Saltar al contenido
Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Tres magos de Europa

• Lunes 10 de septiembre de 2018
Arthur Schopenhauer, Wladimir Soloviev y Henri Bergson
En Europa escribieron tres magos: Schopenhauer, Soloviev y Bergson.

Goethe dijo que Hamann, un filósofo del siglo XVIII que vivía en la parte oriental de Alemania, lo que hoy es Kaliningrado, que pertenece a Rusia, era “el mago del norte”. Hamann, que escribía en aforismos enigmáticos, anteponía el símbolo a los conceptos abstractos, decía que en la realidad coinciden los opuestos, y decía que el individuo humano conoce con todo su ser y no sólo con la razón. Más tarde en Europa escribieron tres magos: Schopenhauer, Soloviev y Bergson. Los tres fueron muy literarios (en el sentido más hondo de la palabra) e influyeron mucho en la literatura.

Schopenhauer escribió una obra visionaria: El mundo como voluntad y representación. Recuerdo cuando la leí deslumbrado a los veinte años en Galicia. En él abundan las imágenes poéticas, el arco iris sobre la cascada, el hombre que pone en la naturaleza aquello de lo que después él mismo se asombra… El arte para él es la culminación del conocimiento. Una Voluntad sin fin es el origen de todo el universo. Esa voluntad se manifiesta primero en Ideas (que no son conceptos abstractos, sino formas creadoras y vivas) y el Arte capta con su visión esas Ideas. Pero la Música, el arte más profundo, capta directamente la Voluntad. La música es el arte más visionario, el arte más profundo de todos.

Lo mejor es no querer nada, despojarse del todo, y mirar el espectáculo asombroso del mundo de manera visionaria.

Dice que hay una Voluntad incesante, un querer profundo en la naturaleza, que lo crea todo. Pero esa Voluntad nunca queda satisfecha, siempre quiere sin fin, y produce una inquietud sin remedio. Lo mejor es no querer nada, despojarse del todo, y mirar el espectáculo asombroso del mundo de manera visionaria. A eso lo llama quietismo estético. Si el hombre ya no quiere nada verá con toda lucidez la fuerza grandiosa de las cosas. Para ello se inspira en el budismo. Esa renuncia fundamenta la grandeza visionaria del Arte.

Pero también es superar los conceptos abstractos y las trampas simplificadoras del lenguaje. Las palabras son una malla que esquematiza demasiado las cosas, hay que llevarlas más allá de sí mismas. En lugar de hablar sobre el mundo, el artista visionario lo mira radicalmente, salvajemente. Tiene un contacto apasionado con el mundo. El mundo está vivo genesíacamente de nuevo para él, tiene su vitalidad sin paliativos.

El visionario se desnuda totalmente, se desgarra los vestidos, y toca al mundo y lo ve en toda su fuerza. Y le llegan todas las imágenes poderosas y reprimidas, todas las revelaciones secretas que nuestros encajonamientos rutinarios y burgueses no nos permiten recibir. El visionario pone todo su ser en la mirada y por eso puede morir pronto. El visionario es un ser trágico y es un testigo y un mártir. Porque esa mirada sin límites, ese entrar torrencialmente la vida, tal vez no puede aguantarse mucho tiempo. Por eso al genio le acecha la locura.

Wladimir Soloviev fue el maestro de los simbolistas rusos, de él bebieron Alexander Blok, Fedor Tiutchev, Andrei Biely. Incluso bebió algo Dostoyevski. Lo descubrí casualmente hace más de veinte años cuando vagabundeaba por las bibliotecas de Santiago de Compostela. En la Facultad de Derecho encontré dos obras suyas traducidas al italiano, Crítica de los principios abstractos y Lecciones sobre la Divinohumanidad.

En Crítica de los principios abstractos señala los límites del conocimiento intelectual, dice que la ciencia nos da la letra de la naturaleza pero no su espíritu, nos señala su exterior pero no su cauce, no capta la vitalidad secreta de la naturaleza, marca las leyes pero no el amor. Afirmaciones muy similares hace Balzac en Serafita. (Balzac es otro mago secreto, al que la mayoría sólo conoce por sus retratos de la sociedad burguesa). Soloviev dice que es posible un conocimiento de la entraña del universo a través del amor. Ese amor se personaliza en Sofía o la Sabiduría Suprema, la Virgen María como la conciben en Rusia. El cristianismo ortodoxo es más místico que el católico, tiene más misterio y fervor, y Soloviev respiró en ese ambiente. Sofía sería el amor supremo por el cual nos acercamos a lo divino, descubrimos la divinidad en nosotros y nos vemos profundamente. Sofía fundamentaría la religión cálida de María, la que también aparece en los poetas europeos de la Edad Media, la que pone a la Mujer en la Divinidad, la que se insinúa en la Diosa Blanca de Robert Graves que inspira a los poetas.

