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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik

• Domingo 21 de enero de 2018

La mujer a través del discurso clínico y las prácticas corporales de lo moral

Alejandra Pizarnik
Las imágenes recreadas por Pizarnik en La condesa sangrienta permiten comprender la brutalidad de las relaciones sádicas ejercidas con las jóvenes doncellas.

Nada más intenso que el terror de perder la identidad.
Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik es conocida por su importancia poética durante la segunda mitad del siglo XX. Todavía hoy, el medio literario, la crítica y los lectores la colocan en un lugar imprescindible de la literatura hispanoamericana. Toda su poesía está inscrita por la filosofía, la soledad, la angustia, la duda, la desesperanza, el desgarramiento, la sombra del dolor por existir, y una tímida respuesta al ser de la vida; poesía, prosa y diarios son la voz de una poeta metafísica. De esta escritora existe una obra, por demás rara, que rompe, en apariencia, con su propia estética; me refiero a La condesa sangrienta (1971). En realidad, no se trata de una obra literaria, al no existir en ella, propiamente, una estructura discursiva, ya sea narrativa o poética; sin embargo, el documento sí presenta una manera estilística de composición de tal suerte que la expresión toda sugiere pertenecer a otra época, a un período de tiempo anterior. En esto radica el mérito literario, cambio de tono, el interés de la autora por escribir diferente; despliega una obra que deja de sonar a su voz identitaria y renuncia a una estética previamente diseñada. Esto es algo muy importante para las poéticas y la crítica literaria.

El aporte de la extraña obra de Alejandra Pizarnik radica, sobre todo, en la expresión de los aspectos perversos, o sea, en hacer explícita la gran serie de prácticas corporales de la condesa.

La obra en cuestión está segmentada en doce fragmentos, voces que dan camino a un escenario de la corrupción corporal, provocada por las prácticas de la condesa Erzsébet Báthory mediante mutilaciones, castigos, cortaduras, actos masoquistas y sadomasoquistas, violación, quemaduras, crímenes sexuales y asesinatos, de alrededor seiscientas cincuenta jóvenes doncellas y vírgenes entre doce y dieciocho años. Además, otra de las prácticas ejercidas sobre el cuerpo radica en el interés por extender la juventud y belleza, lo cual refiere a cierta simulación o performance corporal y a la marca de un estereotipo de lo bello femenino. La historia alrededor de Báthory, así como el interés por sus prácticas, no sólo interesan por la vida de un personaje histórico, sino también porque permite comprender el contexto, siglos XVII-XVIII, bajo los cuales se desarrolló el pensamiento racionalista heterogéneo de una Europa ilustrada cuya característica central es la libertad del sujeto; es decir, esta mujer sirve como guía para entender más ampliamente el fenómeno de la subjetivación del cuerpo homologada por el racionalismo moderno en el nacimiento del saber clínico y médico. El binomio cuerpo-alma matiza el poder naciente de la medicina con definidas prácticas corporales y médicas que hacen visible sólo a una parte de la sociedad, la aristocracia, hoy la burguesía, e invisibiliza a otro sector social, la clase pobre. Por si esto fuera poco, dichos estudios, en ciernes, sólo se ocupaban de lo masculino dejando fuera el cuerpo de la mujer, ya que se creía era una mera interiorización del cuerpo del hombre, según la tradición recibida, en el siglo XVIII, de los filósofos griegos.1Evelyne Berriot-Salvadore, en El discurso de la medicina y de la ciencia, testimonia en sus investigaciones el retraso del saber médico, en contraste con el desarrollo de la medicina, que sobre el cuerpo se tenía, pues la idea o imagen corporal constituía una homologación sin distinguir, ya sea biológica o anatómicamente las diferencias evidentes entre el sexo y género femeninos y masculinos. “En realidad, los fundamentos teóricos de este discurso ya se habían establecido a finales del siglo XVIII: es como si todo debiera jugarse entre, por un lado, un aristotelismo que reduce lo femenino a lo incompleto y, por el otro lado, un galenismo que lo encierra en la inquietante especificidad del útero. De la Edad Media al siglo XIX, la medicina femenina permanece anclada en esta dialéctica, en detrimento, sin duda, de progresos más rápidos en anatomía y en biología” (Berriot-Salvadore, 2000: 385). Aunque sí existió un eminente avance en el conocimiento de la biología alrededor del cuerpo humano, permaneció, por un lado, a lo largo de varias décadas, un ocultamiento del carácter distintivo de la mujer y, por el otro, la homologación del cuerpo de tal como que lo masculino funciona para la subjetivación. En suma, la subjetivación ilustrada condesciende, en términos morales, algunas prácticas corporales de una aristocracia exclusivamente masculina protegida por el poder religioso, económico y político. Mecanismos sociales y culturales coaccionan los cuerpos y heteronormatizan la sexualidad.

