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El tránsito vital de Alberto Hernández

martes 21 de mayo de 2019
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Alberto Hernández

1

Entrar en Guardatinajas de noche fue desandar una tela de múltiples colores como la túnica de José, el soñador bíblico. Allí con la gente sencilla y ansiosa de novedades (quizás como un Macondo llanero) yo predicaba un mensaje de esperanza a la poca muchedumbre reunida. Nos envolvía una brisa fresca y entre el discurso mencioné el poder del canto del gallo con Igor Barreto, algunas coplas del trovador Dámaso Figueredo y culminé citando el título de un libro del poeta calaboceño Alberto Hernández: El cielo cotidiano. Esa noche de pueblo, silenciosa y estrellada, imaginé que mi voz, con la ayuda del sonido y la corneta, llegaría lejos. Pues cuando se nombra al poeta Alberto Hernández (1952) el alma entra en el tránsito vital de los guerreros. El día siguiente, allí en Guardatinajas, conocí a un hermano del poeta: Baltazar Hernández. ¡Qué misterio el de la noche! La noche nos hace hermanos de la poesía, de lo humano y de la esperanza. Es el viaje de lo que somos.

 

Alberto Hernández se funde a tres espacios vitales: la ciudad, la casa y el cuerpo de la amada.

2

Declaró ese otro poeta alucinado alemán Nietzsche: “La fórmula de mi felicidad: un sí, un no, una recta, una meta…” (Nietzsche, Cómo se filosofa a martillazos, Sentencia 44, Madrid, Edaf, 2011, p. 123). Definía así la travesía de un poeta, de un pensador, de un verdadero lírico. Por consiguiente, el tránsito vital de Alberto Hernández puede fundamentarse con su poesía en esa sentencia-brújula. En los catorce libros poéticos reunidos en El cielo cotidiano, Alberto Hernández señala los puntos que ha cruzado, las geografías y los mapas que ha recorrido. Sostiene el crítico literario venezolano Lubio Cardozo que la poesía de Alberto Hernández es “una gran metáfora de la locura de vivir”, y: “Así, con sus pasiones, errores, dolores, culpas, desarróllase la saga de cada quien; con la locura de vivir se forja la historia” (Lubio Cardozo, Desde la torre de Segismundo, “La locura de vivir: la poesía de Alberto Hernández”, Caracas, Monte Ávila Editores, 2006, p. 163). La saga de cada quien forjada por un sí, por un no, una recta y una meta.

 

3

El sí de Alberto Hernández es por el tejido onírico de su poética, por su nocturnidad y por la memoria de los tiempos viejos y nuevos. Como lo demuestra Cardozo: Alberto Hernández se funde a tres espacios vitales: la ciudad, la casa y el cuerpo de la amada. En otras palabras, el tránsito vital de Alberto Hernández afirma su interioridad.

iv

despojarse de nuevo
de los pasos

en huida

hacia
la ventana

donde una mueca
sirve
para iniciar la búsqueda

(Alberto Hernández, El cielo cotidiano, Mérida, Ediciones Mucuglifo, 2008, p. 126).

El elocuente estudioso del pensamiento místico en la cultura popular Ralph Metzner, en su libro ingenioso Las grandes metáforas de la tradición sagrada: la transformación de la conciencia y la naturaleza humana, publicado en 1968, demuestra que hay por lo menos diez grandes metáforas de la autotransformación, y que además aparecen una y otra vez en la literatura universal: el despertar de un sueño, el descubrimiento de los velos de la ilusión, la purificación por fuego interior, la purificación por sueño interior, de la fragmentación a la realidad, viaje al lugar de la visión y el poder, volver al origen, de la muerte al nacimiento. El tránsito vital de Alberto Hernández es un sí a cada una de esas metáforas aunque la atmósfera onírica de su lírica sea su fluir más constante.