Soloviev propone ver el mundo a través del amor, propone mirarlo apasionadamente, entonces el mundo se mostrará ferviente y extraordinario. Los conceptos o los principios abstractos no nos acercan al mundo, sólo nos dan su esqueleto muerto. Necesitamos verlo a través de la experiencia concreta, de la experiencia amorosa. Eso es también lo que hacía el príncipe Mischkin en El idiota, de Dostoyevski.

Este mensaje culmina en las Lecciones sobre la Divinohumanidad. En esa obra Soloviev le da todo su sentido apasionado al cristianismo, dice que en el cristianismo lo divino y lo humano se unen y se reconvierten, se transforman el uno en el otro. Dios viene al mundo y habla con nosotros, y sufre y duda, pasea con nosotros por las calles, se acerca a nuestro lenguaje y a nuestra experiencia. Pero al venir alumbra nuestro mundo (“quiero prender fuego a la tierra”, dice Jesús en algún lugar de los Evangelios), lo incendia, lo llena de secreto, revienta su entraña, lo convierte en un sueño.

Y nos salva del aburrimiento, de nuestros prejuicios, de nuestra incapacidad de ver, de nuestra impotencia para amar. Dios es algo concreto, se hace carne a nuestro lado. Y a la inversa el hombre descubre su lado secreto y apasionado, se diviniza. Se hace invisible y supremo como decía Rilke en las Elegías de Duino. Vive la tierra tan apasionadamente, tan profundamente, que ésta se vuelve invisible y perdurable. Rilke nos salva con la poesía y Soloviev con su sabiduría poética.

Soloviev abrió todo un mundo a través de símbolos evocadores, que hicieron a muchos poetas ver el mundo con hondura y palpitación.

La filosofía de Soloviev que habla de Sofía concuerda con la poesía de Alexander Blok que habla de la Bella Dama, con Dostoyevski en Crimen y castigo cuando Sonia salva a Raskolnikov de su incapacidad de percibir a los demás como seres valiosos, de ver que incluso la vieja avara a la que mató tenía el valor de la vida. Y en El idiota el príncipe epiléptico al que todos desprecian es el único que los ve a todos de verdad. Lo que los intelectualistas llaman idiotez (oh qué inteligente es demostrar de modo irrefutable que el movimiento no existe y que Aquiles nunca alcanzará a la tortuga) es una humanidad visionaria, es temblar y sentir el temblor de los demás.

Y el hombre del subsuelo de Dostoyevski, que desconfía de las seguridades de la ciencia y de su felicidad enlatada, tiene el mismo secreto ferviente de Soloviev. Y a través de la malla de las palabras la mujer de Memorias del subsuelo se da cuenta de lo esencial, de que el protagonista sufre y está vivo. Es la misma desesperada esperanza que después manifestaría León Chestov en Kierkegaard y la filosofía existencial.

Soloviev abrió todo un mundo a través de símbolos evocadores, que hicieron a muchos poetas ver el mundo con hondura y palpitación. Y esa visión palpitante sobrevive, sobrevivirá siempre, a pesar de los reduccionismos racionalistas. Su filosofía se basó remotamente en la de Platón y deriva de ella en último término. Fue una poesía quintaesenciada, un ver el mundo a través de las metáforas y los símbolos. Y manifestó a un escritor entusiasta, que trató de salvar a varias generaciones del aburrimiento, racionalista, de la deshumanización tecnolátrica que vendría.

El francés Henri Bergson fue el filósofo visionario por excelencia, y por eso se interesó mucho por los místicos. Fue uno de los que mejor superaron nuestro simplismo racionalista. La inteligencia, dice, no explica la vida, es algo mecánico. Pegamos cortes en la vida, como los fotogramas en una proyección cinematográfica, pero la vida es un continuo que no se deja cortar. La inteligencia explica lo inerte, lo muerto, es una serie de regularidades y de leyes que no se cumplen en muchos casos. La inteligencia se pasa de lista. Podemos razonar todo lo que queramos, dar vueltas en nuestra cabeza, pero de ese modo no captaremos de verdad el fluir de la vida. Los inteligentes demuestran que el movimiento no existe, que Aquiles no alcanzará a la tortuga, pero Aquiles se mueve y deja muy atrás a la tortuga y encuentra a muchas otras tortugas más adelante.

La inteligencia demuestra cualquier cosa. Pero de repente surge la intuición, de repente vemos, y ya no importan los razonamientos de Zenón de Elea, el movimiento nos muestra que existe, nos libramos de las zarandajas conceptuales, comprobamos que vivimos. Entonces nos damos cuenta de Los datos inmediatos de la conciencia, nos pasmamos ante La evolución creadora. Comprobamos, como en La religión dinámica y la religión estática, de Bergson, que la religión dinámica, la de los místicos de todas las épocas y todas las religiones, es la que de verdad conecta con los secretos íntimos de la vida.

