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Cinco poemas

viernes 27 de abril de 2018
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Pájaros

De ti ha quedado un bosquejo
Como si se tratara del pájaro que alguien traza en la arena,
Y no lo olvida el corazón del océano,
Aunque lo lleve en sus minúsculas sales,
A lo más desconocido y oscuro de sus pliegues.

Yo señalé en la playa esa línea,
Y perdí mi mano con la vista como se pierden las aves marinas,
Finalmente invisibles entre las monótonas olas.

Vi rodar la espuma áspera por el casco de un barco consumido
Por donde subía un molusco ajeno a los embates.
Vi juncos secos que crecían en la costa
Donde el viento movía con poco ritmo esa raya amarilla de cabellos vegetales.

Qué clara fue mi visión escapándose por un sol ensangrentado.
Qué robusta la intuición de que ya no volvería el mismo mar
A golpear las porosidades de un cuerpo marino que devenía en el borde,
Y parecía haber sido arrojado desde el otro lado del mundo.

Observé cómo cambiaba la luz y perdí la diferencia de los elementos.
Un alivio empujó la vida hacia el umbral de unas conchas abandonadas,
Que me sostuvieron por un momento,
En ese descansado universo donde ni tú ni yo existíamos.

 

Todavía caen las hojas

No he vivido más que un continuo otoño.
Desde que recuerdo las hojas no dejan de caer
En un jardín que siempre se prepara para nacer de nuevo.
Me he desvelado escuchando su caída por el aire
Sabiendo que nunca tocarán el suelo.

Pareciera que los deseos
Se concentran en la nervadura de los olmos
A un paso de pertenecer a la incertidumbre del siroco.
En eso consiste el futuro, en imitar la danza de las hojas y el vacío.

El tiempo no se detiene,
Aunque las cosas se congelen en una pausa de la tierra
Entre la hierba y el follaje una niña no deja de bailar.
Todo es caída y otoño
Por la luz que lentamente se deshoja.
Aunque pasen las estaciones
Los árboles que parecen muertos
No dejarán de alargar sus ramas desnudas
Hacia el espacio nítido.
Es el roble de mi infancia
En espera de una canción bajo su sombra.

 

La siega

Por las franjas de las eras
Esperaremos juntos
El sonido de las cosas que abren
Su color y su deseo
En el inicio del mundo.

Un trigo de silencio
Bajo el arco del cielo
Hablará de la caída de la luna
Y una hoja
Toda la noche en la frente.

(Pájaro del campo que canta en la sombra,
Trae acá lo que dijeron los segadores)

En la mañana fracturada por el trigo
Preguntarán mis manos la canción de los zaguanes:
¿Qué música vendrá con el paso de las horas
Al apretado corazón de la siega?
¿Qué cosecha en la boca de los bueyes
Como la leche de mi madre
Cuando sus brazos eran el universo y el fuego?

En este relámpago de tiempo,
Recordaré que nada sé de los chopos mojados,
Como el día en que repetí
Solamente
Los ruidos del agua y el cencerro.

Mis manos cuenco vacío
Por una fisura de la casa,
Por un tajo de aire,
Se llenarán con la cosecha
Y la lluvia
En las manos de mi madre peinando la pradera,
En las manos de mi padre lavando las heridas.

Del cántaro roto nada hará falta,
Todo será dado:
Una porción de tierra
Un pedazo de cielo
En el silencio de los rayos que saludan
El inicio de las horas.

 

Obsidiana
VI

La historia de los nombres se reúne en lo que tocas,
y la letra con que señalas al valle de Anáhuac
se debe a una lenta acumulación de sedimentos:

el nombre Lirio y el nombre Azor
sólo con tiempo han reunido vuelo y blancura,
bajo los glaciares y el légamo.

He aquí el secreto de por qué las cosas resuenan si se nombran,
de por qué los juncos se inclinan al oído
que por primera vez escucha
su conversación con el viento.

La historia de los nombres está en lo que tocas,
en el collar de reliquias que queda de la vida que apagas,
en el bisonte que expira bajo el filo de obsidiana,
y rezuma en su estertor una estampida de siglos.

Aunque ignores cuánto le ha costado al tiempo
hacer la coreografía del cardumen,
cuántos nombres se han hecho
con el azul que sostiene el sueño de las ciudades,

en la gota de saliva está la sal de los océanos,
en la vela que enciendes el sol de los espacios.

 

Bendición de lo leve

Perdido en el sol de tu trigo
el segador escucha
el jilguero de alas blancas,

en el sol de tu trigo,
el oleaje del puerto,
brisa marina entre los dedos,
noble espiga de cuello suave.

Desde la copa de tu sueño
parte el navegante,
con una oración para la furia de los mares,
con una bendición para los barcos
que apenas rozan el agua,

tú que apenas tocas la sal,
pluma de las tempestades,
en ti que ya se posan las aves,
en ti que ya se pierde el peso de la carne,
carne de tu carne.

Brisa marina entre los dedos,
noble espiga de cuello suave,
sumerges el mundo
bajo la lentitud de tu párpado,

y nadie huye de ti,
y tú no huyes de nadie,
por el hecho mismo de ser elemental,
carne de tu carne,
junco primitivo de las estaciones.

Víctor Rivera
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