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Perú en alto o primera aproximación a la poesía de Alfredo Pérez Alencart

lunes 1 de marzo de 2021
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Alfredo Pérez Alencart
Perú en alto, del poeta Alfredo Pérez Alencart, lleva el sello editorial de la Municipalidad de Lima y del Festival Internacional Primavera Poética.
Soy un peruano con muchas patrias:
por eso nunca me ha lacerado la soledad
ni me hace lagrimear el humo
del desarraigo.
“Perú”, A. P. Alencart

Quizás lo primero que nos sorprende de este gran poeta hispanoamericano, esta voz mayor de nuestra lengua, el poeta Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962), es su extraordinaria capacidad de trabajo, su orden y disciplina ante un oficio que se adviene no pocas veces en inciertos menesteres; en una dedicación al mundo lírico que suma pasiones, sensaciones, creencias, saberes, viajes, búsquedas, estudios, entregas, abrazos y respetos diversos; todos ganados desde la tribuna académica, por un lado, y desde el solar vital de la hospitalidad, por el otro; a la par del desarrollo de una sólida obra de creación, de propuestas de nueva poesía, que le ha permitido lograr en su madurez atesorar un patrimonio realmente relevante, indiscutiblemente trascendente, más allá de su casa adoptiva, la amable ciudad castellana de Salamanca.

Su ojo tiene en su mirar un continente, al cual pertenece, donde infancia y familia palpitan en los bosques de la Amazonía de su Perú natal, de su Puerto Maldonado de todos los calores; tanto como esa España de su diáspora que se le ha hecho nacionalidad, sentimiento y arraigo. Su razón de ser, por tanto, es la unión del acervo cultural hispanoamericano, bruñido de fraternidad, de entrañamiento, de unión de creadores, pensadores, investigadores y estudiosos de literatura y arte, de música y saberes de todos los países este lado del Atlántico, de este Caribe y estas Antillas soleadas; de este sur de resplandores y misterios; de este norte iluminado por no pocas estrellas rutilantes.

“Perú en alto”, de Alfredo Pérez Alencart
Perú en alto, de Alfredo Pérez Alencart (Municipalidad de Lima, 2020). Disponible para su descarga gratuita en la web de la Municipalidad de Lima

Perú en alto
Alfredo Pérez Alencart
Poesía
Municipalidad de Lima
Colección Lima Lee
Lima (Perú), 2020
89 páginas

Es costumbre de los críticos buscar dentro de los poetas, de la poesía de los poetas, de la narrativa de los poetas, y con ello asumo el cuño de escritores de todo orden genérico; es costumbre buscar, repito, sus países, o más exactamente, su país. ¿Quién puede buscar en Cervantes otro país que no sea España? Y si lo hiciere, seguro lo encontrará. ¿Quién no busca su Perú de duras rocas vitales en Vallejo? Seguro dará con otros mundos de tierra y extrañeza, cuanto de esperanza y tal vez desasosiego. ¿Quién no buscaría el Chile austral en Pablo Neruda? Sólo un osado desprevenido, tanto como quien sólo sea capaz de creer que es Chile y no otras naciones, países o tierras cuanto abriga su canto general a la poesía castellana. ¿Y Gabriel García Márquez, y Juan Rulfo, y Rómulo Gallegos, y Gabriela Mistral, y Lydda Franco Farías, y Rosamel del Valle, y Ana Enriqueta Terán?

Como sea que se aborde ese tema, hay un río que mueve el capricho de la sentencia más allá de su inútil pretensión. La obra surge de un surco, de un suelo y de un espacio, y se libera para navegar y volar, para andar y quedarse en cualquier parte. Y en cualquier parte se hace suelo otra vez, se hace espacio local e infinito y cristaliza su misterio en el ojo que le descubre, en la mano que la tienta, en el goce de quien la posee. ¿Cuántos tumbos habrá dado estos últimos siglos el Quijote de la Mancha, que no hayan dado igualmente los huesos del autor, tan inciertos en algún monasterio, en alguna patria invisible de la memoria de su nombre? Baste ese ejemplo, nomás.

Decir Perú y decir Salamanca, o decir España y decir América, en Alfredo Pérez Alencart es como decir Madre de Dios, Tambopata, Manu.

