Servicio de promoción de autores de Letralia Saltar al contenido

El astronauta, de Christina Wood Martinez
Traducido al español por Lola Ortiz Vargas

sábado 30 de mayo de 2020
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Christina Wood Martinez
Christina Wood Martinez ganó el Premio Shirley Jackson 2018 con su relato “The Astronaut”.

Nacida en 1986 y originaria de San Diego, California, Christina Wood Martinez realizó su Maestría en Bellas Artes en la Universidad de Washington en St. Louis, donde también trabajó como asistente editorial en Dorothy, un proyecto editorial independiente. Ha enseñado escritura creativa y composición en la Universidad de Washington, la Universidad del Sur de Illinois y la Universidad de Georgia, donde actualmente está matriculada como estudiante en un doctorado en Inglés y Escritura Creativa. Es la fundadora y editora de echoverse, una publicación que aparecerá próximamente en la que se tratarán temas sobre el medio ambiente y el cambio climático.

Sus relatos han sido publicados en Granta, Virginia Quarterly Review, Sewanee Review y Literary Review, entre otros. Su historia “The Astronaut” ganó el Premio Shirley Jackson 2018 y recibió una mención como “relato distinguido” en la antología The Best American Short Stories (2019). Los relatos “The Astronaut” y “Beautiful Young Women” fueron las lecturas recomendadas por los editores de The Paris Review.

 


 

El astronauta
Traducido al español por Lola Ortiz Vargas

Cuando los astronautas empezaron a caer a la Tierra, Peter no pudo dormir. Nos pasamos la noche mirando la televisión. La cámara alternaba imágenes de la mota negra, situada kilómetros por encima de las afueras de Albany, con otras, muy ampliadas, del astronauta en su traje blanco, suspendido en el aire, con los brazos extendidos y las palmas hacia atrás, como si abrazara el aire detrás de él.

La voz del presentador anunció:

—Ha conseguido lo que ningún hombre había logrado antes. ¿Qué nos dirá sobre la frontera de lo desconocido?

Casi cada día aterrizaba un astronauta en la Tierra. En la televisión los sacaban en sus nuevos puestos de trabajo.

Peter estaba sentado al filo de su butaca y apenas apoyaba el peso en ella. Pensé que así tenía un gran parecido a nuestra perra cuando esperaba en la puerta de casa muy emocionada por salir a pasear.

Un grupo de personas se había reunido en una granja donde habían predicho que el astronauta aterrizaría. Lo esperaban en grupos de a cuatro sosteniendo entre sí una sábana tensada. Caía despacio, como una pluma. La brisa lo desvió un poco hacia el este. Al aproximarse, la multitud lo vitoreó, pero cuando la silueta de su cuerpo y las tiras rojas de las piernas del traje se pudieron ver con más claridad, enmudeció. Fueron cuatro monjas las que lo atraparon con la sábana y lo dejaron caer con cuidado en el suelo. Ellas lo miraron, y Peter y yo también mirábamos, por la televisión, al astronauta tendido boca arriba. La cámara hizo un zum. Todos esperábamos. Al final, el astronauta se movió despacio. Se levantó, inspeccionó los alrededores y se abrió paso entre la multitud que se había dividido en dos. Al andar hacia la carretera, los pies le rebotaban ligeramente contra el suelo.

Casi cada día aterrizaba un astronauta en la Tierra. En la televisión los sacaban en sus nuevos puestos de trabajo. Se convirtieron en administrativos en bancos, maquinistas en fábricas, pintores de letreros y carteros que iban por las carreteras del país rebotando ligeramente con sus bolsas de correo. La gente los homenajeaba, los invitaba a cenas, a concursos de tartas y desfiles. Las marcas de coches y los equipos de fútbol americano de los institutos cambiaron sus mascotas por hombres con casco y traje blanco. Las fiestas de temática astronáutica eran lo más, y las revistas femeninas publicaban recetas de ponches espaciales de lima-limón, crocanti de asteroides y medialunas. En los bailes, las chicas hacían cola para bailar con ellos. Peter y yo estábamos contentos por ver que se integraban en la sociedad.

Mientras veíamos la conferencia de prensa, yo doblaba la ropa. Cinco representantes de los astronautas, todos ellos con trajes idénticos, excepto el del medio, que tenía una insignia de metal en el pecho, estaban sentados frente a un cuadro del sistema solar con nuestra bandera clavada en cada uno de los planetas.

Los periodistas lanzaban preguntas:

—¿Hay vida en otros planetas?

—¿Qué aspecto tiene el infinito?

—¿Huele el espacio?

—Si agotáramos todos los recursos naturales de la Tierra o la destrozáramos, ¿existe algún otro planeta tan próspero como este en el que pudiéramos reubicarnos?

Pero los astronautas no respondían.

—¿Era posible, desde la distancia, ver con mayor perspectiva el lugar que ocupa la Tierra en el universo y la razón por la que estamos aquí?

—¿Están encendidos los micrófonos? —gritó un reportero.

—¿Es que acaso pueden oírnos a través de los cascos?

—¿Se sentían solos allí fuera? —preguntó otro.

El que tenía la insignia de metal asintió.

Peter arrastró la mesita con el televisor hasta el comedor y lo colocó al final de la mesa. Miramos la retrasmisión mientras cenábamos.

—¿Qué tal el día? —pregunté.

— Chist —dijo Peter.

—¿Más pollo? ¿Y judías? —quería fastidiarle—. ¿Te ha llamado Sandra? Y George, ¿puede andar ya?

Peter arrugó la vista. Pude ver la luz del televisor en sus pupilas. Parecía un caballo viejo y delgado masticando heno. Me serví más guisantes y empecé una lista mental con toda la comida que tenía que ir a comprar al día siguiente al pueblo.

Cuando pusieron anuncios, le pegó un bocado al pollo, se recostó y deslizó la mano bajo la cintura de los pantalones, donde yo suponía que tenía un principio de hernia. Vio que le miraba la mano y se arrancó a hablar:

Imagino que un ratón no estaría muy contento si supiera que se ha convertido en alimento para rosas, pero supongo que así es el ciclo de la vida.

—Este George Ziegler es el tarugo más estúpido que conozco. Se torció el tobillo la semana pasada y hoy se ha rebanado la punta del pulgar con una sierra de taladro. Nos ha llamado diciendo cosas sin sentido entre sollozos. Es un peligro para sí mismo. Deberían ponerle una camisa de fuerza.

—¿Le han dado puntos? —pensé en llevarme mi plato, pero lo dejé.

—Dos.

Peter había sido bombero antes de que las rodillas le empezaran a molestar. Los últimos diez años había trabajado en la central respondiendo al teléfono, llevando al día las cuentas, manteniendo el orden. Vivíamos en un pueblo pequeño y bastante esparcido entre los bosques de las colinas. Muchas veces, cuando el médico estaba ocupado, los bomberos hacían de médicos para lesiones leves y el camión hacía las veces de ambulancia.

—Pues no son muchos —dije.

Me chupé el dedo y rasqué una mancha que había en el mantel. No merecía la pena entrar en el tema de si George Ziegler, que tiene una placa de metal en la cabeza y puede que trozos de metralla debajo, debería o no vivir solo. Era una discusión sin fin; Peter estaba empeñado en que lo mejor era dejarlo en paz.

