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Cuadros en una cafetería, de Tomás Anarchezia-Lenor

domingo 18 de enero de 2026
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Tomás Anarchezia-Lenor
El deseo es tema permanente en los sujetos manejados por el narrador que el venezolano Tomás Anarchezia-Lenor construye en Cuadros en una cafetería.
...vengo casi todos los días excepto cuando estoy enfermo o muy cansado me gusta ver a todas estas gentes que vienen y van con sus historias que no conoceré pero que puedo imaginar viéndoles las caras...
Tomás Anarchezia-Lenor

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Podría parecer un museo de representaciones, una muestra completa del comportamiento humano. Podría parecer un registro de la conducta de quienes asisten con frecuencia a la cafetería que también es bar restaurante, ubicado entre un burdel y una funeraria. Podría el lector imaginar tantas cosas como el mismo narrador lo ha hecho. Podría ser que el burdel El Torito Sentado —“el zaguán de El Torito está envuelto en la luz roja del anuncio donde un toro se sienta en el regazo de una joven inverosímil”— o el bar El Marino —cuyo dueño es conocido con el mismo nombre— se desplacen a través de los poros sinuosos de todos estos relatos que tienen el mismo espacio geográfico. Podría llegarse a pensar que nuestro escritor se desata en una novela coral, invadida de tantos personajes, y que además convierte el lugar en un personaje protagónico. Y así lo ha hecho. Así lo ha logrado.

Segmentado en varios capítulos en los que se describe el lugar desde la mirada de los clientes y habitués, podríamos también afirmar la intención del autor de romper con el tiempo, pero no con el espacio. Y una constante, la lluvia, a la que pasaríamos a mencionar como un referente que invade a todos los que visitan el lugar, esa topografía del placer, de las palabras y los misterios de algunas mujeres y de algunos hombres, todos imbuidos en sorbos de aguardiente o de café, en las comidas rápidas y los chismes que propician diálogos en diferentes tonos.

El título de esta obra nos induce a pensar que se trata de cierta plasticidad, de un cuadro de costumbres en el que el pintor les da vida a los actantes que se mueven entre pinceladas donde no faltan el deseo, la prostitución, la disipación, las costumbres..., los diferentes sentimientos que navegan en el espíritu de quienes “entran y salen” de esos cuadros convertidos en un tejido narrativo. Transformado en varios cuadros cuyos testigos son el mismo Marino, Celeste, los mesoneros y la cocinera. Hay nombres y apellidos, pero lo que más interesa son las acciones, las reflexiones, los cálculos, los negocios que se discuten en las mesas. O los pensamientos de una mujer que no se atreve a sentarse con algún desconocido que le haya llamado la atención. Todos los personajes son perfilados, labrados con palabras precisas, sin ningún abalorio que dañe el discurrir de las distintas historias que conforman este trabajo literario.

 

“Cuadros en una cafetería”, de Tomás Anarchezia-Lenor
Cuadros en una cafetería, de Tomás Anarchezia-Lenor (2025). Disponible en Amazon

Cuadros en una cafetería
Tomás Anarchezia-Lenor
Novela
2025
ISBN: 979-8298751506
144 páginas

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El lugar, la cafetería, crea el relato. Desde su ambiente personajes anónimos y nombrados constituyen un universo en el que el deseo es tema permanente en los sujetos manejados por el narrador. En tal sentido, esa topografía, esos cuadros, referencian un mundo que se ha convertido en un tema de múltiples valores. Es decir, allí conviven los frustrados, los viciosos, los estudiantes, los negociantes, las putas, los homosexuales, con los que laboran en la cafetería. Cada uno de ellos constituye una imagen que podría ser trazada por un pintor, dibujarlos dentro de cada cuadro que discurre en estas páginas que seguramente atraerán a los lectores por la calidad de su escritura y por las temáticas cotidianas.

Novela coral formada por una burbuja de historias breves que se unen a través de un lugar, ya lo hemos señalado, Cuadros en una cafetería presenta también la perspectiva de un hombre que al comienzo de la pieza dice: “Llevo en los ojos la nostalgia del mar”. De allí que el establecimiento tenga que ver con el agua, tanto la del océano como la de la lluvia que ha mojado a casi todos los que entran o salen del lugar.

Para darle fuerza a este inicio, el narrador pone en boca del personaje un sonido poético:

En mi pecho suben y bajan las mareas trayéndome gozo o desdicha, en un interminable pendular de emociones que hoy tienen nombre y prescripción médica (...).

La voz del personaje, la del Marino, se deja sentir en toda la narrativa. En todo el lugar que ocupa y que es ocupado por quienes suelen visitar la cafetería.

 

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El narrador estudia a cada personaje, lo ubica según sus costumbres, según sus vicios. Perfila psicológicamente a cada uno: sus miradas, sus pensamientos, sus iras, sus borracheras, todo en estos mencionados cuadros que no dejan de ser igualmente el retrato de muchos instantes.

Catorce “cuadros”, catorce entradas y salidas al bar. Catorce momentos de diferentes sujetos que interactúan en medio de los olores y sabores de la cafetería. Catorce historias: “el marino”, “chupavidas”, “llueve”, “¿y entonces...?”, “el tránsfuga”, “ofrenda”, “las mujeres del poeta”, “furtivos”, “la espera”, “el llanto”, “el ahogado”, “trasatlántico”, “el culpable” y “el testigo”.

Catorce revelaciones que multiplican la voz de quien ha armado estas historias desenfadadas, escritas con el cuidado de quien conoce muy bien el idioma. Una escritura envolvente, rica en matices, en asuntos que califican como dramáticos, unas veces, trágicos, otras, y mezquinas las que atañen a la muerte de un familiar, velado en la funeraria cerca de la cafetería.

La maestría del narrador tiene la plena libertad de esbozar su autoría desde el ámbito de una crítica a una sociedad casi en decadencia, una alegoría que se diferencia de la arquetípica.

Al final se nos ofrece un segmento que resume la intencionalidad del narrador:

esta cafetería donde se fraguan los destinos de ese muchacho de corbata con la señora emperifollada que seguro es su madre y a quien todo se lo debe o de los estudiantes que se creen dueños y señores y de las putas que son las más convencidas de tener un destino

Cuadros en una cafetería procede a ser una lectura que le da consistencia a la vida de quienes aún no han sentido que ésta es también un pasatiempo, un relato fragmentado, un sin destino. O la imprecisión de algo que será la conclusión de la entrada o la salida de la existencia.

Alberto Hernández
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