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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Siete poemas de Astrid Salazar

• Viernes 29 de marzo de 2019
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HCM

Cuando pasas horas en un hospital
y ves la sangre como alfombra en el piso
a la chica de al lado con su cáncer hospedado en el corazón. Sola. Sola. Sola.
A Juan y su capacidad de dormirse de pie.
Al hombre de la habitación 7B13 observándote fijo como velando su pena.
Cuando solo en un atisbo notas la falta de rucuronio, formol, compresas, guantes, propofol, adhesivo, alcohol. Y te quedas viendo cómo las chiripas salen del baño para su baile debajo de la cama. Respiras. Respiras hondo. Cierras los ojos. Y agradeces a la memoria por llevarte a los brazos de quien amaste una y mil noches como estas en un cuarto a oscuras junto al tablero de scrabble. Junto a lo eterno de la madrugada. Que se hace sonrisa hoy en estas líneas. En este cuerpo. A la espera del manto invisible para guarecerme
y
mirarte
y
tocarte
y
olerte
y
lamerte
y
nombrarte
porque estoy segura de que habrá de amanecer.

 

72 horas

¿Te han dolido las dendritas?
hay un río de ellas con tu nombre acá dentro.

Contigo, lo sé,
no estuviera contando los segundos
de una Venezuela a oscuras.
Contigo, lo sé,
estuviera frente al mar Caribe
o hiciéramos camping
en estos sitios de Maracay
con sus inagotables plantas eléctricas.
Contigo, lo sé,
nada de estas 72 horas
hubiera afectado
a este cuarto en penumbras
a este velón agotándose
a este espíritu sin nombre despertándome.

Doy por sentado
que una décima partida de scrabble
nos haría discutir
y al celular no le importaría
la descarga.

Ya ves, nada me ha hecho olvidarte,
todo lo contrario.
¿Te han dolido las dendritas?

 

Promesa

Tranquilo, pronto dejaré de escribirte
quizás mañana o el próximo mes

cuando en mis ojos no exista
el peso de estos niños asistidos
con un respirador manual

cuando mi espalda descanse
de esta bombona acuesta

cuando mi olfato no detecte
la carne putrefacta
al pasar por Emergencias

cuando mis manos dejen de sostener
la sangre del vecino

cuando mi boca cierre el asombro
por los saqueos de este diez de marzo

y cuando al riñón le toque su turno.

Tranquilo, pronto dejaré de escribirte
quizás mañana o el próximo mes

cuando este epiléptico país
deje de estar a oscuras

cuando en mis labios se pose
el agua potable

cuando estos veintitrés muertos
dejen de susurrarme al oído.

Pronto.
No te apures.
No me apures.

Respiro hondo tal como me lo enseñaste

desconectada desconectados.


dejaré de escribirte

te daré descanso.

 

Miedo

He buscado todas tus notas de voz
y acá estoy

escucho una a una

perdona si te enmudezco
pero es la única forma de cobijarme

de traerte aquí.

Sólo por esta vez
vence mi oscuridad
rompe con estas ganas de quedarme sola sola sola

el hielo volvió a mis huesos
y me retuerce
no hay lectura que me abrigue

entra en mis surcos

una palabra tuya bastará para sanar.

 

Culpa

No está bien hablar de ti
en todo lo que escribo.
No está bien que la gente
se dé cuenta de este pendejismo
anclado en mi cerebro.

La casa se hunde en el fango
y yo, aquí
haciéndole nubecitas al lodo.

Qué bueno
entonces
tu desamparo
tu olvido

merecido lo tengo

porque
no está bien
seguir mirándose el ombligo
cuando el pantano nos arropa
cuando el barro llega a nuestras bocas.

 

Una más

Pertenezco a estos lugares desconocidos.
No saben mi nombre, ni de mis títulos, ni dónde vivo
sólo, a lo lejos
el portugués se escucha, “la chica linda llegó otra vez”.
En esta barra
me alcanza
nada más
para ocho tragos de cocuy
y dos tercios
que van siempre por la casa
o por cualquier hombre abandonado.
Había olvidado estas tascas arrinconadas
llenas de tanta Maracay y rockolas.
Sin duda
pertenezco aquí.
Rescato quien soy: una más para todos.

 

Sustituto

Voy a crear una poción en abril
para arrancarte

colocaré tus mismos ingredientes

un boleto aéreo
ocho mil kilómetros de distancia
toda la indiferencia posible
una pizca de íconos
total desprotección
abandono al gusto

nunca he mezclado tanto olvido en la vasija
nunca he machacado tantas hojas de eucaliptos para el trago amargo

mi plegaria será eterna
no llevará adjetivos
sólo tu nombre en mis labios

y un cordero colgado a mi pecho
sencilla compresa
que ha de latir……….como el corazón.

Astrid Salazar

Escritora y docente venezolana (Maracay, Aragua, 1984). Es profesora de castellano y literatura y magister en orientación sexológica. Terapeuta de parejas. Correctora profesional de estilo. Fundadora y directora encargada de la editorial Dirtsa Cartonera (Maracay). Autora de los poemarios Azules de mi infancia (La Liebre Libre, 2004), El octavo pecado (Fundación Editorial El perro y la rana, 2007), Urbano (Fondo Editorial Sacumg, 2008), Plaquette Astrid-Gloria (Editorial La Espada Rota, 2008) y Paraíso de los insomnes (Ediciones Dirtsa Cartonera, 2014). Cursó estudios de actuación en la Fundación Cultural Shekinàh. Ganadora en 2001 del Concurso de Poesía Interliceísta “Rafael Bolívar Coronado” y del Primer Premio en el XI Concurso Literario “Nélida Cisnero”, convocado por la Unidad Educativa Instituto Los Próceres (Maracay). Obtuvo mención honorífica en el Concurso de Literatura Augusto Padrón 2006. En 2008 participó en el XV Encuentro de Mujeres Poetas de Cereté, Colombia. Es facilitadora del Programa de Red Escolar del Sistema Nacional de Talleres Literarios, auspiciado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello (Caracas). Colabora de manera permanente con los principales periódicos del estado Aragua y ha participado en diversos talleres literarios. Ha presentado ponencias nacional e internacionalmente.
Astrid Salazar

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