Me sorprendí a mí misma diciendo:

—Hoy he quitado las malas hierbas. En el jardín hay casi más dientes de león que verduras, pero las rosas están floreciendo. He cocinado seis kilos de tomates. Los envasaré esta noche, si tengo fuerzas. Y al bajar al sótano, he visto que una de las ventanas se ha roto. Un ratón ha entrado, creo que por el agujero, y ha caído en la trampa. Pobrecito, lo he enterrado en el campo de rosas. Imagino que un ratón no estaría muy contento si supiera que se ha convertido en alimento para rosas, pero supongo que así es el ciclo de la vida.

—Siempre hay algo que arreglar —dijo Peter.

El telenoticias había vuelto y Peter volvía a masticar. Llevé los platos a la cocina y los lavé. Nuestra casa era un corta y pega de proyectos a medias de Peter: el armarito de la cocina sin puerta, la mosquitera del porche sin acabar, la mesa que hizo mi padre, lijada, pero sin pintar. Dejé los platos secando en el escurridero junto a la pica y el agua goteó entre los azulejos donde había saltado la silicona. Puse la bayeta en el suelo para parar las gotas que caían.

Por la mañana saqué a pasear a la perra. El sol despuntaba y Peter todavía dormía en su habitación, en la planta baja. Él roncaba; yo tenía el sueño ligero. Hacía tantos años que no compartíamos cama, que había perdido la cuenta.

La perra se despertó cuando yo bajaba las escaleras. Se desperezaba despacio. Estaba mayor. Meneó la cola y se contoneó como siempre hacía mientras yo cogía su correa. Agarré su cabeza entre mis manos y le miré los ojos, esa mirada de emoción salvaje tan parecida al terror o, tal vez, al amor incondicional.

Salimos. La hierba estaba mojada y aplastada por el rocío, los árboles estaban moteados con los brotes de las nuevas hojas de primavera y vimos a una mamá pato con seis patitos atravesar el bosque zanqueando hacia el arroyo. Nos paramos en la pradera, solté a la perra y me senté en un tronco. Era nuestra rutina habitual. Ella se alejó y yo me quedé con mis pensamientos.

Como de costumbre, me vino a la mente la cara de mi madre, no como la vi por última vez cuando estaba enferma y muriéndose en nuestro cuarto de invitados porque el tratamiento había dejado de funcionar, sino la imagen de una fotografía de joven. Mi hermana y yo estábamos sentadas en su regazo, nos rodeaba con sus brazos y sonreía, con la boca entreabierta, como si acabara de inhalar el fantástico aire del verano. No recuerdo cuándo se tomó la foto. Yo era muy pequeña e Iris sólo un bebé. Iris… Había recibido una carta suya hacía unos días. Acababa de ser abuela otra vez. Tuvo a sus hijos siendo joven y ahora tenía varios nietos. Incluía una Polaroid del bebé: era una niña.

Pensé en Peter. Una vez, recién casados, encontró un escarabajo en el pan de un sándwich del que ya se había comido la mitad. Era más pequeño que la semilla de una amapola. Se puso rojo, pero siguió y se lo comió todo.

Se me escapó una risita. Muchas veces no estaba segura de por qué pensaba lo que pensaba.

Silbé, pero la perra no me oyó. Grité su nombre. Después de un momento vino corriendo, llena de lodo, sonriendo con su sonrisa perruna.

—Buena chica —dije.

Al volver a casa, cocinaría beicon para ella y Peter entraría de morros en la cocina preguntando dónde estaba el suyo.

Escondido en la hierba había un astronauta, tendido con su traje boca arriba, sin moverse.

Cuando llegamos, me quité el barro de los zapatos. Peter, vestido con su peto, se acercó apresurado, sin respiración.

—¡Ven! ¡Ven! —dijo agitando los brazos.

Suspiré y lo seguí.

Se había puesto a cortar la hierba que había crecido sin control en la parte trasera de la casa. No nos habíamos ocupado de ello desde hacía tiempo; había crecido mucho y se estaba estropeando. Escondido en la hierba había un astronauta, tendido con su traje boca arriba, sin moverse.

—¿Deberíamos llamar a los bomberos? —pregunté.

Peter le tocó con la punta del zapato. Después de un momento, se movió despacio. Lo vimos ponerse en pie. Miró a su alrededor: nuestra casa, la arboleda de olmos que bordeaba el jardín y, entonces, a nosotros. Era alto. Su casco sobresalía casi medio metro por encima de nuestras cabezas.

—¿Caballero, querría pasar? —preguntó Peter.

El astronauta miró hacia la casa y anduvo hacia ella. Sus botas rebotaban sobre la hierba recién cortada.

Preparé té. Él estaba sentado en la mesa de nuestra cocina mirando a través de la ventana. Limpié algunas uvas y las puse sobre la mesa. La perra salía y entraba dubitativa, echaba un vistazo, cambiaba de opinión y volvía al salón con el rabo entre las piernas.

—¡Vaya viaje! —dijo Peter—. Debe de haber tenido buenas vistas. ¿Cómo fue el descenso? ¿Alguna turbulencia?

Le serví una taza, la de porcelana buena, de China, pero no la tomó.

Peter seguía hablando:

—Ha escogido un buen día para aterrizar. No hacía mal tiempo, ni soplaba mucho viento. Otro astronauta se vio en medio de una tormenta en Chesapeake y salió disparado al Atlántico. Por suerte un barco pesquero lo localizó y lo sacó. Dígame: ¿qué ha visto allí arriba? ¿Algún hombre de la Luna?

Su visor oscuro miraba al exterior por la ventana.

Peter le explicó el seguimiento televisivo. A un astronauta lo habían hecho encargado del mes en una fábrica de coches. Otro había encontrado a un perro que se había perdido y rechazó la recompensa. Y otro se había hecho policía y había impedido un atraco a un banco. El banco iba a erigir una estatua en su honor.

—Le encontraremos un trabajo en el que encaje —dijo Peter—. Claro que este es un pueblo pequeño. No hay una oferta muy amplia donde escoger, pero seguro que podemos poner a trabajar un par de manos competentes. ¿Cuáles son sus habilidades?

El astronauta giró la cara hacia la perra que lloriqueó, pero a la vez, movió la cola con esperanza.

Peter se quedó callado. En la silla, el traje del astronauta se tambaleaba aturdido de un lado a otro.

—Estará cansado —dije. Giró el casco hacia mí—. Venga, por qué no descansa un poco.

Se levantó y me siguió hasta la habitación de Peter, que era también la de invitados, donde se acostó por encima de la manta. Cerré la puerta con cuidado y no lo oímos moverse durante el resto del día.

Aquella noche, Peter y yo hablamos entre susurros:

—Por la mañana llamaré al doctor Shiner —dije—. Lleva mucho rato ahí; a lo mejor necesita atención médica.

—Es un astronauta —dijo Peter—. Si necesita ayuda, la pedirá.

—Bueno, aun así, deberíamos decirle a alguien que está aquí.

—Claro —dijo Peter—. En la central no darán crédito: ¡un astronauta en mi propio jardín!

Peter se dio la vuelta hacia mí y, por un momento, pensé que iba a besarme, pero en vez de eso, se ajustó los pantalones del pijama y se puso boca arriba. Él roncó toda la noche y yo estuve en una duermevela con sueños del astronauta flotando entre los anillos de Saturno.