 

4

El no de Alberto Hernández se mueve en contra de los desmadres de su generación poética pasada. Alberto Hernández, es bien sabido, huye de la generación violenta y utópica de los sesenta. En su poesía hay un alejamiento total de los amarres a las necrofilias ideológicas. Es un no rotundo a las fórmulas fracasadas de los populismos y de las redes del autoritarismo. Por ello a uno de sus libros le puso por título: Relatos fascistas. Pero además Alberto Hernández jamás ha arado en las prosas decimonónicas o en las edulcoradas maneras de los ditirambos. De ese tamaño es su no. Es un no para innovar, para ser creativo al cumplir su milla extra. Por ello tenemos un libro poético suyo de forma de bestiario. Con razón total afirma la poeta María Luisa Angarita sobre Alberto Hernández que “en su poesía confluyen diferentes formas literarias que comparten la integración en un mismo decir. Narrativa, ensayo, prosa poética, crónica, poesía, todas se integran de manera armónica en el espacio de lo posible: el poema” (María Luisa Angarita, “Alberto Hernández, una voz siempre en busca de otros nortes”, 2019. Consulta: 26/04/2019). El tránsito vital de su “no” dinamita al poema, le amplía los horizontes con sus aforismos, con sus inquietos erotismos y versátiles cadencias. Porque cada libro es un desafío que le propone ser transformado. Allí está el tránsito de su personalidad, de su alma.

 

5

La recta y la meta de Alberto Hernández la abrazamos en su poema “La moneda”:

La moneda

¿Qué hace una moneda
Entre los sucios dedos de un peregrino?
Achatada por el tiempo
Circular y solar
La moneda habla desde sus dos caras.
Y así, el peregrino dialoga con la efigie
Que cuesta un pan o un trozo de carne de ángel.

(Alberto Hernández, “El libro del este”, s/f. Consulta: 26/04/2019).

Alberto Hernández ama la ciudad como mujer y en su erotismo y en su fragor su memoria se hace campo-ciudad, pueblo-metrópolis y comarca-urbe.

Cuando le preguntan por el mestizaje de sus textos y de sus crónicas, Alberto Hernández responde con su recta y con su meta: “Me enfoco en el español, en el idioma, por supuesto. Pero antes del idioma están los sueños, las imágenes, las anécdotas, lo que veo en el día a día, porque a veces ocurre que relaciono un libro —que puede ser de poesía o puede ser una novela, un libro de cuentos o un ensayo— con lo que está pasando en la calle. Por eso son crónicas, son textos muy personales. A veces me valgo de alguna teoría literaria para escribir sobre un libro, pero si me pongo un poco tieso, académico, nadie me va a leer. Entonces la idea es que las crónicas, como tú dices, bien cuidadas, tengan que ver con el buen uso del idioma pero también con la literatura como emoción. Que un libro no sea una cosa tiesa, que una reseña no sea algo tan académico, pues eso se lo dejamos a las universidades. Que para el lector común, tanto como para el lector más avezado, mis crónicas sean agradables, enseñen y emocionen a la vez. Esa ha sido mi propuesta” (Jorge Gómez Jiménez, “Alberto Hernández: ‘Para no perder la memoria, hay que escribir el país’”, 2018. Consulta: 26/04/2019). No ha perdido su recta ni su meta. Por ello, Alberto Hernández ganó el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana 2018 con su novela El nervio poético.

También Alberto Hernández afirma su recta y su meta en potenciar a la ciudad con rasgos definitorios de feminidad. Ama la ciudad como mujer y en su erotismo y en su fragor su memoria se hace campo-ciudad, pueblo-metrópolis y comarca-urbe. Su poemario erótico Ropaje (2012) sólo es posible en la desnudez de la ciudad y de su amada. Entonces no nos sorprende que la poeta María Luisa Angarita haya presentado como tesis su investigación titulada “La feminidad y sus rasgos definitorios en los poemarios Intentos y el exilio, Nortes y El poema de la ciudad, de Alberto Hernández”. Y en esa feminidad hay luz y hay fuerza para amar y luchar. Por eso al comentar el famoso verso de Vicente Gerbasi, como promesa de tránsito vital afirma Alberto Hernández: “La noche de Gerbasi nos libra de tropiezos. Es que en verdad no hay oscuridad más terrible que la luz que nos ciega en la salida” (Alberto Hernández, El cielo cotidiano, Mérida, Ediciones Mucuglifo, 2008, p. 281). Por tanto, para que sigamos ese tránsito vital de Alberto Hernández, sigamos esa luz, le dediqué este poema a mi paisano:

El alma se escribe con luz

A Alberto Hernández

El alma se escribe
Con luz,
Volcando su ola fugaz
Entre los atlas
Y las geografías íntimas
De las utopías.
Mírame,
El alma se canta
Con luz.
Somos apnea de sirenas.
Volvemos
A nacer:
Cada quien
Con sus deseos, con sus anclas.
Cada uno
Con sus mediodías
Desde adentro
Y sus estelares metáforas
Y nocturnas
Esperanzas.

Salvador Montoya
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