El discurso médico, sin duda, y el saber clínico, reprobarían cualquier evento de Báthory, por el mero hecho de ser mujer; incluso, a cada uno de los hechos descritos se le catalogaría con el sello de una anomalía mental; la patología es marca médica o diagnóstico hospitalario que señala y encierra, dentro de un espacio, a determinada actitud clandestina y oscurecida por una moral común.

Valentine Penrose escribe en 1962 una suerte de biografía de la condesa. Este libro abunda, en exceso, sobre los detalles físicos y profundizaciones sin finalidad de la belleza física, basándose en el único retrato que sobre la joven aristócrata se posee. Pizarnik, justo, señala dicho defecto en el libro de Penrose. Entonces, el aporte de la extraña obra de la poeta argentina radica, sobre todo, en la expresión de los aspectos perversos, o sea, en hacer explícita la gran serie de prácticas corporales de la condesa. Tales hechos manifiestos sobre los cuerpos de las jóvenes de sangre noble, fuera de la moral, que norma, y el saber médico, que establece disciplinas, no son buenos ni malos. Propongo una real paradoja y muchos se volcarán contra tal hipótesis. Báthory no es mala ni buena, pues sólo bajo el juicio del discurso disciplinario de la clínica naciente, durante los siglos XVII y XVIII, y de la moral racional y moderna, se califican tales actos patológicos.2¿Por qué hablar de la mujer? Es la pregunta importante de Berriot-Salvadore. Hay que hablar de la mujer porque ella tiene cuerpo, su corporeidad, cuya identidad no corresponde al discurso clínico construido en exclusiva bajo sus observaciones del cuerpo masculino. Entonces, la propuesta radica en visibilizar a la mujer. Esto se realizó con lentitud, pero fue posible. Ahora, bajo tal estado de la cuestión, ¿Báthory sería visible desde la clínica y la medicina? “El sujeto, en sí mismo, no se da como una evidencia. El interés del naturalista por la mujer forma parte, en realidad, de una preocupación más amplia que tiene que ver con la generación humana; el dimorfismo sexual es un misterio tanto para el biólogo como para el anatomista. Durante la Edad Media, se sostuvo una animada controversia entre los partidarios de Aristóteles, que definían a la hembra como el receptáculo pasivo del embrión, y los herederos de Hipócrates, que la consideraban como un cuerpo doblemente activo, gracias al semen y al alimento, que forman conjuntamente el embrión” (Berriot-Salvadore, 2000: 386). Esta concepción sugiere que la mujer a partir del diagnóstico hospitalario, anatómico y biológico, es vista en la sociedad bajo un estigma. Este sello devalúa el talante de lo femenino en contraste con lo masculino. Lo moderno es subjetivación desde lo masculino y homogéneo. El discurso médico sobre la mujer deriva a una prescriptiva moral. Por ello, la protagonista, por ser mujer, choca con el molde de la conducta establecida. Entonces, en efecto, tal observación sí posee una gran cantidad de trastornos o desviaciones. La pregunta entonces es, si la condesa tiene tales o cuales patologías, ¿dichos males respecto a qué o a quién son de tal naturaleza? Evidente es, entonces, que las enfermedades de la condesa son así respecto al conocimiento médico emergente en los siglos XVII y XVIII, que califica moralmente el comportamiento humano; todo aquello que disienta de la ética ilustrada queda marcado como enfermo. ¿Necesariamente debe ser de ese modo? Me interesa deconstruir tal discurso clínico.