Por la mañana, no vi al astronauta. Me di cuenta de que los platos de la noche anterior estaban limpios y colocados en su sitio. La perra estaba dormida junto a su juguete, parecía que ya había salido a hacer sus necesidades. Al final, Peter lo encontró fuera, en el jardín. Acababa de cortar el césped.

Con las manos en los bolsillos del peto me dijo:

Cada noche, cenábamos juntos, los tres. Nos sentábamos a ver la televisión en el salón, con la cena en bandejas y Peter con la pieza de cerdo o pollo del astronauta en su plato.

—A lo mejor nos podría echar una mano por aquí durante un tiempo.

Durante una temporada, el astronauta estuvo siempre ocupado. Quitaba el polvo y fregaba. Abonó y removió la tierra del jardín; crecían más verduras que dientes de león. Limpió las ventanas, arregló mi campanilla de viento y pintó la puerta principal de un precioso azul claro. Peter llamaba al trabajo y decía que no se encontraba bien:

—¡Vamos, campeón! —le decía.

Juntos acabaron la puerta del armario de la despensa, pintaron la mesa, volvieron a enyesar las encimeras, taparon las goteras del techo y colocaron tejas nuevas.

Era un fantástico cocinero, aunque no preparaba ni comía carne. Hacía pan con masa madre y preparaba las verduras de guarnición mientras yo preparaba el plato principal. Cada noche, cenábamos juntos, los tres. Nos sentábamos a ver la televisión en el salón, con la cena en bandejas y Peter con la pieza de cerdo o pollo del astronauta en su plato.

Ya no quería ver las noticias. Cambiaba de canal si, de repente, aparecía algo relacionado con los astronautas. En vez de eso, veíamos series como Bonanza o Mi bella genio.

Aparte de mi madre cuando estuvo enferma, nunca habíamos compartido la casa con nadie y no teníamos prácticamente familia. Mi padre había muerto en la primera guerra mundial. Yo tenía algunos recuerdos suyos, pero el de Peter se alistó pronto, así que él no los tenía. Su madre murió de un derrame cerebral dos meses después de que nos casáramos. Mi hermana se mudó a los dieciocho, en cuanto se casó. Y aunque nunca supimos si era cosa de Peter o mía —siempre di por hecho que se trataba de mí—, el caso era que no teníamos hijos.

Era agradable tener compañía, y la presencia del astronauta de alguna manera nos daba alegría. Cada noche, con una pelota de béisbol, él y Peter peloteaban un rato en el jardín. A Peter le gustaba entretenerlo con sus batallitas sobre los días en la guerra, y el casco lo seguía por el salón mientras él hacía como que tiraba una granada y gateaba detrás del sillón para demostrarle cómo era la vida en las trincheras.

Algunas veces, cuando veíamos el programa The Tonight Show podía ver cómo el casco se sacudía levemente, como si estuviera riéndose. Le gustaba sentarse en una punta del sofá, así la perra podía colocarse entre nosotros y apoyar la barbilla en su pierna. Le acariciaba la cabeza con el guante y ella lo miraba con aquella mirada salvaje.

—Ha llamado hoy June Daltry para invitarnos a una fiesta —le susurré a Peter cuando estábamos en la cama—. Sé que tú no querrás ir, pero he pensado que, a lo mejor, podría ir yo con el astronauta. ¿No sería una buena forma de romper el hielo?

Peter frunció los labios y siguió leyendo el periódico.

—Y, oye, ¿no crees que deberíamos llevarlo al colegio? A los niños les encantaría. Puedo llamar al director mañana. A lo mejor hay otros astronautas por esta zona, en Dewsbury o Fulton. Debería conocer a otros como él. Lo hemos tenido un poco enjaulado aquí.

Peter se dio la vuelta y se tapó con las mantas hasta la barbilla.

—¿Peter?

Lo oí mascullar:

—No quiere escuchar las estúpidas bromas de Roger, ni comer la insulsa comida de June. Es una mujer un poco tontina que se ríe como una cabra. ¿Y quién querría un montón de niños trepándole a uno encima como si fueran malditos monos en la selva? Qué falta de respeto. A él no le interesan esas cosas.

Me senté al lado del astronauta en el sofá, zurciendo calcetines. Él me sostenía el hilo, girándolo cada vez que necesitaba que soltara más. A él y a Peter se les habían acabado los proyectos y la casa estaba lo más limpia que podía estar.

—¿Te gustaría aprender a coser? —le pregunté.

Asintió con la cabeza.

Se quedó dormido y el casco cayó hacia mi hombro, pero se quedó flotando justo encima.

Traje el costurero. Su ayuda en la casa me había dejado tiempo para empezar una colcha de retales que quería enviar a mi hermana para su nueva nieta.

—Mira, primero enhebras la aguja, así —dije.

Humedecí el hilo con mis labios y la sostuve alto para que pudiera verlo.

—Prueba tú.

Sus guantes eran demasiado gruesos y no podía sujetar la aguja.

Le acaricié el guante:

—Puedes hacerme compañía.

Me vino a la cabeza una canción que mi madre solía cantar; cuando yo era niña, cantábamos todo el tiempo. A veces, cantábamos toda la noche con las luces apagadas, para no gastar, y las noches en que nevaba, nos sentábamos en la alfombra frente a la chimenea. Al rato, se quedó dormido y el casco cayó hacia mi hombro, pero se quedó flotando justo encima. Así se quedó, aunque a mí no me habría importado; de hecho, habría sido agradable, si lo hubiera recostado sobre mí.

Aquella noche soñé con él. Andábamos a través del denso bosque y lo oía respirar pesadamente a través del casco. La perra iba a nuestro lado, olisqueando el camino, y de repente ya no estaba. Él siguió, parecía saber adónde nos dirigíamos y, al cabo de un rato, encontramos una piscina natural alimentada por un arroyo. Había peces plateados aleteando en la superficie, esperando a que cayeran insectos.

Señaló un lugar en la orilla. Allí me senté en el suelo y él se quedó de pie, mirándome. Me vi reflejada en su visor con el pelo alborotado. Pude sentir el agua salpicándome la suela de los zapatos. Se arrodilló y se cogió la muñeca con una mano. Giró el guante y lo sacó. Tenía pelos negros en el reverso de la mano y los nudillos. La descansó en mi muslo y, entonces, deslizó sus dedos hacia arriba y me tocó entre las piernas.

En aquel momento me desperté. La habitación estaba a oscuras, era de noche y Peter roncaba a mi lado. No me moví. Cerré los ojos e intenté volver al sueño. Quería ir un poco más lejos.

Me desperté y le preparé un desayuno especial: huevos, no muy hechos, zumo de naranja recién exprimido y tortitas con plátano y chocolate en la masa.

Cuando entró en la cocina, exclamé:

—¡Sorpresa! Un desayuno especial, para ti.

Canté un verso de Es un muchacho excelente y me senté. Me di cuenta de que estaba sonrojada y sin aliento. Me había hecho un nuevo peinado. Me sentí estúpida. Él se sentó en la mesa, miró su plato, la cara sonriente que le había dibujado con sirope de chocolate en la tortita. Me pasé los dedos por el pelo para deshacerme los rizos.

Daban noticias de astronautas que habían tenido problemas de integración. Uno se había levantado de su puesto como controlador de calidad de arandelas y había desaparecido por completo. Otro había montado una escena en un restaurante. Se había negado a pagar la cuenta y, ya fuera, había derribado una señal con el coche. Y otro había pegado a su vecino, sin razón aparente. El hombre permanecía inconsciente en la cama del hospital.

