

El penúltimo peldaño
Manel Gil
Novela
Libros para el Infinito
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-8409588848
228 páginas
En los últimos años del servicio militar obligatorio en España, cuando el país se debatía entre la memoria de los cuarteles y la inminente desaparición de la mili, persistían historias que nunca llegaron a contarse del todo. Experiencia colectiva que marcó a varias generaciones, aquel universo cerrado de jerarquías y silencios —mezcla de disciplina, camaradería y humillación— seguía vivo en quienes lo habían atravesado, hombres marcados por un tiempo en que la obediencia era ley y el abuso podía confundirse con autoridad.
A este contexto corresponde la novela de intriga El penúltimo peldaño, del español Manel Gil (Sabadell, 1958), en la que asistimos a la investigación del asesinato del capitán Antonio Pardo, que pone en marcha toda la novela y, al mismo tiempo, se erige como el símbolo de una culpa colectiva. Y es que lo que comienza como un asesinato en apariencia desconectado del presente conduce al detective segoviano Rai Kiavik a remover un pasado militar que él mismo compartió.
La muerte del capitán —violenta y envuelta en misterio— obliga al protagonista a mirar atrás, a confrontar no sólo un crimen, sino también los fantasmas de una generación que aprendió a callar, manteniendo sepultadas sus deudas emocionales. Antiguo superior de Rai y de su compañero Juanito durante la mili en el cuartel de El Goloso, Pardo encarna los abusos de poder y las humillaciones que muchos jóvenes padecieron en aquel entorno jerárquico y opresivo:
Elisa estaba alucinando.
—No me digas que el tío este era vuestro capitán. ¿Y por qué te manda notas a ti el asesino? ¿Qué tienes que ver tú con él? ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a hablar con la policía? ¿Y...?
—¡Para, Elisa! Estoy pensando, joder.
Antonio Pardo Moreno. Militar, metro sesenta como máximo, de Sotillo (Ávila). Un cabrón de cojones, este era mi adjetivo. No levantaba un palmo del suelo y acojonaba a todo Dios, repartía hostias a mansalva. A mí no me llegó ni una, de milagro.
La trama combina procedimientos policiales clásicos con un humor muy mediterráneo. El autor equilibra la tensión del misterio con diálogos y escenas que permiten apreciar la camaradería entre los personajes y los humanizan. El detective, su ayudante Juanito y la inspectora Xana forman un triángulo de complicidad profesional y emocional que sostiene el relato y lo acerca al lector desde la empatía y la ironía.
Escrita en primera persona, con un tono irónico y un ritmo muy ágil —aporta mucho en esto que está compuesta por capítulos breves, cada uno de los cuales funciona como una escena autónoma con un pulso casi cinematográfico—, El penúltimo peldaño se lee con el placer de las viejas novelas de misterio. Juega, además, con la voz cercana y sarcástica del detective, que se mueve entre la investigación criminal y el retrato costumbrista:
Fuimos a ver a “el Candela”, y nos preparó un buen bocata de tortilla de dos huevos. Eso siempre llena. Como he dicho, no sabía a la hora que comeríamos; estas cosas siempre se alargan. Queríamos hablar con el sobrino del capitán, Domingo. Nos veíamos muy de vez en cuando y siempre en algún restaurante, o yo yendo a Ávila a comer un chuletón, o él viniendo a Segovia a comer cochinillo. Él iba siempre a Casa Cándido, la tradición es la tradición.
La ciudad de Segovia y sus alrededores, descritos con familiaridad, se convierten en un escenario casi doméstico pero, a la vez, cotidiano y perturbador. El autor incorpora referencias culturales populares —desde películas clásicas del noir hasta guiños a la televisión y a la vida de provincia— que alivian la oscuridad del argumento y dotan al relato de una humanidad reconocible.
Importante destacar que, a diferencia del detective tradicional del género negro —heredero del cinismo y la soledad de los modelos norteamericanos—, este Rai Kiavik de El penúltimo peldaño rezuma cercanía y humanidad. Gil lo construye como un investigador cotidiano, que bebe más del costumbrismo español de toda la vida que del estereotipo del sabueso atormentado. Esta mezcla de lucidez y ternura dota al relato de una identidad propia dentro del panorama de la novela policial contemporánea.
La fluidez y el ritmo cinematográfico, junto con las frases breves, el lenguaje coloquial y los giros humorísticos, distinguen el estilo del autor y mantienen viva la tensión sin renunciar al tono íntimo. Aun cuando la trama se adentra en zonas de violencia y dolor, el narrador conserva una ligereza que evita el dramatismo excesivo y acentúa el carácter humano de la historia. Es una escritura que busca entretener sin superficialidad y conmover sin sentimentalismo.
Novela bien estructurada, de lectura ágil y espíritu honesto, El penúltimo peldaño ostenta un notable equilibrio entre acción, emoción y humor, algo que la convierte en una lectura atractiva para quienes disfrutan del género negro pero también buscan una historia con alma. Es, además, el inicio de una trilogía que promete seguir explorando los límites entre la justicia, la culpa y la memoria.
Después de trabajar durante décadas en el sector bancario, Gil decidió dedicarse por completo a la escritura. Alterna la narrativa juvenil en catalán con el thriller y la novela negra en castellano. Entre sus títulos se cuentan Capità Jordi (2023), cuento infantil sobre el acoso escolar; El penúltimo peldaño (2024), su primera novela en español y comienzo de una trilogía policial ambientada en Segovia; Heroi de Somnis (2024), novela juvenil de aventuras, y El retorno del grajo (2025), segunda parte de la trilogía, a la que seguirá El ocaso del río (2026).
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