En Alfredo Pérez Alencart palpita un sentimiento muy distinto al de la conocida y tradicional diáspora, porque su amor por España y su sentir profundo y agradecido por Salamanca no nacen a costa de ningún dolor de patria nacional, llámese Perú o no, sino como complemento de una vivencia de tierras que se le hizo familia, matrimonio, obra académica y de creación; repartiendo abrazos entre tantas nacionalidades del mundo, que el sólo hecho de versionar su poesía en más de cincuenta lenguas es ventana de revelación de esa, su suerte creativa, más allá del español o el castellano.

Su infancia y la huella germinal del cuerpo y la mirada tienen en el poeta Alfredo Pérez Alencart esa dulzura que ha traspuesto a su arte, sin pedir a cambio otra moneda que no sea la del amor a un oficio que va en la sangre en cualquier parte que se ande.

La poesía europea tiene de Latinoamérica tanto germen y tanta grandeza como la tiene nuestra lengua de todos los creadores de literatura de allá y de acá. Por eso decir Perú y decir Salamanca, o decir España y decir América, en Alfredo Pérez Alencart es como decir Madre de Dios, Tambopata, Manu, algunos de los ríos de la amazónica región donde naciera; o el río Tormes, de la ciudad de Salamanca, donde el amanecer le dibuja huellas cada mañana entre páginas y voces que salen a recorrer la vida desde su mano y su sentir.

De la Amazonía surgen sus referentes ancestrales, donde antes se llamó Pueblo viejo o selva indómita, galeones de mil mares y los secretos del caucho y la castaña, la siringa y la cascarilla; en senderos originarios de mashcos y piros, yaminahuas y huarayos, amahuacas y amacaracaires, tanto como de machiguengas. A un lado queda el oro que llevó otros caminos a El Dorado desde el Alto Perú, cuando perros y espadas caminaron juntos las cordilleras en la incierta aventura. Por su raigambre no viene de esas empresas, sino de la voz de un idioma que hizo suyo para enriquecerlo y tributarlo en la fe del alma, en la civilidad, en la docilidad del espíritu para engrandecer los gestos de la solidaridad, del encuentro, de la palabra versada y la razón sensible. Valga decir la poesía en toda su amplitud, en todo su misterio e infinito portento.

Con España en el corazón quiso el poeta Alfredo Pérez Alencart tributar a su patria de mil golpes y abonadas esperanzas de vida, una parte de su obra antologada, compartida a tramos como un pastel de cumpleaños, como variadas tazas de té o café en la hora de la madurez, para decirle a su mundo primero o de la primera vez en la tierra, aquí te entrego estas velas encendidas para alumbrar tu nombre, aquí te entrego estas llaves para que habites mi corazón por siempre.

La obra se titula Perú en alto (2020) y lleva el sello editorial de la Municipalidad de Lima y del Festival Internacional Primavera Poética, que promueven grandes obras y nombres de vanguardia en su colección Lima Lee, bajo la dirección de un equipo mancomunado que cristaliza con trabajo de orfebres, cuanto puja el sacrificio humano para redimir la sed, las distancias y las inquietudes del ser en su búsqueda del aliento universal del sueño y la esperanza.

La introducción de esta notable antología poética de Alfredo Pérez Alencart nutre cualquier esfuerzo previo o posterior al encuentro con su voz, porque se sobrepone como gesto de creación a la pandemia del Covid-19 que azota al planeta, y se ventila en el ánimo de “una valoración de la vida misma como espacio de interacción social y desarrollo personal”, asistidos del libro y la lectura como caballos de batalla para sensibilizar las almas que buscan en la poesía y su misterio los resplandores de la Creación. Así lo refrenda Jorge Muñoz Wells, alcalde de Lima.

Perú en alto (2020) tiene mucho de la vasta obra del poeta Alfredo Pérez Alencart, a saber: Cartografía de las revelaciones (2011), Madre selva (2002), Memorial de Tierraverde (2014), Pájaros bajo la piel del alma (2006), Invocación/Invocaçao (antología portuguesa), En el andén (antología argentina), Para después/Per il domani (antología italiana), Ante el mar, callé (2017) y en la antología Umbrales de la memoria, pero su obra se extiende más allá, con los siguientes títulos: La voluntad enhechizada (2001), Ofrendas al tercer hijo de Amparo Bidon (2003), Hombres trabajando (2007), Cristo del alma (2009), Savia de las Antípodas (2009), Estación de las tormentas (2009), Aquí hago justicia (2010), Los éxodos los exilios (2015), El pie en el estribo (2016) y Barro del paraíso (2019).

