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Elegía del ardor y otros poemas

miércoles 21 de diciembre de 2022
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Reflejos

La sombra en el agua
es un perfil de bruma
reflejo de las derrotas
es el puño que resiste
el avance de la Nada.

Apenas quedan palabras frente al mar
inconmensurable, irrompible
demasiado inmenso
como para no querer morir.

Deseas la calma de la tragedia
respiro de la caída
una última angustia
capaz de aniquilarlo todo.

Las olas y las sombras
te llevan al principio de tu noche.

Vas por el borde con los puños heridos
el abismo es un pozo anegado en vino amargo
es el mar espejeante
las aguas luctuosas de la noche.

Las manos caen junto a la sombra
último gemido de sol.
Abrazas el oleaje
piel de todos tus descensos.

Te haces niebla en cada umbral
en los crueles portales de la tragedia
de la boca gimiente
que busca el espejo
el reflejo rostro que te abisma
y que nunca pudo ser tuyo.

 

La aurora y las lágrimas

Ya viene el alba, la amarga aurora que quema los ojos como antes los quemaron las lágrimas. He pasado la madrugada dibujando la noche con palabras y tinta de voz, susurros y gritos de silencio que siempre hablan de amor y de muerte.

Aquí en la oscuridad, he aprendido a perdonar el mármol y la hierba, también mi nombre y el paso de los umbrales a los umbrales.

Viene la aurora, todavía oscurecida, llena de ojos negros y herencia de estrellas. Es amarga, pero no la temes. La deseas en silencio, anhelas el dibujo de tu voz, las formas de la hierba iluminada por la luna que habla de todo lo que muere, fiero reflejo de todo lo amado. Todo lo dibujas en esta hora definitiva, trazas palabras sobre tu hombro derecho, lo sientes caer, imbuido de soles que quieren nacer.

Encontré a un soldado en la colina. Su voz fue mi voz, así como mi corazón es el tuyo. Iba con el uniforme lleno de polvo y el fusil cruzado en la espalda. Era mediodía, pero todo él era noche. Llevaba una herida en el pecho, el continente carmesí de la flor que lo mató. Había amado a una mujer y ella lo había esperado hasta morir de ira. Había amado una orquídea, y la orquídea cayó marchita de soledad. Dijo que todo lo que amaba moría, dijo que todo era muerte. Silencio, dinastías de heridas en la espalda, árbol doblado por el viento, heridas donde la voz nace en el rincón en el que duermen las palabras y las lágrimas.

Dijo que se iría con el alba. Amaneció, todo se vestía de sol, pero él no se fue. Quedó su recuerdo en la colina, su eco herido de amor y de muerte.

No amanece para ti, ni para nuestro corazón. Afuera viene el fuego del día, mas en nuestro laberinto es siempre noche. Noche escrita, noche trazada, cuerpo de penumbra sobre la hierba y el rocío, sobre todo lo que no nace, lo que quiere vivir, y lo que ya ha muerto en los ojos, soles negros que dan luz a tus nostalgias.

No puedo vivir sin la aurora. Tú no puedes morir sin que te abrace la noche.

Caminaría sobre todas las estepas, buscaría lo amado y lo perdido en las lindes de lo no dicho, espectro inconjurable, sólo atravesado por la triste virtud del verso. Quisieras morir de cansancio, quisieras también la garganta estrangulada de la belleza, el rostro pálido y amurallado por una herencia lunar que sólo sabe de la intransigencia de la muerte, de todo lo hermoso que tienen las manos de los adioses.

Los ojos te arden, pero no hay alba. Te dices que debe ser la fiebre, y tu voz a mi voz es una plegaria, ofrenda a los cuerpos insepultos, capitanes de nombres queridos, relatos que no son, pero que fueron. Acaricias la lumbre del cielo y las manos se llenan de sol, agua de luz para el mármol, nuestra piedra para enterrar lo muerto, tumbas en el pecho y el vientre, mausoleos donde habitan los rostros de la poesía.

Amas la noche, los cigarrillos y el vino, la hierba, las calles, los cuerpos que se entregan desnudos a tu hambre, las palabras del amor que se saben inmortales. Todo lo amas y todo lo olvidarás cuando por fin nos nazca la aurora.

Sigo vagando por las azules estepas de este instante inconmensurable, fragmento de la eternidad en el que los amantes se entregan a la muerte y al renacimiento de los suspiros finales. No te encuentro, mas te llevo conmigo. No te veo, mas te encuentro en cada reflejo, vestigio de una vida compartida, cicatriz de experiencia y sueño.

Déjame pensar en el silencio. Cuando te encuentre, hablaremos sin decirnos nada.

Le has enseñado tu nombre a todo. Lo saben los prados, los ríos, los troncos de árboles jóvenes y viejos, las espigas del trigo besado por el sol, las cerezas de la mañana. Todo lo que vive en las auroras y el crepúsculo, todo lo que sobrevive a las palabras y al silencio. El mundo hecho a tu voz habla de nosotros, mientras las aves vuelan sobre el filo del sol, hoja de fuego que corta el imperio de los azules oscuros.

