“Pensé que no ibas a llegar”, dijo Martín García, lanzando la tercera colilla de cigarrillo al piso y limpiándose el polvo de los zapatos. Los había lustrado con paciencia esa misma mañana, no por meticuloso, sino porque ya se había puesto la camisa blanca y temía mancharla.
“Yo también”, dijo Fausto a su hermano, recuperando el aliento y abotonándose el saco negro que le apretaba la redonda barriga.
“¿Sabes quién está adentro?”, preguntó Fausto.
“No lo sé, me he asomado un poco y he visto menos gente de la que esperaba. Quiere decir que a nadie le importó demasiado”, dijo Martín.
“Ojalá... ¿está el José?”.
“Sí, llegó con el resto de los empleados de la casa. Me vio también. Me quedó mirando un buen rato, pero luego me bajó los ojos”, dijo Martín.
“Bueno, tenía que venir, si no seguro iban a sospechar de él”.
El calor asfixiaba sobre la plaza, pero nubes grises y negras ya se habían tragado al sol y se asomaban amenazantes sobre el campanario de la iglesia.
“Parece que va a llover, mejor entramos de una vez”, dijo Fausto.
Martín levantó la mirada hacia el cielo, se puso otro cigarrillo en la boca y empezó a buscar su encendedor.
“Uno más, esperemos que empiece la música”, dijo.
“No. Ya basta, es mejor ir ahora, nos sentamos en la mitad, al lado de alguien”, dijo Fausto.
“No quiero sentarme al lado de nadie. No quiero que me hagan preguntas”.
“Nadie nos va a preguntar nada, porque nadie sabe que estuvimos allí, sólo el José. Pero eso ya está solucionado, ¿no?”.
“Sí, pero no me da confianza. Yo también habría aceptado lo que fuera por salvar el cuello en ese momento. Ahora el padre Félix ya está en el cajón y la policía seguro le ha hecho preguntas. ¿Y si ya nos tiró dedo y sólo están esperando que entremos para caernos encima? Mejor nos vamos para la sierra, allá no nos encuentra nadie”, dijo Martín.
“No seas huevón”, dijo Fausto. “Ya te dije: si desaparecemos de la nada, entonces sí van a sospechar y nos empezarán a dar caza mañana mismo. El José ya no tendría motivo para quedarse callado, hasta se podría quedar con la plata que le dimos”.
“Le diste demasiado”, dijo Martín.
“¿Y qué querías que hiciera? Si encontró al padre Félix despanzurrado en el primer piso y a nosotros en el tercero, desvalijándole el cuarto. Si él no nos creía que el pobre viejo, por el susto nomás de encontrarnos allí, se había ido de espaldas por el balcón, ¿crees que alguien de la congregación lo habría hecho? ¡Y ni hablar de la policía!”.
Los hermanos empezaron a subir las escaleras de la iglesia. Decenas de palomas revoloteaban sobre el arco principal, pintando lágrimas blancas con sus excrementos sobre las paredes de piedra. El órgano comenzó a sonar y la asamblea, que ocupaba apenas las cinco primeras filas de las sesenta que había, empezó a cantar con un débil eco. Frente al altar descansaba el ataúd nacarado del padre Félix, con la tapa cerrada.
Martín y Fausto caminaron a lo largo del pasillo lateral y se sentaron detrás de la última fila de trajes oscuros y cabelleras ralas. Un hombre que hasta entonces había estado en el confesionario y los había visto llegar se sentó al lado de Martín. Tenía los ojos hinchados por el llanto y el sudor le bañaba la frente. Sin decir palabra, se arrodilló frente a la banca con las manos entrelazadas y empezó a murmurar su penitencia.
Martín y Fausto se miraron desconcertados mientras los hombros estrechos de José subían y bajaban con cada sollozo. José se persignó y volvió el rostro desafiante hacia ellos. El dolor en su cara se había transformado en una ira hirviente, animal, que le hacía temblar los labios y ensanchar las narices. Fausto pensó que José iba a saltarle encima a su hermano en cualquier momento, pero en cambio sólo metió la mano en el bolsillo y lanzó hacia la cara de Martín un puñado de monedas y billetes arrugados. Algunos se voltearon hacia ellos, atraídos por el tintineo de las monedas sobre la mayólica del piso.
“Dios me ha perdonado por lo que hice”, susurró José, “pero a ustedes no los perdonará”.
“¿Qué has hecho, imbécil?”, dijo Fausto.
“He confesado mis pecados... y de paso los suyos también”, dijo José.
Martín y Fausto levantaron la mirada hacia el confesionario cubierto en penumbra. Una silueta se dibujaba tras la ventanilla, oculta por el entramado de madera. No tenía ojos, pero ninguno tuvo duda de que los observaba.
“Es secreto de confesión”, murmuró Martín. “No puede decir nada a nadie, ni a la policía”.
“Así es”, dijo José.
“Y entonces, ¿por qué lo has hecho? ¿Sólo para aliviar tu conciencia, o es que quieres más plata?”, dijo Fausto, tratando de recuperar el control y disimular el nerviosismo.
“Mi oportunidad para hacer justicia con los hombres ya pasó, yo la dejé pasar. Si hablara ahora, cuando ya todo está hecho, ¿de qué valdría la palabra de un jardinero contra la de dos miembros de la congregación? Capaz hasta sea yo quien termine preso en lugar de ustedes”, dijo José, con los ojos llenos de desprecio.
“Pero ahora hay alguien más que sabe. Y si algo me pasara, él sabrá quiénes son los responsables, y entonces tendrán que matarlo a él también o arriesgarse a que cualquier día se le acabe la convicción por cargar este secreto y los termine denunciando. Porque al final, ¿qué creen que es peor ante los ojos de Dios? ¿Un cura chismoso o un par de curas asesinos y ladrones? Entonces veremos qué tan lejos llegan con tres muertos encima, antes de que la justicia los agarre”.
José se humedeció los labios resecos. Se puso de pie sin quitarles la mirada de encima, y caminó lentamente hacia el ataúd. Hizo una venia y se unió a la oración.
- Secreto de confesión - martes 13 de enero de 2026


