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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Diréis que no es verdad tanta belleza

miércoles 29 de septiembre de 2021
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I

Diréis que no es verdad tanta belleza:
los oros que derrama, en lo lejano,
quebrando los cristales de la noche,
la yegua que saluda el nuevo día
—la escarcha de la helada la descubre,
corriendo las mansiones de la altura,
los pórticos que cierran los paisajes—,
se mezclan con el musgo que contempla
las densas humedades de un otoño
que pudo ver bellotas por los suelos.

 

II

¿Y pudo ver bellotas por los suelos?
Y pudo ver el barro removido
que sabe de los níscalos de entonces,
robando el fuego ardiente de la aurora,
después de alzarse dignos de la tierra
que pare el fruto extraño del otoño,
pues visten ya los bosques el rojizo,
los pardos y amarillos de las hojas
que saben regalarse al viento vano
que juega a abandonarlas junto al río.

 

III

¿Y juega a abandonarlas junto al río?
Y juega a abandonarlas junto al río,
y gusta al apartarlas con sus manos,
perdiéndolas, haciéndolas un sueño,
queriendo derrotarlas en la lucha
que mira, cuando duerme, cuando sueña
que es rey de ese vacío interminable:
el aire con ser aire, siempre siente
que el suyo es el imperio de la nada,
que habita los inviernos desolados.

 

IV

Son suyos los inviernos desolados.
Y es suya la tristeza de la escarcha,
y es suya la blancura de la escarcha,
y es suya la dureza de la escarcha,
quizás como el abrazo de la escarcha,
su aliento y su condena, los colores
de un lodo que se sume en el letargo,
pues todo se hace espejo de las cumbres,
mirando cada cima, cada monte,
buscando cada sierra donde hay sierras.

 

V

Diréis que no es verdad tanta hermosura:
la plata de la escarcha en los caminos,
hablando con su voz al alba misma,
que llega con bostezos matinales
—el alba juega siempre con sus rizos,
ambigua, sin romper la madrugada,
pues sabe que es amiga pese a todo—,
que quiere, en sus bostezos matinales
beber las humedades del otoño
que pudo ver castañas en la senda.

 

VI

Y tú, porque eres tú la que me mira,
no digas que no es cierto lo que digo,
por más que no eres llama de ese otoño:
sus ocres son tesoros ignorados
que quieres encender en tu melena,
y no eres la melena de un otoño
que vino con los llantos del estío.
Septiembre nos disculpa, si morimos;
septiembre nos comprende, si lloramos;
septiembre se hace el tonto, si está cerca.

 

VII

Septiembre se hace el tonto y tú la lista.
Tú sabes disfrutar, cuando la lluvia,
rozando la ventana con su canto,
nos llena con sus músicas extrañas,
tal vez como una polka en pizzicato
que venga a repetir los viejos éxitos
de dos hermanos mágicos en Viena.
Y siendo tú tan bella como el oro,
no tienes los tesoros de septiembre,
te faltan los pinceles del octubre.

 

VIII

Octubre se ha parado a contemplarte:
¿Te faltan los pinceles? Y te falta
también esa paleta del octubre
que viste cada bosque con su hechizo.
Y, en cambio, en un frasquito muy pequeño,
la magia del otoño es siempre mía,
son míos esos ocres y rojizos.
Sabrás que la hojarasca me obedece,
dirás que los follajes me obedecen
y todos me diréis que soy el amo.

 

XIX

Decir que soy el amo es decir mucho.
¿Y todos lo diréis? Quizás las fuentes,
quizás el agua clara de las fuentes,
quizás esos caprichos melancólicos
—los vi nacer ayer, cuando septiembre
no hablaba del adviento y las heladas
en cada prado hermoso de la tierra.
Hoy quiero hablar del oro y de las nieves,
mi voz se hace cantar para las nieves
y quiero ser un hombre en cada cumbre.

 

XX

Dejadme ser un hombre en cada cumbre.
Dejadme ser un ave con su vuelo
y arder como la aurora, de mañana,
llenando la poesía en los jardines.
Sabéis que la palabra es una antorcha
que brilla con la fuerza de una estrella,
que luce como el fuego de un destello.
Los oros se derraman a lo lejos
y quiero ver los raros carnavales
que mienten la mañana con las sombras.

José Ramón Muñiz Álvarez
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