Michel Foucault (2004) afirma que la clínica moderna nace en los últimos años del siglo XVIII. Las modernidades, desde la científica, geográfica, política, filosófica, hasta la social, económica y médica, tienen como eje central la libertad del individuo, pero en esencia varonil. Las verdades antiguas son retomadas para ser adaptadas al discurso del Medioevo y se sustituyen por otra clase de verdades. El binomio clásico, cuerpo-alma, es reemplazado por el binomio moderno, cuerpo-razón. La razón es la moneda de cambio, lo racional es el parámetro que mide todo; siendo esto así, la clínica y los saberes médicos se racionalizan con categorías de lo sano e insano, mismas que buscan ser, respectivamente, reconocidas y corregidas. El sentido importante para tal efecto es el ojo; la vista o mirada es la observación, tanto de las características del cuerpo para prescribir lo perverso en la conducta y, después, corregirlo, como de las mañas calificadas inmoralmente. La ciencia moderna incluye una nueva relación significativa, el sujeto y objeto de conocimiento. El médico, el sujeto observador tiene frente a sí a otro sujeto, observado, cuyo cuerpo se materializa objetivamente a la luz de la mirada y la razón. Surge así un nuevo significado. “La clínica es a la vez un nuevo corte del significado, y el principio de su articulación en un significante en el cual tenemos la costumbre de reconocer, en una adormecida, el lenguaje de una ciencia positiva” (Foucault, 2004: 13).

Bajo esta nueva relación entre significado y significante surge otra gramática, me refiero a los diagnósticos y marcas enunciados en el cuerpo a partir de la ciencia moderna; una nueva escritura desvela y descubre otros elementos antes ignorados, todos ellos descritos siempre a través de la subjetivación de la mirada. Si ello es así, hay una mirada que funciona como ley moral, médica y divina, que juzgaría cada uno de los actos de Báthory, todos, ciertamente, condenables conforme a la legislación médica naciente en el siglo XVIII. Pizarnik, en cada fragmento, describe el mecanismo de tortura de la condesa o de sus sirvientas quienes, también, sirven como una extensión del cuerpo de su ama cuyo fin es alcanzar experiencias sensuales y pasionales, ya sea por medio de la máquina autómata, atizadores para sangrar o desgarrar pedazos de carne, o bien a través de las mutilaciones e incisiones, que dejaban rasgaduras y marcas en la piel. El placer o el dolor de las otras mujeres provocan un goce personal, sea directamente o a través del cuerpo de terceras personas.

La suciedad, asimismo la enfermedad, será una marca corporal cuyo significado cultural detona un espacio definido para ser corregido.

Ahora bien, parte de tales estudios médicos establecerían varias enfermedades, incluso hereditarias, pues Pizarnik apunta una serie de padecimientos y extravíos en la familia; se sabe que entre primos hubo casamiento y relaciones sexuales hasta el grado de haber nacimientos como producto de tales casos. Un ejemplo del trastorno dispuesto en Báthory es el siguiente:

En 1575, a los 15 años de edad, Erzsébet se casó con Ferencz Nadasdy, guerrero de extraordinario valor. Este couer simple nunca se enteró de que la dama que despertaba en él un cierto amor mezclado de temor era un monstruo. Se le allegaba durante las treguas bélicas impregnado del olor de los caballos y de la sangre derramada —aún no habían arraigado las normas de higiene—, lo cual emocionaría activamente a la delicada Erzsébet, siempre vestida con ricas telas y perfumada con lujosas esencias (Pizarnik, 2009: 29).

