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Cosas que pasan

jueves 23 de octubre de 2025
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Hola, bombón. Mi nombre es Martina. Soy tal cual me veas en las fotos: rubia, exótica y muy sexy. Vení y te aseguro que te voy a volver loco de placer.

Así decía el cartel que vi al salir del trabajo. Era un cartel diminuto, estaba pegado en un poste de luz, el papel era amarillento y habían dibujado un bigotito en la jeta de la chica, que parecía tener menos de veinticinco. Después de eso pasé por casa, me di una ducha y me senté en el sillón. Todavía era media tarde. En el colegio de al lado los chicos no paraban de chillar y podía escuchar a mis vecinos entrar y salir de los departamentos. Daban portazos y los cables del ascensor chirriaban cada vez que subían y bajaban.

Saqué el celular y amagué con marcar al número. Me levanté, fui hasta la heladera, tomé una botella de agua, la abrí y le di un trago largo. Lo había conversado con la psicóloga la última sesión, le dije que quería revivir la adolescencia. Ella simplemente anotó algo en su cuaderno, se hundió en el asiento, y me dijo que sea sincero conmigo mismo, que visitar a las putas no era algo bueno para mi autoestima. Ella no entendía y era el problema de los psicólogos, eran capaces de ver qué tan lejos podía ir la locura, pero eran incapaces de saber lo que era enloquecer por una botella de alcohol, por un polvo, por cumplir una fantasía. Entonces me acosté en la cama, abrí la computadora y busqué un poco de porno sádico mientras pensaba si debía llamar a Martina o simplemente hacerme una paja e irme a dormir, pero la voz de la psicóloga iba apareciendo de a ratos en mi cabeza:

—Estar con una prostituta es lo mismo que violar a una mujer.

—No lo veo así, simplemente no quiero salir con alguien, gastar plata y después tener que masturbarme —le dije.

—¿Por qué no probas saliendo con chicas de verdad? Créeme, te vas a sentir mejor, tu cerebro necesita generar es nuevos registros, construir un nuevo pasado —agregó ella, luego levantó la muñeca, vio la hora en el reloj, y agregó—. Pensá en donde te metes, no te olvides que sos un drogadicto y que esas cosas te pueden llevar de nuevo al consumo.

Eso me hizo desistir de ir a ver a las putas durante una semana, pero tenía treinta años y desde mis catorce hasta los veintiocho lo único que había hecho era tomar cocaína y cerveza. Cuando me acostaba en la cama me quedaba pensando en mis amigos, en las cosas que me habían contado en la secundaria. Recuerdo que los escuchaba y deseaba ser como ellos, tomaba falopa y pensaba que así alguien iba a estar conmigo y lo único que logré fue terminar encerrado en una habitación, y cuando dejé las drogas y el alcohol aquel deseo sexual que durante años maté comenzó a despertar, y a veces se me venía la voz de Victoria, la psicóloga, pero no me importaba, comenzaba a disfrutar de los polvos, de estar con una mujer distinta cada semana, y ellas no me preguntaban sobre mi historia, no les importaba cuánto ganaba ni cómo me llamaba, estaba comenzando a abrir puertas que eran difíciles de cerrar.

Le escribí a Martina:

MATEO: Hola, bebé, ¿cómo estás? Vi el cartel que está pegado en Hipólito Yrigoyen. ¿Cómo es tu servicio? ¿Haces domicilio?

MARTINA: Hola, gordi, mi servicio es onda novios. Muy caliente: besos, mimos, oral bien baboso. Estoy dispuesta a que tengas el mejor polvo de tu vida. El costo del servicio es de $80.000 la hora y $45.000 la media hora. Podés abonar en efectivo, transferencia, acepto dólares, euros y criptomoneda.

MATEO: ¿Hacés domicilio?

MARTINA: Depende la zona.

MATEO: Estoy en Ituzaingó, entre Anatole France.

MARTINA: Gordi, estoy a la vuelta. La tarifa es otra si voy al domicilio, ¿por qué no te venís a mi departamento?

MATEO: Mmmmm, bueno, ¿podés a las dieciocho?

MARTINA: Dale, te espero, gordi.

