El marino
Por supuesto, no he piloteado un barco jamás. Tampoco crecí a la vista del mar ni aprendí a nadar antes que caminar. Mi infancia y adolescencia transcurrieron entre leves colinas de dioses antiguos y el riachuelo que atravesaba la hacienda podía cruzarse sin mojar más arriba de las rodillas, incluso en temporada de lluvias.
Pero llevo en los ojos la nostalgia del mar.
En mi pecho suben y bajan las mareas trayéndome gozo o desdicha, en un interminable pendular de emociones que hoy tienen nombre y prescripción médica, pero que de joven fueron tildados de veleidad o inmadurez. En todo caso, fueron el escollo que de continuo me desviaron de una pasión a otra, de una mujer a otra, de un país a otro, de uno a otro y otro y otro oficio hasta terminar en el barco, el único, que me condujo a estas tierras de dioses más jóvenes y menos caprichosos. Aquí descubrí en el aguardiente el remedio para los vaivenes del corazón y encontré mi verdadera vocación en el restaurante-bar que dirijo hace más de veinte años, vecino de la funeraria y El Torito Sentado. “El Marino”, decidí nombrarlo y, por extensión, así fui conocido desde entonces. La barba de viejo lobo de mar y la contextura enjuta de quien ha padecido escorbuto y la mirada extraviada de mis frecuentes pesadumbres y una chaqueta de cuero gastado alimentaron la creencia de que había sido un marino que el oleaje había barrido hasta estas playas. Cómo había terminado en la ciudad era un misterio que nadie se atrevía a preguntar por no despertar nuevas (o antiguas) melancolías.

Cuadros en una cafetería
Tomás Anarchezia-Lenor
Novela
2025
ISBN: 979-8298751506
144 páginas
Para no olvidar por completo a mis dioses de la infancia, hice pintar un mural con la imagen de Pegaso en pleno vuelo. Cada dos o tres años contacto al artista para que le haga retoques; tal vez poco a poco vaya perfeccionando su creatura. Creo que va consiguiéndolo, aunque nadie haya ponderado jamás la obra de arte.
Sólo el Poeta, el líder de la manada de estudiantes que cada tarde ocupa la misma mesa con sus libros y sus mochilas, sus versos y sus disertaciones, una vez inquirió:
—Marino, ¿por qué un Pegaso? ¿Por qué no Poseidón, las Nereidas o una sirena, qué sé yo?
—Porque por más aferrados que estemos a la tierra, siempre debemos aspirar al cielo, amigo mío, como Pegaso, a ser el primer caballo entre los dioses —repuse con solemnidad. Se hizo un silencio aprobatorio entre la muchachada ávida de disertaciones—. ¡Y porque estaba bonito! —agregué, sabiendo que desataría las risas de las novias del Poeta. Me gustan sus carcajadas desenfadadas cuando cometo imprecisiones al usar esta lengua suya que me ha resultado tan difícil de entender. Me gustan su juventud y su frescura, pero sobre todo me gustan sus miradas inquisitivas cuando ojean el nuevo hallazgo literario, cuando el Poeta lee versos o cuando discuten la última película de Bergman.
Hoy la manada acababa de instalarse cuando Celeste ha venido a visitarme. El Poeta la apoda “la roja llamarada” por su cabellera y su carácter fogoso. Yo aún no decido cómo bautizarla, aunque ella me llame de mil formas diferentes.
“Corazoncito mío, ten compasión de mí y dame un aguardiente. ¡Vengo congelada!”. “Tesoro, ¿nos vamos temprano? Tengo locura de meterme en la cama contigo esta noche...”. “Cariñito, hoy te pensé todo el día... Estás bien, ¿verdad que sí? Ven, te abrazo, mi vida linda”.
Y así sus palabras se me meten en la barba, en los bolsillos, debajo de la camisa y del pantalón y, contrario a mi costumbre, a veces me convencen de irnos a casa y abandonarme a las fantasías de Celeste hasta dejarla dormida y volver antes de las tres. Insaciable Celeste, cuando una vez hechas las cuentas y cerrado El Marino regreso junto a ella en el lecho, húmeda y soñolienta se abre a mí una vez más, con la entrega de los moribundos y la disposición de quienes hacen el bien.
La semana pasada vino todas las noches y el fin de semana llegó con un maletín con el que partió el lunes. Tanta devoción me agobia, es la verdad, pero Celeste no parece apercibirse de ello. Esta semana, en cambio, faltó cada noche y sólo hoy viernes, cuando la vi aparecer en la puerta vidriera, me percaté del hueco que su ausencia había dejado en mí. Aun así, no logro encontrar la palabra que reemplace su nombre y transmita el sentimiento que poco o poco me viene creciendo y que algún día, quizá, termine por reemplazar el deseo.
Eso, si no me pasa lo de tantas otras veces. Los días y las noches compartidas se llenan de una especie de bruma espesa, pegajosa y pesada; se me dificulta salvarla para llegar del cuarto a la cocina. Una mañana es casi imposible abrir los ojos y únicamente puedo pensar en huir. Lejos, adonde haya sol. Entonces digo lo primero que me viene a la cabeza y, por arte de magia, la Celeste del momento ya no vuelve más. Acaso esta vez sea diferente... No lo sé.
—Marino, va a tener que darnos el secreto. Usted se baja una botella tras otra y enterito... ¡Nosotros acabamos de llegar y ya estamos prendidos...!
Me río porque el secreto es simple.
—Es cuestión de ritmo, como en una carrera de resistencia. Ni muy apurado ni muy lento... Con ritmo y nada más.
—¿Y nunca le da resaca, Marino, nunca-nunca-nunca? —suelta una de las novias del Poeta con gesto aniñado.
—Claro que no, porque mantengo el mismo ritmo todos los días. No le dejo espacio.
Y para confirmar lo dicho, apuro una copa de aguardiente. Celeste me imita, pero veo que en ella también el alcohol ya hace de las suyas. Como dije, el aguardiente es mi medicina, mi salvación, la tabla que me mantiene a flote en las tormentas de mi espíritu.
—Marino, ¿nos hace una picada para todos? Con bastante queso, para estas niñas que no comen carne...
El Poeta ignora la presencia del mesero. Se diría que habría de molestarme su voz en tono suplicante que reemplaza las fórmulas de los favores, pero supongo que de alguna manera ya hago parte de su banda de discípulos.
Hasta le he abierto una cuenta para los diarios consumos de él y sus seguidores. Es obvio que no subsidia a los otros, pero también lo es que todos se benefician del arreglo, cualquiera que éste sea.
Me desprendo de las manos de Celeste y voy a la cocina, donde doña María orquesta sonidos y olores y sabores desde el mediodía. Como falta un cuarto para las diez, su hora de salida, transmito el pedido con la misma entonación implorante del Poeta, agregando los consabidos “tenga la bondad” y “por favor”, capaces de ablandar hasta el duro carácter de doña María. Al cabo, cuando pongo la bandeja humeante en la mesa de los estudiantes y el Poeta hace el gesto de rellenar los vasos de cerveza, experimento la callada satisfacción de hacer exactamente lo que me place, justo cuando me da la gana.
- Cuadros en una cafetería, de Tomás Anarchezia-Lenor
(primer capítulo) - domingo 25 de enero de 2026



