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Embestida y silencio

miércoles 26 de agosto de 2020
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I

Si vuelvo al sitio que amé, por lo que soy, sin otro rasgo asumido ante los diversos asuntos, sabré de la apacible verdad por la que siempre luché. Aún después del viaje contenido, me sentiré como se siente al inicio una criatura en esa primera existencia.

 

II

Lentamente el sudor de un siglo atabacado, donde las bocas se hunden. Cierta melancolía en la punta de los dedos por la desolación del mundo. Un reventar y un crujir entre las piedras, por los golpes derramados hacia sus hijos. Los caminos arrugados sobre la tierra hinchada y sola. La luz desapareció con su ruido viscoso. El humano volvió a ser yegua, rata, res… y su baba confinada el nuevo río.

Violentados los días y las noches, los eternizados caudillos con sus embestidas y látigos cubrieron los costados; el desarraigo comenzó a ser el desterrado jugo. Nubes incendiadas, aliento roto, desteñido.

 

III

Es verdad, nos dirigíamos hacia una pared sin piel, inquietamente y de forma desquiciante. Del origen desconocemos hasta el rostro. Ininteligibles se hicieron las palabras. Ese repetir severo y extraño. Mandatarios sin moral yendo y viniendo por los corredores, resbalando en sus propias desdichas. Nos enseñaron a batir nuestro propio excremento para llevarlo a la boca.

 

IV

La condición del toro ante el torero era alarmante. A medida que avanzaban los instantes pensaba, repetidamente, en esa imagen.

—Toro, toro, toro…

El picador lo llamaba y clavaba la pica en su columna.

—Toro, toro, toro…

Una espada apuntaba directamente a la cabeza.

 

Dicen que, de las gotas de sangre, hacen rubíes.

Y yo me pregunto: ¿cómo aplastar al Poder, si emerge en raíz impura?

Exhalar el dolor del toro es agobiante.

Las tardes se enrojecen cuando la sangre se asoma en el pelaje, y un frío de siglos dinamita nuestra sombra.

Natalia Lara
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