—Parecía un vecino encantador —dijo la mujer de la víctima atónita en una entrevista en la puerta de su casa, en pantuflas—. Ayudó a Richard a limpiar los desagües tras una tormenta.

Un político dio un discurso alegando que deberíamos ponerlos en cuarentena, examinarlos, asegurarnos de que estaban en su sano juicio y podían vivir entre nosotros. Añadió que debíamos descubrir, de una vez por todas, qué sabían con respecto a los grandes misterios que nos aguardan más allá de nuestra atmósfera.

—Nuestros hijos los llaman héroes —declaraba el político—, pero no nos dicen si hay peligros al acecho allí fuera. Nuestras ciudades los han acogido, pero no sabemos si son traidores, espías que viven entre nosotros. Saber qué han visto es un derecho de cualquier hombre y, aun así, ellos se niegan a contárnoslo. ¿Por qué debemos suponer que son nuestros amigos y no intentan hacernos daño?

No me gustaba que viera esta clase de cosas. Miraba un poco las noticias mientras él paseaba a la perra, pero cuando desayunábamos las quitaba.

Una noche, Peter llegó a casa más tarde lo habitual. Nosotros estábamos cenando, una quiche vegetariana, sentados con las bandejas, mirando un programa sobre un astronauta-detective que resolvía crímenes particularmente misteriosos. Cuando Peter llegó, apagó la televisión. Se plantó frente a nosotros con los brazos en jarras.

—¡Mañana vamos a cazar faisanes! —declaró.

Le expliqué que los faisanes eran pájaros de tierra, pero el muy bobo no dejaba de mirar al cielo.

Cogió uno de los platos de porcelana, los de decoración, con la imagen de un faisán, y se lo enseñó. El astronauta le quitó el polvo y lo devolvió, con cuidado, a su sitio en la vitrina y Peter, que no había cazado en los últimos diez años, se pasó la noche limpiando su rifle y rememorando sus mejores tiros. El astronauta estaba un poco turbado; sin embargo, Peter hizo caso omiso. Preparó sándwiches de jamón y llenó una botella con whisky.

—Buena suerte —le dije a Peter bajo la manta mientras él se vestía con la luz apagada.

—No es cuestión de suerte —respondió.

No volvieron hasta el anochecer. Peter venía cantando con cuatro faisanes colgando de su hombro.

—¡Vaya botín! ¿Tú has disparado a alguno? —pregunté al astronauta.

Estaba de espaldas, con los hombros caídos, buscando platos que lavar.

—No —Peter respondió por él, sin mirarme a los ojos—. Le expliqué que los faisanes eran pájaros de tierra, pero el muy bobo no dejaba de mirar al cielo.

Echó un vistazo al astronauta y me susurró:

—Creo que es el casco, no le deja ver bien.

Había plumas por todo el suelo de la cocina. El astronauta cogió la escoba y las barrió.

Al día siguiente, durmió casi toda la mañana. La puerta de la habitación de invitados estuvo cerrada. No lo oímos moverse dentro.

—A lo mejor está enfermo —susurré a Peter—. Llamaré al doctor Shiner.

—Está bien —afirmó él y cogió las llaves de la camioneta—. Nada anima más a un hombre que trabajar con las manos.

A la hora de comer, llamé con suavidad a la puerta. Dentro no se oía nada. La abrí y lo vi estirado en la cama, boca arriba, tapado de pies a cabeza con la manta y los brazos caídos a los lados. Le traje un bol con sopa de tomate y algunas galletas saladas. Además, le dejé en la mesita de noche un jarrón con las últimas flores de otoño, de color melocotón clarito que desprendían un olor suave.

Había un leve movimiento bajo el traje. Era su pecho, moviéndose arriba y abajo. Lo pude ver respirar. Me pregunté: ¿quién estaría dentro?

Le acaricié el guante para ver si se despertaba. Le toqué la muñeca, donde el guante se conectaba con el brazo del traje. Lo giré, pensando en esa mano, larga, perfecta y delicada con bello negro en sus nudillos.

Peter dio un portazo con la puerta trasera. Se acercó a la habitación de invitados, traía un martillo. Me levanté y puse el dedo sobre mis labios.

—¡Chist! —dije—. Está durmiendo.

Salí y cerré la puerta tras de mí.

—Pero tengo un nuevo proyecto para nosotros —replicó.

—Dejémoslo descansar —le dije.

—Bueno, de todas maneras, parece que va a llover —respondió cabizbajo.

Al día siguiente, el astronauta se quedó en su habitación todo el día. Estuvo lloviznando. Pero a la mañana siguiente, me desperté con el sonido de palazos y martillazos. Él y Peter estaban colocando los pilares para un nuevo cobertizo. Los vi trabajar desde la ventana de la cocina. Por lo que parecía, el antiguo cobertizo, que ya era suficientemente grande, se quedaría en nada al lado del nuevo. Tendría que escucharlos dar martillazos todo un mes.

Para el cumpleaños de Peter, el astronauta había preparado patatas gratinadas con crema de espinacas y galletas.

Había vuelto a soñar con él la noche anterior. Andábamos por un lugar extraño donde los árboles eran lisos, altos como columnas, con mundos en lugar de hojas. El aire estaba calmado, el sol estaba bajo y rojizo en el cielo. Anduvimos durante un tiempo. Él me sostenía la mano y me guiaba; yo estaba emocionada, atontada, aunque no sabía adónde íbamos. Después de un rato, se paró y se giró. El sol rojizo se reflejaba en su visor. Se tocó el casco. Empezó a quitárselo y vi el hoyuelo de su barbilla y sus labios.

En aquel momento, afuera, Peter hacía gestos exagerados, explicaba una historia al astronauta mientras éste aserraba. Le había comprado una herramienta como la suya.

Para el cumpleaños de Peter, el astronauta había preparado patatas gratinadas con crema de espinacas y galletas, y había cocinado un pastel de varios pisos con un glaseado de chocolate. Yo freí los filetes en mantequilla.

Cuando Peter llegó del trabajo, me besó en la mejilla. Me costó esconder mi sorpresa.

—Feliz cumpleaños, cariño —dije.

Abrió sus regalos: un jersey de lana de mi parte y una casita para pájaros del astronauta. La había construido y pintado él mismo. Cuando estábamos cenando, le pregunté a Peter si habían celebrado su cumpleaños con los demás bomberos en el trabajo.

—No me gusta ir por ahí dándomelas de don importante —dijo él—. El teléfono sólo sonó una vez y eso ya es suficiente regalo para mí.

—¿No sería George?

—No, era la señora Dean, que había visto una zarigüeya en la entrada de su garaje a plena luz del día, así que nos llamaba para que le echáramos un vistazo. La hemos encontrado en el arroyo, corriendo arriba y abajo y sacando espuma por la boca. Claramente tenía la rabia. Mike la ha cogido por la cola y le ha dado un golpe en la cabeza. Entonces, hemos visto que había un montón de cachorros entre unas hierbas cercanas. Lo más seguro es que fueran suyos y la estuvieran siguiendo. Los he cogido y metido en un saco. No había mucho que hacer, más que ahogarlos. Parecía que estaban bien, pero probablemente eran demasiado pequeños para sobrevivir por su cuenta.

—¡Qué pena! —dije.