El movimiento, el dinamismo del cosmos, se nos hace evidente, se adentra en nosotros, nos mueve. Si nos volvemos lúcidos, aunque no leamos a Bergson, ya no bastan los razonamientos, queremos vivir las cosas. Del mismo modo, en un texto titulado Los europeos en Abrantes, el escritor gallego Vicente Risco parodiaba a unos personajes cientificistas que planeaban racionalmente los movimientos necesarios para nadar, y nadar se volvía complicadísimo, parecía imposible, pero otros personajes sencillamente se metían en el agua y nadaban. Igual que si uno se pusiera a razonar científicamente sobre lo que es un beso y los procedimientos para realizarlo, y mientras tanto la chica se marcha.

Begson, más allá de las trampas de la mente académica, capta la evolución creadora, la vida como invención y sorpresa continua, el dinamismo inclasificable. Explica que sólo la religión dinámica (la de los místicos y los poetas, no de las jerarquías y los teólogos) nos lleva a la Divinidad que mueve todo, a la entraña del mundo. Las disquisiciones mentales, todas las construcciones en el aire del pensamiento occidental, sólo son un obstáculo, una cortapisa que nos impide ver la vida. Cuando la vida llega a nosotros y nos sacude sobrepasamos las elucubraciones de la inteligencia. La vida sorprende continuamente a la inteligencia, la hace trastabillar, la asusta con sus paradojas y sus rupturas. Es lo que mostraban los maestros en los cuentos Koan del budismo zen con sus respuestas chocantes a sus discípulos. Por eso al final captan la vida mejor los escritores que los filósofos convencionales.

La inteligencia lo explica todo como una mecánica, hay unas partes separadas de otras, y actúan unas en otras como causas y efectos. Pero eso es una ilusión óptica, dice Bergson, no hay cortes en la vida, sino un fluir unitario y continuo, una corriente. Los cortes los hacemos nosotros, igual que cuando clasificamos el mundo en reinos, especies, subespecies, con la mayor rigidez, y eso nos parece muy científico, es decir, muy serio. Pero será entonces que la vida no es seria. La vida se ríe de todas las rigideces, como los dioses de Nietzsche.

No podemos filosofar todo el rato sobre el pan, de vez en cuando tenemos que echarle un mordisco.

Bergson nos invita a mirar, a atender. Y se hace mejor con los métodos de la poesía, de la mística. La mística consiste en captar el secreto (viene de mistes, secreto), en ver lo interior, lo escondido. Si seguimos el camino místico, no nos ponemos a cotorrear con el pensamiento, nos callamos interiormente y escuchamos. Es decir, la amamos. Pero enseguida vuelven los intelectualistas, los sesudos, tan satisfechos de sí mismos, y acusan a Bergson de esto y de lo otro. Es decir, no se han dado cuenta de nada, sólo sueltan una y otra vez sus manidos prejuicios. Se ponen de espaldas al río y en lugar de mirarlo razonan sobre él. Prefieren sus disquisiciones sobre la vida a la propia vida. Pero Bergson de repente se da la vuelta y mira el río.

Hay que mirar el río, mirar cómo se mueven las ramas en su corriente, como hace Tarkovsky en Solaris. Comprobar cómo el aire agita las hojas. Sin ver de algún modo, sólo con razonamientos, no se podría realmente vivir. En el fondo todo el mundo es visionario en alguna medida, todo el mundo va más allá de sus pensamientos. De lo contrario caeríamos en los pozos mientras estamos razonando sobre ellos. Pero si todos estamos vivos es porque en realidad de alguna manera vemos dónde estamos y quiénes somos, por muchos rollos que nos metan en la cabeza. No podemos filosofar todo el rato sobre el pan, de vez en cuando tenemos que echarle un mordisco.

Toda la tradición occidental, más o menos a partir de Sócrates, concibe la verdad como la adecuación entre el pensamiento y la cosa. Algunos llevan al máximo el solipsismo de la razón y dicen que todo pensamiento coherente consigo mismo es verdad. Así el pensamiento da vueltas de manera estéril sobre sí mismo y se olvida de las cosas. La fenomenología de Husserl y Scheler habla de volver a las cosas, de dejar a las cosas manifestarse sin taparlas. Pero sólo lo hicieron los grandes escritores. Y los grandes magos, como Schopenhauer, Soloviev o Bergson.

Antonio Costa Gómez

Antonio Costa Gómez

Escritor español (Barcelona, 1956). Reside en Madrid. Es licenciado en filología hispánica y en historia del arte. Ha publicado La calma apasionada, Las campanas (llegó a la final de los premios Nadal y Planeta), Las fuentes del delirio, El tamarindo, El maestro de Compostela y La reina secreta.

Sus textos publicados antes de 2015
298
Antonio Costa Gómez

Textos recientes de Antonio Costa Gómez (ver todo)