De esta poesía han escrito notas, reseñas y ensayos más de doscientos autores, recopilados total o parcialmente en al menos seis volúmenes y más de diez antologías. Especial mención merece, entre estos diversos volúmenes críticos, el libro Visión poética de Alfredo Pérez Alencart, escrito por el poeta puertorriqueño-norteamericano David Cortés Cabán, publicado en 2017 mediante coedición entre Hebel Ediciones de Santiago de Chile y Editorial Betania de Madrid; para ocuparse en concreto, con acucioso verbo y profunda y culta visión analítica, de los siguientes libros de Pérez Alencart: Cartografía de las revelaciones, El pie en el estribo y Savia de las Antípodas.

Alientan sus páginas los registros de sus valores familiares, sus amistades, sus memorias y su raigambre distante en la infancia.

En cada obra de Alfredo Pérez Alencart ondea un motivo inteligente y sensible para decirle cosas al mundo. Su voz puede ir tras el signo territorial con la misma agudeza que persigue un motivo culto, un giro de otra lengua, una identidad distante de Europa o América para hacerla su encuentro, su verso, su poesía. Es un poeta abierto a los mares y a todas las puertas. Sabia es su condición de hombre lírico, de hombre de poesía y de labor académica, necesario es repetirlo. Veamos cómo en el poema titulado “Perú” revela esa identidad sincera y abierta: “Mi lengua saborea / una porción del Perú que fue amansada / por mis ancestros, / secretas selvas con diez mil años de recuerdos / y cálidos hechizos / y pequeños proyectos tramitándose / sin renegar de la leyenda” (pág. 11).

Esta obra antológica, Perú en alto (2020), reúne una muestra amplia de la obra poética de Alfredo Pérez Alencart. Alientan sus páginas los registros de sus valores familiares, sus amistades, sus memorias y su raigambre distante en la infancia, que ha sabido sobrellevar en su encuentro con el arte, con la poesía y con la vida rutinaria del existir. Por eso acude a la génesis (“Luz y pronto deseo / para mezclarse con las amazonas, como el errante / Alencar que a los cincuenta y tantos / buscó pareja de veinte para ahuyentar a la máscara / de la muerte”, pág. 11); a la amistad dolida por el hermano en viaje eterno, como en el poema “Despidiendo a Westphalen” (“mientras que acuño y entreduermes / para siemprevivir en esta orilla del Atlántico”, pág. 15), y mucho más allá, enarbolando el oficio de la poesía en símbolo y letra que perfilan gestos, nombraduras, revelaciones, oraciones, odas y pesares, como podemos percibir en “El poeta”, un texto dedicado a su amigo Alejandro Romualdo:

Eres el Poeta que es música y es razón: Eres el dardo
en su totalidad. Ves diamantes y no te traicionas, aunque
el forense venga a estudiarte tres días después de muerto (pág. 17).

El poeta conmueve y se conmueve en la suma afectiva de su pertenencia territorial donde ha dejado la raíz de sus nombres, y así lo deja entrever en su magnífico poema titulado “La casa de mis padres”, en el que el mítico retorno se aparece como un motivo clásico que parte el alma en dos:

Ay, Señor, en nombre de los Pérez de Perú y de España;
en nombre de los Alencar de Brasil, de Bolivia y de Perú,
gracias doy por estos padres vivitos que no me faltan,
que aguantan, que se quieren de madrugada a madrugada (pág. 19).

Y como una confesión vital que le sincera los versos, acota al final del poema: “vuelvo a la Casa cuya dirección / está junto a mis grandes ríos” (pág. 20). Por otra parte, el poeta es testigo siempre de la justicia y la injusticia porque atañe a su condición, y sólo su mirar crítico o desprevenido ante una cosa o la otra revela su grandeza u orfandad de espíritu. Ni que pregone atajos escapistas a la moral, a la ley, a la incordura, podrá poeta alguno sustraerse a la indiferencia ante un niño que llora, un niño que sufre, un niño que muere. Tal orfandad no es propia del alma de un poeta, o no al menos, de un buen poeta. Por eso su aliento se rebela y se alza en protesta. Se hace espejo roto para mostrar lo fragmentario del ser estremecido por las miserias más inmerecidas de la humanidad. Revela, así, sentencias y oraciones, para hacer de su hora un reloj vivo para decir la vida, aun en sus más desnudas verdades.

