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Poema para platicar contigo

miércoles 6 de junio de 2018
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De una tierra enorme
albergue insoslayable de la raza humana,
adornada por frutos, verdes de vida plena,
auroras refulgentes y crepúsculos hermosos,
surges tú, Guatemala, en el corazón alborotado
de un amanecer de sol y de belleza:
amarras a la fertilidad del suelo tuyo
orgullosos bosques milenarios;
abres al cielo tus lacustres ojos
que alimentan las incontenibles venas
de tus ríos eternos;
respiras y roncas con el aliento profundo
que expelen tus volcanes erguidos;
vibras con el arrojo de tus hijos salvajes
que se mueven por inexploradas montañas;
arrullas tu sueño con el ronco rumor
de tus mares misteriosos y profundos;
tus alboradas brillan
tras la intermitencia de colores
de tus flores perpetuas;
el azul de tu cielo refugia
el canto de la libertad de las aves
y eres en sí
toda plena de fertilidad
y de luz.
Eres generosa como ninguna
al repartir las bondades de tu suelo:
son suficientes para todos
sin importar religión o raza o sexo:
te abres entera hacia el sol, hacia la vida,
vertiendo tu cobijo y tu verdura,
llenando de aire los pulmones de tus hijos.
No eres fértil sólo para algunos:
la fertilidad total es para ti
característica esencial
de tu existencia.

Mas no eres tú ni somos todos
los que hacemos diferencia en el camino:
es la lucha sin cuartel por cosas vanas
la que nos lleva al sufrimiento insostenible
de la inconformidad y la pasión.
Porque somos un rosario de ambición y de desdén
no vivimos todos en igualdad de circunstancias:
es el menospreciado campesino
el eje de esta maquinaria que eres tú,
y en tu suelo de la vida el sostén:
es el campesino el padre de la vida
quien te peina y se desvive
por el fruto generoso
que tú das.
Y es el hombre soberbio el que navega
sobre turbulentas aguas sucias:
el que no permite que seas tú, Guatemala,
grande y amplia para todos.
¿Quién despreciado y oprimido
tiene fuerzas aún para vivir?
¡Sólo él, trabajador del campo,
hijo puro de la tierra,
tierra misma forjadora de la luz!
De la pervivencia soporta el peso,
de sus coterráneos el odio y la crueldad:
es víctima
sufrimiento andante
rebosante de oportunidades negadas:
sediento de igualdad y de paz.
Y el segador de vidas
forjador de esclavos,
sembrador de bajas pasiones
río incontenible de aguas sucias,
árbol despreciable de frutos ponzoñosos,
¿qué pretende?
¿Quiere sólo para él esta tierra fecunda y milagrosa?
¡Que trabaje!
¡Que comparta con todos las bondades
de esta tierra tuya y mía,
Guatemala!
Que no la riegue con sangre y sufrimiento:
no pretenda para él todo lo bueno:
que sea como la lluvia o como el aire
en su total entrega a los humanos;
y si no puede
que vuelva a la tierra que feliz se abre
a ser semilla de una vida nueva:
¡fecunda,
igualitaria,
total!

¿Y qué me dices de los niños
que caen por el mundo como gotas de rocío,
que levantan el sol cada mañana
con sus risas y la alegría de su canto?
Ah, los niños:
bajan de los árboles como frutos dadivosos
y eliminan la nostalgia y la tristeza
porque son el alimento de las almas.
Mas entonces, Guatemala, no puedo reprimir
el desconsuelo, la angustia, la impotencia,
al ver sobre tu suelo la injusticia:
niños desnutridos que vienen y se van;
ojos de desconsuelo hambrientos de cariño
que mendigan un mendrugo.
Ah, caminos tan empedrados los que transitan:
revientan sus rodillas y sus pies,
se desangran por la vena del amor:
tienen la sed de un hombre solitario en el desierto
cuando un niño debe —tú lo sabes—
dormir bajo sábanas de seda,
comer, jugar, alimentarse,
reír de la vida, en esencia niño ser.
¿Por qué, Guatemala, tanta diferencia?
¿O indiferencia por esta diferencia ingrata?
Hoy pido amor para los desvalidos,
justicia y alimentos para todos por igual:
y sobre todo
por sobre todas las cosas pido:
la No indiferencia
la No desigualdad
¡la paz y la felicidad para todos los niños del mundo!

Ayer me recorrieron las venas los mendigos:
me arrancaron a pedazos las ínfulas mías:
y no fue sólo ayer, Guatemala, este desasosiego;
hoy, en este día amplio lleno de sol
los pies descalzos y los andrajos se combinan
para conmover mis cimientos, para enseñarme
las gotas de miseria que del cielo llueven.
Y no lo creo.
Me cuesta trabajo comprender
esta clase de lluvia sobre tu suelo florido:
porque entre tanto sol y cielo azul
sólo concibo al árbol igualitario, común,
que arroja frutos para todos los cobijados
bajo su sombra.
Entonces te veo así, árbol querido,
abierto hacia la vida, libre al viento,
frondoso y milenario: mío y de todos,
¡siempre vivo por la vida!
Por eso me corroen los harapos.
Por eso me oprimen los enjutos rostros.
Por eso me acuchillan los cuerpos desnutridos.
Por eso la tristeza es mi fiel compañera:
porque eres amplia, profunda, bella,
Guatemala, no llores: ten fe
y abre tus brazos de luz: porque la luz
refulgirá para siempre y por siempre
para todos tus hijos:
No mendigos
No niños desnutridos y abandonados
No poderosos
No jueces de hermanos
No oprimidos
ni vándalos
ni mentirosos
ni aprovechados.
Y lo sé y tú lo sabes, Guatemala,
que todos somos tierra de tu tierra,
aire de tu aire, fruto de tu árbol:
desigualdades y miserias no conjugan
con la amplia esbeltez del alma tuya.

Y tú, rojo violencia, ¡apártate!
Ya no lluevas más sobre mi tierra
porque la inundas: porque la ahogas
con tus aguas pastosas de soledad y de miseria.
Fíjate en los verdes, en los azules brillantes
de los días: en el perenne destello de las auroras.
¿Por qué insistes en llover sobre la patria mía
para fertilizar el egoísmo y la ignominia?
¡Vete! Lárgate de aquí, déjanos solos:
¡abriremos los surcos para levantar la vida!
¡Nos empaparemos de barro, de agua clara
de ríos eternos, y germinaremos abiertos y libres
el refugio de la luz y de las aves!
Rojo violencia, verte detesto: huye de aquí
para siempre, forma tu mar congelado
a la distancia y vuélvete rescoldo lejano.
¿Que no ves que eres lluvia torrencial
que ahoga las raíces?
¿Es que finges no darte cuenta del odio que generas?
Rojo violencia, deja esta Guatemala bella:
mueve tus alas, despliégalas al viento
y déjate arrastrar hasta lo más gris de la distancia:
olvídate de nosotros: deja que renazcan
la libertad y el trabajo
el amor y la concordia.
Permítenos la paz, entréganos la paz,
fruto esplendoroso de esta pervivencia milagrosa.

Perdona, Guatemala, este arrebato mío:
es que se filtran por la membrana de mi alma
estas gotas de dolor enfebrecido que me hieren:
¡son como espinas incrustadas en el torrente de mi sangre!
Perdona, Guatemala, así lo siento:
Sé que eres bella y noble y pura,
y sé de todo este dolor que a ti te cubre:
es como un manto negro que pugna
por detener al sol y su destello.
Mas yo te digo, Guatemala, contigo estoy:
¡vamos juntos a reverdecer tu suelo
y a embriagarnos con tu eterna primavera!
Todo esto te lo digo, Guatemala,
porque en tu suelo crece el verde de la vida,
porque veo el resplandor de la esperanza
y el correr de tus ríos de agua clara;
porque la sombra no resiste ya tu luz
y sobre todo, Guatemala hermosa,
porque además de que estoy contigo todo tuyo
siento un enorme deseo,
una imperiosa necesidad de platicar contigo.

Antonio Cerezo Sisniega
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