Todos sabemos que la vida en este mundo no la elegimos nosotros. Ni siquiera la permanencia en el cosmos que nos tocó que, además, no es el único existente en el universo que tampoco es el único de la coexistencia. No sabemos por qué estamos aquí, por qué venimos ni para dónde vamos. Algunos, abusando de nuestra ignorancia, pretenden que fuimos creados por una fuerza superior, con inteligencia sobredimensionada, que tiene el poder absoluto sobre nosotros. Otros pretenden que hemos evolucionado de animales unicelulares, especialmente del mar, sin mayor base que sustente esta hipótesis difundida por un tal Charles Darwin, inventor de la teoría de la evolución.
La verdad, de lo único que estamos seguros es que nacimos en la tierra, así como pudimos hacerlo en cualquier otro planeta de este universo al que mínimamente conocemos. El origen es incierto, mas no el destino final que nos aguarda: la muerte. Pero, ¿qué es la muerte? ¿Es la pérdida de la función corporal? ¿Es el regreso al origen? ¿O el tránsito hacia otra dimensión? La verdad, no lo sabemos y la vida se nos va sin solucionar esas dudas existenciales que nos sobrecogen.
Alguien en el mundo, o en el planeta si queremos nombrarlo así, ha diseñado reglas de convivencia o lo que el inventor de éstas considera adecuadas para evitar guerras, amarnos los unos a los otros como dicen las “sagradas escrituras” o como el hombre con su instinto lo hace para conservar la especie.
Al final no sé qué creer pero, la verdad, estoy en este mundo porque alguien me mandó a él y trato de sobrellevar la vida lo mejor que puedo. Es decir, bajo los cánones establecidos dictados por alguien o algo que no comprendo del todo y lo haré hasta el final de la vida que, como ya lo dije, es la muerte.
Nací hace más de medio siglo y a alguien, mi padre, madre, abuelo o abuela, se le ocurrió que debía llamarme Clonomiro, por lo de clono que más adelante explico, y miro porque, ni modo, la gente me mira. Pero el grotesco nombre me ha servido para justificar mi labor como Rey Feo en la casa de estudios donde lo que menos hago es estudiar. Pero te halaga, aunque no te gusten las burlas, el hecho de que todos se fijen en ti, hagan lo que les dices, se rían de tus pendejadas; en fin, eres todo un personaje al que los compañeros admiran por su ingenio, si así pueden llamarse las apatanadas que salen de tu boca y los gestos indecentes que te inventas o copias de otros personajes.
Claro que la naturaleza me favoreció para lo de Rey Feo, porque, debido a una serie de contracciones rápidas e involuntarias de mi rostro, la gente comenzó a llamarme Clono. Es algo que no puedo evitar y los cachetes suben, bajan, los ojos se abren como platos y al instante se cierran más, una ceja sube, la otra baja; en fin, una belleza de movimientos involuntarios que dan a mi cara la apariencia de un verdadero Rey Feo. Ahora, lo de miro, es decir, el complemento de mi nombre para que se oiga “Clonomiro”, me imagino que viene de “miro tus espasmos”, contrahecho de mierda.
Como fiel representante de este personaje, me conseguí una pareja, más fea aún, con quien procrear hijos, los que, de más está decir, son el puro orgullo de nuestra fealdad, y vivo en un país donde la inteligencia y la belleza brillan por su ausencia. Pero, pese a todo, existo como lo hacen todos, trabajando en lo que no me gusta, tomando trago en el mejor de los casos, o las drogas necesarias para “seguir adelante” en esta vida y cumplir con el destino de darle subsistencia a este mundo lleno de guerras e injusticias, pero mundo al fin, al que llegamos quién sabe de dónde, pero del que no podemos huir como no sea privándonos de la existencia, y esto, según los que saben o presumen de ello, es “pecado” de acuerdo a las “sagradas escrituras”, así como lo es renegar de la vida evolutiva que hemos tenido a través de los tiempos.
Cuando me casé, le decían a mi pareja “qué linda estás”, “ese vestido te queda que ni mandado a hacer”, “tu anillo debe valer mucho dinero” y todas esas pendejadas que se estilan en las bodas. Yo, con toda humildad, puedo decirles que esas lisonjas me valían madre y que lo que anhelaba era largarme a la llamada “luna de miel”, invento de a saber qué pendejo, porque de miel no tiene nada. De sexo sí, pero eso es el mandato divino de “reproducirse” para mantener el mundo lleno de gente que trabaje, produzca, invente algo para que la existencia sea agradable, si puede utilizarse esta palabra, o soportable mientras dure nuestro paso por el mundo.
De esa “luna de miel” salieron mis dos vástagos que, heredando mis dotes de clono, se convirtieron en reyes feos, puesto al que accedieron sin mayor esfuerzo dadas sus innatas cualidades adquiridas de quien escribe estas líneas, “a mucha honra”, como diría mi abuela, a quien básicamente debemos esta fealdad que nos ha dado innumerables satisfacciones.
Pero como les decía al principio, nacimos en este planeta sin saber por qué ni para qué, pero aquí estamos, haciéndole ganas a la vida o a lo que llaman vida o existencia, pero que no es más que un paso efímero de alguien efímero llegado a este mundo a gozar, sufrir, reír, llorar y no sé qué otros sentimientos más inventados por el hombre.
Lo que sí puedo decir, le pese a quien le pese, es que he gozado la existencia aun siendo feo por naturaleza, con una mujer por el estilo y un par de hijos que, como debe ser, nos superan.
Ahora, muchos años después de aquella “luna de miel”, he pasado por el mundo por algo que aún no entiendo, pero estoy satisfecho de lo que he hecho, dejado de hacer y estoy pendiente de lo que debo hacer cuando el famoso ángel de la muerte ande tras mis pasos, porque ese ángel es la verdadera razón de la vida, del mundo, la existencia o como quieran llamarle a esta incertidumbre que en este momento me acoge.
Puedo decir, al final, que no he existido en vano, que trabajé en lo que no me gusta, estudié lo que no entiendo, me casé con alguien acorde con mi fealdad y que, como debe ser, contribuí a la expansión del mundo con dos hijos que nos superan, a mi mujer y a mí, en todo. Es decir, en fealdad, incomprensión de la vida, que procrearon tres hijos, es decir mis nietos, que nada tienen que envidiar de esta familia de feos, incomprendidos, torpes, pero abnegados y felices con la existencia que les tocó en suerte, o mala suerte, sobre todo por mi nombre Clonomiro y el de ellos que para qué les cuento.
La familia de los clono, la mía, jamás pasará desapercibida en ningún lugar, porque la risa es el mayor estímulo de la vida y todos, mis hijos, nietos, mi mujer y yo, somos especialistas en hacer reír a la gente ya sea de manera deliberada o no, debido a esas series de contracciones rápidas e inconscientes de nuestros rostros que alguien tuvo que heredarnos: o el dios de las “sagradas escrituras” o la célula primitiva que originó nuestra existencia.
Mi legado al mundo es, ni más ni menos, una colección invaluable de reyes feos que harán las delicias de todos los estudiantes y de quienes los oigan cuando de sus bocas salgan esas sandeces que yo, Clonomiro, les enseñé sin esperar nada a cambio; además, la reproducción de la especie para repoblar el mundo, tal como lo estipula el mandato divino indicado en las “sagradas escrituras” o lo establecen los burros, cerdos, mulas y todos los animales que han evolucionado de especies unicelulares primitivas.
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