Dejé el teléfono encima de la mesita de luz y nació aquella sensación que nacía cada vez que iba a ver a una puta: el calor apoderándose de mi cuerpo como si estuviera enfermo, los temblores, y se sumaba aquello que había dicho Victoria la última sesión: “Estar con una prostituta es lo mismo que violar a una mujer”. Di un salto de la cama, corrí hasta la ventana y la abrí. Intenté respirar un poco de aire fresco y encendí otro cigarrillo. Era el tercero que fumaba desde que había empezado a conversar con Martina. El sol comenzaba a esconderse, los chicos dejaron de chillar y encima de la mesa del comedor tenía los preservativos y el viagra. Tomé un cuarto de la pastilla. Me senté. Todavía faltaban cuarenta y cinco minutos y comencé a pensar en todo lo que iba a hacer, lo que quería experimentar, porque de eso se trataba, de vivir, de ser lo que nunca me permitía ser con ninguna mujer, y mientras pensaba en aquello seguía pensando en Victoria y jodía conmigo: ¿a cuántas violé el último mes?

 

Llegué a la esquina del departamento diez minutos antes. Era una zona céntrica y eso me ponía paranoico, al punto que me hacía recordar las noches que iba a comprar cocaína y pensaba que la policía me miraba por las cámaras de monitoreo. Comencé a mirar los locales, quería ver si tenían cámaras instaladas. Miré una y otra vez la hora. Encendí un cigarrillo, llamé a mi mejor amigo, le dije que estaba por entrar al puterío, que le contaba luego cuando salía, pero como siempre ocurrió, nunca tuve una respuesta de su parte.

MATEO: Ya estoy, bebé.

MARTINA: Gordi, estoy retrasada. Discúlpame.

“Puta de mierda”, pensé, y luego recordé que me había tomado el viagra y no me quería pajear para matar la calentura. La gente pasaba a mi alrededor, los autos esperaban que el semáforo se pusiera en verde y cuando lo hizo a las personas no les importó y simplemente siguieron caminando. El senegalés que vendía pantalones me miraba.

MATEO: ¿Vas a tardar mucho? Te puedo esperar.

MARTINA: Quince minutos.

Volví al departamento.

 

Para cuando bajé ya era de noche, había menos personas en la calle y los locales empezaban a cerrar.

MATEO: Estoy yendo.

MARTINA: Ok, ya estoy. Mira que hay una mudanza en la puerta, no te asustes, ¿sí?

MATEO: Oki, no hay problema.

Llegué a la misma esquina. Escribí el mismo mensaje que enviaba cada vez que ya estaba listo. El senegalés se había ido y no les presté atención a las supuestas cámaras de los locales. En la puerta había un camión y tres muchachos bajaban un sillón de él. Hablaban del partido de Boca, el domingo jugaban con River y apostaban entre ellos. Me paré en la entrada del edificio como si esperara a una amiga. El hall de entrada estaba a oscuras. Entonces la puerta se abrió y ahí estaba Martina. No tenía veinticinco como decía el cartel y tampoco parecía mayor de esa edad. Llevaba el pelo atado, los labios pintados de rojo, un jogging verde y evitó mirarme.

—Perdón —dijo ella, tenía la voz aguda, pero parecía agudizarla aún más para parecer más femenina, se inclinó y me dio un beso, aún sin mirarme—. Es un desastre esto, la mitad del edificio está sin luz y no hay ascensores porque es justo esa fase.

—No pasa nada, ¿cuántos pisos son? —pregunté y comenzamos a caminar hacia las escaleras con forma de caracol.

—Seis —respondió de manera seca.

—¿Sos nueva en la zona? Es la primera vez que veo tu cartel y en la página no estás.

—Sí, sí, estaba laburando en Claypole, pero tuve quilombos con los vecinos y hace una semana arranqué acá.

—Odio a la gente que intenta imponer su moral —contesté, pero me importaba una mierda. Lo único que me interesaba era que ella hiciera su labor de mujer así me podía ir.

Al entrar al departamento lo primero que me vino fue el olor a sahumerio seguido de un fuerte aroma a marihuana. Al lado de la puerta había dos parlantes que soltaban un fuerte destello azulado. Era un lugar estrecho y caliente y frente a la habitación había una cortina de bolitas de madera y tras de ella se escondía un negro con el pelo enrulado, con lentes de sol, que no dejaba de toser y de largar carcajadas.

—¿Querés pasar al baño? —preguntó ella mientras abría la puerta.

—Me bañé hace un rato, pero voy a lavarme las manos —contesté.

Abrí la canilla y me enjuagué las manos. Busqué una toalla, pero lo único que había era un trapo ennegrecido y con olor a humedad.

Fui hasta la habitación. Martina me esperaba sentada en la punta de la cama. Era una mujer rellenita y cuando me senté a su lado para sacarme las zapatillas lo primero que pude notar fue su perfume avainillado. Ella se levantó, se sacó pantalón. Llevaba un conjunto de encaje negro y medias de nylon con un portaligas.

—¿Cuánto vas a estar? —preguntó mirando su teléfono y pausando la música.

—Treinta minutos —respondí—. Te pago con transferencia.