Las normas de higiene dictaminan conductas y establecen específicas prácticas corporales. Y en ese período, si bien no existían todavía las normas de sanidad que implementarían dichas determinaciones, existen estudios que permiten comprender cómo se da tal procedimiento. La modernización de las ciudades y la propiedad privada, misma que deriva de la importancia del sujeto en la vida social y política, son dos elementos centrales para configurar el nuevo estilo de vivir: la privacidad. Dentro de este marco de lo privado, igualmente el fuero interno, la conciencia, colabora para desarrollar una suerte de valores primordiales en el entorno del individuo y en relación con los demás individuos. El agua tiene una función real: mantener limpios el cuerpo y la ciudad. Georges Vigarello (1991: 209-278) desarrolla este aspecto alrededor del significativo impacto del agua como medio de saneamiento; además, explica el origen del término higiene.

La higiene ya no es el adjetivo que califica la salud (en griego, hygeinos significa “lo que es sano”), sino el conjunto de los dispositivos y de los conocimientos que favorecen su mantenimiento. Se trata de una disciplina particular en el seno de la medicina. Es un ámbito de conocimientos y no ya un calificativo físico. Con este título se ha abierto bruscamente todo un campo. Se trata de subrayar sus “vínculos con la fisiología, la química, la historia natural”, insistiendo en sus orígenes científicos. Es imposible evocar tal disciplina sin recordar algunas exigencias de rigor o de concebirla sin convertirla en una “rama” específica del saber médico (Vigarello, 1991: 210).

Una sola palabra y su aplicación innovan estudios, documentos y formas de representar la salud. Báthory hubiera infringido estos dispositivos con su conducta, pues el agua, a diferente escala, modifica las actividades sociales, y dentro de su castillo se hubieran encontrado, es seguro, varias insalubres zonas, que contrastarían con la clase social a la cual pertenecía, porque la salud está ligada a un tipo exclusivo de vida; por ejemplo, el baño de agua tibia o caliente, así como la estructura de tuberías en las calles, pertenecen a las prácticas burguesas de los siglos XVIII y XIX. Es decir, el cuerpo es algo en construcción3David Le Breton (2002) supone que el cuerpo es una construcción antropológica subjetivada por los modelos estatuarios por la Modernidad; es una serie de representaciones, imágenes y disciplinas, formadas a partir de lo cultural, que guarda una identidad con la persona, pero la paradoja radica en que sufre gran cantidad de fragmentaciones, cada una de ellas atribuida a varias disciplinas, siendo una de ellas el área medicinal. El dualismo cuerpo-razón sufre tal ruptura que las distintas disciplinas se reparten, desde el nacimiento del mundo moderno, lo material del ser humano, el cuerpo, de tal modo que la subjetivación se estandariza. durante todo el proceso de la Modernidad y expresa distintos actos performativos como un modo de homologar tanto su materialidad como su idea de belleza con el propósito de servir de modelo social. Esto último genera segregación, pues la suciedad, asimismo la enfermedad, será una marca corporal cuyo significado cultural detona un espacio definido para ser corregido; el desplazamiento efectuado al cuerpo deriva de un discurso hegemónico, estandarizado y diseñado para marcar, así como para exhibir públicamente, aunque en silencio, todo aquello disonante respecto a una conducta civilizada o burguesa.

Con el tiempo, la ciencia médica se amplía y el impacto de la imprenta, por otro lado, ayudaría a difundir aún más las investigaciones alrededor de ese tema, sirviendo de distinción moral entre lo sano y lo insano; también es útil al ser un dispositivo racionalista que mide, con la observación, las anomalías, hasta el punto de clasificarlas. Un caso sirve para entender tal problema, el relacionado con aquello que la propia ciencia ha llamado monstruosidad. Regularmente esto se mencionaba cuando se hacía referencia a la malformación física, y no sería el caso de la condesa Báthory al ser de una belleza extraordinaria en términos del ideal y su aceptación en común. Existe otra clase de monstruosidad asociada al êthos, al carácter humano cuya necesidad debe ser el bien; las acciones buenas determinan, según Platón, verdaderamente a las personas bellas. Siendo esto de tal modo, Báthory, en contra de un êthos o carácter bello, sería un monstruo. Es el rasgo más extraño y relevante del personaje.