Canté el cumpleaños feliz y nos comimos la tarta, pero el astronauta no tocó su parte. Peter estaba en medio de una historia larga cuando éste se levantó despacio de su silla y salió de la habitación.

—¿Y ahora qué le pasa a este? —preguntó Peter.

Después de recoger, lo fui a buscar y lo encontré de pie en el sótano, mirando por una ventana no más grande que una caja de pan.

—¿Estás bien? —le pregunté y puse mi mano sobre su hombro.

Peter se asomó por las escaleras:

—De morros otra vez, ¿eh?

El astronauta se giró.

—¡Venga ya! ¿Por qué estás de morros? Viniste aquí, eras un extraño para nosotros y te acogimos. Te dimos una habitación y te mantuvimos gratis, sin pedir nada a cambio. No tienes ni idea de cómo están las cosas por ahí. Hay astronautas que se están yendo, poniéndose violentos y no nos dicen ni una palabra de todo el tiempo que han pasado flotando por ahí. ¡La gente está agitada!

—Peter —dije.

—¡No! —se había puesto a gritar—. No puedes morder la mano que te da de comer, ¡no está bien!

Dio un portazo con la puerta del sótano, pero la golpeó con tal fuerza que rebotó en el marco y se volvió a abrir. Las tablas del suelo rechinaron sobre nuestras cabezas.

Por la noche, pensé en ir a verlo, sentarme en el borde de la cama y pedirle perdón por el comportamiento de Peter. Me imaginé que pondría su cabeza en mi hombro y que yo le cantaría para hacerlo sentir mejor. Me imaginé que él pondría sus brazos alrededor de mi cintura y acercaría mi cuerpo al suyo. De puntillas, bajé las escaleras. Pensé que, al menos, debía asegurarme de que dormía.

La habitación de invitados estaba vacía y pude oír la televisión encendida en el salón. Pensé que Peter se la habría dejado antes de subir a la cama, pero allí estaba el astronauta, sentado en el sillón de Peter, con todas las luces apagadas y las noticias puestas. El presentador estaba informando sobre la votación del Congreso respecto a la expulsión de los astronautas.

Un grupo de astronautas, antiguos carteros, profesores sustitutos, reparadores de teléfonos, volvían al espacio, allí de donde habían venido.

Él me miraba y yo podía verme reflejada en su visor: la luz azul de la televisión y yo, en camisón, descalza, sin sujetador y el pelo rizado, una luna rosa en órbita en el espacio. Me pregunté qué pensaría él de mí.

Él asintió. Me lo tomé como un “buenas noches” y volví escaleras arriba, me estiré en mi sitio, al lado de Peter, que balbuceaba en sueños.

Por la mañana no estaba. Peter miró por toda la casa, el jardín y el bosque.

—¿Y si se ha perdido? —preguntó acelerado en la cocina, casi gritando—. ¿Y si alguien se lo ha llevado?

Peter se pasó el día dando martillazos, trabajando frenético en el cobertizo. Cuando cayó la noche, vi por la ventana de la cocina cómo golpeaba el marco hasta que éste cayó al suelo y se partió en pedazos. Me alejé de la ventana y me puse a colocar los platos que el astronauta había limpiado el día anterior.

Peter y yo miramos, por televisión, la lanzadera espacial. Un grupo de astronautas, antiguos carteros, profesores sustitutos, reparadores de teléfonos, volvían al espacio, allí de donde habían venido. Miramos el vídeo en el que se subían a la pasarela de la lanzadera, uno por uno. Había docenas de ellos, con sus trajes blancos y sus cascos rebotando, arriba y abajo. Querían volver. Saludaban al entrar a la lanzadera.

Peter se pegó a la televisión y miró atentamente a cada uno de ellos, pero no había forma de que supiera si él estaba allí o cuál de ellos era. Cuál era nuestro astronauta.

—Estoy muy confundido —dijo Peter.

Hubo una cuenta atrás y la lanzadera cruzó el cielo.

Peter se trasladó a la habitación de invitados sin decir ni una palabra. Me acosté e imaginé que el astronauta, la noche antes de marcharse, había venido a mi habitación y me había despertado con sus manos en mi pecho, tomando mis manos en las suyas. Yo me levantaba y salíamos al jardín, la luna estaba baja y amarilla. Empezábamos a elevarnos, él y yo, dejábamos la tierra atrás e íbamos hacia ese largo y parpadeante manto oscuro. No era un sueño. No pude dormir aquella noche.

También pensé en Peter, roncando en la habitación del astronauta; o a lo mejor también estaba despierto, mirando el techo, con sus ojos buscando, no el lugar de nuestro cuarto en el que yo yacía justo encima suyo, sino más allá; pensando también en las nebulosas y las estrellas, allí donde el astronauta se había marchado. Había sido su culpa. Esperaba que lo supiera.

 


 

The Astronaut, by Christina Wood Martinez

Peter had difficulty sleeping when the astronauts began falling to Earth. We watched the television all night. The camera shifted between frames: the black speck, spotted miles above an Albany suburb, slowly descending as if caught in a bubble; magnified by ten, the astronaut in his white suit, suspended in the sky, his arms out, his palms turned back as if he were hugging the air behind him.

The television announcer’s voice incanted: ‘He has done what no man before him has done. What will he tell us of the frontier of the unknown?’

Peter sat at the edge of his recliner, barely resting his weight, and I thought he looked very much like our dog waiting at the front door, overeager to go on a walk.

A group of people gathered on the dairy farm where it was predicted the astronaut would land. They stood in groups of four, holding sheets taut between them. He drifted down slowly, like a feather. The breeze shifted him slightly west. The crowd cheered as he approached, but then grew quiet as the outline of his body, the red stripes on the legs of his suit, became clear. It was four nuns who caught him in a sheet and then set him carefully on the ground. They watched, and Peter and I watched, on the television, the astronaut lying on his back. The camera zoomed in. Everyone waited. Eventually, he stirred. He stood up, surveyed his surroundings, and walked through the parting crowd toward the road, his feet bouncing slightly off the ground.

Nearly every day a new astronaut touched down on Earth. The television showed them in their new places of work. They became bank tellers, factory machine operators, sign painters, postmen bouncing down country roads with their satchels of mail. They were celebrated, invited to dinners, pie bake-offs, parades. Auto dealerships and high school football teams changed their mascots to the man in a helmet and a white spacesuit. Astronaut-themed parties were all the rage and ladies’ magazines printed recipes for lime-green space punch, asteroid crunch and moon melts. At socials, every girl lined up to dance with an astronaut. Peter and I were happy to see them integrating with society.

I sorted the laundry while we watched the press conference. Five representative astronauts, identical in their suits except for the middle astronaut who had a medal pinned to his chest, sat before a painting of the solar system with our flag mounted on the top pole of every planet.

The reporters flung questions: ‘Is there life on other planets?’ ‘What does infinity look like?’ ‘Does space have a smell?’ ‘If we should happen to exhaust all of Earth’s natural resources or destroy the planet, is there another planet, equally bountiful, to which we might relocate?’

But the astronauts gave no response.

‘From a distance, was it possible, could you see, with grander perspective, Earth’s place in the universe and the reason why we are all here?’

‘Are the microphones on?’ a reporter shouted. ‘Can they even hear through their helmets?’

‘Was it lonely up there?’ another asked.

The astronaut with the medal nodded yes.

Peter dragged the television and its stand into the dining room and stationed it at one end of the table. We watched the coverage while we ate dinner.