—Ok, te pasó mi alias: Florenciaromerolindaa03 —dijo, prendió de nuevo la música, y agregó—. Aguántame un minuto que ya vengo.

Cuando volvió le enseñé la transferencia y pasamos a la acción. Me acerqué y le di un beso en el cuello, en la boca y fui bajando hasta las tetas mientras le agarraba los cachetes del culo y cada tanto la miraba, pero ella tenía cerrados los ojos y lo único que hacía era dar besitos cortos; comencé a acariciarle la concha por encima de la tanga, ella se separó.

—¿Querés acostarte? —preguntó, todavía sin observarme.

—Dale.

Me saqué el pantalón y me dejé caer en el colchón, que era suave como una pluma, y recuerdo que no pude evitar pensar en los hombres que habían estado entre sábanas aquel día. ¿Entre cuántos fluidos me iba a revolcar? Levanté la vista y Martina se puso el preservativo en la boca, se inclinó, lo colocó sobre la punta de la verga y lo estiró. Comenzó a chuparme los huevos mientras me pajeaba y yo le acariciaba las tetas, me gustaba jugar con sus pezones, torturarlos.

—¿Querés que me suba? —preguntó.

Afirmé. Se subió. Comenzó a cabalgarme la verga y yo le chupaba las tetas y cada tanto volvía la vista a ella y vi que tenía los ojos cerrados y me incliné y le di un beso, pero lo único que pude ver fue una expresión de asco, y recordé de nuevo a Victoria: “Estar con una prostituta es lo mismo que violar a una mujer”. Y Martina me seguía cabalgando, pero había algo que no terminaba de funcionar y era su expresión. No podía evitar verla: sus ojos cerrados y mi manía por que me observara, como si tras ellos se escondiera algún secreto, como si todo aquel tiempo hubiera ignorado que lo único que había hecho fue vivir en una mentira.

—Ponete en cuatro —murmuré.

—¿Cómo?

—Ponete en cuatro, nena —dije, levantando el tono de voz.

—Dios, estoy harta —la escuché quejarse por lo bajo.

Se dio vuelta. Se puso de rodillas y poco a poco fue sacando el culo y así era mejor, porque evitaba su mirada repleta de repulsión que me gritaba que era hora de parar, que todo aquello a lo único que me iba a llevar era a seguir ignorando mis miedos, el rencor que tenía por no poder ser un hombre común como el resto de mis conocidos, que para esa altura ya estaban casados y vivían en familia, y recuerdo que comencé a darle cachetadas en el culo y me miraba en el espejo, pero mi sonrisa ya se había desdibujado y le di fuerte y Martina gritaba y todo aquello era un show y mi autoestima se arrugaba como lo hace el papel cuando arde. Me detuve y Martina dejó de invocar al señor y a los santos.

—¿Qué querés hacer, gordi? —dijo, todavía con los ojos cerrados.

Le di otro beso. La misma cara de asco. ¿Cómo podía pasarme esto? Victoria, hija de mil putas, la sangre se me helaba. Comencé a pajearme, ella se acercó y siguió haciéndolo.

—Ahorcame —le dije.

No respondió. Agarré su brazo y me lo llevé hasta el cuello y le dije que aprete, que lo haga con fuerza y que no pare, pero me soltó. Le dije que pare, le agarré la cara y le di un último beso, uno largo, húmedo, pero me corrió la jeta, entonces volví a mi pensamiento y no pude evitar no decirme que aquello era como cogerse a una muñeca inflable, pero luego fue peor, no podía acabar y la seguía mirando, ahora inexpresiva, simplemente limitándose a que termine antes de tiempo, y mis pensamientos eran un laberinto y cada falsa salida era peor: al principio fue la muñeca inflable, luego fue ¿no te das cuenta de que no le calentas, pelotudo? Y recuerdo que lo último que pensé fue: Es como violar a una mujer esto.

—¿Me podrías escupir mientras me insultas? —le pregunté.

Ella negó con la cabeza, y dijo sin siquiera desviar la mirada de mi verga:

—Te dejo acabarme en las tetas, ¿querés?

Entonces exploté: ¿Querés? ¿Amor? ¿Gordi? Acabame en las tetas si querés. Y miré el techo y me agarraron ganas de llorar.

—¿Querés, gordi?

—Lo único que quiero es que me mires —dije.

—¿Cómo, amor?

—Mírame, hija de puta, ¡abrí los ojos y mírame, puta de mierda!

Entonces el negro abrió la puerta y prendió la luz. Era más alto de lo que pensaba, tenía un palo en la mano y la expresión de quien defiende el último pedazo de pan que le queda.

Matías Gastón Ibáñez
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