Y Pérez Alencart tiene de esas revelaciones, y su voz apunta a cuanto el alma humana estremece:

Humillación de la pobreza
(Niño de tres años vendiendo chicles)

No decir tu nombre. Decir tus ojos reflejando fríos
decir tus manos extendidas; decir que perdiste niñez
porque un remolino de pobreza te estrelló por calles
donde escuchas palabras bruscas y palabras huecas.

No decir tu país o tu ciudad. Decir tu futuro en vilo,
dependiendo de valentías o vergüenzas devoradoras;
decir que subsistes en medio de los días quemados
y que no desfalleces, aunque todavía eres vulnerable.

No decir el color de tu piel. Decir que las hambres
te gritan desde que naciste; decir que tu foto no sale
en las páginas sociales; decir que el día te hizo cauto
y que la noche y sus rapaces están ahí para devorarte.

No decir discursos políticos o teológicos. Decir que
nadie remienda tus zapatos; decir que tu desamparo
se debe al orbe asqueroso de la codicia; decir llanto,
injusticia procaz, rabia ciega; decir pan mío para ti (pág. 23).

Al poeta Alfredo Pérez Alencart la Madre Selva se le hace querencia y corazón adolorido “picado por huayrangas”.

También Luis Sanihue se deja morir de hambre después de colgar sus arcos y flechas, resignado a la pérdida de sus valores de lucha ancestral, vencido por las costumbres de un ocio llamado turismo, de un mercado que no perdona las almas nativas. Luis Sanihue puede parecer una huella o un rastro, pero siempre fue una piel y un dolor, un trozo de ese Perú olvidado o herido, que no se acalla, que no se puede negar ni esconder. El poeta Pérez Alencart lo revela y lo muestra:

No dejaron cazar a don Luis Sanihue

No dejaron cazar a don Luis Sanihue
en el territorio que conmemoraba
sus latidos.

No lo dejaron entrar.
No quisieron que buscara comida.
De pronto las leyes protegieron al turista
y no al nativo; a las petroleras y no al poblador
del bosque; al animal y no al hombre cuya etnia
por siglos se sirvió de fauna y flora con prudencia.

Vienen y van,
mostrando vergonzosas licencias, aquellos
saqueadores de especies y pócimas ancestrales;
pero el guardabosque comunicó a Sanihue
que ya no tenía ningún derecho a mitayar
sobre el suelo de Tambopata-Candamo.

El mundo está al revés, se dijo.
Colgó arco y flechas
y se dejó morir
de hambre (pág. 30).

Perú en alto y Alto Perú van de la mano entre este gran país y aquella historia que abrigó en la cordillera helada las expediciones de los hermanos Pizarro por 1541, y las mil aventuras de dolor y locura —entre Cajamarca, Trujillo, la Ciudad de los Reyes de Lima y el Cuzco—, con la injusta sentencia de sangre contra el gran Atahualpa y su reino, y donde se quemara también en violento escarnio y bajeza humana al hermano del Sol, Manco Inca Yupanqui, de quien arrebataron diademas y mantas de oro antes que la sangre tiñera su espíritu cuzqueño, Y qué decir de Manco Cápac entre llanos en polvo y montañas blancas, resecos cañones y briznas de rocío, como lo trasvierte en prosa poética y dolido lenguaje de histórica narrativa la novela El país de la canela, del colombiano universal William Ospina, premio internacional de novela Rómulo Gallegos 2009.

Por aquellas y otras huellas, al poeta Alfredo Pérez Alencart la Madre Selva se le hace querencia y corazón adolorido “picado por huayrangas” (pág. 31), cuando ambrosías y desvelos lo asaltan en el sentir; cuando la extrañeza de los confines le invita a la saudade. Por vértigo o carnalidad, el aire limpio y las “pulsiones encantadas” de los atardeceres atrapan su voz y su poesía, y se tiende en ese verdor que es su cama de resonancia infinita. Tanto como su niñez. Tanto como las crecientes del río que se lleva todo a su paso, incluyendo árboles y vidas desprevenidas, mientras sobre los trocos abollados y sobre el revuelto cauce, “volaban los pihuichos” “y semillas flotando hasta podrirse” (pág. 33).

