
Ofrecemos a nuestros lectores una selección de textos de Poemas de la Calle Ciega, del venezolano Arturo Álvarez D’Armas, libro sobre el cual ha escrito Jeroh Juan Montilla: “Poemas de la Calle Ciega tiene la virtuosa magia de hacer presente el pasado, de decirnos que el tiempo no disuelve los objetos y seres de nuestra historia personal, que no se fugan en otras rutas de la vida, sino que los afirma y consolida, que el poema nos ofrece la generosidad de una sola vía para reencontrarlos, la milagrosa identidad entre salida y entrada a todos los espacios particulares de nuestra existencia”.
a Juanita Blanco
En presurosa carrera
el cánido olfatea sus espacios
a lo largo de la Calle Ciega.
Salió veloz del claustro.
Momento de libertad
guardián del día,
la noche aúlla y ladra
con sus blancos colmillos.
Defeca bajo la luz de la luna
su orín oxida los postes del alumbrado.
Siempre ufano
cual Campos Elíseos
donde mora Menelao.
Sólo quedan ruinas de la casa número 45.
No existe la ventana con postigos
ni la puerta de madera.
El tiempo acabó con la fachada.
Ya no es la casa de mi infancia.
La abuela Victoria se durmió
se fue para tierra de Jugo.
No tendré quien me diga cuentos
ni me hablará sobre la guerra larga
ni la explosión del polvorín
ni se acordará más del padre Olegario.
La Sitoria se fue sin decir adiós.
He sufrido vejaciones y humillaciones
días y noches sin luz y agua.
No es un castigo de Nuestro Señor.
Pero esas tinieblas nunca ocultarán
la luminosidad del porvenir.
¡Oh! Sagrado Corazón de Jesús.
Nunca te olvido en la sala
de la vieja casona pastoreña.
Te pido que el día que venga la Parca
mi Ángel de la Guarda me lleve a tu lado.
Ya pasé por el infierno de esta Tierra de Gracia.
Ando cansado
me aguardan amores eternos.
Allí está la muchacha de la ventana
la misma de la Calle Ciega.
La del nombre de una poeta griega y ojos vivaces.
Me di cuenta de tu viaje al leer un obituario.
Algo de paz rescataré de tu alma peregrina.
Nos vemos en el último tren al infinito.
(a Lesbia Avendaño Arias)
Pasé por el patio
oyendo el trinar de las aves
tropiezo con el albañal
era una tarde calurosa de agosto.
Había un pequeño jardín
cerca del baño
la pajarera estaba rodeada por túa túa
se veían los tallos de los alelíes
y se olía el divino perfume de las flores.
El tiempo devoró ese lugar
sólo queda el cemento y algunos muebles.
- Poemas de la Calle Ciega, de Arturo Álvarez D’Armas
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