Todos los septiembres son tristes
Todos los septiembres son tristes
hojas caídas de árboles muertos
ojos incendiados sobre las ruinas,
sobre templos de caricias pasadas.
Todos los septiembres son una desgracia.
Son pétalos en manos secas
las flores en el vientre de los que no merecemos ser amados.
Todos los septiembres son su propia eternidad
hablan de risas y espejos
de cuerpos que ya no se abrazan
de placeres convertidos en polvo,
del ardor de labios fríos que ya no nos besan.
Septiembre nunca se irá
se enredará a tu pecho como una hiedra
vivirá bajo tu nombre, entre la culpa feraz de haber querido.
Nos ahogaremos en esta profunda muerte
Inconmensurable y espesa
perfumada de primavera, aunque los cuerpos se pudran entre hojas secas.
Escupiremos el polvo ocre antes de morir
seremos una memoria que otros soñarán
cuando no puedan amarnos más.
No habrá peor muerte que esta.
Tu corazón se hará mármol
tus ojos, vidrio
tus labios serán ópalos.
No sabrás más de la carne
ni de las bocas arrojadas una a otra
encandecidas
ebrias de saliva de vino
Muertos, volveremos a vivir
A bañar de leche y tierra nuestras manos
así lo haremos cuando septiembre pase
pero septiembre nunca pasa
nunca termina.
Elegía de Chapultepec
Esta sombra se levanta lejana
desde todos nuestros naufragios,
bocas navegantes en un lago de aliento
manos sobre la hierba y las piedras españolas.
La sombra cálida de México nos seguirá siempre
Enredada en un recuerdo de infinitos nombres
de cuerpos quemados en el bosque
renacidos al tocarse en las orillas del lago,
como piedras de templos sedientos de sangre.
Tus ojos mansos miraban al castillo
y mis ojos te miraban a ti.
Dos voces aprendieron a gemir en silencio,
la promesa de luz y sombra de todo lo que quiere ser eterno.
Nada de esto existe ya
en mis labios sólo queda el recuerdo de tu nombre,
arrebatado por la impenetrable belleza de estos bosques,
del follaje, para siempre verde,
que ya ha muerto en nosotros
Es la hojarasca a la que nos acercamos en la tristeza de la vigilia,
en la pulsación de los telares y del maíz,
de la música y del mezcal,
que lloran por nosotros
jadeos negros bajo el alto sol.
Chapultepec ha caído en septiembre
Mancillada está su bandera,
aquella que aún ondea con la vana esperanza del regreso.
¿Pero dónde estás tú?
¿Dónde estoy yo?
Vamos sin destino por los mundos de la tierra
queriendo encontrarnos en otro rostro, otro cuerpo,
uno que no sepa de rencores y que no tema a penumbra alguna,
uno que no tenga miedo de lo que pudo ser nuestra inmortalidad.
Dos sombras se besan en el lago de los alientos,
desnudas de la vida, revestidas de memoria.
Frente a ellas el castillo cae piedra a piedra
y ya no importa que nadie se dé cuenta.
Poema para decir gracias
Deja que todo te toque en esta hora final
la caricia de otras voces, otras pieles.
Las promesas muertas que aún quieren vivir.
Deja que te toquen todos los naufragios
de este océano de tiempo.
Cuando mires hacia el sol por última vez
no olvides agradecer su calor
el fulgor que podría haberte salvado
en otro instante, otra época;
en el espacio claro en el que todavía eras.
No olvides darle las gracias a todos los que te amaron.
No importa que ya no te amen, o que te hayan olvidado.
No importa que nunca merecieras que te amaran.
Pues hubo un tiempo, de arena, ceniza y polvo,
en el que podrías haberlo merecido.
Agradécele también al viento y a la lluvia
a la música de sus aguaceros,
a la hierba esteparia que perfumó tu dolor,
a los ríos en los que te lavaste el rostro
para acariciar el reflejo, por fin descansado, de tu imagen.
Pasarás tus horas finales en la quietud de agradecer,
buscando el rumor de lo que fue
para que ya no te duela lo que no es
Lo que no será.
Por último, ahora que llega la noche,
besa su nombre con tus ojos tristes
y recuerda la larga penumbra que te ha traído hasta aquí.
Déjate abrazar por el sosiego del abismo,
el sino de todo lo que termina;
Arrastra tus manos hacia la muerte,
sin dejar ni un instante de bendecir la vida.
Los viejos dioses
Ahora que el ocaso se dibuja en Arcadia
Pan entierra su flauta y se duerme
en el regazo vesperal de sus ninfas.
Es un crepúsculo absoluto
fin de los cielos griegos
del sol de Apolo
que llora un último verso desde su carro de fuego.
Hades se abraza a Perséfone
y con una sonrisa despide al viejo Caronte
mientras naufraga en su laguna de almas
en las aguas oscuras y errantes que fueron su espejo.
Nadie teme al rojo de este final
de esta tarde prolongada
que no podrá marchitar la vitalidad del mármol
ni los nombres jonios que van a la eternidad.
Nadie teme al solitario de oriente,
a aquel sin origen ni tiempo
que avanza desde Canaán a lomos
de hombres perseguidos.
Desde su altura, acariciado por su mar de nubes,
Zeus, Padre de Todo, lo ve llegar y sonríe.
Antes de rendirse a la noche del tiempo
le dará su rostro a este dios solitario,
y le legará su imperio blanco
poblado de héroes y milagros.
Uno a uno los viejos dioses
saludan a aquel sin nombre
como a un vencedor entristecido por su victoria.
Le ofrecen la piedra de la blanca Grecia
la poesía y el pensamiento
los templos que nunca serán su casa.
Los dioses cierran los ojos y vuelven al mármol
dejando al Único de pie sobre el mar.
Nadie ve que llora su soledad,
pues la noche ha caído por fin
y con ella la belleza de la Historia.
Despedida
Feroces sean las horas de la noche que gime
desde aquí la lluvia exilia el amanecer
y nos besa con su voz de sueño.
Derrotados acariciamos nuestros muertos
aceitamos sus cabellos, sus pieles
ponemos los óbolos en las bocas
mientras el espejo nos sonríe con una despedida.
Feroz es la noche en la que hablamos sin mover los labios
Embriagados de vino amargo y olivas tristes.
La lluvia golpea las ventanas
el recuerdo de los muertos nos hiende el pecho,
la memoria de las bocas y sus voces de barro.
Deseamos la barca que navega en las venas
también el silencio del barquero.
No lo olviden, hermanos
hubo un tiempo en el que todavía amanecía,
años lejanos en que nos ahogamos en el vientre del amor.
Para entonces bebíamos sudor, lluvia de cuerpo.
No lo olviden ahora que la barca surge de la sangre
y el viejo pide las monedas,
pues hubo un tiempo en el que los espejos nos sabían vivos.
Corazón nocturno
La voz en lo oscuro ha cimbrado el hierro de la cadena.
El sauce llora una hoja
en el rojo aliento del ocaso.
Con tristeza de otoño saludamos el cielo negro.
Ya no eres prisionero, pecho mío
haz de tu cadena una brizna de hierba
rompe a llorar con lágrimas secas
rumorosas de besos y tallos deshojados.
La voz en lo oscuro nos lleva al bosque,
a la fronda que se abisma en las almas.
No mires las luciérnagas
tampoco el fulgor de sus tumbas.
No huyas, corazón
haz de tus latidos una elegía,
una voz que destierre la oscuridad, nunca la noche.
Nunca la noche, no lo olvides.
Desde el rocío de las almas
se yerguen las frondas ocultas
una a una caen muertas cuando la sombra las toca,
cuando la umbría les arrebata la mañana.
A lo lejos vemos una masacre
nos entregamos a la luna
y lloramos polvo de viento,
céreo, como nuestra piel,
la carne sin sangre.
Pero aún vives, corazón
más carmesí que el ocaso y todas las sangres.
Aguarda el alba ahora que tienes voz,
ahora que nadie nos llama al bosque
ni nos acaricia el dedo de la sombra.
No llores más por los besos
ni por el horror de tus latidos dolorosos.
Pues yo prefiero la sangre a la ausencia
el dolor a la Nada
el llanto al silencio de los que se arrodillan.
Aunque llegue la mañana no volverá la cadena,
ni la algazara que en otros obliga la luz.
Permanecerás nocturno,
revestido de viento y luciérnagas
porque en mi pecho no hay luz ni oscuridad
porque en mi corazón es siempre de noche.
- De umbrales a rieles:
la prosa evocativa de Yo era el camino y marchaba hacia el viaje, de Saúl Munévar - lunes 16 de marzo de 2026 - Con la boca llena de niebla - jueves 3 de abril de 2025
- Todos nosotros - sábado 30 de septiembre de 2023


