Yo sueño con amor, porque sé que en el fondo nosotros amamos.
Tirone José González Orama.
Lo descubrí sin intención de encontrarlo, en una lejana mañana de mi niñez que lograba evocar a menudo gracias al olor dulce de los inciensos prendidos al pie de la puerta del salón, cuya vida no era tan placentera al acercarse nuestra llegada apresurada capaz de desperdigar sus restos a lo largo del suelo frío, el querido refugio de todos a la desgraciada hora de la siesta. A los cuatro, o quizás cinco años, nadie quería dormir. Nuestro verdadero sueño era volar a través del poco espacio que nos rodeaba, escapándonos de la realidad con invenciones de guerras o sucesos fantásticos y fantasmagóricos que protagonizaban con suma profesionalidad los actores de turno, los amados juguetes. Algunos eran anticuados, otros más bien terroríficos, y los pocos nuevos que tocaban a la puerta duraban tan sólo segundos antes que el vendaval de nuestra imaginación los dirigiera hasta un lugar irremediable. Sin avisar, ni mucho menos presentarse con nombre, apellido y cédula, lo descubrí. Me atrapó con sus manos sedosas y su mirada profunda y repleta de tonalidades de colores imposibles de descifrar que me enseñaban la capacidad del Dios Creador para nunca dejar de sorprendernos. Su voz la podía comparar con la primera canción que escuché en el coro eclesiástico de una película norteamericana, era más sobrenatural que realista y de una incansable capacidad seductora. Me dijo hola, tal y como siempre lo había hecho, y sólo alcancé a responderle con un asentimiento tembloroso. Era imposible encontrar la explicación a mi nueva actitud, ya que no era la primera vez que la veía; sin embargo, eso que me dio a probar en aquella mañana sin duda no quería dejarlo ir.
Joalys no sabía cómo dejar de sonreírme, y yo mucho menos podía saber cómo escapar de su sombra, o de sus apariciones inocentes en medio de las disputas infinitas entre los más novatos juguetes, o de la calidez que transmitía su presencia en medio de los desvariados pupitres del salón, o de su sola y diáfana existencia. Esto que me había trastocado la niñez también fue capaz de aumentarme el hambre, las ganas de divertirme y de jugar hasta sudar la última gota de mi alegría ilimitada. Uno de esos días tomé la decisión de preguntarles a mis compañeros más cercanos si por tan sólo una vez habían sentido algo parecido a mariposas desmedidas en el estómago.
—No sabía que se podía —respondió uno.
—¿Estás loco? —me preguntó otro.
—Sólo quiere llamar la atención —aseguró el penúltimo.
—Mejor vamos a jugar —concluyó el último.
Fue allí cuando decidí callarme hasta que tuviera la valentía de mirar a Joalys a los ojos, sin inmutarme, para preguntarle qué diablos me había hecho si las cosas antes eran tan normales como mi nombre y apellido. Los días pasaban, las horas danzaban en medio de ellos y las dudas crecían sin medidas propias. La sensación pareció adquirir una vida propia, un nuevo nacimiento que no sólo guardaba nidos en mis pensamientos, sino que también parecía fusionarse con la sangre que me bombeaba el corazón y recorría mis brazos, mis manos, mis pies y hasta la punta de cada uno de mis dedos. Su nombre se escapaba en los libros que podía leer, en las fantasías que lograba vivir, en las preguntas comunes del día a día. Hasta que una tarde, en medio de los arrebatos propios que me hacían renegar de la hora de la siesta, una mano suave tocó mi hombro. Me giré con tranquilidad, y sucumbí ante el terror. Era Joalys.
—¿Te puedo preguntar algo? —dijo.
Era imposible que las palabras salieran de mi boca, así que sólo asentí.
—Me da algo de pena, pero... creo que eres muy lindo. Me gustaría darte un beso.
—¿Como un beso de amigos?
—Como un beso de películas.
Esa tarde volví a casa estando seguro de que no era tan inocente como mi mamá pensaba. Me aseguré de escaparme en silencio en el medio de las noches de películas, y varias veces logré mirar en puntillas y con la piel de gallina cómo en la televisión dos personas se besaban, algunas intentando imitar a Joalys y a mí, otras con más intensidad y desespero de lo que creía normal. En una noche de esas, después de tanto tiempo, descubrí la palabra que definiría la sensación que me amalgamaba la piel hasta el presente de mis días. Era popularmente conocida como el amor. Entonces entendí el porqué de las sonrisas nerviosas del perdedor en el juego del equivocado, que si se equivocaba era porque estaba enamorado, y entendí también por qué las mujeres lloraban o saltaban de alegría cuando un hombre se arrodillaba frente a ellas, o les regalaba flores, o le abrazaba con una fuerza que no les permitiría despegarse de sus brazos por nada del mundo. Entendí, sin comprenderlo, cuál era la verdadera fuerza que le ayudaba a nacer a uno, sin importar que terminara siendo un niño pendejo o sin un complejo, ya que era lo suficientemente indestructible para construir la vida entera si así se quisiera. Desde entonces me pareció la vida tan bonita, tan llenos de colores mis días, que me era imposible no armarme de valentía para aventurarme en misiones cada vez más complejas, como hablar en público, visitar la oficina de la directora en busca de una pelota perdida, disfrazarme de alguna pieza importante del ajedrez humano, entre tantas otras cosas. Pero en la última mañana de esa aventura escolar que daría paso a una nueva etapa en mi crecimiento, encontré la primera herida abierta causada por la flecha del amor: Joalys se fue sin siquiera despedirse de mí, tomada de la mano de su madre con su sonrisa característica y sus ojos que como espejos reflejaban el brillo del sol. Allí es donde me di cuenta que era imposible poder controlar el destino o las decisiones de aquellos a quienes amamos.
Entonces los años pasaron y crecieron mis extremidades, mi cabello, mis orejas y también la concepción de mis ideas. Crecieron las personas a mi alrededor, como también lo hicieron sus problemas y las cadenas que ataban a todos los que de cierta forma participaban. Me reí lo suficiente de aquel niño de mi salón que era tan inteligente y tan voluptuoso que trataba de demostrar su humildad escribiendo siempre con lápices casi más pequeños que las uñas del dedo meñique, y también de los profesores mayores que trataban de llevarnos el ritmo en las competencias de educación física. En los años de escuela conocí el significado de los amores platónicos, los amores imposibles y las consecuencias de mi imaginación imparable. Dibujé mi corazón muchas veces sin una forma específica, sin límites ni conglomeraciones. Era siempre una copia carmesí del espacio exterior, con infinidad de recovecos y pasillos azules y rojos que conectaban mis pensamientos con los sentimientos que aparecían día tras día sin pausas. Allí convivían las más grandes ideas que me podía permitir, esas que comenzaban a navegar entre las épicas batallas de los juguetes que alguna vez tuve y se dejaban llevar por la marea hasta las incipientes islas que despojaban poco a poco mi inocencia, hasta llegar a la orilla donde todos nos encontrábamos en busca de ese algo más que lograra transformar las vicisitudes incipientes de nuestras vidas en una sinfonía que nos permitiera guardar el corazón dentro de una caja, o una manta, o una capa invisible, para que no lograra salir herido una vez más.
Aunque, años después, me di cuenta de que no lo logré.
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