‘How was your day?’ I asked.

‘Shhhhhh,’ Peter said.

‘More chicken? Beans?’ I wanted to needle him. ‘Did Sandra call you? What about George, is he back on his feet again?’

Peter’s eyes narrowed. I could see the light of the television in his pupils. He looked like a skinny old horse chewing hay. I served myself more green beans and began a mental list of the groceries I would need to pick up in town the next day.

When the news broke for commercials, he took a bite of chicken, leaned back and slipped his hand under the band of his pants, where I suspected there was the start of a hernia.

He saw me looking at his hand, and started up talking. ‘That George Ziegler is the stupidest blunderbuss I know. Got his ankle twisted last week and today he buzzed the tip of his thumb off with a drill saw. Calls us blubbering some nonsense. Danger to himself. He should be put in a straitjacket.’

‘Did he need stitches?’ I considered clearing my plate, but let it be.

‘Two.’

Peter had been a firefighter before his knees began to bother him. For the last ten years, he’d been working at the station answering the telephone, keeping the books, tidying up. Our town was small and sparsely spread through wooded hills. The firemen often served as medics for minor injuries and the fire truck as an ambulance when the doctor was tied up.

‘Not so many then,’ I said. I licked my finger and rubbed at a spot on the tablecloth. The conversation about whether George Ziegler, who had a metal plate in his head and perhaps shards of shrapnel beneath it, should really be living alone was not one worth picking up. The disagreement as old as stone, Peter’s resolve to let the man be was no less obdurate.

I found myself talking. ‘I did some weeding today – the garden is getting to be more dandelions than vegetables, but the roses are starting to bloom. I stewed fifteen pounds of tomatoes – they’ll go into cans tonight if I have the energy for it. And when I was down in the basement I saw that one of the windows was cracked. A mouse came in, must have been through the hole, and got himself caught in the trap. I buried him in the rose bed, poor thing. I don’t imagine a mouse would be comforted to know he’s become nourishment for roses, but I suppose that’s the circle of things.’

‘Always something to fix,’ Peter said. The news had come back on. He was back to chewing. I took our dishes into the kitchen and began to wash them. Our house was a patchwork of Peter’s half-completed projects – the kitchen cupboards’ missing doors, the unfinished screened-in porch, the table my father made, sanded but not stained. I set the dishes to dry on the rack next to the sink, and the water trickled between the tiles where the grout was scraped away. I dropped the dish towel on the floor to catch the drips.

In the morning I took the dog out for a walk. The sun was just beginning to light the sky and Peter was still asleep in his room downstairs. He snored and I was a light sleeper – we hadn’t shared a bed in so many years I’d lost count.

The dog woke when I came downstairs. She was slow to get up – she was getting to be an old girl – but she wagged her tail and did the mincing dance she always did while I fetched her leash. I held her face in my hands and looked into her eyes – her wild excitement so close to a look of terror, or perhaps it was unconditional love.

We set out. The grass was wet and bowed with dew, the trees were fringed with bright new spring leaves, and we saw a mother duck with six ducklings waddling through the woods toward the stream. We stopped in the meadow and I released the dog from her leash and sat down on a stump – our usual routine. She ran off and I rested with my thoughts.

As it often did, my mother’s face came to me – not as I had last seen it when she was sick and dying in our guest bedroom, the treatment having run its course, but from a photograph of her as a young woman. My sister and I were on her lap, her arms around us, her teeth parted, smiling, as though she had just taken in a great breath of summer air. I don’t remember the photo being taken – I was so small, and Iris was only an infant. Iris – I received a letter from her a few days before. She was a grandmother again – she had her children young and was now rich with grandchildren. She included a Polaroid of the new baby, a girl.

I thought about Peter. Once, when we were newly married, he found beetles tinier than poppy seeds crawling through the bread of the sandwich he had eaten half of. His face grew red, and he kept eating the sandwich until it was finished.

I laughed a little. I wasn’t always sure why I thought the things I thought.

I whistled, but the dog didn’t hear me. I hollered her name. After a moment, she came running back, all muddied, smiling her dog’s smile. ‘Good girl,’ I said. When we returned home, I would make bacon for her, and Peter would come into the kitchen pouting, asking where his was.

At the house, I kicked the mud off my shoes. Peter came running up to me in his overalls, out of breath.

‘Come here! Come here!’ He was waving his arms. I sighed and followed.

He had been mowing the field of wild grass behind the house. It hadn’t been tended to in quite a long time – it was tall and had gone to seed – and hidden in it was the astronaut. He lay unmoving in his suit, flat on his back.

‘Should we call the fire department?’ I asked.

Peter touched him with the toe of his shoe. After a moment, the astronaut stirred. We watched him rise to his feet. He looked around, at our house, at the copse of elm trees that bordered our yard, and then at us. He was tall. His helmet peaked nearly a foot above our heads.

‘Sir, would you like to come inside?’ Peter asked.

The astronaut looked at the house and began walking toward it. His boots bounced over the freshly cut grass.

I made tea while the astronaut sat at our kitchen table and gazed out the window. I rinsed some grapes and set them out. The dog wove in and out of the kitchen, taking a glance, then turning about-face for the living room, tail between her legs.

‘Some trip!’ Peter said. ‘Must have been quite a view. How was the ride down? Any turbulence?’

I placed a teacup before the astronaut – our nice china – but he didn’t take it.

Peter went on talking. ‘You picked a good day to land. Decent weather out, low wind. Another astronaut got caught in a storm over Chesapeake – blown right out over the Atlantic. Lucky thing a longliner spotted him and scooped him up. Say, what’d you see up there? Any moon men?’

The astronaut’s black visor stared out the window.

Peter told the astronaut about all the coverage on the news. One astronaut was made employee of the month at an auto plant. Another found a lost dog but refused the reward. One became a policeman and stopped a bank robbery. The bank was going to commission a statue of him.

‘We’ll find work that will suit you, too,’ Peter said. ‘Of course, ours is a small community. There aren’t so many jobs that a man can take his pick, but we can surely put a pair of able hands to work. What skills do you have?’

The astronaut turned his head toward the dog who whimpered, but also, full of hope, wagged her tail.

Peter grew quiet. The astronaut’s suit drifted woozily back and forth in his chair.

‘You must be tired,’ I said. The astronaut turned his helmet to face me. ‘Come, why don’t you rest for a bit.’

He rose, and I showed him to Peter’s room, also the guest room, where he lay down atop the coverlet. I closed the door quietly and we didn’t hear him stir for the rest of the day.

That night, Peter and I whispered in bed.

‘I’ll call Dr Shiner in the morning,’ I said. ‘He’s been a long time up there. He may need medical attention.’

‘He’s an astronaut,’ Peter said. ‘He’ll ask for help if he needs it.’

‘But regardless, we should let someone know he’s here.’

‘Certainly,’ Peter said. ‘The guys at the station won’t be able to stand it – an astronaut in my own backyard!’

Peter rolled over to face me and I thought for a moment that he might kiss me, but he finished adjusting his pajama pants and rolled away to lie on his back. He snored all night, and I drifted in and out of sleep, dreaming of an astronaut floating through the rings of Saturn.

In the morning, the astronaut could not be found. I saw that all the dishes I had washed the night before were put away. The bed in the guest room was made. The dog was asleep on the kitchen floor with her toy beside her – it seemed she had already been let out to relieve herself. Peter finally spotted him outside in the backyard, sun gleaming on his white suit. He had just finished mowing the lawn.

