Ecos
Aquel día, en esa habitación alejada del leve murmullo citadino en un domingo recién despejado, todo lo demás se desvaneció. No existían el tiempo ni las responsabilidades. Sólo ella y yo, como dos almas flotando en una burbuja donde el amor parecía una verdad tangible a la que, quizás, quería escapar. Fue ella la valiente que desnudó su corazón primero. Sus palabras eran sólo un eco de lo que sus ojos ya me habían revelado, incluso desde las primeras palabras insípidas que compartimos en medio del ajetreo de un día laboral. Esos ojos castaños de un tono muy común, tan fáciles de pasar desapercibidos entre los tonos cafés de las miradas del mundo, me mostraron que sí era posible que alguien pudiera ver más allá de la maraña que me cubre cada cierto tiempo. Era una mirada profunda que se extendía ante mí como la arena fértil y casi rojiza de los campos del algodón del pasado, y yo me vi sumergido, danzando por primera vez en mi vida sin importar que la insolación me cubriera por completo. Respiro. Un aroma de café que ahora acompaña a tres tazas, una detrás de otra, junto al eco silente de las páginas de mi cuaderno transitando entre mis dedos, intentando impedir que la bruma de los recuerdos insostenibles me trague por completo. Aquí, en soledad, con el pulso tembloroso por la cafeína y la carga pesada de estas palabras que escribo, trato de callar ese nombre que irrumpe el silencio dentro de mi interior. Enciendo la radio, y dirijo la mirada al calendario que reposa en la pared. Debajo del logo del abasto y los datos de contacto, miro atentamente la fecha: 15 de septiembre. Cuatro años han pasado desde la última vez que la vi. Sonrío tristemente. En la radio, en medio de un ritmo desenfrenado y una voz gutural que reconocí al instante, escuché su nombre una vez más dentro de una desenfrenada historia que, al igual que los ecos, se diluye en mí conforme se expande más.
Despiértate, Verónica
Al romper el día
Y hazme sentir la alegría de volverte amar.
Impacto profundo
Hace más de cuatro meses, la misma pesadilla se repite. Los destellos ámbar del amanecer se filtran en el auto, donde estoy recostado en el asiento trasero. Mis padres conversan sobre los temas inútiles del día a día latinoamericano. Recuerdo que, sin apenas notarlo, he cumplido diecinueve años. Esa mayoría de edad no ha sido placentera, pero hoy siento que el rumbo de mi historia cambiará. Siempre he creído que Dios tiene el control de todo, y nadie lo detendrá. Bajé un poco la ventanilla y respiré el aire agridulce de mi ciudad. Mis pensamientos se disiparon lentamente, como hojas esparcidas en un parque. Todo era rutinariamente normal: la misma conversación, los mismos rayos de sol, la misma música chamuscada de fondo. No podía parar de pensar en lo mal que salió el año anterior: perder la oportunidad de estudiar cine, honrar a Scorsese y Tarantino, o entregar mi corazón a la única persona capaz de destruirme sin remordimientos. Había tanto que quería borrar de mí. Pero, de repente, la radio comenzó a sonar con una canción de Maroon 5, y me dejé llevar por la melodía.
Una corazonada interrumpió mi calma cuando tomamos un camino desconocido. Nos dirigíamos a una iglesia para reunirnos con familiares lejanos; la muerte, una vez más, había acortado distancias. El auto se detuvo en un semáforo, a cien metros del siguiente. Mi madre, sin voltearse, preguntó:
—¿Sabes dónde queda la iglesia?
—La he escuchado varias veces, pero ni idea. Si dicen que es en la calle 10 de Diciembre, debe ser a la izquierda de ese semáforo que viene.
—Ok.
Estaba acostumbrado a esas respuestas. El semáforo cambió. A partir de allí, la historia se rodó en cámara lenta. Los fragmentos en mi mente carecen de coherencia en ese pequeño lapso. Pero la pesadilla no tiene fin. La canción de Maroon 5 parecía terminar cuando la vida de los que estábamos allí tuvo un glitch. Mi padre, al girar a la izquierda, no se percató de un detalle hasta que fue muy tarde. Millones de pedazos de vidrio de las ventanas y el parabrisas llenaron cada rincón del auto. Todo se distorsionó, penetrando nuestros cuerpos y rasgando lo que parecía ser cada fragmento de nuestro ser. Testigos oculares, turistas de paso por Santiago de Compostela, dicen haber visto nuestro auto girar, levantándose unos centímetros del suelo, bendecido por la gracia de Dios al ser detenido por otro. Casi nos volcamos. Casi nos despedimos de aquí.
Mi primer impulso fue cerrar los ojos e intentar abrirlos lo más rápido posible, para no abandonar a mis padres, quienes por tantos años me entregaron lo mejor sin importar lo que perdieran de sí mismos. Rasguños y pequeños chorros de sangre cubrían sus brazos; ellos se llevaron la mayor parte del impacto, pero estaban bien. Nunca olvidaré sus rostros llenos de terror. Tampoco podré olvidar cómo me hervía la sangre al darme cuenta de que el hombre que ocasionó el accidente estaba allí fuera. Con fuerzas sobrenaturales, salí disparado del asiento y me abalancé sobre su Hilux para golpearla y vociferar, casi con maldiciones, cuán desgraciado era aquél, sin saber que en realidad todas y cada una de aquellas exclamaciones de furia eran contra mí. Es allí donde la pesadilla alcanza su punto máximo, convirtiéndose en un bucle eterno del cual me es difícil despertar y despegarme por el resto del día, y hasta el momento, de la vida.
La verdad es que, cuando cierro los ojos, no sólo siento el vidrio y la sangre; siento el aire espeso, una presencia que se desliza por el borde de mi visión, recordándome que algo más se fracturó ese día. Algo que va más allá de la memoria, y que aún no ha terminado de cobrar su precio.
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