Es la misma selva que reclama sus espíritus y los condena a ser libres, no por condenarlos, sino por tributarles la libertad que nadie conoce, que nadie adivina si existe. El poema “El espíritu de la selva” contiene profecías y revelaciones de personajes variopintos que refrendan certidumbres y misterios. Como la precaución de Martín Huallpa ante la aparición del Tunche, o del ñato Pinedo presagiando advertencias de luz indebida porque el espíritu anda en la oscuridad, y ese es su reino. Si se le miran los ojos la tristeza invade el alma y la habita. Ya la vida pierde su luz. Porque la selva tiene sus armas para espantar hombres con motosierras y malas intenciones. Porque el hombre es apenas luciérnaga extraviada ante su poder arrollador. La osadía puede costar muy caro. La selva debe dormir sola y extenderse sola en su gran tierra como una mujer imposible de domar ni vencer. Esa debe ser su suerte. Herirla y matarla no tiene perdón. Por eso el reclamo y la queja en el poema “Selva de hoy y de mañana”. Cuanto reduce a la Amazonía tras cada hectárea flagelada por las llamas y las máquinas es parte del alma que ya no vuelve igual.

Amarumayo es un río místico, y en la poesía de Alfredo Pérez Alencart discurre su cauce misterioso.

Otras partes del poemario antológico Perú en alto (2020) tienen el mito local, la historia de la costumbre ancestral, su voz arraigada en el idiolecto y la cosmovisión indígena andina de la peruanidad; constituyendo una muestra de esa mixtura que también en el lenguaje se trasvierte mestizaje o mezcla, tiempo de poesía sin límites y revelación de hermosura donde antes pasó el dolor. El cultivo de la papa, por ejemplo, avenido tubérculo desde el Altiplano boliviano y sur del Perú, hace ya aproximadamente ocho mil años, para dejarse llamar simplemente papa (y posteriormente patata), con otras alegrías y con otras tristezas sumadas al alma de quien la siembra y extrae de la tierra, de quien la sirve y la consume en algún cuenco de mesa, de quien la pone en verso y la oye como voz originaria; se hace poesía del campo y las costumbres propias, atada a su dialecto de tierra y hombres de faena eterna:

Wari Pachakutek cosecha las primeras papas en el viejo mundo

Allpapi papaqa / La papa en el suelo
manan sapallanchu wiñan. / no vive sola.
Sumaq waytayuk qurakunapas / Bonitas flores silvestres
papa ukukunapim wiñarin. / crecen en medio de los papales.

Wari me llamaban porque era protegido de los dioses
y creaba alegrías y atizaba el fuego sagrado del Inti.
Así era mi vida en el Cuzco con mi esposa Warasisa,
flor convertida en lucero para que yo viera su rostro.

A Castilla me trajeron curtidos marineros de las olas.
Aquí vine subido a wiraqocha, a la espuma del mar,
masticando coca la dura travesía para no llorar sangre
y ser un yawarwaqaq que pierde el alimento de los Andes (fragmento, pág. 24).

El largo y tendido poema titulado “Soliloquio ante el río Amarumayo” es una declaración, un juramento de amor y de extrañeza ante la vida que reclama su memoria y su pertenencia. No sólo su ritmo y sonoridad semeja un río vital, sino que sabe ondular las imágenes contrapuestas del sentir a lo que duele y se extraña, a lo que se pierde y no nace. Magistral canto a la natura, y al ser nacional, desde la ventana reflexiva del ecologista, del sociólogo, del hombre de ideas y palabras de amor por un paisaje que el desarrollo moderno conturba y condena. A ratos puede significar en voz quechua Amaru Suyo, “Madre de Dios”, como el departamento del lar natal Puerto Maldonado, o juntarse a otro río de la región llamado Tambopata. Pero Amarumayo es un río místico, y en la poesía de Alfredo Pérez Alencart discurre su cauce misterioso. Serpiente de agua de mil ojos, tan grande como aquellas boas constrictoras y las shushupes de mil kilos que se tragaron a mil hombres. Poema de mil sílabas que muestra sus enigmas:

Soliloquio ante el río Amarumayo

Vivimos un tiempo que parece breve,
pero que crece y suma.
(…)
Toda sagrada intimidad
tiene complicidad de la memoria (pág. 36).
(…)
Cumplo los cuarenta con gozo total,
embriagado por jarras de masato
fermentado
en la boca complaciente de la vida (pág. 38).
(…)
Es de rigor volver
con el asombro jubiloso
de la infancia.
Las palabras endebles se sostienen con tamishi.
Las palabras reumáticas se curan con ishanga colorada.
Las palabras famélicas se alimentan con tacacho.
Las palabras ebrias se maceran con chuchuhuasi.
Las palabras se expresan con cautela:
podrían parecen el anverso de lo real;
podrían no dejar germinaciones deseadas (pág. 40).
(…)
Este año a las águilas les sobra miedo
por el desmonte de la selva.
Este año tigres y picuros van cayendo
en demasiadas trampas. Tan aprisa
se imponen las rotundas mentiras del desarrollo
mientras sigue el abandono del hombre.
Y yo, aquí, de frente a la realidad
de la muerte (pág. 42).
(…)
las noches se inundan de sonidos,
la casa de los sueños muestra sus destrozos,
los padres aparecen con devociones,
querencias y albores de fiesta,
los hermanos menores se cobijan en mis huesos,
las hermanas ofrecen al mundo sus niños resplandecientes…
Volver es vivir otro renacer,
desatar blandos poderes,
habitar sombras ramificadas
donde ecos te salvan, donde escuchas
ruidos pequeños y gentes sin mordaza (pág. 43).

Ese río sacude sus venas y estremece su sangre. Sus huesos sacuden cuanto abriga su nombre. Podría ser Guadalquivir o Nilo, Sena o Mississippi, Amazonas u Orinoco, pero esos no son sus ríos. Por eso ese río es el Amarumayo, misterio de allá del infinito, encuentro de acá del corazón. Es ausencia y conjuro, oración y azul, helechos y guabas, nubarrón y barrial: “Río lento de mi amor, / vuelvo al requerimiento / de tu caudal secreto” (pág. 44).

Oh infancia de aserrín,
oh río Amarumayo
donde pesco sábalos,
donde al sol me baño,
¡moja mi epidermis,
bendito río de la vida!
¡inspecciona mis llagas! (pág. 43)

En los enfrentamientos ancestrales del bien contra el mal brotan conjuros y se hacen símbolos los ritos y las voces, y el cuerpo transita misterios no revelados, convertidos en pieles de otro mundo, como en este fragmento del poema titulado “Crónica sorprendente de la última noche entre los Mashcos”:

Era la noche del Uaitemankaeri,
el chamán que quería enfermarme recogiendo
mis pisadas, cociendo esa tierra con hierbas,
resinas y sangres de mono y carachupa.

El tambo olía a masato y a carne ahumada
de huangana. Parecía que los malos espíritus
querían echarme del mundo atropelladamente,
contaminándome su oscuridad, corroyendo
con su tísico aliento el encanto de la vida (págs. 59-60).

Como en todos los pueblos caribes de América, los shamanes hacen ofrendas y sacrificios en el ritual que une esta vida con las otras. Tal es el ejemplo del ritual akaatompo de la etnia kariña de mi natal Mesa de Guanipa, en el estado Anzoátegui de Venezuela, para sumar otro ejemplo perviviente en Suramérica. Esto no escapa al poeta, que es testigo de esa historia ancestral: la noche del Huamandakaeri es también el conjuro a Huarikurat, “el hombre que vaga por la selva”, hasta concertar el viaje al Seron-Jaive, “el río subterráneo donde están instalados todos los muertos” (pág. 61). A esta suerte de Averno propio acuden las almas en su viaje errante e incierto, y “el loro Yonka / deja pasar si ofrecen algo de yuca”.

Pero también era la noche del Huamandakaeri,
el chamán que sanaba con plantas medicinales,
el que azotaba con la ortiga llamada isanga,
echando humo de tabaco por mi cuerpo entero
y chupando la piel enferma, mientras cantaba (pág. 60).

Poderosa esta poesía de Alfredo Pérez Alencart en su aliento largo y tendido para mostrar trazos de un continente cuya historia está tanto en los libros de viajes y en los libros perdidos, como en los libros de fábulas y la grande poesía americana del siglo veinte, del diecinueve y de cuanto lleva en su curso el actual siglo veintiuno. Sin negar que también antes y durante la colonia surgieron voces y versos, hablas y mitos que la historia revisa y que compendian no pocos documentos. Amplio espectro este para orientar estudios y búsquedas, en cuyo portal ha de aparecer sin dudas el nombre y la obra de nuestro querido amigo y fraterno poeta Alfredo Pérez Alencart. Valga, por ahora, esta modesta cercanía a su voz en Perú en alto (2020); obra tributaria a una huella que se suma a toda su creación mayor.

José Pérez

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