Servicio de promoción de autores de Letralia Saltar al contenido

Etimologías literarias:
catarsis

lunes 9 de octubre de 2023
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Aristóteles
Una frase de Aristóteles fue la fuente de múltiples teorías sobre la catarsis teatral. Jastrow • Busto de Aristóteles en el Palacio Altemps, Roma

En rigor, habría que ahorrarse líneas de verborrea, resumiéndolo todo de este modo: el adjetivo griego kátharos quiere decir puro o limpio y su derivado kátharsis significa purgar, en sentido físico, fisiológico y religioso. Aristóteles decía que el teatro drenaba ciertos afectos, como cuando una película hace llorar y uno se queda al final como nuevo. Kátharos, según Chantraine, no tiene étimo, aunque hubo un kótharos, más antiguo. Se acabó.

Ocurre, sin embargo, que este vocablo probablemente defina el espíritu no ya de la literatura sino del arte en general, que ha sido visto como ejemplo y modelo por los clasicismos, como evasión o estimulante por los decadentismos, pero como expresión de las pasiones reprimidas por los romanticismos. La catarsis es esto último, grosso modo, aunque desde el punto de vista del espectador: la purga de los sentimientos negativos o insatisfechos y el desahogo subsiguiente. Quien estaba enfermo de amores en 1774 podía leer Las penas del joven Werther y paliar el propio dolor mediante el suicidio del protagonista, como un sucedáneo. Aunque podía caer víctima del efecto Werther y suicidarse él también, un caso de mimetismo la mar de común que va del arte a la vida, y no al revés, como planteaba Aristóteles.

Es precisamente cierta frase del Estagirita la fuente de múltiples teorías sobre la catarsis teatral. Lo cierto es que el término en sí tiene también, ya desde antiguo, un fondo religioso. Cuando Odiseo hace una escabechina con los pretendientes (canto XXII de la Odisea), ordena a las esclavas que limpien (kathaírein) la sala, llena de cadáveres sangrientos. Recuérdese que Zeus protegía a los huéspedes. Se trataba pues de purificar la casa de un crimen cometido también contra la sagrada hospitalidad. Por su parte, Telémaco manda dar una muerte deshonrosa, literalmente no limpia (mē katharõi), a las sirvientas que habían complacido a aquéllos:

Les arrebataré la vida con una muerte impura
A estas, que derramaron oprobio sobre mí
Y sobre mi madre, yaciendo con los pretendientes.

Así que tranquilamente las ahorcan en el patio. Más tarde Odiseo fumiga con azufre todo el palacio.

Promovían la catarsis los pitagóricos, que influyeron en el presocrático Empédocles.

Los kathármata, como los phármakoi, eran unos tipos que servían de chivos expiatorios para eliminar, por ejemplo, epidemias, y dejar limpia la polis. Los mataban o los expulsaban públicamente de la ciudad. La traducción viene a ser “desechos”. Hay que poner esto en relación con que al parecer en la Roma arcaica un hombre condenado como “sacro”, a causa de algún delito, quedaba entregado a un dios y podía ser asesinado impunemente.

En el orfismo esta religiosidad del término pasa a ser personal: la purga de las pasiones corporales. Igualmente promovían la catarsis los pitagóricos, que influyeron en el presocrático Empédocles, autor de los Katharmoí o Purificaciones. Un discípulo suyo, el retor Gorgias, aplica la catarsis al poder de la palabra. Este mismo concepto aparece en su vertiente órfico-pitagórica en boca del Sócrates platónico (Fedón, 67c):

¿La catarsis no es acaso, como decíamos, separar el alma del cuerpo lo más posible y habituarla a recogerse y a concentrarse en sí misma, retirándose de todas las partes del cuerpo, y a vivir tan sola como pueda, en el presente y en el futuro, libre de las ataduras corporales?

La palabra en este sentido último tiene su resonancia en los cátaros medievales, una herejía maniqueísta que creía que los “puros” o perfectos eran los únicos que se salvarían, sin mácula del mundo material, célibes medio veganos, y funcionaban como una especie de catalizador de la impureza de los demás creyentes. Asimismo, la katharévusa es desde el siglo XVIII el habla purificada frente al griego demotikí (popular), con vistas a aproximarse al clásico. Aunque ha resultado un relativo fracaso, que sólo pervive en la iglesia ortodoxa.

 

Aristóteles y su catarsis

Volviendo estrictamente a la literatura, la célebre frase de Aristóteles, de la Poética [1449b], se ha interpretado de más modos que la mayoría de citas grecolatinas. Antonio López Eire la vierte así:

La tragedia (…) a través de la compasión y el terror lleva a término la expurgación [catarsis] de tales pasiones.

En cualquier caso, se da por supuesto que el placer de la mímesis y la identificación posibilita la purga. Por desgracia, parece que explicaba con más detalles el concepto en el libro segundo de la Poética, pero está perdido. En el siglo XVI esta catarsis se entendió entre los preceptistas italianos como un fortalecimiento ante la vida, mientras que en el XVII fue vista entre los franceses (sobre todo Corneille) como una purificación moral, que mejoraba virtuosamente al espectador, y así se mantiene en Diderot y en Lessing, con matices. Para Rousseau eso de la elevación ética del teatro griego es una pamema, puesto que este último sólo servía para divertir y fortalecer el carácter nacional.

Goethe reduce ya la catarsis a un requisito meramente estético necesario para una tragedia bien acabada. Nietzsche rechaza de plano la propia teoría del filósofo griego, puesto que veía en el teatro no una especie de lavativa, sino un tonificante revitalizador: por lo visto, el autor de Consideraciones intempestivas no advertía ningún riesgo como el efecto Werther, digamos un efecto Orestes o Medea. A Bertolt Brecht le parecía que había un teatro burgués de raíz aristotélica, que emborrachaba al espectador con una emotiva identificación mimética para evacuar el exceso de ciertas pasiones. Él quiso crear, en cambio, algo así como un teatro racional puro que educara intelectualmente al público.

 

La catarsis es habitual, como una medicina y un alivio, que conduce al placer, al curar del miedo y de la compasión.

Cómo entender al filósofo

Pero la madre del cordero está en la interpretación académica del pasaje. Se cumple casi un siglo y medio de una disputa más alemana que bizantina, es decir, aún más intrincada y quizá no menos inútil. Primeramente, hay que poner en relación con el texto anterior el de la Política (1341b-1342a), en que se habla de la triple función de la música: ética, práctica y entusiástica. Sobre todo, en la última, de carácter religioso, la catarsis es habitual, como una medicina y un alivio, que conduce al placer, al curar del miedo y de la compasión —demasiado abundantes en algunos individuos, sobre todo los melancólicos—, pero también de otras pasiones.

El filólogo clásico decimonónico Jacob Bernays, profesor en Breslau y Leipzig, amigo de Mommsen, abrió la caja de Pandora negando la tradición idealista en la interpretación del pasaje de Aristóteles. Para él, el Estagirita sólo se refería a una purga de tipo médico, para nada moral. El corpus hipocrático se lo confirmaba. La cura funcionaría de un modo homeopático, exacerbando el humor de las pasiones opresoras del organismo para que se produjera una evacuación o purga del elemento sobrante y se restableciese el equilibrio.

Otro filólogo alemán, pero del XX, Wolfgang Schadewaldt, remachó este mismo clavo. Tradujo phóbos y éleos, no como miedo y compasión, sino como terror o espanto y aflicción, para que se evidenciara que eran pulsiones psicosomáticas elementales, no sentimientos elevados. Así pues, no había nada moral: todo era mera fisiología y medicina. El mismo Albin Lesky, otra eminencia del ramo, dio por suficiente esta interpretación.

Pero otro teutón, Max Pohlenz, más veterano que los dos anteriores, fue el que se opuso a esa vulgarización del espíritu trágico: sin duda la explicación fisiológica era básica en Aristóteles, pero conducía a un fin moral superior, aunque Pohlenz suele considerar al filósofo como un meteco ajeno a la verdadera Grecia e incapaz de comprender sus altos valores.

Según Laín Entralgo, el placer de la catarsis aristotélica es físico, pero acaba coligado con la naturaleza y la felicidad propias del hombre.

Ahí lo toma el médico aragonés Pedro Laín Entralgo (La curación por la palabra en la Antigüedad clásica, 1958), que hace un buen resumen de toda la cuestión. Según él, evidentemente el placer de la catarsis aristotélica es físico, pero acaba coligado con la naturaleza y la felicidad propias del hombre, que son intelectuales y por lo tanto divinas. Recuerda, no obstante, que la tragedia griega tiene origen religioso y moral y, en consecuencia, sus melodías dionisíacas y entusiastas ya dan lugar a la purga mencionada. Basta recordar la Política (1341a) en que se dice literalmente que la flauta no es ética, sino orgiástica (o sea propia de los cultos a Cibeles y Dionisos), y que conduce más a la catarsis que a la enseñanza. Admite Laín Entralgo que Aristóteles usa ese sentido religioso conjugado con el de la catarsis médica, que efectivamente se efectuaría según la teoría del filósofo (p. 329):

En ella se producía una purgación térmica y humoral de la crasis, especialmente intensa en los melancólicos, mediante la cual volvería el cuerpo del espectador a una disposición más concordante con su naturaleza.

Pero añade que el Estagirita entiende muy helénicamente el valor educativo y edificante del espectáculo trágico, sin menoscabar en nada su dimensión intelectual, es decir, su momento dianoético o lógico. Antes al contrario, basaría dicha catarsis en la palabra (logos). Y ello permite a Laín Entralgo acuñar la fórmula definitiva “catarsis verbal ex auditu”.

 

Especie de conclusión

Ya dije que el tema tenía miga. La discusión académica aún trae cola. A mí me parece adecuada la visión holística de Laín Entralgo, aunque, humildemente, tendría mucho más en cuenta la tradición órfica, pitagórica y platónica.

Por terminar digamos que, como recuerda el mismo Laín, Menéndez Pelayo había resumido tiempo atrás el asunto con mucho tino, afirmando que, si se dejan a un lado polémicas de exegetas:

La purificación de los afectos no viene a ser otra cosa que el restablecimiento de la sôphrosýnê, templanza y aquietamiento de las pasiones, tan divinamente celebrada en los diálogos socráticos.

Daniel Buzón
Últimas entradas de Daniel Buzón (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio