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Tablones de afecto

miércoles 10 de octubre de 2018
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I

Emerjo de la nada para verte y cumplirte
y te descubro verde y húmeda como el musgo;
¡por cuánto tiempo anduve en esta indagación!
El tiempo se agotó de tanto ruego mío.

Amo circunscribirte con mis brazos y halagos
y percibir tus pasos como una escena libre;
decirte con palabras lo arcano y lo sinuoso
entre el alto del cerro y las curvas del mar.

Tus manos de alfarera eran lo necesario
para remodelar mi barro sin escrito;
nada es como tú ahora, ni siquiera un eclipse.

Te embotello con letras, te atajo sin manía;
sólo para tenerte entre el bosque que pienso
y asumir por más tiempo el lance de tu mesa.

 

II

Eres una ciudad como ninguna vista;
tus brazos, tus esquinas y el placer de tus calles
pulidas por la brisa y el juicio de tu boca,
roja cual mediodía, se erigen por los aires.

Entre tus avenidas, perfectas y pacíficas,
consigo algún fragmento oculto a simple vista;
pero eres así misma un crucero silvestre.
Nadie te ha transitado como lo he decidido.

Tu cartel Bernardino enuncia tu comienzo
y el partir de tus días hasta hacer tus pasos.
Fue así que las turgencias abrieron nuevas rutas.

Aunque acontezca el tráfico, el embotellamiento
y el claxon disonante, hallaré la limpieza
para entenderte entera y regar tus parcelas.

 

III

En tus ojos consigo formas redondas de agua,
en tus brazos consigo la extensión a la arcilla,
en tus dedos consigo planes multiplicados,
en tus piernas consigo la fibra indestructible.

Ningún trazo de ti capitulará al piso,
mucho menos se hará clandestino en los límites,
mientras el tema corra franco en mis venas
y pose como estatua en vanguardia a tu puerta.

Al oírte cercana en la zona del golfo acudir
velozmente para atrapar las gotas
—cuantas sea posible— lluvia propuesta

y reunir la sustancia que elabora en tu porte
de moneda nativa, ese algo fulminante.
Amanezco en tu esfera e instituyo la cita.

 

IV

Surges por la ventana en la hora que los panes
suben su contextura y el silencio concede
una página nueva en rincones y cumbres;
nada es prematuro como en la madrugada.

Amor, necesitamos deshojar las mazorcas
en ritmo de balada y seguir al crepúsculo,
nadar entre peñascos y hallar la resistencia
que tanto odian los golpes de la mar concurrente.

Asir un centenar de monedas sonoras,
que jamás se entregaron a manos desgastadas,
y lanzarlas al aire y liberar su roce.

Es así que me empeño en sufrir tu equilibrio
para no derrocharme entre olvido y crudeza
y centrar el futuro con propiedades tuyas.

 

V

Te espero en esta silla para cercar tu aliento,
desbarato relojes que vociferan horas
y solo me facilito a la sal de las piedras
que estimulan mis pies al lugar de la pausa.

Te espero de este lado tutelando tus ojos
con el compás de fuego que oculto en mi baúl.
Ya cerré mis pendientes, nada exige o decreta,
y la perdiz de China impondrá su estatuto.

Si llegas a mi frente te mostraré el libro
escrito por mis nervios en la noche durable:
partículas de verbos con guanábanas frágiles.

Nada hago en otro sitio sino en este tablado
haciendo de la suerte la moneda anhelada
al tentar inscribirte en el rango de mi boca.

 

VI

Descubro en tu mirada el camino a las uvas,
la textura del pan inflado por el horno,
la tregua a los dolores causado por la ruina,
el semen de la lluvia que provoca mazorcas.

Imagino tallar aros a tu cintura,
senda libre y pequeña; recolecto los frutos
entregados en las ramas de tu granja primaria.
Nada suele ocurrir hasta que tú aconteces.

Única, en el desorden librado de tragedias,
aparezco desnudo frente a tu puerta autónoma,
para que así los químicos nos mezclen, nos acerquen.

Madre de pomarrosa subraya su canasta,
y hacia el camino libre ella marca su voz
para hacernos ligeros entre agendas y sábanas.

 

VII

Eres ineludible, destacada, absoluta,
espacio de la noche para tener la siesta;
en tu origen la industria dispuso sus horarios
para transformar átomos que sellaron tu altura.

Tu volumen se ajusta a las normas mecánicas
dentro de los ensayos y las proposiciones;
siendo yo el estudioso que celebra el hallazgo,
firmé la institución de tu fórmula hallada.

El costo del oficio siempre estuvo congruente
y no me escatimé en trabajos ni en medios
para así mantener el ideal pensado.

Inapreciable lucro, has salido oportuna
y convienes directo al hueco de mis brazos
que siempre se inquietaron por tomar tus partículas.

 

VIII

Dentro de esta oración asomas predicada;
del lado de los verbos retozas, sobrevuelas,
desfilas en el margen en proceso presente
y no desapareces en la señal del punto.

Leal a las palabras, dimensionas simétrica
y los ruedos semánticos te envuelven, te circundan;
sé tus significados que han sido revelados
ante las perspectivas de lo imaginativo.

Mujer, en mis papeles te simbolizo lúcida
porque cuando acentúas en el momento
gráfico mi lápiz corre libre sin agotar su punta

y mi conducta elige ser incitante y grave
y así es como apareces con cuidado retórico
sin recargas que dañen tu figura expresiva.

 

IX

Te veo inalterable en la paz de la sábana,
tan vidriosa en tus formas como cerámica honda;
asumes tal silencio que cualquier pensamiento
se oiría tropezar en este espacio endeble.

Ni un te adoro celebro por sólo disfrutar
el blanco que tu piel centraliza en la cama,
ni quiero definir las gotas de tus ojos
por no perder el velo que marcan tus cabellos.

Que el destino me apoye en estas circunstancias,
que siga en esta escena y agonice más tarde
o hasta que el musgo surja en la humedad del día.

Mi querida pacífica, mantendré tu mirada
y tus gestos tendidos lejos de todo esfuerzo
hasta que yo consiga el pan para tu boca.

 

X

Mi perla necesaria, mi fuego perdurable,
tú mi boca de luna, mi juicio predilecto,
mi anhelo que transita, tú mi mano de orégano,
la tregua en que me apoyo, enredo de mis brazos.

Te tengo como quien ama el olor de las frutas,
como quien se delata en el tiempo de pausas,
como quien se tropieza mil veces con la calma
y espera que acontezca la rosa fulminante.

Nunca jamás retuve la moneda en mis manos,
mucho menos de dar mi respiro recóndito
hasta que sucediste antes que algún eclipse.

No eres repetida en este jardín plano,
y vives con él, aun disueltas sus plagas,
mientras vas preparando galletas en los hornos.

 

XI

Tengo algo de sed, el hambre me consume;
el cansancio en mi espalda es arena filosa
tirada por mil bregas que nacieron en días
y noches desabridas y estallan al caer.

Amor, tus densas manos, tu facultad autónoma,
tus brazos terrenales, tu marcha invulnerable,
aquello que posees y viene en tu semilla
es figura esencial de las flores ignotas.

Tinajera triunfante preciso de tus nervios;
dale a este estudioso extraviado en su abismo
el pan por el que indaga y tranquiliza su hambre.

Beso tu contextura, cubro tus desmayos,
hago lo que pretendas; porque bien interpretas
a los seres que piden la abundancia que llena.

 

XII

Cuando nada te place tu voz se hace tornado
y tu libre semblante se hace abismo sin fondo;
pierdes las escrituras de las gratas orquídeas
y tus oídos penan en un pacto deforme.

Libras a todo esa leona que apunta con sus fauces
el aposento en busca de sus fauces injusto
que ha escupido el delito hacia tu corazón
que tanto has amasado en tu vasija dócil.

Quiero ondear mi enseña de armisticio y vereda
que puede reparar esa flor de alegría.
Las bocas en revueltas son cuchillos perversos.

lo siento, no lo quise, no guardo en mí las sombras
que rompen las alianzas hechas de trigo y pan,
por eso me arrodillo y te entrego mi palma.

 

XIII

Observando tus manos, he escuchado
a distancia sucumbir el encono y trastabillar la ira;
en tus manos que amasan el amor requerido
gano lo que ha perdido el mundo en sus trajines.

Observando tus piernas, he visto cómo el mar
reclama sus espacios que le han sido robados
para así prodigarte sus conciertos seguros
de cuerdas y metales, y con plenos poderes.

Disfrutarte al contacto de frutas y placeres
dentro de los extremos que disponen y prestan
los hemisferios blancos en su instante llegado.

Nada oprimo o reniego cuando de ti se trata,
libero con cautela todas mis voluntades
hasta poder guardarte en mi baúl de tablas.

 

XIV

¿Qué llevas a tu boca que no sea mi boca?
¿Qué guardas en tus manos que no sea mi nombre?
¿Qué miras en el círculo que no prive mis trazos?
¿Qué respiras ahora que no dude a naranjas?

¿Cuándo es tu encrucijada de maíz y ciruela?
¿Cuándo fue que llegaste al sur de tu belleza?
¿En dónde sostuviste tu primera ilusión?
¿Quién dividió tu rostro con el filo de lágrimas?

¿En tus senos autónomos qué fruta cedió tanto?
¿Si se entrega la noche con qué acento te expones?
¿Si tus manos son lácteas por qué tu voz secreta?

¿Te agobio con preguntas o quieres mi retiro?
¿Por qué no me reservo y empiezo a tocarte?
Renuncio a mis demandas y hago el pan en tu boca.

 

XV

Revisto
tus manos
con uvas
y letras.

Instalo
mis ojos
al mundo
que asumes.

Amante
de trigo,
mi hallazgo.

Postulo
tus pétalos
de tregua.

 

XVI

¿Qué dices de esta grama que sigue con el agua
y logra el precedente que la Sociedad pasa?
Las lágrimas sonoras incurren con su prisa
ocupando regiones y acaparando tiempo.

La luna se distingue sin su vínculo de uva,
y los ocasos vistos son toneles de vino
vaciándose por días de hachazos invencibles:
se elevan los residuos entre rocas y olvidos.

Y no obstante aquí sigues, apretando mi mano
con fuerza categórica de quien aprecia y dura
en momentos de crisis y calles sin sentido.

Y por mi voluntad entregaré mi boca
para lo que pretendas en estas circunstancias,
y así manufactures la pieza que te fija.

 

XVII

Con esos pies de altura, piezas vertiginosas,
originas mi asombro en las calles y plazas;
nada logra pescarte, ni siquiera mis brazos
cuando van distendiéndose en su extenso paréntesis.

Tus pies, van a la marcha de la brisa en la tarde,
y en las duras esquinas se pierden como el sueño
al despertarse solo sin el papel en la mano
y las nociones yéndose por el hueco del tiempo.

¡Qué vestigios posees! ¡Qué logros desenvuelves!
Una noche en tus pies sólo es equivalente
a merodear frutas en huertos específicos.

Amor mío, en tus pies dilapido mi lucha
y no me restituyo en mis labores diarias
hasta que me asegures los minutos en ellos.

 

XVIII

Temprano fui a tu pelo para restituirme,
y lo hallé recubierto con la sal de los días,
entonces con mis manos me dispuse a amasarlo
con la clara firmeza de quien canta en las ferias.

Rompía la mazorca su cobertura de oro
para desmenuzarse lentamente en tus sienes,
y los trenes frenaron su trayecto específico
para no despejar tu peinado doméstico.

Como nunca jamás profundicé mis manos,
las entregué sin precio, para anotar tu risa
en nuestros documentos que resguardo en baúles.

Tu pelo en ese instante fue ciruela entregada,
y de allí comprendí que a tu lado prefiero
dormitar mi cansancio impuro por el polvo.

 

XIX

Tu garganta es un árbol, macizo y delicioso;
en ocasiones fija su sombra hacia mi boca;
también le nacen frutas de color innegable
que son distribuidas en la hora del almuerzo.

Tu garganta es un cofre abierto en el perímetro,
un cofre sin cerrojo, donde las manos sueltas
hurgan hasta ubicar el objeto que adoran
y luego establecerlo para sus voluntades.

Disponible y frutal, tocante y fluorescente;
dado para el marino que lo juzga precisa
sin la mala intención por darla a la deriva.

Ese anexo en tu cuerpo lo canto con fortuna,
lo celebro con risas, siempre y cuando dispongas
aproximarte a mí cuando la sed me abata.

 

XX

Tu desnudez me vence, y mis ojos descubren
el sabor y la altura que disuelve las noches.
Desnuda eres el viento que impulsa los maizales
e instauras el agosto para estallar ciruelas.

La ropa te hizo esclava para ocultar tu anuncio
y eso no fue efectivo, porque luces autónoma
pasando frente a mí como sal para el pan;
y te llamas diamante, campiña, mensajera.

Eres fruta dispuesta declarada en los huertos:
alimento encontrado, gozo del campesino
que ha venido a besar el cansancio en su brazo.

Y no despreciarás la riqueza a tu mano,
porque eres poderosa en este advenimiento,
y mis manos olímpicas declararan su patria.

 

XXI

Driso

Abrió la mazorca
su caja terrestre.

Incontables granos
mostraron el sello:

tu rostro vigente.

Luis Enrique Yong
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