La anatomía de la monstruosidad, durante el Renacimiento y siglos posteriores,4Consúltese a Jean-Jacques Courtine (2004). causaba conmoción a los ojos de lo sagrado, el contraste producido por estas dos formas de vida provoca ciertamente disonancia estética y moral. Báthory, si bien no era declarada religiosa, su familia sí era creyente e influyente; por demás, es común que la clase noble, la aristocracia y la creciente burguesía, después, tuvieran alguna formación teologal. Ser parte de una familia acomodada implicaba formar parte de alguna orden dado que el poder político estaba bajo la tutela del Papa. La familia de esta mujer estaba al resguardo de los Habsburgo. La posición política, social y religiosa de la condesa respecto a su conducta, según se piensa, constituye una real incongruencia. Las imágenes recreadas por Pizarnik en La condesa sangrienta permiten comprender la brutalidad de las relaciones sádicas ejercidas con las jóvenes doncellas; esta manera de ser de lo monstruoso se expresa a causa del discurso médico y ético, así como religioso, que establecen parámetros de vida social. La biología, la literatura, la pintura, en general, distintas disciplinas del conocimiento, muchas de ellas dominadas por el racionalismo individualista de la Ilustración, dictaminan corporalmente lo sano de lo insano, lo bueno de lo malo, siempre asociando el binomio razón y pasión aristotélicos respecto a los actos, respectivamente, virtuosos y viciosos. La virtud y el vicio encierran, desde la antigua Grecia, el carácter taxonómico de las acciones humanas, vinculadas, ahora en la Modernidad, con la idea de progreso, y ésta, al mismo tiempo, asociada al desarrollo del conocimiento científico, de tal modo que distintas ciencias sirven para homologar conductas, y con regularidad tales sentencias proceden de la visión, en ese entonces apenas naciente, de la clase burguesa. El biopoder al servicio de la ciencia.

Báthory utilizaba hierbas, amuletos, ensalmos, mezclas y sangre de nobles vírgenes al lado de plegarias o ritos como función medicinal para conservar su bien más preciado: la belleza física. Si antes la medicina fungía para estigmatizar cuerpos, que rompían con el modelo de lo bello, ahora se usa para ratificar dicho modelo. ¿Qué exigencias se requerían para cumplir con dicho propósito? Darvulia, la hechicera, y Dorko, la sirvienta, eran las encargadas de realizar lo necesario para que Erzsébet se diera sus baños con sangre tibia y fresca, asimismo lograr los ungüentos que contrarrestaran la vejez. Vuelvo a preguntar, ¿qué acciones sobre el cuerpo de las jóvenes mujeres se practicaban para obtener la sangre suficiente? El baño diario implica cierta cantidad de sangre y, a su vez, determinado número de mujeres vírgenes. Era necesario, por tanto, un conocimiento médico mínimo para desempeñar a la perfección mencionada pericia. A la postre, el exceso de crímenes redujo la cantidad de niñas nobles, por lo que las sirvientas tuvieron que recurrir a damas de otra clase social; la vejez fue inevitable, según sentencia Pizarnik, no obstante de la deplorable decrepitud, suciedad de los aposentos y exceso de violencia para consumar los fines corporales; Báthory, quizá siempre, padeció de melancolía, enfermedad durante mucho tiempo asociada a lo demoníaco y diagnosticada, en exclusiva, a las mujeres.

El merecimiento del perdón, pese a los delitos, calificados así por el discurso ético, se debe a la posición social.

