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Los atuneros de Candás
(Asturias)

miércoles 14 de febrero de 2024
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La lluvia mariscaba en las arenas

I

La lluvia mariscaba las arenas.
Su beso llega siempre del Atlántico,
nos hace respirar y nos embriaga
como un otoño en medio del verano.
Y todo se hace umbrío con la lluvia:
la luz del cielo, el mar y sus colores,
la gama de pinceles que se mezclan.
Y todo se oscurece con la lluvia:
las calles, las ventanas y los parques,
las olas, al haber bandera verde.

 

II

La lluvia mariscaba las arenas.
Su abrazo nos alcanza con su beso,
su verso se hace nuestro cuando suena
y hay algo de belleza en sus palabras.
Y todo es más sombrío con la lluvia:
las densas nubaradas de las playas,
las playas, sus arenas, las espumas…
Y todo se hace calma con sus gotas:
el rojo en los tejados, los oscuros
de las techumbres viejas de pizarra.

 

III

La lluvia mariscaba las arenas.
Su risa viene siempre por Galicia,
con alma melancólica, callada,
no exenta de su fuego femenino.
Y todo se hace triste con la lluvia:
los puertos, los morriones y las dársenas
que esperan la llegada del otoño.
Y todo se hace bello con la lluvia:
la luz de la mirada en el reflejo
callado del amante que la mira.

 

IV

La lluvia mariscaba las arenas.
Su esencia es la de Asturias y su llanto,
colmado de frescura en el verano,
de pena y de tristeza en el otoño.
Y todo se hace verso con la lluvia:
la lluvia misma es verso en la poesía
que escribe en su caída sentenciosa.
Y todo, con la lluvia, es la metáfora
que grita con un ritmo endecasílabo,
queriendo ser la lluvia en sus acentos.

 

Las rocas calladas

I

Las rocas dormidas
que escuchan, calladas,
la voz de las olas,
con esa nostalgia;
tal vez las anémonas
que, ya con el alba,
sorprenden los cielos,
tras las madrugadas,
si quedan hoy cielos
tras las madrugadas…

 

II

Las rocas calladas
que escuchan sin prisa
la voz de las olas,
con melancolía;
tal vez las anémonas
que ven cómo el día
se quiebra en los cielos
y, en la noche fría,
si quiebra en los cielos
la noche más fría…

 

III

La voz moribunda
que la pincelada
contempla en los ojos
de tanta alborada;
su voz encendida,
su llama apagada,
la tarde, el ocaso,
la llama rosada,
que siempre en los cielos
la vieron rosada…

 

IV

La voz de su lumbre,
en la que se pintan
las bellas auroras
que rasgan cortinas,
su llama apagada,
su voz encendida,
la tarde al ocaso
y un beso en la brisa,
que en los cielos siempre
la besa la brisa…

 

V

Y dicen “criatura”,
y gritan “muchacha”,
e ignoran tu nombre
y el de su mirada.
Y todo lo saben,
y no saben nada,
y quieren saberlo,
y tú que lo callas.
Pues quieren saberlo
y no dices nada…

 

VI

No saben tu nombre,
no saben tu risa,
no saben secretos
que ignora la brisa.
Y no saben nada,
pero lo adivinan,
y Angélica dicen
y Elena te gritan,
igual que estos versos
que en el alma anidan…

 

Los viejos atuneros del antaño

I

Las lanchas amarradas,
las tascas de los muelles,
los viejos en las mesas
y el vino del recuerdo:
los viejos atuneros de los puertos
son vida cotidiana y sin poesía.
Les falta la aventura del pirata,
les falta la fiereza
del vikingo
que cruza viejos mares, como entonces.

 

II

El vino del recuerdo:
son muchos los naufragios,
son muchos los dolores,
son muchas las heridas.
Y hablamos de caireles y de jarcias,
de sueños de un pasado ballenero,
de huesos de rorcuales en Socampo,
de vascos,
asturianos y galaicos.
El vino es medicina para todos:

 

III

la cháchara en la tasca
también ayuda, a veces,
a tantos pescadores.
Y aquellos boniteros
dejaron ya las costas del Cantábrico.
Ya no es verano en Luanco ni Antromero.
Llumeres se nos muere de abandono
—la mina de
Llumeres, desde luego.
Candás bebe los vientos del invierno,

 

IV

y quedan recogidas
memorias de galernas
y se habla de furores
del mar en los cantiles.
Y llora en la Pregona su concierto
de rabia y de dolor el padre Océano
—Neptuno suele alzarse contra el pobre—,
mientras los viejos
beben en los bares
del muelle de Candás el vino amargo.

 

V

Las lanchas amarradas,
las tascas de los muelles,
los viejos en las mesas
y el vino del recuerdo,
si el alba, en su venida, melancólica,
nos hace recordar ese pasado
que llena de
ternura al que conoce
las viejas emociones del marino.

(del libro Elena vio los trenes; primera parte, “Un vuelo de charranes”).

José Ramón Muñiz Álvarez
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