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Etimologías literarias:
escribir
(y codex descriptus, descripción, escriba, escribano, escribidera, escribidor, escritor, escritorio, grafomanía, inscripción, notas tironianas, transcripción)

lunes 11 de diciembre de 2023
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Etimologías literarias: escribir, por Daniel Buzón
La primera acepción de scribere es esculpir, marcar, acuñar moneda con una imagen o incluso dibujar.

Se conoce que la raíz indoeuropea *skrîbh significa “cortar” o “grabar”, que es obviamente el modo como se escribía en los inicios, ya fuera sobre metal, piedra, cera, arcilla o madera. La primera acepción de scribere es precisamente esculpir, marcar, acuñar moneda con una imagen o incluso dibujar. Tanto este sentido como los posteriores van parejos, semántica y culturalmente hablando, con el del griego gráphō.

Destaca en latín, sin duda, la expresión leges scribere, es decir, aprobar leyes, que lleva implícito el ponerlas por escrito. Cuenta Tito Livio (III. 31-33) que andaban los romanos patricios muy mohínos porque se les revolucionaba la plebe. Así que mandaron a Atenas una embajada que copiara las leyes de Solón y crearon, a su vuelta, un decenvirato para escribir o promulgar la nueva legislación, que resultó ser la de las XII tablas. Ahí scribere significa plasmar y roborar lo que se dice, de acuerdo con el étimo de ley: *leg-. Esa dimensión administrativa se halla en otros usos: hacer una leva, scribere milites; dar la ciudadanía, scribere cives; hacer testamento, scribere testamentum, etc.

El sentido literario, junto con el epistolar, está ya en los primeros autores, como (Macio) Plauto, cuando ironiza sobre su comedia Asinaria, que había tomado de un comediógrafo griego:

Demófilo la escribió y Macio la tradujo a esta lengua bárbara.

Acaso por esa vulgarización del término común scribere, que ya no quería decir grabar, para la incisión de letras en un monumento se empleó pronto el derivado inscribere, como en castellano. De todos modos, titular un libro también se decía así y la inscriptio solía venir en esa etiqueta que colgaba del rollo o volumen.

El término latino para escritor era scriptor, formado a partir de la raíz scrib– más el sufijo nominal de acción –tor, como en doctor, locutor.

En cuanto al escritor, el término latino era scriptor, formado a partir de la raíz scrib– más el sufijo nominal de acción –tor, como en doctor, locutor, sonorizado en –dor en castellano patrimonial, como comunicador, etc. Su femenino etimológico sería escriptriz, como en emperatriz o actriz, pero el antiquísimo sufijo -a (indoeuropeo) para crear femeninos se volvió tan funcional en español que saltó de los temas en -o a los consonánticos ya en la Edad Media: los modernos jueza, concejala y presidenta se deben acaso más a esa tendencia lingüística que a otra cosa. En italiano, en cambio, el vocablo es todavía scrittrice, como autora es autrice.

En tiempos de Livio Andrónico, III a. C., al escritor se le llamó scriba, pero luego este vocablo pasó a significar notario. Sobre esta profesión, trasunto prosaico de la literaria, cabe advertir que la palabra escriba ganó incómodas connotaciones gracias a la Vulgata, que la emparejó con fariseo y judío, como se advierte muchos siglos más tarde en el famoso soneto de Quevedo a un tipo narigudo, según muchos, Góngora.

Érase una nariz sayón y escriba…

Por lo tanto, durante el Medievo, el latín burocrático dejó a un lado scriba o tabellio para desarrollar notarius, o sea notario, que proviene del término que designaba a los taquígrafos (del griego tachys, rápido, y gráphō), normalmente esclavos que utilizaban abreviaturas, como las famosas notas tironianas, de Tirón, secretario de Cicerón.

Esos notarii son dignos de mención porque nos dan idea de cómo era el proceso de escritura en Roma. Como explica el diccionario Forcellini, los abogados llevaban consigo a sus notarios, que anotaban sus discursos, a menudo luego publicables, convenientemente pulidos, o redactaban las actas judiciales. En su casa, los propietarios ricos contaban con notarios que apuntaran sus ocurrencias, durante sus horas de estudio. Explica Marcial sobre este tipo de amanuenses:

Por más que corran las palabras, la mano todavía va más rápido.

A pesar de que la antigua profesión se extinguió sin dejar mucho rastro, renació de otro modo en la tardía ars dictandi de las cancillerías.

Durante el Medievo, cuenta Du Cange que fue llamada escritorio la sala donde los códices eran copiados por los monjes.

Escribano proviene de un cambio de declinación medieval de scriba -ae a scriba scribanis, a partir de un acusativo scriban(em). Escribiente está formado con el conocido sufijo agente –nte, cuyo origen es el antiguo participio de presente. Escritorio remonta a un adjetivo scriptorius que calificaba cuanto era relativo al acto de escribir. Como sustantivo significaba estilete para escribir en una tablilla de cera. Durante el Medievo, cuenta Du Cange que fue llamada escritorio la sala donde los códices eran copiados por los monjes que habían sido escogidos como scriptores por el abad, el cual impedía que los hermanos estuviesen ociosos seleccionándolos para una de dos “tareas manuales”: las obras del monasterio o la copia. Posteriormente, se reconoció un valor espiritual a dicha labor porque proporcionaba abundancia de escrituras sacras a la congregación, siempre que los copistas no se distrajeran dibujando monigotes o comentando bobadas, como advierte Alcuino de York:

Que en el escritorio se sienten a escribir el sagrado verbo de la ley (divina)
O los dichos de los santos padres.
Pero que no se les ocurra meter frivolidades entre las palabras copiadas,
Con las cuales se extravíe la mano,
(…) Y el lector en la Iglesia, ante los píos hermanos,
Lea algo incorrecto o se quede de pronto callado.

No sé si intuía el consejero de Carlomagno que tenían más pasta de escritor los copistas rebeldes que los obedientes.

Escribidor es la forma analógica, la cual sustituye la irregular y correcta, escritor, que es lo que suelen hacer los niños (como, en vez de hecho, hacido*), lo cual potencia su acepción irónica y despectiva, como en la conocida obra de Vargas Llosa. Escribidera es un bonito término centroamericano para grafomanía, helenismo moderno de evidente formación.

Describere y transcribere venían a significar lo mismo, copiar. Por eso hablamos en crítica textual de transcribir un manuscrito y de codex descriptus, el manuscrito que es una simple copia de otro y por lo tanto no tiene demasiado valor en la transmisión del texto ni nos ayuda mucho en la búsqueda del arquetipo. El substantivo descriptio, en cambio, o descripción, parte del segundo sentido de describere, dibujar, y fue uno de los ejercicios, llamados progymnasmata, que preparaban al alumno que pasaba del estudio de la gramática a la retórica. El retor Aftonio de Antioquía la llamaba, en griego, écfrasis. Hasta llegar por ejemplo al considerado maestro clásico de la descripción, Azorín, habría mucho que decir.

¿Qué hay de las circunstancias que acompañan al proceso de escritura? ¿Padecían romanos y griegos los modernos terrores de la hoja en blanco? Podía darse el caso, claro, de que el estro de un poeta no lo estimulase mucho en relación con un tema determinado, como le pasaba a Propercio, que tenía encomendado cantar las glorias de la Roma augustea y no pudo ponerse hasta que se desengañó completamente de su amor por Cintia.

Ese orden al que se refería Horacio permitiría saber qué decir y qué callar o si es necesario adelantar o retrasar algún episodio, como había enseñado a hacer Homero.

Pero en general, por lo que cuenta Horacio en su Arte poética, sus contemporáneos, ya dictaran a los notarios o escribieran con su propia mano, tendían más bien a abalanzarse sobre el proyecto pergeñado sin medir mucho las propias fuerzas. El poeta de Venusia aconseja pues valorar primero la enjundia de la labor que se acomete, para que no falten luego las palabras, las ganas o un sentido del orden o de la simetría, lo cual produciría monstruos. En aquel entonces no hubieran sido aceptables ni la escritura automática de los surrealistas ni el desafío de Gómez de la Serna a su propia capacidad creativa, cuando pretendía escribir de una sola vez, sin corregirse. Ese orden al que se refería Horacio permitiría saber qué decir y qué callar o si es necesario adelantar o retrasar algún episodio, como había enseñado a hacer Homero. Los antiguos eran conscientes de que soltarlo todo no es de buen escritor, como recordaba Hemingway con su teoría del iceberg para explicar el proceso de redacción de un cuento.

En cuanto al método de elaboración del manuscrito final, cuenta Suetonio que Virgilio compuso las Geórgicas escribiendo del tirón una chorretera de versos toscos por la mañana, que luego pulía por la tarde como la osa lame a sus oseznos, tras parirlos, para darles adecuada forma, según decía él mismo. El gramático Servio atribuía años de enmienda tanto para esta obra como para las Bucólicas. Con la Eneida procedió así: primero la escribió en prosa, luego la dividió en doce cantos y después fue componiendo sin orden una primera mano, con medios versos que venían a ser puntales, a la espera de las columnas definitivas. Aunque no pudo corregir porque murió antes.

Sabían los romanos que escribían en el centro de la civilización, pero estaban algo acomplejados frente a los griegos. Salustio lamenta que las hazañas de los atenienses sean más conocidas que las romanas, no por mejores, sino porque les dio fama una pléyade de buenos escritores. Muchos siglos más tarde Mariano José de Larra se quejaba de que escribir en el centro de la civilización, entonces París, como Chateaubriand, es escribir para la humanidad, mientras que:

Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta.

¿Qué diría hoy día en que se va poco al teatro, el cine es un producto cada vez más vacío y comercial para distintos nichos de mercado, mil blogs leídos por unos cuantos miles, a lo sumo, inundan el casi único canal de difusión, la red, y cada tribu social, de acuerdo con preferencias identitarias, ideológicas, semiculturales o lúdicas, tiene su propio clásico, su eminencia y sus jóvenes promesas, ignorando o, en el mejor de los casos, odiando, despreciando, cancelando y negándose a conocer los del vecino?

Pero no nos dejemos influir por la melancolía larriana, que al poco lo llevó al disparo en la sien, y alegrémonos de que los medios nuevos hagan leer y escribir más a todos de lo que era común hace sólo treinta años, y que sea del modo como a cada quien le dé la real gana.

Daniel Buzón

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