La bilis negra, en voz de Robert Burton, en su libro Anatomía de la melancolía, estuvo referenciada a lo largo de bastante tiempo a la pérdida de la razón; quienes la padecían eran considerados, en toda su dimensión, unos locos; por tanto, merecían estar encerrados y bajo supervisión especial. Antiguos y modernos la vinculaban con la demencia. Si fuera el caso de nuestra protagonista, su diagnóstico sería melancólico, no tanto por sus desdichadas pasiones por lo salvaje e inhumano, sino por su tentativa a perpetuar su cuerpo a través de lo mortuorio y cadavérico. Lo sexual, Eros, así como la muerte, Tánatos, hermanados en un personaje polémico y generalmente reprobado por sus tendencias sanguinarias. Erzsébet buscaba en la muerte su inmortalidad y la perpetuidad de su hermosura.

Si el acto sexual implicaba una suerte de muerte, Erzsébet Báthory necesitaba de la muerte visible, elemental, grosera, para poder, a su vez, morir de esa muerte figurada que viene a ser el orgasmo. Pero, ¿quién es la Muerte? Es la Dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte? (Pizarnik, 2009: 20).

Para el melancólico existen, según atestigua el saber de Burton en su estudio, la pesadumbre, la desesperación, la tristeza, que afectan primero a la imaginación y, con el tiempo, la razón. La melancolía sería una amenaza y un daño para quien la padezca; generaría, según parece, cierto desequilibrio mental y, por tanto, para remediar el malestar tendría que estar bajo supervisión especial, es decir, al cuidado del saber clínico, del especialista. En todo caso, incluso, internar al paciente. Así debiera haber sido el destino definitivo de Erzsébet de acuerdo al planteamiento apenas expuesto, pero no fue así, pues su sentencia radicó, al formar parte de la élite de clase, en el aislamiento, permanecer retirada de la vida social como advertencia pública bajo “cuatro patíbulos en los ángulos del castillo para señalar que allí vivía una condenada a muerte” (Pizarnik, 2009: 54). A diferencia de las mujeres condenadas a muerte, que pertenecen a la clase baja. El merecimiento del perdón, pese a los delitos, calificados así por el discurso ético, se debe a la posición social.

En conclusión, la Modernidad, conformada por distintas modernidades cuyos discursos o verdades universales tienen en común uniformar la conducta ética del ser humano, subjetiva el cuerpo ocasionando un ocultamiento de las reales diferencias materiales existentes entre lo femenino y lo masculino. El discurso médico arraiga tal fenómeno invisibilizando, así, cuerpos que quedan fuera del diagnóstico, según lo social y lo político.

 

Bibliografía

  • Berriot-Salvadore, Evelyne (2000), “El discurso de la ciencia y de la medicina”, en Duby, Georges, y Michelle Perrot (coordinadores), Historia de las mujeres, 3. Del Renacimiento a la Edad Moderna, Madrid, Taurus, pp. 109-150.
  • Burton, Robert (1947), La anatomía de la melancolía, Buenos Aires, Austral.
  • Courtine, Jean-Jacques (2005), “El cuerpo inhumano”, en Historia del cuerpo. Del Renacimiento a la época de las luces, España, Taurus, pp. 359-371.
  • Foucault, Michel (2004), El nacimiento de la clínica. Una arqueología de la mirada médica, Buenos Aires, siglo XXI.
  • Le Breton, David (2010), “Firmar o rasgar su cuerpo: las nuevas generaciones”, en Elsa Muñiz (coordinadora), Disciplinas y prácticas corporales. Una mirada a las sociedades contemporáneas, Barcelona, Anthropos-UAM, pp. 72-85.
    (2012), Antropología del cuerpo y modernidad, Buenos Aires, Nueva Visión.
  • Pizarnik, Alejandra (2009), La condesa sangrienta, Madrid, Random House Mondadori.
Fernando Salazar Torres

Fernando Salazar Torres

Escritor mexicano (Ciudad de México, 1983). Poeta, ensayista y gestor cultural. Licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa (UAM-I), donde también obtuvo el grado de Maestría en Humanidades, especialidad en teoría literaria. Estudia el Doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (Buap). Ha publicado el poemario Sueños de cadáver (el golem editores, 2010) y Visiones de otro reino (el golem editores, 2015). Su poesía y ensayos se han publicado en distintas gacetas y revistas literarias impresas y electrónicas, entre las que destacan Círculo de Poesía (México) y Valenciana, revista de la Universidad de Guanajuato. Coordina las mesas críticas sobre literatura mexicana “Crítica y pensamiento sobre la poesía y la narrativa en México”. Dirige el Taller Literario “Ígitur” en el Museo Nacional de la Revolución.