Peter said to me, putting his hands in his overall pockets, ‘Maybe he can give us a hand around here for a little while.’

For a time, the astronaut was always busy. He dusted and mopped. He mulched and aerated the soil in our garden, now more vegetable than dandelion. He cleaned the windows, fixed my wind chime, repainted the front door a lovely pale blue. Peter called in sick. ‘Come on, champ,’ he said. Together they finished the kitchen cupboard doors, stained the table, re-grouted the countertops, patched the leaky roof and hammered on new shingles.

The astronaut was a great cook, though he didn’t like to prepare or eat meat. He made bread from scratch and prepared the vegetable sides while I did the main. Each night we sat down to dinner, the three of us – Peter with the astronaut’s pork chop or chicken thigh on his plate – and watched the television, eating from trays in the living room.

Peter didn’t like to watch the news anymore. He changed the channel if something about the astronauts came on. Instead, we watched evening programming, Bonanza and I Dream of Jeannie.

Aside from when my mother was ill, Peter and I had never shared our home with anyone else and we didn’t have much family to speak of. My father was killed in the first war. I had memories, but Peter, whose father enlisted early, didn’t. Peter’s mother died of a stroke two months after we married. My sister married and moved away as soon as she turned eighteen. And we didn’t know if it was Peter or me, though I had always assumed it was me. Either way, we never had children.

It was nice having company in the house, and the astronaut’s countenance now seemed somehow cheerful. Each evening, he and Peter tossed a baseball back and forth in the yard. Peter liked to entertain him with stories of his time in the war and the astronaut’s helmet followed Peter around the living room as he pantomimed tossing a grenade, crawling on his hands and knees behind the recliner to demonstrate life in the trenches.

I saw the astronaut’s helmet bob sometimes, while we watched The Tonight Show, as if he were laughing. He liked to sit at the end of the couch, so the dog could jump up between us and rest her chin on his leg. He patted her head with his glove, and she looked up at him with that wild look in her eyes.

‘June Daltry called today to invite us over for a dinner party,’ I whispered to Peter while we lay in bed. ‘I know you wouldn’t want to go, but I thought maybe I could bring the astronaut instead. Wouldn’t that be a conversation starter?’

Peter pursed his lips and kept his eyes on his newspaper.

‘And, really, shouldn’t we bring him to the elementary school? The children would just be delighted. I could call the principal tomorrow. And maybe there are other astronauts in the area – over in Dewsbury or Fulton. He should meet others like him. We’ve really kept him cooped up here.’

Peter turned away from me and pulled the covers up to his chin.

‘Peter?’

I heard him groan. ‘He doesn’t want to listen to Roger’s asinine jokes or eat June’s mushy food. She is a silly woman who laughs like a goat. And who would want a bunch of kids climbing all over him like a damned jungle gym? No sense of respect. He’s just not interested in any of those things.’

I sat next to the astronaut on the sofa, mending a sock. He held the yarn for me, turning the ball when I needed more slack. He and Peter had run out of projects, and the house was as tidy as could be.

‘Would you like to learn how to sew?’ I asked.

The astronaut nodded.

I fetched my sewing box. All the astronaut’s help around the house freed me up to start a rag quilt to send to my sister’s new granddaughter.

‘First you thread the needle, like this,’ I said. I wet it between my lips and held it up so he could see. ‘You try.’

His gloves were too thick and he couldn’t manage the needle.

I patted his glove. ‘You just keep me company.’

A song my mother used to sing came to mind – when I was a child, we were always singing. There were times we spent a whole evening just singing with the lights off to save electricity, seated on the rug in front of the fireplace on a snowy night. I sang a few of those old songs for the astronaut. After a while, he seemed to doze. His helmet slumped, hovering above my shoulder. He stayed like that, but I wouldn’t have minded at all, it would have been nice, really, if he had rested his head on me.

That night I had a dream about the astronaut. We were walking through the dense woods, and I could hear him breathing heavily through his helmet. The dog was beside us, sniffing along the trail, and then she was gone. The astronaut walked on – he seemed to know where we were going – and after some time we came upon a pool fed by a stream. There were silver fish darting along the surface, waiting for insects to fall in.

The astronaut pointed to a spot along the bank. I lay on the ground there and he stood beside me, looking down. I could see myself in his visor, my hair fanned all around. I could feel water seeping into the heels of my shoes. He kneeled then and put one hand on his wrist. He twisted his glove and pulled it off. There were black hairs on the back of his hand and his knuckles. He rested his hand on my thigh, then slid his fingers up and touched me between my legs.

I was awake then – the room was dark still, it was the middle of the night and Peter snored beside me. I didn’t stir. I closed my eyes and tried to return to the dream, urging it onward.

I woke early and made him a special breakfast: eggs over-medium and freshly squeezed orange juice and pancakes with bananas and cocoa in the batter.

When he came into the kitchen, I shouted, ‘Surprise! A special breakfast, just for you.’

I sang a verse of ‘For He’s a Jolly Good Fellow’ and sat down – I found I was flushed, out of breath. I had styled my hair a new way. I felt silly. He took a seat at the table, looked down at his plate – at the smiling face I had drawn with chocolate syrup on his pancake. I ran my fingers through my hair to undo the curls.

There were reports of astronauts who had trouble integrating. One got up from his post quality-checking metal washers and entirely disappeared. One made a scene at a restaurant, refusing to pay his check and knocking over the restaurant’s sidewalk sign as he fled in his car. One had beaten his neighbor, for no known reason. The man lay unconscious in a hospital bed.

‘I thought he was a wonderful neighbor,’ the man’s wife said in an interview – she stood wide-eyed in slippers outside her front door. ‘He helped Richard clear the storm drains.’

A politician made speeches saying we ought to quarantine them, test them, make sure they were of sound mind and ideology and fit to live among us. That we ought to discover, once and for all and by any means necessary, what exactly they had come to know of the great mysteries that lay beyond our atmosphere.

‘Our children call them heroes,’ the politician said, ‘and yet they do not tell us if there are dangers that await us in what lies beyond. Our towns welcome them, and yet we do not know that they are not traitors, spies, living among us. It is all of mankind’s right to know what they know, what they have seen, and yet they refuse to tell us. Why could this be except that they are no friends of ours and they intend to do us harm?’

I didn’t like the astronaut seeing these sorts of things. I watched a bit of the news while he was out walking the dog, and then I kept the set off while we ate our breakfast.

One evening, Peter came home from work later than usual. The astronaut and I were eating dinner, a vegetarian quiche, off TV trays, watching a program about an astronaut-turned-detective who solved particularly mysterious crimes. Peter came in and switched the television off. He stood in front of the set with his hands on his hips.

‘Tomorrow, we’re going pheasant hunting!’ he declared.

He took one of our china plates – a collectible – painted with the image of a pheasant, and showed it to the astronaut. The astronaut dusted the plate and returned it carefully to its spot in the curio cabinet while Peter, who hadn’t been hunting in at least ten years, spent the evening cleaning his rifle and recounting memories of his greatest shots. The astronaut seemed withdrawn, but Peter took no notice. He made ham sandwiches and filled a flask with Scotch.

‘Good luck,’ I said from under the covers the next morning as Peter dressed without turning on the light.

‘Luck has nothing to do with it,’ Peter said.

They didn’t return until sunset. Peter came indoors singing, with four pheasants strung over his shoulder.