Amanece, la hoja del día desgarra el cielo. Me encuentras en la colina donde vemos las manos de la muerte acariciando la tierra. Voz y voz, somos uno entre la brisa y los dedos que nos recorren con hálito de mañana, canto de pájaros, canto dorado que se hermana con los principios y finales de todo lo que hemos amado y matado.

La aurora nos recuerda; toca la piel de la madrugada y nos reescribe con tinta de luz, música de versos donde perseguimos lo muerto, lo renacido sobre todas las estepas nacidas de la mañana.

La aurora te incendia los ojos. Por fin, oh, por fin, ya no es el fuego de las lágrimas.

 

Elegía del ardor

La voz es la lluvia, una lluvia de muerte, derrame de ceniza sobre los viejos ardores de la tierra. Llueve desde siempre. El cielo es una elegía que no precisa palabras, nada más que un susurro que todo lo oscurece.

Mi voz es la del agua, caída de pétalos de luz.

Alguna vez quise buscar mi reflejo en la perturbada quietud de los charcos. Tiempo de los otros en el que los espejos empezaron a mentirme. ¿O acaso por fin me hablaban con la verdad? Eran y son reflejos irisados, rasgos conocidos, mas no propios, pinturas de ancestros en remotas tierras. Así fue, y así es todavía, en la piel del vidrio y en la piel del agua, carnes desconocidas, como mi propia carne, cuerpo de tristeza y deseo.

Te hablo ahora que te yergues desde mis rasgos. Mi voz, que son siempre voces, plurales desangrados, mis palabras que ahora son las tuyas. El otro y los otros que soy marchamos sobre la tierra mojada, entre guijarros y hierba, entre el olor de las salvajes nubes y el café.

Voces y rostros
nombres y penas
todo lo nacido para el olvido
la angustia de ser.

El niño que fui, aquel nacido del sol, nace ahora de la borrasca. Lo veo venir, blanco y menor, como una semilla en busca de tierra. Lleva una canica en la mano. La tira, y no toca el suelo. No lo tocará nunca. Nunca podría tocarlo. Recoges la esfera suspendida en el aire, en el instante que duran los imperios, espacio en el que no soy, en el que nada es aún y donde todo nace. El niño que fui vuelve a la lluvia y se hace lluvia. Lo habíamos olvidado, pero él nunca olvida. Por los caminos de la crecida hierba el niño se hace hombre. Se hace hombre y llora, se hace hombre y quisiera morir de tristeza; muerte justa para las entrañas rotas.

Vamos sobre la espalda de los nombres, bergantines sobre mares de siembra. En sus aguas nadan desnudas las memorias donde todavía otros nos piensan, rincones de la sombra en la que los ojos del hambre no nos encuentran; recovecos donde somos prisioneros de lo que fuimos y de lo que podríamos haber sido. Me invade la oscuridad. No habrá viento que la disipe en estas aguas fértiles para las que no hay perdón.

Te invade el aliento de la locura, el hálito de antiguos emisarios, la voz de Casandra, sueño de los dioses que aún nos respiran en el oído, murmullos de voluntades extranjeras que haremos propias, como son propias la lengua y las caricias de la despedida.

Los bergantines se hunden en la siembra. Todo es naufragio entre el trigo y los pecios, entre corales y el musgo de los navíos encallados. Abres los ojos. Todavía llueve, las carnes flotan sobre los espejos, vidrios de agua que devuelven imágenes foráneas.

Todo se hunde y ya no eres
Se hace brizna y no somos.
Siluetas de borrasca
bajo cielos y jadeos.

Habrá crecido una rama en el sauce, en los restos del naufragio destinados a otra vez ser árboles. Ahora que el aguacero amaina encuentro el tallo húmedo en la corteza ajada de las horas. Nace la niebla, ofrece su dulzor de ceguera, su halo de grito que sólo puede ser silencio. Veo las formas entre la bruma, manos que acarician el sauce. Lo veo ahora: el naufragio es también un espejo, una palabra sedienta.

Antes lo dijimos
Nuestra voz es un pétalo de luz.

Ahora la lluvia se cansa; el jadeo del fin del amor llama al sueño, a las profundidades desde las que no hay retorno. Todo es ceniza, cascadas de pavesa desciende a las gargantas con ímpetu de orgasmo. Ruido que llama al silencio, muerte que se hace vida.

Escampa, mas nada destierra el dominio de lo oscuro ni la elegía del ardor. Voz ramificada en voces, navegamos sobre el empañado espejo, el cristal de los naufragios, los pétalos, la hierba, la bruma y los rostros que no somos, pero que fuimos.

Fuimos una sombra
palabras de agua
donde la voz se ahoga.

Juan Fernando Aguilar Cárdenas
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