Sus textos publicados antes de 2015
264266273

Y además
Serie Voces actuales de México
Fernando Salazar Torres

Notas   [ + ]

1.Evelyne Berriot-Salvadore, en El discurso de la medicina y de la ciencia, testimonia en sus investigaciones el retraso del saber médico, en contraste con el desarrollo de la medicina, que sobre el cuerpo se tenía, pues la idea o imagen corporal constituía una homologación sin distinguir, ya sea biológica o anatómicamente las diferencias evidentes entre el sexo y género femeninos y masculinos. “En realidad, los fundamentos teóricos de este discurso ya se habían establecido a finales del siglo XVIII: es como si todo debiera jugarse entre, por un lado, un aristotelismo que reduce lo femenino a lo incompleto y, por el otro lado, un galenismo que lo encierra en la inquietante especificidad del útero. De la Edad Media al siglo XIX, la medicina femenina permanece anclada en esta dialéctica, en detrimento, sin duda, de progresos más rápidos en anatomía y en biología” (Berriot-Salvadore, 2000: 385). Aunque sí existió un eminente avance en el conocimiento de la biología alrededor del cuerpo humano, permaneció, por un lado, a lo largo de varias décadas, un ocultamiento del carácter distintivo de la mujer y, por el otro, la homologación del cuerpo de tal como que lo masculino funciona para la subjetivación.
2.¿Por qué hablar de la mujer? Es la pregunta importante de Berriot-Salvadore. Hay que hablar de la mujer porque ella tiene cuerpo, su corporeidad, cuya identidad no corresponde al discurso clínico construido en exclusiva bajo sus observaciones del cuerpo masculino. Entonces, la propuesta radica en visibilizar a la mujer. Esto se realizó con lentitud, pero fue posible. Ahora, bajo tal estado de la cuestión, ¿Báthory sería visible desde la clínica y la medicina? “El sujeto, en sí mismo, no se da como una evidencia. El interés del naturalista por la mujer forma parte, en realidad, de una preocupación más amplia que tiene que ver con la generación humana; el dimorfismo sexual es un misterio tanto para el biólogo como para el anatomista. Durante la Edad Media, se sostuvo una animada controversia entre los partidarios de Aristóteles, que definían a la hembra como el receptáculo pasivo del embrión, y los herederos de Hipócrates, que la consideraban como un cuerpo doblemente activo, gracias al semen y al alimento, que forman conjuntamente el embrión” (Berriot-Salvadore, 2000: 386). Esta concepción sugiere que la mujer a partir del diagnóstico hospitalario, anatómico y biológico, es vista en la sociedad bajo un estigma. Este sello devalúa el talante de lo femenino en contraste con lo masculino. Lo moderno es subjetivación desde lo masculino y homogéneo. El discurso médico sobre la mujer deriva a una prescriptiva moral. Por ello, la protagonista, por ser mujer, choca con el molde de la conducta establecida.
3.David Le Breton (2002) supone que el cuerpo es una construcción antropológica subjetivada por los modelos estatuarios por la Modernidad; es una serie de representaciones, imágenes y disciplinas, formadas a partir de lo cultural, que guarda una identidad con la persona, pero la paradoja radica en que sufre gran cantidad de fragmentaciones, cada una de ellas atribuida a varias disciplinas, siendo una de ellas el área medicinal. El dualismo cuerpo-razón sufre tal ruptura que las distintas disciplinas se reparten, desde el nacimiento del mundo moderno, lo material del ser humano, el cuerpo, de tal modo que la subjetivación se estandariza.
4.Consúltese a Jean-Jacques Courtine (2004).