‘Quite the haul! Did you shoot any?’ I asked the astronaut. He was turned away, shoulders slumped, looking in the sink for dishes to wash.

‘No,’ Peter responded for him, avoiding my eye. ‘I told him pheasants are ground birds, but the goof kept looking up at the sky.’

He glanced at the astronaut and whispered to me, ‘I think it’s that helmet. Makes it hard for him to see.’

Feathers were dropping all over the kitchen floor. The astronaut found the broom and swept them up.

The next day, he slept through most of the morning. The guest-room door remained closed. We didn’t hear him stirring inside.

‘Maybe he’s sick,’ I whispered to Peter. ‘I’ll call Dr Shiner.’

‘He’s fine,’ Peter said. He picked up the keys to his truck. ‘Nothing refreshes a man like working with his hands.’

At lunchtime, I knocked quietly on the astronaut’s door. It was silent inside. I opened it and saw him lying in bed, flat on his back atop the covers, his arms at his sides. I carried in a bowl of tomato soup and some crackers. I set a vase with the last of the autumn roses, pale peach and sweet-smelling, on his nightstand.

There was slight movement beneath his spacesuit. It was his chest, moving up and down. I could see him breathing. Who’s in there? I wondered.

I patted his glove to see if he would wake. I touched his wrist, where his glove connected to the arm of his suit. I twisted it, thinking of his hand, such large hands, perfectly formed, soft, with black hair on the knuckles.

Peter let the back door slam shut. He came to the guest-room door, carrying a hammer. I stood up and put my finger to my lip. ‘Shhhhh!’ I said. ‘He’s sleeping.’ I left the room and closed the door.

‘But I’ve got a new project for us,’ he said.

‘Let him rest,’ I told him.

Peter’s shoulders slumped. ‘Looks like rain anyway.’

The astronaut kept to his room the following day. It drizzled outside. But the next morning, I woke late to sounds of shoveling and hammering, and he and Peter were already laying the foundations for a new shed. I watched them work from the kitchen window. It looked as though the old shed, already big enough, would be dwarfed by the new one. I would have to listen to their hammering for a month.

I’d had another dream about him the night before. We were walking someplace strange where the trees were smooth, tall columns with green orbs in the place of leaves. The air was still and the sun hung low and red in the sky. We walked for quite some time – he held my hand and led me on and I felt excited, giddy, though I didn’t know where we were going. After a while, he stopped and turned to me. The red sun reflected in his visor. He touched his helmet. He began to lift it off, and I saw his clefted chin, his lips.

Now, outside, Peter was gesturing wildly, telling a story while the astronaut used the saw. He had bought the astronaut a tool belt identical to his.

For Peter’s birthday, the astronaut made scalloped potatoes and creamed spinach and biscuits and baked a yellow layer cake with chocolate frosting. I fried the steaks in lard.

When Peter came home from work he kissed me on the cheek. I could hardly hide my surprise.

‘Happy birthday, dear,’ I said.

He opened his gifts – a new wool pullover from me and a birdhouse from the astronaut. He’d made and painted it himself. While we ate, I asked Peter if the firemen had celebrated his birthday at work.

‘I don’t like to go around tooting my own horn,’ Peter said. ‘The phone only rang once, and that’s a good enough gift for me.’

‘Not George, I hope?’

‘No, Mrs Dean spotted an opossum walking down her driveway in the middle of the day, so she called us over to take a look. Found it by the creek bed, running back and forth, foaming at the mouth, definitely rabid. Mike grabbed it by the tail and gave it a good whack on the head and then we saw a bunch of little ones in the weeds nearby – they must have been her babies, following her around. I caught those and put them in a sack. Wasn’t much to do but drown them. They looked okay, but they were probably too small to make it on their own.’

‘What a shame,’ I said.

I sang happy birthday and we cut the cake, but the astronaut didn’t touch his. Peter was in the middle of a long story when the astronaut slowly rose from his chair and left the room.

‘What’s the matter with him now?’ Peter asked.

After cleaning up, I looked for the astronaut and found him standing in the basement, looking out the window that was no bigger than a breadbox.

‘Are you okay?’ I asked. I put my hand on his shoulder.

Peter appeared at the top of the stairs. ‘Sulking again, eh?’ he asked.

The astronaut began to turn around.

‘Oh come on now! What’s your reason to sulk? You came to us as a stranger and we took you in. I give you free room and board and haven’t asked a thing in return. You don’t even know the talk that’s going on out there. Astronauts deserting, getting violent, won’t tell us a damn thing about all the time they spent up there floating around – people are shaken up!’

‘Peter,’ I said.

‘No!’ He was shouting now. ‘You can’t bite the hand that feeds you – it just isn’t civil!’

He slammed the basement door, but it banged out of the jamb and swung open again. The floorboards creaked above our heads.

That night, I thought about going to him, sitting at the edge of his bed, apologizing on Peter’s behalf. I imagined he would rest his head on my shoulder and I would sing to comfort him. I imagined he would put his arms around my waist and pull my body to his. I tiptoed downstairs – I thought I ought at least check to make sure he was asleep.

The guest room was empty and I could hear the television in the living room. I thought Peter must have left the set on when he came to bed, but there was the astronaut, sitting in Peter’s recliner, with all the lights off, watching the news. The anchor was reporting on the vote that Congress was soon to cast on the astronaut issue.

The astronaut was looking at me and I could see myself in his visor – there was the blue light of the television and then me, barefoot and brassiereless in my pink nightgown, curlers in my hair, a pink moon at orbit in space. I wondered what he could have thought of me.

The astronaut nodded. I took it as a ‘goodnight’ and went back upstairs and took my place next to Peter, who was mumbling in his sleep.

In the morning, he was gone. Peter looked all over the house, the yard, the woods.

‘What if he’s lost?’ he said, pacing in the kitchen. He was nearly shouting. ‘What if someone took him?’

Peter spent the day hammering, frantically working on the shed. Then, as night encroached, I watched him, from the kitchen window, kick the frame of it until it fell to the ground, splintered in pieces. I turned away from the window and began to put away the dishes that the astronaut had washed the day before.

Peter and I watched, on the television, the shuttle launch. A team of astronauts, former postmen and substitute teachers and telephone repairmen, returning to space, back to where they came from. We saw the footage of them walking up the gangway into the shuttle, one by one, dozens of them, their white suits and helmets bobbing up and down. They wanted to go back. They saluted as they entered the shuttle.

Peter crouched close to the television and looked carefully at each one, but we had no way of knowing if he was there, or which he was – which one of them was our astronaut.

‘I’m at a loss,’ Peter said.

There was a countdown and then the shuttle’s contrail bisected the sky.

Peter moved back into the guest room without a word. I lay in bed and imagined that the astronaut, the night before he left, had come into my room and woken me with his hand on my chest, taking mine in his glove. I rose, I went with him to the yard where the moon was low and yellow. We began to float up, he and I, leaving the Earth behind, toward that large and blinking sheet of darkness. It wasn’t a dream. I couldn’t sleep that night.

I thought of Peter, too: snoring in the astronaut’s room, or perhaps also awake, looking up at the ceiling, his eye turned not to where I was lying in our bedroom right above him, but beyond, thinking too of nebulas and stars, of the place where the astronaut had gone. It was his fault. I hoped he knew.

Lola Ortiz Vargas
Últimas entradas de Lola Ortiz Vargas (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio