pero no como abuelo”, y diciendo esto extrajo la foto que había traído en su libro y se la entregó.

Vercintore permaneció inexpresivo y en silencio. La reciedumbre de su vida se lo imponía. Observó la foto y, luego de algunos segundos, replicó: “La vida me ha asignado el papel de ser tu abuelo, y es el único que te puedo ofrecer. Como soy el responsable de tu desazón, soy el único llamado a desvanecerla. No sufras más por lo que estás sintiendo, pues se trata de una fantasía de tu adolescencia, y como tal, pronto se disipará y será reemplazada por un amor joven, enérgico, verdadero, que te complementará”. Se puso de pie, abrazó a Thiaré con redoblado afecto, y se ausentó.

Thiaré siguió largo rato reflexionando cada palabra que había pronunciado el abuelo, y cuando salió de la biblioteca, se topó con su padre, quien le preguntó: “¿Te despediste del abuelo antes de que tuviera que partir de improviso?”.

Thiaré, desconsolada, emprendió la carrera en su busca, y lo alcanzó justo cuando estaba abordando el tren. Entonces, se lanzó en sus brazos y le dijo: “Regresa. Ahora sé que eres y siempre serás mi más querido abuelo”.

Thaís Badaracco Febres C.
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