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Cinco poemas de Eduardo Embry

lunes 30 de septiembre de 2019
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Se llamaba el 24 de Abril,
ahora le llaman Calle de las Viudas

Esta es la página
que nunca será una página
sino un pedazo de cielo roto
que yo quisiera agregar
a la historia oficial
de este país,
que no es el país
donde ahora vivo,
sino en aquel país
donde ahora vivo:
eran gentes pobres,
les levantaban calumnias,
andaban riéndose de mi padre,
también se reían de los otros,
les mandaron a vestirse,
como a mi hija, cuando
vinieron a buscarla,
les mentían a todos,
que se los llevarían de vacaciones,
todos vestidos los pusieron de rodillas,
lloraban
pidiéndoles
que no los mataran;
esto es todo lo que tengo,
así hablaba mi padre:
una horqueta, un rastrillo,
un trinchete y una pala,
es todo lo que tengo,
aquí, mi coronel, no hay armas;
también tenemos
una siembra de porotos,
un poco de maíz, harina,
patatas, un caballo viejo,
una vaca y un coche
que antiguamente
le llamaban el carretón;
yo los vi cuando los degollaban.

 

Soledad

La soledad es una mano sola,
una mano con dos o tres dedos
que demoran siglos en moverse;
la soledad es un pie
en busca de la horma de su zapato,
es el perfil equivocado
de la cordillera de los Andes;
la soledad es el otro extremo
de un tren que pasa a la misma hora
como si llevara de carga
otro tren de hierro, piedras y tomates;
la soledad que yo no siento
pasa por debajo de mi casa
como un desierto
inventado por beduinos
que al desplazarse a toda máquina
dejan atrás los espejismos
llenos de aguas malditas
¿hay en el mundo un objeto
más solitario que una pirámide?
para combatir la soledad
me he comprado un perrito enano;
lindo sería ver los desiertos
repletos de blancos veleros

 

Amor

Aunque he visto brillar el sol,
jamás he adorado al sol,
y para no quedar ciego,
ni siquiera lo he mirado
por largo rato;
he visto avanzar la luna
con todo su esplendor,
y tampoco la he venerado
como hubiese querido:
trabajando más de nueve horas
diarias en una fábrica,
no hay tiempo, ni descanso
para pensar en estas leseras,
amor, ni siquiera alguna vez
he puesto besos
sobre la palma de la mano
soplándolos fuertemente
para que lleguen a ti.

 

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Marchar

para Gabriel Salazar

Marchar, marchar y marchar,
porfiadamente marchando,
desde 1964, marchando y marchando,
aquí conocí a mi novia,
marchando conocí a mis amigos,
marchando llevé pliegos de peticiones,
marchando rompí zapatos,
perdí una chaqueta, la mejor
que yo tenía, la dejé olvidada con las pancartas,
marchando dejaré mis huesos, se hincharán mis piernas,
sentiré dolores en la espalda,
cada vez que marchamos
no pasamos más allá de la raya,
deshicimos la marcha,
marchamos al revés,
retrocediendo llegamos
al punto de partida,
tuve como nunca muchos amigos,
fueron tiempos de fortaleza
y de mucho amor,
aquí fue donde conocí a mi novia,
yo le dije emocionado
mañana volveremos a la marcha,
y todavía hoy, incansablemente,
seguimos marchando.

Eduardo Embry
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